CAPÍTULO 12 | TE ODIO.
—Te voy a ayudar, Ray —dijo Koral, y su propia voz le sonó extraña, como si viniera de otra habitación—. Si hay alguien más, lo vamos a averiguar.
Ray soltó un suspiro tembloroso y se inclinó sobre la mesa para rodear a Koral en un abrazo desesperado. El olor a perfume floral de Ray, tan típico de un omega de su clase, le resultó a Koral absolutamente repulsivo en ese momento; sintió que el vómito volvía a subir por su gola.
—Gracias, de verdad gracias —susurró Ray contra su hombro—. Sabía que podía contar contigo. Eres la única persona que no me juzga.
Koral cerró los ojos, sintiendo las manos de Ray apretando su espalda. «Si supieras», pensó con una amargura que le supo a hiel. «Si supieras que el amante que buscas está aquí mismo, dejándose abrazar por ti».
En cuanto se despidió de Ray, Koral no llamó al chofer de Ayazen ni se dirigió al departamento donde el alfa lo esperaba.
Necesitaba aire, distancia y, sobre todo, no ver la cara de Ayazen Verlkanur.
Manejó su propio coche hasta la mansión de sus padres, una propiedad que solía evitar pero que ahora le parecía el único refugio posible.
Cruzó el umbral de la casa familiar ignorando los saludos de los empleados.
Subió las escaleras de dos en dos, sintiendo que el aire le faltaba.
En cuanto entró en su antigua habitación, ni siquiera encendió la luz.
Corrió directamente al baño, cayendo de rodillas frente al inodoro mientras el cuerpo lo traicionaba de nuevo.
Vomitó hasta que solo salió bilis, con el pecho ardiendo y las lágrimas picándole en los ojos.
Se quedó allí, sentado en el suelo de mármol frío, abrazando sus propias piernas.
Se sentía estúpido y patético. Recordó cada regalo de Ayazen, cada palabra, cada caricia…
Mientras el alfa le ponía relojes de oro y le hablaba del futuro como si en él estuviera incluido, seguía cumpliendo con sus deberes con Ray.
Había sido un juguete caro, una distracción entretenida mientras el heredero real de los Verlkanur se gestaba en el vientre del omega.
—Qué imbécil —masculló entre dientes, limpiándose la boca con el dorso de la mano—. Qué maldito imbécil he sido.
El teléfono en su bolsillo comenzó a vibrar. El nombre de Ayazen iluminaba la pantalla en la oscuridad del baño. Una, dos, tres llamadas perdidas. Luego un mensaje: «¿Dónde estás? Te estoy esperando».
Koral lanzó el teléfono contra la pared opuesta.
El ruido del cristal chocando contra el azulejo le dio un segundo de satisfacción antes de que el vacío volviera a consumirlo.
No iba a volver con él esa noche ni ninguna.
No podía soportar el olor de Ayazen en su piel sabiendo que ese mismo aroma ahora pertenecía a una familia que él nunca tendría.
Koral se puso en pie, tambaleándose. La rabia era lo único que mantenía sus piernas firmes, una furia sorda que le quemaba las venas y le nublaba la vista.
Se acercó a la cama y, con un rugido ahogado, tiró de las sábanas de seda con tanta fuerza que se escuchó el crujir de la tela al tensarse contra la madera del bastidor.
Las lanzó al suelo, como si el simple contacto con algo que recordara a la comodidad o al descanso le resultara un insulto.
Caminó hacia el clóset y abrió las puertas de par en par.
Sus ojos recorrieron las perchas, deteniéndose en los huecos vacíos.
Faltaban sus trajes favoritos, las camisas de lino que mejor le quedaban, el abrigo que Ayazen solía quitarle con lentitud al llegar a casa.
Todo estaba en el departamento de Ayazen.
Su vida estaba desparramada en el territorio de un alfa que lo había usado, y él había estado dispuesto a permitírselo.
—Maldita sea... ¡maldita sea! —gritó, tirando las perchas al suelo.
La ropa volaba por la habitación. Camisas, pantalones, corbatas.
Todo terminó en una pila desordenada sobre la alfombra.
Koral se agachó y sacó una maleta vieja que guardaba en el fondo del armario.
La abrió de golpe y comenzó a meter ropa a puñados, sin doblarla, sin orden, con los dedos temblorosos y los movimientos torpes.
Quería desaparecer. Quería irse a un lugar donde nadie lo conociera, donde el olor a sándalo no lo persiguiera en cada esquina.
Pero al meter una de sus camisas, el tejido se enganchó en la cremallera y se rasgó con un sonido seco.
Ese pequeño ruido fue el detonante. Koral se quedó paralizado, con el trozo de tela entre los dedos.
La fuerza que lo sostenía se evaporó de golpe, dejándolo vacío, hueco.
Las lágrimas, que hasta ahora habían sido un rastro caliente en sus mejillas, se convirtieron en un sollozo violento que le sacudió los hombros.
Se dejó caer ahí mismo, en el suelo del clóset, entre la ropa tirada y la maleta a medio llenar.
Se encogió sobre sí mismo, abrazando sus rodillas, y lloró con una angustia que nunca se había permitido sentir por lo estúpido que fue al creer que un beta podía ganar en un mundo diseñado para alfas y omegas.
