CAPÍTULO 12 | TE ODIO. #2
Al escuchar el nombre de Ray saliendo de los labios de Ayazen con ese desprecio, Koral sintió que el pecho se le abría de nuevo. La humillación de saber que ese desprecio no le había impedido dejarlo embarazado lo quebró por completo.
—Te dije que te fueras... ¡vete! —Koral empezó a forcejear de verdad, tirándose hacia atrás, tratando de zafarse del agarre de Ayazen, que ahora buscaba sus caderas para inmovilizarlo.
En medio del forcejeo, de los jadeos y el roce violento de sus cuerpos, Koral divisó una figura en el umbral de la puerta. Su padre estaba allí, estático, con el ceño fruncido y los brazos cruzados, observando la escena con frialdad.
—Padre... —susurró Koral, deteniéndose un instante.
Ayazen ni siquiera se molestó en mirar atrás.
Sin soltar el brazo de Koral, lo arrastró fuera de la habitación.
El beta caminaba tropezando, mirando por encima del hombro cómo su progenitor lo observaba bajar las escaleras con absoluta incertidumbre, pero sin mover un solo dedo para detener al heredero de los Verlkanur.
Su propio padre lo estaba dejando ir como quien entrega una mercancía en mal estado.
Ayazen lo sacó de la mansión. El aire frío de la noche golpeó el rostro húmedo de Koral. El alfa abrió la puerta del deportivo, lo metió dentro con un movimiento brusco y cerró de un portazo. Antes de que Koral pudiera alcanzar la manija, el sonido de los seguros eléctricos selló su salida.
Ayazen rodeó el coche, subió al asiento del conductor, abróchó su cinturón de seguridad y arrancó.
El motor rugió, rompiendo el silencio de la calle, mientras Koral se hundía en el asiento, viendo cómo la casa de sus padres desaparecía en la oscuridad.
Koral tenía las manos crispadas sobre el cinturón de seguridad, el pecho subiéndole y bajándole con dificultad.
—Déjame salir —dijo, primero bajo, luego más alto—. Ayazen, detén el auto. ¡Déjame salir ahora! —gritó, golpeando el tablero con el puño.
El vehículo siguió su rumbo. Koral giró hacia él, empujándolo con el hombro, forcejeando con una desesperación que ya no intentaba ocultar. Ayazen apretó el volante con los dientes tensos.
—¿Estás loco? —gruñó—. ¿Quieres que choquemos?
Frenó bruscamente y se desvió hacia un costado de la pista, deteniéndose con violencia. El silencio que siguió fue pesado, cortado solo por la respiración agitada de Koral.
—¡Se acabó! —escupió Koral con un grito desgarrador—. ¡Todo esto… toda esta mierda que tenemos, se acabó!
Ayazen se volvió hacia él de golpe, con los ojos encendidos.
—No se acaba nada —dijo con una calma peligrosa—. Eso lo decido yo.
—¡No! —respondió Koral, con la voz quebrada pero firme—. ¡Me voy! ¡Te odio! ¡No quiero volver a verte nunca más en mi vida, maldito seas! —gritó fuera de sí, tratando de abrir la puerta a tirones.
Ayazen lo tomó del rostro con brusquedad, cubriéndole la boca con la mano con una fuerza que le hundió los dedos en las mejillas.
—¡Cállate!
Pero Koral giró la cabeza, esquivándolo apenas, y soltó una risa amarga y ruidosa.
—¿Quieres que me calle? —gritó burlón—. ¿De verdad crees que me gustas? ¿Que te amo? ¿Que estoy contigo porque estoy enamorado de ti?
Ayazen intentó interrumpirlo, pero Koral siguió, ya sin freno, descargando todo el veneno que llevaba dentro.
—¡Siempre he amado a Ray! ¡Siempre! Y tú lo sabes. Solo te haces el ciego porque te conviene no verlo, ¡porque eres un cobarde!
La voz de Koral se volvió más cruel, más afilada, retumbando en el espacio cerrado del auto.
—¡Pensé que si te seducía lo suficiente, si te tenía comiendo de mi mano, dejarías a Ray! ¡Así tendría el camino libre con él! ¡Ray y yo, sin que tú nos molestes como siempre lo has hecho!
Ayazen lo sacudió con rabia, con los hombros temblando.
—¡Cállate! —repitió con un rugido.
—¡No! —continuó Koral a puro grito—. ¡Me gustaba ver tu cara de idiota cada vez que hacía lo que querías! ¡Besarte! ¡Abrazarte! ¡Ver lo estúpido que te veías llenándome de regalos, consintiéndome, creyendo que de verdad tenías algo conmigo mientras yo solo pensaba en él!
Ayazen apretó la mandíbula hasta que le crujió.
—¡Puedes irte al carajo! —escupió Koral—. ¡Cásate con Ray! ¡Tengan a su hijo! ¡Haz tu maldita familia!
Eso fue suficiente.
—¡Jamás tendría un hijo con esa puta! —gritó Ayazen, con voz baja y venenosa—. ¡Y si lo quieres tanto… entonces lo voy a matar!
Koral lo miró con furia pura.
—¡Eres un imbécil! —le gritó—. ¡No hables así del que va a darte un hijo!
Ayazen se quedó inmóvil, como si el aire se hubiera congelado.
—¿Qué dijiste?
