CAPÍTULO 11 | EL TONTO QUE SOY.
El despertador ni siquiera había sonado cuando Ayazen ya estaba despierto, observando a Koral dormir.
El aire en la habitación estaba viciado por el calor de la calefacción y el rastro de la noche anterior en su departamento.
Ayazen se levantó sin hacer ruido, se puso una bata de seda oscura y salió al pasillo.
Media hora después, regresó con una bandeja de plata que dejó pesadamente sobre la mesita de noche.
El sonido de la porcelana chocando hizo que Koral se removiera entre las sábanas, entreabriendo los ojos con una mueca de confusión.
—Despierta —dijo Ayazen, sentándose al borde del colchón.
Koral se incorporó apoyándose en los codos, con el cabello revuelto y la piel todavía marcada por el roce de sus labios. Ayazen no esperó a que terminara de despabilarse; tomó una pequeña caja alargada de madera de ébano que traía escondida bajo el brazo y la dejó sobre los muslos de Koral.
—Es para que dejes de usar esa basura de plástico que tienes en el escritorio —soltó el alfa, señalando la caja con un gesto de la barbilla.
Koral abrió el estuche. Dentro descansaba una pluma estilográfica de oro macizo, pesada, con un grabado casi imperceptible en el capuchón.
—Ayazen, ya tengo mil de estas... —empezó Koral, pero el alfa le puso un dedo sobre los labios, presionando lo suficiente para callarlo.
—Esta es distinta. La mandé a hacer especialmente para ti.
Ayazen le tomó la mano, haciendo que cerrara los dedos sobre el metal frío de la pluma.
Luego, sin previo aviso, tiró de él hacia adelante con una brusquedad que hizo que Koral soltara una carcajada, atrapando su boca en un beso caliente que el beta ya empezaba a reconocer como su nueva normalidad.
Koral se dejó tocar, sintiendo el contraste del oro frío en su palma y la lengua caliente del alfa invadiendo su boca.
«Siento el calor subirme por las entrañas como algo normal, aunque sé que no lo es», pensó Koral, confundido consigo mismo, pues se suponía que debería estar ansioso por terminar las cosas con Ayazen.
Sin embargo, su cuerpo no parecía estar al tanto de aquello; parecía mucho más atento a todas las distintas sensaciones que el alfa le hacía experimentar dentro de sí, hasta el punto de volverlo loco poco a poco.
♦ ◊ ♦
El olor a cuero viejo y papel encerado llenaba el ambiente de la oficina, sofocándolo poco a poco.
Koral intentaba concentrarse en una serie de contratos de logística sobre los barrios nuevos, sentado en el suelo con los papeles desparramados a su alrededor.
Sin embargo, Ayazen estaba inquieto; parecía molesto porque le había dado a Koral la opción de que los ingenieros se encargaran de aquello.
El beta se había negado, ya sintiéndose inútil en ese aspecto y aún más al estar a solas con él.
El alfa caminaba de un lado a otro con un vaso de whisky en la mano, hasta que finalmente se detuvo detrás de Koral.
Sin decir nada, Ayazen dejó caer un paquete envuelto en papel de seda gris sobre las piernas del beta.
—Póntelo —ordenó.
Koral deshizo el envoltorio algo desconcertado, pero sin poder negarse. Era un jersey de cachemira de un tono azul tan oscuro que parecía negro, tan suave que se deslizaba entre los dedos como agua.
—Hace frío aquí —justificó Ayazen, aunque la calefacción estaba encendida—. Y ya no uses esas camisas delgadas.
Koral suspiró antes de colocarse la prenda allí mismo, consciente de la mirada de Ayazen sobre él. La tela se amoldó a sus hombros con una naturalidad impecable. Ayazen se arrodilló a su espalda y dejó que sus manos recorrieran la cachemira, despacio.
—Te queda mejor que a cualquiera —susurró Ayazen, hundiendo la nariz en la nuca de Koral, justo donde el cuello del jersey terminaba.
Koral echó la cabeza hacia atrás, dejando expuesta la gola, y Ayazen no tardó en rozar la piel con una mordida suave, marcándola de un rojo que el jersey no alcanzaría a ocultar.
Koral cerró los ojos al sentir los brazos del alfa rodearle la cintura, atrayéndolo hacia su regazo, mientras los papeles quedaban olvidados y arrugados bajo sus cuerpos.
♦ ◊ ♦
Koral había comenzado a sentirse algo incómodo por el comportamiento atento de Ayazen después de su recuperación.
No había día en el que el alfa no estuviera detrás de él o a su lado, hablándole de asuntos que ni sintonizaba o dándole obsequios sin sentido que de alguna manera lo sofocaban, obligándolo a usarlos todos para evitar un sermón sobre por qué no lo hacía o cuál era el problema, como si realmente fueran una pareja real.
Pero la calma se rompió cuando Koral ya dormía en la habitación, cansado por la noche intensa que habían tenido.
Ayazen caminó hasta el despacho, encendió una sola lámpara y se sentó frente al escritorio.
Había un sobre que el jefe de seguridad le había entregado en mano cuando llegó de Venecia varias semanas atrás.