El llanto era desgarrador, un sonido crudo que se perdía en las paredes de la mansión vacía. Se sentía pequeño, desechado e inútil.
♦ ◊ ♦
Ayazen golpeó el volante con la palma de la mano mientras el deportivo rugía por las calles todavía húmedas.
El teléfono, encajado en el tablero, mostraba una lista interminable de llamadas salientes sin respuesta.
Ni un solo mensaje leído. La furia le subía por la gola como un ácido; no estaba acostumbrado a la indiferencia de Koral, y menos después de la semana de atenciones que le había dedicado.
Al llegar al departamento, la oscuridad lo recibió como un insulto. Recorrió las habitaciones con pasos pesados, encendiendo luces y cerrando puertas con violencia. No había rastro de él.
—Haz lo que quieras, te dije... pero no que desaparecieras, maldita sea —masculló para sí mismo, sirviéndose un whisky que apenas probó.
Pasaron dos horas. El reloj de pared marcaba el paso del tiempo con una lentitud tortuosa. Ayazen no pudo más. Bajó al estacionamiento, derrapando al salir, y marcó el número de su equipo de seguridad externa mientras conducía hacia la zona residencial.
—¿Dónde está? —preguntó sin saludar.
—Señor Verlkanur, el joven Koral almorzó con Ray en el centro. Después de eso, se dirigió directamente a la mansión de sus padres. No ha salido desde entonces.
Ayazen cortó la comunicación sin responder. El nombre de Ray volvió a encender la chispa de la sospecha que las fotos del sobre habían sembrado. ¿Qué habían hablado? ¿Por qué Koral se escondía en la casa de su familia en lugar de volver a sus brazos?
Frenó en seco frente a la mansión de los padres de Koral. Bajó del auto sin apagar el motor y caminó hacia la entrada principal. El mayordomo abrió la puerta, pero antes de que pudiera pronunciar una palabra de bienvenida, Ayazen ya estaba cruzando el vestíbulo hacia las escaleras.
—Señor Verlkanur, espere —dijo el hombre, poniéndose en su camino con una mezcla de respeto y nerviosismo—. El joven Koral está indispuesto. Me ha pedido que no se le moleste bajo ninguna circunstancia.
Ayazen se detuvo, bajando la mirada hacia el empleado con una frialdad que lo hizo retroceder.
—No me importa su disposición. Quítate de mi camino.
—Señor, de verdad, él insistió en que...
—Conoce tu lugar —le cortó Ayazen; su voz era fría y peligrosa—. Si valoras tu empleo y no quieres que mañana mismo estés en la calle, déjame pasar. Ahora.
En ese momento, el padre de Koral apareció en el rellano del segundo piso, atraído por el ruido. Se ajustó las gafas, sorprendido de ver al heredero de los Verlkanur irrumpiendo en su casa a esas horas y en ese estado.
—¿Ayazen? Qué sorpresa tenerte aquí —dijo el hombre, bajando los primeros escalones con una sonrisa—. ¿Cómo va el proyecto? Me dijeron que los balances...
Ayazen ni siquiera se detuvo a estrecharle la mano. Siguió subiendo, ignorando las palabras del alfa.
—Vengo a ver a Koral. Tenemos asuntos pendientes.
Pasó por el lado del hombre sin darle una segunda mirada, dejando al padre de Koral con la palabra en la boca.
Ayazen llegó al pasillo superior y caminó directo hacia la puerta de la habitación de Koral.
No llamó. Giró el pomo con brusquedad y entró, dispuesto a exigir las explicaciones que creía que le correspondían.
Lo que encontró lo frenó en seco. La habitación era un caos de ropa tirada, una maleta abierta y el cuerpo de Koral con los ojos cerrados en el suelo, a un lado del equipaje.
Ayazen sintió más furia aún. Lo agarró del brazo con una fuerza que hizo que el beta soltara un gemido de dolor, arrancándolo de ese rastro de sueño pesado y llanto.
—¿Qué mierda te pasa? —gritó Koral, con la voz rota y áspera, forcejeando para soltarse mientras sus ojos hinchados trataban de enfocar la figura imponente de Ayazen.
—Deberías preguntarte eso a ti. Al parecer tenías planeado hacer un viaje —escupió Ayazen, pateando la maleta abierta que yacía en el suelo con la ropa desparramada.
—¿Y eso a ti qué te importa? —Koral fue más brusco, empujando el pecho del alfa, pero Ayazen era una pared de músculo.
La luz tenue del pasillo alcanzó a iluminar el rostro deshecho del beta. Ayazen se quedó rígido un segundo y luego, con un movimiento rápido, le atenazó el rostro con una mano, obligándolo a mirarlo de frente.
—¿Qué te pasa? ¿Qué te hicieron?
—Nada que te importe, idiota —Koral se zafó con un manotazo—. Ahora vete de mi casa. Lárgate.
Ayazen no retrocedió. Volvió a tomarlo del mentón, esta vez con más fuerza, clavando los dedos en la mandíbula de Koral. La mención de Ray en el informe de seguridad le quemaba en la cabeza.
—¿Qué te dijo esa puta? —preguntó Ayazen, con una rabia que le hacía vibrar la voz—. ¿Ray te dijo algo para que te pusieras así? ¿Te llenó la cabeza con sus mierdas?