Koral le sostuvo la mirada, temblando, pero sin retroceder, soltando las palabras como un latigazo.
—¡Felicidades! —gritó con una sonrisa rota—. ¡Vas a ser papá! ¡Ray está embarazado!
Ayazen lo miró, confundido. Luego empezó a reír.
No fue una risa normal. Fue histérica, descontrolada, un sonido que llenó el coche de una locura oscura.
Encendió el auto de nuevo, ignorando por completo las palabras de Koral, su voz, sus golpes, como un eco lejano que se disipaba cada vez más hasta ya no escuchar nada.
Condujo hasta el edificio sin decir nada, con los neumáticos chillando en cada curva.
Al llegar, lo bajó a la fuerza, ignorando sus protestas.
En la entrada, un guardia ya lo esperaba con la llave en la mano; Ayazen la arrebató de un gesto brusco y comenzó a llevar a Koral, quien seguía resistiéndose con todas sus fuerzas, arrastrando los pies y tratando de soltarse de ese agarre de acero.
Lo metió en el ascensor casi a empujones. Koral, con la respiración agitada y el rostro descompuesto, vio cómo los empleados del edificio bajaban la mirada de inmediato, fingiendo que no escuchaban los forcejeos ni los gritos, sin atreverse a decir una sola palabra frente al poder de un Verlkanur.
Esa indiferencia ajena lo enfureció más. Koral se giró hacia Ayazen dentro del cubículo metálico y empezó de nuevo a soltarle cosas crueles, buscando herirlo, buscando que lo dejara en paz por puro asco.
—¡Eres un idiota, Ayazen! ¡Mírate, dándome asco frente a todos! —le gritó Koral, su voz rebotando en las paredes del ascensor—. ¡No eres más que un estúpido que no puede aceptar que nadie lo quiere! ¡Suéltame!
Ayazen no respondió, pero la vena de su cuello palpitaba con una fuerza peligrosa. Cuando llegaron a la suite, Ayazen empujó a Koral dentro con un movimiento molesto que lo hizo trastabillar.
—Vete a bañar y alístate —sentenció Ayazen con una voz gélida—. Ya es tarde y debemos dormir.
—¡No me voy a alistar para nada! ¡Me voy a ir de aquí ahora mismo! —gritó Koral, plantándose en medio de la estancia.
Ayazen lo ignoró por completo, una actitud que desquició al beta. El alfa caminó hacia el mueble bar, se sirvió un whisky doble y se sentó en el sillón de terciopelo, bebiendo en silencio mientras miraba a la nada. Koral, fuera de sí por la falta de respuesta, comenzó a gritar de nuevo.
—¡Escúchame cuando te hablo! ¡No soy uno de tus empleados! ¡Déjame salir! —gritaba Koral, con la voz volviéndose aguda por la histeria—. ¿Crees que me quiero quedar aquí contigo? Prefiero morir antes de eso.
Ayazen dejó el vaso sobre la mesa con un golpe seco. Se puso en pie y caminó con pasos lentos y pesados hasta quedar frente a Koral. La sombra del alfa lo cubrió por completo.
—Báñate de una maldita vez —le dijo Ayazen, con una voz tan baja que hizo que Koral cerrara la boca de inmediato.
El beta retrocedió un paso, asustado por esa actitud gélida que nunca le había visto a Ayazen. El alfa le sostuvo la mirada un segundo más antes de darse la vuelta e irse hacia la habitación principal. En cuanto Koral lo vio desaparecer tras el umbral, corrió desesperado hacia la puerta de entrada.
Llegó a ella y tiró del pomo, empujó con el hombro, golpeó la madera con fuerza, pero la puerta estaba completamente cerrada y bloqueada. Se giró hacia la suite, sintiéndose como un animal enjaulado, y su mirada cayó con frustración en la puerta del baño.
♦ ◊ ♦
Ayazen miró el reloj de pared; las manecillas marcaban las dos de la mañana.
Dejó el vaso de whisky vacío sobre el velador al lado de la cama y se puso en pie, caminando con pasos silenciosos por la suite hasta que sus ojos dieron con la figura de Koral.
El beta se había bañado, pero al contrario de ir al dormitorio con él, se había quedado dormido en el sillón en una postura incómoda, con el rostro aún marcado por el rastro seco de las lágrimas.
La furia que antes consumía a Ayazen pareció disiparse por un instante. Se acercó lentamente y se inclinó sobre él, observando cómo el pecho de Koral subía y bajaba con lentitud.
Sin despertarlo, Ayazen pasó un brazo por debajo de sus rodillas y el otro tras su espalda, tomándolo en brazos con una delicadeza que contrastaba con la violencia de hace dos horas.
Koral soltó un pequeño quejido entre sueños y escondió el rostro en el pecho del alfa, buscando calor inconscientemente.
Ayazen no pudo evitarlo y se inclinó para besar su cabeza, aspirando el aroma que emanaba de su cabello.
Lo llevó con paso firme hacia la habitación principal.
Al llegar a la cama, lo recostó con extremo cuidado sobre las sábanas de seda, quitándole los zapatos y cubriéndolo con la manta.
Se quedó de pie a un lado de la cama, observando a la única persona que se había atrevido a decirle que no lo amaba, mientras la noticia del embarazo de Ray seguía martilleando en el fondo de su mente como una broma pesada.
—Ese idiota lo va a pagar. Cada lágrima que soltaste por sus mentiras.