CAPÍTULO 13 | DÉJAME SALIR. #2
—Pruébame que te vas a quedar —dijo Ayazen—. Pruébame que todo lo que dijiste de Ray fue solo para herirme y que te vas a portar bien.
Koral se sentó sobre él y empezó a moverse, lento al principio, sintiendo el calor subir entre ambos.
Ayazen respondió de inmediato, sujetándolo con una mano firme en la cintura, acercándolo más.
El beso fue abierto, húmedo, sin cuidado: bocas que se buscaban, lenguas que se encontraban y se deslizaban, respiraciones rotas chocando entre dientes y labios.
Ayazen le atrapó la boca otra vez, más profundo, robándole el aire.
Koral jadeó contra sus labios y volvió a moverse, incapaz de quedarse quieto, siguiendo el ritmo que el cuerpo le pedía.
La boca del alfa bajó a su cuello, dejando saliva, mordidas lentas y el aliento caliente pegado a la piel.
Koral inclinó la cabeza, ofreciéndose, con un sonido bajo escapándosele del pecho.
Las manos de Ayazen recorrerieron su espalda por debajo de la tela, piel contra piel, sin prisa y sin permiso. Koral se aferró a él, respirando mal, moviéndose más, perdiendo cualquier intento de control mientras el calor seguía creciendo entre los dos.
—Has adelantado... —gruñó Ayazen, notando que sus costillas se marcaban más que antes bajo su tacto.
—Un poco... —le susurró Koral al oído, jadeando, mientras aumentaba el movimiento rítmico encima de él, frotándose deliberadamente para obnubilar el juicio del alfa.
Ayazen no pudo contenerse más. Con un movimiento brusco y necesitado, le quitó la playera a Koral y comenzó a cubrir su pecho de besos húmedos y calientes.
Recorrió lentamente con sus labios cada centímetro del cuerpo del beta, deteniéndose en las zonas sensibles que ya conocía a la perfección, haciéndolo estremecer.
Koral sintió la dureza del miembro de Ayazen presionando contra su trasero, un calor que lo quemaba, y meneó más sus caderas, sintiendo cómo su propio estómago ardía por una mezcla de excitación y adrenalina.
Ayazen lo tomó por los hombros y, con un giro rápido, lo dejó sobre la cama de espaldas.
Sin romper el contacto visual, el alfa se despojó de su pantalón por completo y luego bajó el de Koral con urgencia.
Koral, a pesar de todo el odio y el plan que tenía en mente, no pudo evitar sentirse excitado al ver el tamaño del miembro de Ayazen, sintiendo un pulso eléctrico entre sus piernas.
«Tengo que mantenerlo ciego, tengo que hacerlo creer que ganó para que me devuelva mis cosas», se recordó a sí mismo en un destello de lucidez fría justo antes de entregarse por completo a la farsa.
Koral abrió sus piernas como invitación, dejando sus labios entreabiertos mientras soltaba un gemido suave.
Comenzó a moverse sobre las sábanas, arqueando la espalda para atraer a Ayazen dentro de sí.
El alfa no se apresuró; quería marcar cada rincón.
Besó su hombro, subió por su pecho mordiendo ligeramente un pezón, recorrió su cuello, su mentón y su mejilla, hasta que finalmente capturó sus labios de nuevo en un beso asfixiante.
En ese momento, Ayazen se introdujo dentro de él de un solo golpe firme.
—¡Ah...! —gimió Koral con fuerza, apretando los dedos en los hombros de Ayazen mientras su cuerpo recibía el impacto.
Koral arañó la espalda de Ayazen con tanta fuerza que dejó surcos sangrantes, mientras el miembro grueso y caliente del alfa lo abría sin misericordia, golpeando profundo, implacable.
Cada embestida era un latigazo de placer que le robaba el aliento; sentía la cabeza del miembro rozando ese punto sensible una y otra vez, hasta que sus piernas temblaban y su propia hombría goteaba sin control contra el abdomen sudoroso del alfa.
—Voy a anudar… —gruñó Ayazen contra su boca, con la voz ronca y rota por el deseo—. Quiero meterte mi nudo entero, sellarte, llenarte hasta que no puedas escapar nunca más. Vas a llevar mi marca por dentro, vas a oler a mí durante días.
Koral solo pudo gemir, las palabras del alfa encendiendo algo sucio y traicionero en su vientre.
Arqueó la espalda y abrió más las piernas, invitándolo a empujar más fuerte, más profundo.
El miembro de Ayazen palpitaba dentro de él, cada vez más grueso en la base, mientras el nudo empezaba a hincharse y presionaba contra su entrada ya sensible y estirada.
—Sí… lo quiero dentro… —susurró Koral entre jadeos, aunque sabía que no debía decirlo, que era peligroso desearlo tanto—. Anúdame, Ayazen… hazlo…
Ayazen soltó un rugido gutural, con los ojos negros brillando. Sintió cómo el nudo se formaba, pero a diferencia de las ocasiones anteriores, este no se consolidó en su totalidad. Se quedó a medias. Entonces, Ayazen se tensó entero, con los músculos duros como piedra.
—Te voy a llenar… —gruñó contra su oreja—. Toma todo mi semen… mío…
Con un último empujón desesperado, Ayazen eyaculó dentro de él, en chorros calientes, espesos e interminables, inundando el interior de Koral mientras el nudo inacabado seguía hinchado pero sin sellar, latiendo contra su entrada sin poder encajar del todo.
Su propio orgasmo lo atravesó como un rayo; eyaculó sobre sus estómagos pegajosos, con fluidos calientes salpicando la piel sudorosa de ambos, mientras su interior se contraía alrededor del miembro todavía enterrado, ordeñándolo y exprimiendo hasta la última gota.
Ayazen no se retiró. Siguió dentro, jadeando, con el miembro todavía duro y palpitante mientras el nudo fallido cedía lentamente.
En vez de soltarlo, bajó la cabeza y empezó a besarlo con un hambre feroz, mordiendo el labio inferior de Koral hasta hacerlo sangrar un poco y lamiendo después la herida como si fuera un premio.
Besaba su mandíbula, su cuello y el hueco de la clavícula, dejando marcas rojas y húmedas por todas partes.
Koral estaba exhausto, sudoroso y temblando.
El semen del alfa seguía goteando lentamente entre sus muslos, caliente y pegayoso, mezclándose con el suyo propio.
Su respiración era un jadeo entrecortado, con el pecho subiendo y bajando rápido mientras Ayazen seguía devorándolo a besos, sin darle tregua, como si quisiera grabarse en cada centímetro de su piel.
—Todavía no terminé contigo… —murmuró Ayazen contra su boca, con una voz baja y peligrosa, mientras su mano bajaba para apretar el trasero de Koral y mantenerlo pegado a él.
Koral cerró los ojos, y su cuerpo lo traicionó con un escalofrío de placer enfermo ante esas palabras. Todavía sentía el miembro dentro, todavía sentía la eyaculación caliente llenándolo, y el miedo delicioso de que, cuando Ayazen por fin se durmiera, él tendría que ejecutar su escape.