Tentación Prohibida (Omegaverse BL) CAPÍTULO 10 | FEROMONAS.
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CAPÍTULO 10 | FEROMONAS.

Ayazen cruzó el umbral de la mansión con el abrigo todavía puesto y el frío de la calle pegado a la piel.

Había cancelado las últimas reuniones en Venecia y tomado un vuelo privado en cuanto el informe diario de sus escoltas dejó de mencionar cenas con Ray y empezó a detallar visitas médicas y persianas cerradas las veinticuatro horas.

La paranoia lo había traído de vuelta una semana antes de lo previsto; no soportaba la idea de que Koral estuviera fuera de su alcance, incluso si era por una enfermedad.

Subió las escaleras de dos en dos, ignorando el saludo del mayordomo, y entró en la habitación de Koral.

El aire estaba viciado; había un olor dulzón demasiado tenue que era casi imperceptible.

Se acercó a la cama, donde Koral apenas era un bulto bajo las mantas, con el rostro pálido y el cabello pegado a la frente por el sudor.

Ayazen se sentó al borde del colchón, sintiendo cómo el peso de su cuerpo hundía el lecho.

Se inclinó sobre él con suavidad y presionó sus labios contra los de Koral en un beso lento, casi casto.

Sus manos buscaron las hebras del cabello del beta, acariciándolas con cuidado, apartando los mechones húmedos de su rostro.

Koral sintió el contacto y dejó escapar un suspiro quebrado.

Abrió los ojos muy despacio, con la vista nublada por el remanente de la fiebre.

Al enfocar el rostro de Ayazen tan cerca del suyo, sus labios se curvaron en una pequeña sonrisa por pura inercia.

«Viniste…», pensó en su estado de confusión, mientras su mente le decía que aquello era una alucinación más, un espejismo creado por los delirios de la semana.

—Viniste… —susurró con la voz ronca, dejando que la caricia en su cabello lo arrullara.

Ayazen no respondió, simplemente bajó el rostro hacia la curva de su cuello, dejando besos húmedos y cálidos sobre la piel ardiente de Koral.

Fue ese contacto, la presión real de la mandíbula del alfa contra su clavícula y el olor metálico y costoso de su loción, lo que hizo que la neblina en la cabeza de Koral se disipara de golpe.

No era un sueño ni era una imagen mental para consolarlo. Era Ayazen, de nuevo invadiendo su espacio, de nuevo reclamándolo como si fuera su dueño.

El pánico y la irritación reemplazaron la calidez en un segundo. Koral apoyó las manos en los hombros del alfa y, con las pocas fuerzas que le quedaban, lo empujó hacia atrás, separándolo de su cuerpo.

—¿Qué haces aquí? —soltó Koral, respirando con dificultad mientras se incorporaba contra el respaldo de la cama—. Deberías estar en Venecia.

Ayazen lo miró, entrecerrando los ojos. La ternura de hace un segundo desapareció, reemplazada por esa intensidad dominante que siempre lo precedía.

—No atendías el teléfono —dijo Ayazen, enderezándose pero sin levantarse de la cama.

Ignoró la debilidad de Koral y comenzó a revisarlo, pasando sus manos por su torso y sus brazos como si estuviera inventariando un objeto dañado.

Koral intentaba apartar esas manos grandes, pero el alfa era una pared de músculo que apenas se inmutaba ante sus empujones.

—Déjame, Ayazen... —masculló Koral, sintiendo el frío del aire cuando el alfa, con un movimiento brusco, le bajó los pantalones, dejándolo completamente desnudo sobre las sábanas.

Koral trató de cubrirse, pero la mirada de Ayazen era tan gélida que hacía que la habitación se sintiera más pequeña.

—Si hubiera sabido que te ibas a comportar como una puta con Ray en cuanto me diera la vuelta, te habría arrastrado conmigo a Venecia —soltó Ayazen.

