CAPÍTULO 11 | EL TONTO QUE SOY. #2
Le fue señalando cada arreglo con entusiasmo, hablando de combinaciones, de tonos y de lo bien que quedarían bajo las luces del salón.
Ayazen escuchaba en silencio, con la mandíbula tensa, mientras el aroma dulce de las flores se mezclaba con la cera de abejas y le resultaba, por alguna razón, sofocante.
Fue entonces cuando ella lo llevó hasta el sofá de respaldo alto y comenzó a extender los catálogos y las muestras sobre la mesa de centro, retomando el tono práctico que le era tan familiar.
—Hemos pensado que las orquídeas blancas serían las perfectas para los centros de mesa —decía ella, pasando el dedo por una fotografía—. ¿Qué te parece, Ayazen? Estás muy callado.
—Está bien, madre. Lo que tú decidas —respondió él sin mirar. Sus ojos estaban fijos en la puerta del gran salón.
En ese momento, Ray apareció. Iba impecable, con un traje de lino en tonos crema que resaltaba su figura. Al ver a Ayazen, su rostro se iluminó con una sonrisa y se acercó rápidamente, rodeando el brazo del alfa con sus manos.
—Ayazen, no sabía que vendrías tan temprano —dijo Ray, apoyando la cabeza en su hombro—. Me hace mucha ilusión que estés aquí para ver los detalles.
Ayazen sintió una repulsión física inmediata. Se soltó del agarre de Ray con un movimiento brusco, dejando al omega descolocado y a su madre con la ceja levantada.
—Suéltame —dijo Ayazen con una voz que heló la habitación—. Necesito hablar contigo. A solas. Ahora.
Se dirigieron a la biblioteca y, en cuanto la puerta se cerró, Ray intentó acercarse de nuevo, con los ojos llenos de duda.
—¿Pasa algo? Si es por los cambios de la boda, podemos ajustarlo...
—Quiero que rompamos el compromiso —soltó Ayazen, directo.
Ray se quedó petrificado. El color huyó de su rostro de golpe.
—¿Qué? Ayazen, no... no entiendo. Estamos a semanas de la fecha, las invitaciones ya salieron, nuestras familias...
—No me importa —cortó el alfa, dando un paso hacia él—. Escúchame bien, Ray. Es mejor que lo hagas tú. Ve afuera, dile a mi madre que te has arrepentido, que no te sientes preparado. Si lo haces tú, conservarás algo de dignidad. Tu reputación quedará intacta como el omega que decidió no casarse.
—¡No! —Ray estalló en llanto, las lágrimas corriendo por sus mejillas—.
¡No voy a hacer eso! Te amo, Ayazen. Podemos arreglarlo.
Si hay alguien más... si es por esa persona con la que tienes una aventura, lo aceptaré.
No me importa que lo tengas como amante, pero no me hagas esto. No destruyas esto así.
Ayazen sintió un asco profundo al escuchar a Ray rebajarse de esa manera, intuyendo que se refería a Koral. Dio un paso hacia él, invadiendo su espacio personal hasta que el omega tuvo que retroceder contra un estante.
—Mi pareja no tiene nada que ver contigo ni con este compromiso —mintió Ayazen; su voz tenía un tono amenazante que hizo temblar al chico—. No te equivoques y haz las cosas bien.
Ray hipaba, tapándose la boca con la mano al ver la frialdad en los ojos del alfa. Al comprender que su mundo se derrumbaba, dio media vuelta y pasó por su lado a paso rápido.
La madre de Ayazen, que esperaba en el salón rodeada de muestras de encaje y porcelana, se puso de pie de un salto al ver a Ray salir disparado hacia la puerta principal. El omega tenía los ojos inyectados en sangre y no se detuvo ni cuando ella lo llamó por su nombre con tono de alarma.
—¡Ray! ¿A dónde vas? —preguntó la mujer, pero solo recibió el sonido de la puerta pesada cerrándose. Se giró hacia su hijo, que aparecía con las manos en los pockets y una expresión de piedra—. Ayazen, ¿qué ha sido eso? ¿Qué le has dicho?
—Ray se lo dirá con tiempo, madre. Ahora tengo asuntos que atender en la empresa —respondió Ayazen con frialdad. Se ajustó el reloj de la muñeca y salió de allí sin mirar atrás, subiendo a su coche con la mente fija en la carretera.