Ayazen lo abrió con calma, pero al volcar el contenido, las fotos se desparramaron sobre la madera oscura.
Sus ojos se clavaron en la primera imagen. Ray estaba de pie en un probador, rodeado de espejos. Llevaba una lencería de encaje negro, tan fina que se transparentaba bajo la luz de los focos. Tenía la espalda arqueada, las manos apoyadas en las caderas y sus ojos fijos en alguien.
Pero no fue Ray lo que hizo que Ayazen sintiera un pinchazo de fuego en el estómago.
Fue la silueta de Koral, reflejada en uno de los espejos, parado justo en la entrada del probador.
En la siguiente foto, Koral miraba a Ray directamente, con una fijeza que Ayazen reconoció al instante.
La boca de Koral estaba entreabierta, como si platicara de algo a merced de la piel de Ray que el encaje no llegaba a tapar.
Ayazen apretó las fotos, arrugándolas hasta que el papel crujió.
Una vena comenzó a latirle en la sien. No era decepción lo que sentía; era una rabia que le nublaba el juicio.
Ver a Koral en esa situación con Ray le revolvía la cabeza.
Sabía muy bien que Koral sentía cosas por Ray; no era idiota.
Siempre lo supo desde que eran niños, y eso lo hacía querer llevarse al beta lo más lejos posible de cualquier lugar donde Ray pudiera estar.
—Maldita puta —masculló Ayazen, refiriéndose al omega.
Ray estaba usando su cuerpo para llamar la atención del hombre que le pertenecía a él. Ver la complicidad de ambos en las fotos, la forma en que Ray le sonreía a Koral a través del espejo, hizo que Ayazen sintiera que el aire le faltaba.
—Ese puto omega… debí haberme deshecho de él cuando tuve la oportunidad.
Se levantó de golpe, tirando el vaso de whisky que había dejado a medio llenar.
No iba a despertar a Koral. No quería romper el ambiente agradable que habían construido esa semana.
Pero Ray... Ray iba a pagar por cada segundo que Koral pasó mirándolo.
Agarró las llaves del coche con la respiración entrecortada.
Iba a llegar a la mansión de sus padres un poco antes de lo esperado para el almuerzo que habían planeado.
♦ ◊ ♦
Koral se despertó lentamente, extendiendo la mano hacia el lado vacío de la cama. El colchón ya estaba frío. Se estiró, sintiendo los músculos todavía relajados por el sueño, hasta que el brillo de la pantalla de su teléfono en la mesita de noche llamó su atención. Tenía un mensaje de Ayazen:
«Surgió una reunión imprevista en casa de mis padres. Desayuna algo y ocupa tu día en lo que quieras. No me esperes para almorzar».
Koral soltó un bostezo largo, rascándose la nuca mientras procesaba las palabras.
Le resultaba extraño que Ayazen se marchara tan temprano sin despertarlo para una de sus habituales rondas de sexo mañaneras, pero no le de dio más vueltas.
Se puso una bata y caminó descalzo hasta la cocina.
El frío del suelo lo terminó de espabilar.
Llegó con la intención de comer algo ligero.
Abrió el refrigerador y sacó la leche; luego tomó los cereales de la alacena y los sirvió en un plato.
Estaba disfrutando de la soledad momentánea cuando, al comenzar a verter la leche, un olor extraño le golpeó de inmediato y el estómago se le revolvió por completo.
Se detuvo, incómodo. Miró el envase con atención y comprobó la fecha: estaba bien, no estaba pasada. Aun así, algo no encajaba. Dudó un momento antes de acercar la leche a su nariz y olerla otra vez.
El asco fue inmediato.
Las náuseas le subieron con fuerza, sin darle tiempo a reaccionar. Koral dejó todo sobre la encimera y salió apresurado hacia el baño. Apenas alcanzó a inclinarse sobre el inodoro antes de vomitar, con el cuerpo tensándose mientras el sabor amargo le quemaba la gola.
♦ ◊ ♦
La residencia de los Verlkanur olía a cera de abejas y a flores frescas cortadas esa misma mañana. Apenas cruzó el umbral, el sonido de unos pasos apresurados lo hizo alzar la vista.
—Ayazen.
Su madre apareció desde el fondo del salón, sorprendida primero y luego visiblemente emocionada. Lo observó un segundo, como si necesitara comprobar que estaba allí de verdad, antes de acercarse y rodearlo con los brazos en un abrazo firme, perfumado y perfectamente medido.
—No esperaba verte tan temprano —dijo, apartándose lo justo para mirarlo al rostro—. Deberías haber avisado.
Ayazen apenas respondió, pero ella no pareció notarlo.
Tomándolo del brazo, lo condujo hasta el mesón central, donde se extendía una abundancia casi excesiva de flores recién cortadas: ramos de orquídeas blancas, lirios pálidos y rosas perfectamente abiertas, todas dispuestas con un cuidado casi ceremonial.
—Mira —dijo ella, claramente complacida—. Han llegado esta mañana. Quería que vieras las opciones para la boda antes de que tomemos una decisión definitiva.