En ese momento, el alfa le sujetó la muñeca con una fuerza que le hizo soltar un quejido. Ayazen miró el brazo desnudo de Koral, buscando el brillo del metal que le había puesto antes de irse.

—¿Dónde está la pulsera? —preguntó, apretando más la muñeca—. ¿Dónde la dejaste?

Koral sintió el miedo subirle por la gola.

«Me está observando; tengo que cambiar el juego o terminaré perdiendo», planeó con desesperación al recordar las fotos del escritorio y el juguete guardado.

Respiró hondo y forzó que sus ojos se llenaran de lágrimas, dejando que su labio inferior temblara ligeramente.

Cambió la rabia por una expresión de dolor profundo.

—Eres un descarado... —susurró Koral, fingiendo que la voz se le quebraba—. Me reclamas por una joya que le regalaste exactamente igual a tu prometido. Me haces sentir como un reemplazo momentáneo, como alguien que no vale ni el esfuerzo de una compra diferente.

Koral se encogió en la cama y Ayazen parpadeó; la sorpresa cruzó su rostro por un breve segundo. El enojo seguía ahí, pero ver a Koral de esa manera lo hacía sentir ansioso.

—Koral... —empezó Ayazen, su voz perdiendo un poco de filo.

—Me dolió tanto verla en su brazo... sentí asco de mí mismo —continuó Koral, acercándose lentamente a él, dejando que su piel rozara el brazo de Ayazen—. Te extrañé tanto que duele, pero luego me tratas así...

Ayazen soltó un suspiro pesado; la tensión abandonó sus hombros. Cayó de lleno en la red de Koral. Se sentó más cerca y rodeó al beta con sus brazos, permitiendo que Koral se acurrucara contra su pecho.

—Esa pulsera no la elegí yo —murmuró contra el oído de Koral, la voz ronca—. Mi madre se encarga de esas compras para los compromisos de la familia. No sabía que eran iguales, Koral. Nunca quise que te sintieras reflejado en él.

Ayazen hundió el rostro en el hueco del cuello de Koral, inhalando profundamente el aroma del beta.

Sus dedos se entrelazaron en el cabello húmedo de Koral, acariciando el cuero cabelludo con una delicadeza que desmentía la brusquedad de su llegada.

Koral sintió cómo el alfa se acurrucaba contra él, buscando el calor de su cuerpo.

Koral, con el rostro escondido en el hombro del alfa, sonrió.

Una sonrisa fría, casi imperceptible, de pura victoria.

Lo tenía exactamente donde quería: vulnerable, creyendo en su inocencia, en su dolor.

Lentamente, levantó la cabeza, dejando que sus ojos, aún algo vidriosos por la fiebre, encontraran los de Ayazen.

Con un movimiento deliberado, acortó la distancia y sus labios se rozaron.

Fue un contacto suave al principio, que se transformó en un beso profundo, hambriento, que Ayazen devolvió con una intensidad que hizo que Koral se hundiera aún más en las almohadas.

Las manos de Ayazen bajaron por la espalda de Koral, recorriendo la piel desnuda con una lentitud que prometía más.

El alfa se separó un momento del beso, solo para desabrocharse el cinturón con una mano, sus ojos fijos en los de Koral.

La camisa voló por los aires, dejando al descubierto el torso trabajado de Ayazen, sus músculos tensos bajo la piel.

Koral jadeó, sus labios aún hinchados por los besos, y abrió las piernas, una invitación silenciosa que el alfa entendió de inmediato.

Ayazen se movió sobre él, encajándose entre sus muslos. El calor de su piel era un contraste abrasador contra la fiebre que aún recorría el cuerpo de Koral.

—Quédate —susurró Koral, sus piernas entrelazándose en la cintura de Ayazen, sus dedos buscando la nuca del alfa para atraerlo más cerca—. No te vayas de nuevo.