♦ ◊ ♦
Koral se encontró con Ray en un restaurante pequeño y discreto, lejos de los circuitos habituales que solían frecuentar.
Cuando recibió el mensaje del omega pidiéndole verse, se había quedado inmóvil unos segundos, sorprendido.
Le había parecido casi un sueño, por lo que se apresuró a aceptar sin pensarlo demasiado.
Sin embargo, al verlo, algo se le apretó en el pecho.
Ray tenía el rostro pálido y evitaba mirarlo a los ojos, entreteniéndose en doblar y desdoblar el borde de la servilleta entre los dedos, como si necesitara aferrarse a algo para no quebrarse antes de decir lo que lo había llevado hasta allí.
—Ayazen se ha estado comportando de una forma que no reconozco, Koral —susurró Ray con la voz rota—. Hoy fue a casa de sus padres solo para decirme que quería romper el compromiso. Me dijo que lo hiciera yo, que era lo mejor… —su voz se cortó en un sollozo.
Koral sintió un chispazo de alivio, una calidez genuina que le recorrió el pecho.
Si Ayazen dejaba a Ray, el camino quedaba libre.
La culpa que había sentido se disipó ante la certeza de que su plan daba los frutos esperados, ignorando la opresión residual en su pecho.
Estaba a punto de decir algo reconfortante cuando Ray levantó la vista; sus ojos brillaban con una luz distinta, más pesada.
—Pero no puede hacerme esto —dijo Ray, bajando la voz hasta convertirla en un secreto doloroso—. Koral... estoy embarazado. Ayazen no sabe que voy a tener un hijo suyo.
El mundo de Koral se detuvo. El ruido de los cubiertos y las conversaciones del restaurante se transformaron en un zumbido ensordecedor.
Sintió un vuelco violento en el estómago, una náusea ácida que le subió por la garganta.
Sin decir una palabra, se levantó de la mesa y caminó a trompicones hacia el baño.
Una vez dentro, se encerró en un cubículo y vomitó hasta quedar vacío.
Apoyó la frente contra el azulejo frío, jadeando.
La traición le quemaba la piel. «Lo volvió a hacer.
Me volvió a dejar como el pendejo que soy mientras seguía acostándose con Ray hasta dejarlo encinta», se dijo en mitad del ataque, sintiéndose como un idiota, un juguete desechable en medio de un juego de castas que jamás podría ganar.
Ayazen iba a ser padre. El alfa que le juraba posesión absoluta iba a tener un heredero con el omega que supuestamente despreciaba.
Se lavó la cara con agua helada, mirándose en el espejo.
Sus ojos estaban inyectados en sangre, pero su plan seguía ahí, ahora alimentado por un odio mucho más afilado que volvía a nacer en sus entrañas.
Regresó a la mesa, tratando de controlar el temblor de sus manos.
Tomó la mano de Ray sobre el mantel, apretándola con una suavidad casi desesperada.
—Ray, escúchame —dijo Koral, con una voz que sonaba extrañamente plana—. Vámonos. Podemos irnos lejos, dejar esta ciudad, dejar a Ayazen y toda su mierda. No necesitas su apellido para criar a ese niño. Yo te ayudaré. Podemos desaparecer de la órbita de todos, sin tener la obligación de nada.
Ray lo miró como si se hubiera vuelto loco. Soltó su mano y negó con la cabeza, secándose una lágrima rebelde.
—No... no puedo hacer eso, Koral. Amo a Ayazen.
Jamás lo dejaría, y menos ahora que llevo a su hijo —Ray se inclinó hacia adelante—.
Tú pasas mucho tiempo con él en la empresa.
Tienes que ayudarme. Ayúdame a descubrir quién es su amante.
Sé que hay alguien más, alguien que le ha metido esas ideas en la cabeza.
Necesito saber quién es para recuperarlo.
Koral sintió ganas de reírse en su cara, una risa histérica que logró contener a duras penas.
El nudo en su gola era tan grande que casi no podía respirar, pero asintió despacio, mientras en su mente solo resonaba una idea clara: Ayazen lo había traicionado de la peor forma posible, y Ray, sin saberlo, le estaba pidiendo que cavara su propia tumba.