Tentación Prohibida (Omegaverse BL) CAPÍTULO 13 | DÉJAME SALIR.
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CAPÍTULO 13 | DÉJAME SALIR.

Koral se despertó con el sabor amargo de la bilis subiéndole por la gola.

No tuvo tiempo de procesar la suavidad de las sábanas de seda ni la luz que se filtraba por las cortinas; se lanzó de la cama con una mano en la boca y corrió desesperado hacia el baño.

Se desplomó frente al inodoro, vomitando con fuerza hasta que el estómago le dolió de puro vacío, soltando espasmos que lo dejaron temblando en el suelo frío.

Se limpió la boca con el dorso de la mano, respirando entrecortadamente. Al levantar la vista, el mármol reluciente y los acabados de lujo le dieron el golpe de gracia: estaba en el departamento de Ayazen.

Todo el horror de la noche anterior lo golpeó como un mazo: los gritos en el auto, la confesión sobre Ray, la risa perturbada del alfa y la manera en que fue arrastrado hasta aquí. Se puso en pie tambaleándose y caminó a zancadas hacia la entrada principal de la suite.

—Ábrete... —susurró, tirando del pomo con fuerza.

Nada. La puerta estaba completamente cerrada. Koral empezó a golpear la madera con el puño, sintiendo cómo la desesperación le subía por el pecho.

—¡Ayazen! ¡Abre esta maldita puerta! ¡Ayazen! —gritó, pero el silencio del departamento le devolvió el eco.

Estaba solo. Recorrió el lugar como un animal enjaulado, tirando cajones y volcando cestos en una búsqueda desesperada por una llave o su teléfono, pero el alfa se había llevado todo.

No había rastro de su celular por ninguna parte.

Koral, con el corazón martilleando contra sus costillas, divisó el teléfono de línea fija de la casa.

Lo descolgó con manos temblorosas y marcó el número de recepción del edificio.

—¿Dígame? Recepción —respondió una voz femenina.

—¡Oiga! ¡Hola! —gritó Koral, pegando el auricular a su oreja—. Mire, soy el invitado del señor Ayazen. Me he quedado encerrado por error y no encuentro mis llaves. Necesito que alguien suba ahora mismo con una copia y me abra. ¡Es una emergencia! —mintió a medias.

Hubo un silencio breve del otro lado.

—Lo siento mucho, señor —respondió la recepcionista con un tono monótono—. El señor Ayazen Verlkanur dejó órdenes estrictas de que la puerta no debe abrirse bajo ninguna circunstancia. También me informó que su desayuno le será llevado en unos minutos por el personal de seguridad.

Koral sintió que la sangre se le subía a la cabeza. El rostro se le encendió de furia pura.

—¡¿Qué?! ¡¿De qué carajo está hablando?! —gritó, golpeando la mesa de mármol—. ¡Esto es ilegal! ¡Me tienen secuestrado! ¡Llamen a la policía o abran esa puerta ahora mismo si no quieren problemas!

—Que tenga un buen día, señor.

—¡Oiga! ¡No me cuelgue! ¡No se atreva a...!

Click.

El tono de ocupado fue lo único que quedó. Koral estrelló el auricular contra la base, soltando un grito de frustración que le desgarró la gola. Estaba atrapado en una jaula de oro y el dueño de la llave era el mismo hombre al que le había destrozado la noche anterior.

Koral se pegó a la puerta, conteniendo el aliento, con los ojos fijos en el pomo metálico. En cuanto escuchó el sonido de la cerradura electrónica cediendo, el corazón le dio un vuelco. Se preparó como un resorte tenso, acumulando toda su energía en las piernas.

La puerta se abrió apenas unos centímetros y Koral se lanzó con todo su peso, intentando abrirla de golpe para salir corriendo al pasillo.

—¡A un lado! —gritó, proyectando su cuerpo hacia el exterior.

Pero no llegó lejos. Dos moles de músculos vestidos con trajes negros le cerraron el paso al instante. Los guardaespaldas de Ayazen, con rostros de piedra, lo sujetaron de los hombros y lo empujaron de regreso al interior de la suite con fuerza.

—¡Suéltenme! ¡Déjenme pasar! —bramó Koral, forcejeando y lanzando manotazos—. ¡Esto es un secuestro! ¡¿No se dan cuenta?! ¡No pueden tenerme aquí encerrado!

Los hombres ni siquiera parpadearon, manteniéndose como una muralla humana en el umbral. Detrás de ellos, un empleado del servicio entró portando una bandeja de plata con el desayuno. Koral, al verlo, cambió de táctica y se lanzó hacia él, tomándolo por el brazo con desesperación.

—¡Por favor! ¡Ayúdame! —le suplicó con los ojos brillantes de angustia—. Llama a la policía, te lo ruego. Dile que me tienen encerrado en contra de mi voluntad. ¡Solo saca tu teléfono y marca, por lo que más quieras!

El hombre del servicio mantuvo la mirada baja, fija en la bandeja. Con una frialdad que helaba la sangre, ignoró los ruegos de Koral, caminó hacia la mesa y dejó los platos. No hubo ni una pizca de compasión.

—¡Mírame! ¡Te estoy hablando! —gritó Koral, sacudiéndolo—. ¡No puedes ser tan basura como ellos!

El empleado terminó de acomodar los cubiertos, dio media vuelta y salió de la habitación sin decir una sola palabra.

—¡No! ¡Vuelve aquí! —gritó intentando ir tras él, pero los guardaespaldas lo detuvieron en seco una vez más, empujándolo hacia el centro de la sala.