Ayazen no respondió con palabras. Pasó sus brazos por debajo de las rodillas y la espalda de Koral, levantándolo de la cama como si no pesara nada.

El beta rodeó el cuello del alfa por instinto, apoyando la cabeza en su hombro mientras lo llevaba hacia el baño.

Al entrar, el vapor de la tarde todavía flotaba en el aire.

Ayazen lo dejó con cuidado dentro de la tina y abrió el grifo, dejando que el agua tibia comenzara a subir, cubriendo lentamente la piel pálida de Koral.

Con una esponja, Ayazen comenzó a lavarlo. Sus movimientos eran lentos, recorriendo sus hombros y su pecho con una calma que ponía a Koral más nervioso. Koral lo observaba, sintiendo ya la excitación pulsando en su vientre, intensificada por el calor del agua y la cercanía del alfa.

—Estás muy serio —murmuró Koral, intentando romper el silencio mientras el agua le resbalaba por el cuello.

Ayazen no respondió. Se limitó a inclinar la cabeza y atrapar los labios de Koral en un beso profundo, invadiendo su boca con la lengua de una forma tan posesiva que le cortó el aliento.

—Te voy a secar —dijo Ayazen contra sus labios, su voz vibrando con una ronquera baja—. Tienes que descansar.

Koral soltó una risa entrecortada y, en un movimiento rápido, enganchó sus manos en el cuello de la camisa de Ayazen y tiró de él hacia el agua.

El alfa cayó dentro de la tina con un estruendo sordo, empapándose por completo.

El agua saltó por los bordes, mojando el suelo.

Ayazen se incorporó, con el cabello goteando sobre su rostro y la camisa blanca pegada al cuerpo, volviéndose traslúcida.

Sin decir nada, Ayazen se puso de pie bajo la lluvia de la ducha que también había abierto. Se deshizo de la ropa mojada con movimientos bruscos, dejándola caer a un lado, hasta quedar completamente expuesto. Koral tragó saliva al ver su miembro, firme y pesado, destacando cuando miró hacia arriba.

Koral se acercó, todavía sentado en el fondo de la tina, y comenzó a besar el pecho de Ayazen, sintiendo los músculos tensos bajo sus labios. Bajó lentamente, recorriendo con la lengua el camino de vello que descendía por su abdomen, hasta quedar de rodillas frente a él.

«¿Qué diablos estoy haciendo?», se preguntó Koral por un segundo, sintiendo el impulso de retroceder, de no darle ese placer. Pero no quería detenerse.

Abrió la boca y pasó la punta de la lengua por el glande, escuchando el primer gruñido ronco que escapó de la gola de Ayazen.

Koral sujetó con firmeza los muslos de Ayazen, sintiendo la tensión en sus músculos mientras se abría paso en su boca.

Tomó por completo el pene, dejando que el grosor le llenara la boca hasta el fondo, rozando el inicio de su garganta.

El aire le empezó a faltar y sintió ese cosquilleo eléctrico que lo obligaba a querer toser, pero no se detuvo; cerró los ojos con fuerza, concentrándose en el ritmo, subiendo y bajando con una lentitud tortuosa.

Sentía la presión de Ayazen, lo apretado de su propia boca rodeándolo y el sabor metálico que lo mareaba más que la propia fiebre.

Se dejó llevar por el sonido de la respiración pesada del alfa arriba de él, hasta que Ayazen se alejó rápidamente, saliendo de su boca, soltó un gruñido bajo y se corrió, manchándole el rostro con un calor denso.

Koral jadeó, limpiándose la mejilla con el dorso de la mano mientras recuperaba el aliento, pero la excitación no lo había abandonado; al contrario, sentía un pulso constante entre sus propias piernas.

Ayazen lo puso de pie con un movimiento seco, terminó de limpiar los restos de su propia esencia en la piel de Koral con los dedos y volvió a atrapar su boca en un beso que sabía a ellos dos.

Sin romper el contacto, lo llevó de vuelta a la habitación.

El aire frío de nuevo en su piel lo hizo estremecer, pero Ayazen lo lanzó sobre la cama y, antes de que Koral pudiera reaccionar, lo sentó a horcajadas sobre su regazo.

El alfa comenzó a jugar con su trasero, amasando la carne con dedos impacientes, preparando el camino con una urgencia que Koral compartió de inmediato.

Koral se arqueó, buscando el ángulo correcto, y se alineó él mismo sobre el miembro de Ayazen, bajando el cuerpo hasta que sintió que lo llenaba por completo.

—Ah... ah... ah... ah —el gemido de Koral salió disparado hacia el techo mientras empezaba a cabalgar, moviendo sus caderas en un vaivén frenético.

Ayazen le sujetó la cintura con fuerza, enterrando los dedos en su piel para marcar el ritmo, golpeando con fuerza contra su entrada en cada subida.

—Mhg... mhg... ¡ah! —Koral echó la cabeza hacia atrás, apretando los hombros de Ayazen mientras el roce interno lo volvía loco.

El movimiento de las caderas de Koral se volvió pesado, casi torpe, cuando sintió esa presión familiar y abrumadora expandiéndose en su interior. El nudo de Ayazen comenzó a hincharse, anclándolo de forma violenta y reclamando su cuerpo con una intensidad que le robó el aliento.

—Sigues... confundiéndome con un omega —logró articular Koral entre jadeos, apretando los hombros de Ayazen mientras sentía cómo las paredes de su cuerpo se estiraban al límite.

Ayazen no respondió con la arrogancia de antes. En su lugar, sonrió de lado, una expresión relajada y oscura que Koral rara vez veía. Lo atrajo hacia su pecho, besándolo con una lentitud casi perezosa mientras ajustaba sus caderas para que el encaje fuera perfecto.

—No le des importancia a eso ahora —murmuró el alfa, dejándose caer hacia atrás en el colchón y arrustrando a Koral con él para que quedara encima, acurrucado contra su torso.

Se quedaron así, unidos por el nudo que los mantenía pegados en un silencio roto solo por sus respiraciones entrecortadas. Ayazen comenzó a pasar sus dedos por la espalda de Koral, trazando círculos distraídos.

—He estado leyendo algunas cosas en Venecia —soltó Ayazen con un tono casual que a Koral le puso los pelos de punta—.

Hay registros de alfas dominantes con una carga genética muy dominante que son capaces de forzar una mutación.

Dicen que pueden transformar a un beta en omega si la exposición es constante a las feromonas.

Koral se tensó sobre él, sintiendo un frío repentino a pesar del calor del cuerpo de Ayazen.

—Es mucho más difícil si el beta ya pasó los veinte años, pero no es imposible —continuó Ayazen.

—Eso es... —Koral intentó incorporarse, soltando un gemido de dolor y placer cuando el movimiento tiró del nudo que aún lo mantenía prisionero—. Eso es una locura, Ayazen. Una atrocidad médica.

—Podríamos intentarlo —dijo Ayazen, fijando sus ojos en los de él con una seriedad que no tenía nada de broma—. Imagínatelo. No tendrías que fingir más. Serías mío de una forma que nadie podría cuestionar.

Koral sintió una náusea real revolviéndose con la excitación. La idea de que Ayazen quisiera reescribir su propia biología para que encajara en su fantasía de posesión lo aterrorizaba. Se dejó caer de nuevo sobre el pecho del alfa, escondiendo el rostro para que no viera su miedo.

—Es una tontería —masculló Koral, tratando de sonar despectivo—. Deja de leer estupideces en los viajes.

Ayazen soltó una pequeña risa vibrante y le besó la coronilla, rodeándolo con sus brazos.

—Solo era curiosidad.

Koral cerró los ojos, pero el sueño no llegó. Sentía una culpa que se hacía cada vez más grande de lo que había sentido con Ray.