—El señor Verlkanur ordenó que se alimente, señor Koral —dijo uno de los guardias con voz monótona antes de cerrar la pesada puerta de madera—. Que tenga buen provecho.

El sonido del cierre automático retumbó en todo el departamento como un martillazo.

Koral se quedó solo en medio de la opulenta estancia, mirando con asco el desayuno humeante.

La impotencia lo consumía; Ayazen no solo le había quitado la libertad, sino que había comprado el silencio de cada persona en ese edificio.

♦ ◊ ♦

Ayazen llegó por la noche. El silencio en el departamento era sepulcral, solo interrumpido por el eco de sus pasos.

Al entrar al salón, lo primero que vio fueron los platos de comida intactos, acomodados y fríos sobre la mesa, tal como el servicio los había dejado horas atrás. Koral no había probado ni un bocado.

Caminar con paso lento hacia la habitación principal lo llevó hasta Koral. Al abrir la puerta, lo encontró acurrucado en la cama, hecho un ovillo, luciendo pequeño y profundamente triste entre las sábanas.

—Hola —dijo Ayazen, su voz rompiendo la quietud.

Koral ni siquiera se movió, pero sus hombros se tensaron. Ayazen caminó hasta el borde de la cama, sentándose cerca de él.

—Tenemos que hablar —sentenció el alfa.

—Tienes que dejarme salir —susurró Koral con la voz apagada, sin mirarlo—. Por favor, abre la puerta y déjame salir.

Ayazen lo ignoró por completo, como si no hubiera escuchado la súplica. Su rostro estaba serio, procesando lo que había descubierto durante el día.

—Ray te mintió —soltó Ayazen de pronto—. Nunca me acosté con él. Y ese bebé que espera, si es que de verdad lo espera y no es otra de sus estúpidas mentiras, no es mío.

Koral cerró los ojos con fuerza, pero su prioridad seguía siendo su libertad.

—Déjame salir... déjame salir, Ayazen —repitió.

Ayazen soltó un suspiro pesado, cruzándose de brazos.

—Te dejaré salir cuando estés calmado, no antes.

Koral se giró finalmente para mirarlo, con los ojos inyectados en sangre. Ayazen continuó, golpeándolo con una verdad aún más dolorosa.

—Hablé con tus padres por lo que pasó ayer —dijo Ayazen con frialdad—. Les expliqué la situación. Están de acuerdo con que te quedes conmigo. Creen que es lo mejor para ti.

Koral sintió un nudo amargo en la gola. Sus padres... tan indiferentes como siempre. Ni siquiera en una situación así eran capaces de preocuparse por él o de preguntar si estaba bien. Simplemente lo habían entregado, como una mercancía, a las manos de un Verlkanur para no tener problemas.

La frustración lo desbordó y Koral comenzó a llorar en silencio, dejando que las lágrimas corrieran por sus mejillas mientras miraba al vacío. Ayazen suavizó su expresión. El alfa se acercó más, extendiendo su mano para acariciar la mejilla de Koral con una ternura que erizaba la piel.

Koral sintió el contacto cálido y, a través de su dolor, un pensamiento cruzó su mente: «Recuerdo perfectamente lo fácil que es acorralar a Ayazen usando mis encantos.

Sé que pierde el juicio cuando cedo». Con el corazón latiendo con fuerza, cerró los ojos y se dejó acariciar, inclinando levemente el rostro hacia la palma del alfa.

Lo miró a los ojos, con las pestañas aún húmedas, dejando que su voz sonara suave, casi quebrada, mientras sentía los dedos de Ayazen recorriendo su piel.

—¿Entonces... era una mentira? —susurró Koral, fingiendo una vulnerabilidad que sabía que desarmaba al alfa—. ¿De verdad no estás interesado en Ray?

Ayazen negó con la cabeza, su mirada oscureciéndose mientras se perdía en los ojos del beta.

—No. Nunca lo estuve —sentenció Ayazen, su voz volviéndose ronca—. Ray fue un trato, una conveniencia entre familias. Con respecto a lo que me dijiste ayer, cariño... no puedes salir de aquí. El único que me interesa ahora mismo eres tú, aunque me odies.

Koral dejó escapar un suspiro tembloroso y se acercó un poco más, rompiendo la distancia de seguridad y dejando que su cuerpo rozara el de Ayazen.

—Pensé que me ibas a cambiar por él —mintió Koral, bajando la mirada para parecer herido—. Pensé que cuando supieras lo del bebé me echarías de tu vida para siempre. Por eso te dije todas esas cosas crueles en el auto... por miedo.

Sintió cómo la tensión en el cuerpo de Ayazen cedía. El alfa lo tomó por la cintura, pegándolo a él, pero sus movimientos eran más lentos, dominados por el deseo que Koral estaba provocando deliberadamente.

—Eres un idiota si pensaste eso —gruñó Ayazen contra su oído, aspirando su aroma inexistente con desesperación—. Nadie te va a sacar de aquí. Te lo dije: yo decido cuándo se acaba, y no dejaré que te vayas nunca.

Koral pasó sus manos por el pecho de Ayazen, sintiendo los latidos acelerados del alfa. Sabía que lo tenía donde quería.

—Si de verdad me quieres aquí... no me tengas como a un preso —le susurró Koral, acariciando su nuca y buscando sus labios—. Me duele que me encierres, Ayazen. Me hace sentir que no confías en que puedo ser tuyo de verdad.

Ayazen se detuvo un segundo, mirándolo con sospecha, pero Koral lo besó suavemente en la comisura de los labios, una caricia calculada para nublarle el juicio.