Tentación Prohibida (Omegaverse BL) CAPÍTULO 09 | SOMOS LO MISMO.
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CAPÍTULO 09 | SOMOS LO MISMO.

El aire en Venecia era húmedo; el olor a salitre de los canales hacía que algunos hombres que caminaban junto a él cubrieran sus narices con pañuelos de forma exagerada, pero Ayazen apenas lo notaba mientras caminaba hacia su suite en el Danieli.

Su mente seguía anclada a kilómetros de distancia.

Nada más entrar, dejó el maletín sobre la mesa y sacó el teléfono personal.

—Informe —dijo secamente en cuanto el jefe de seguridad encargado de la vigilancia en la ciudad respondió.

—El señor Koral ha salido de su residencia hace una hora, señor. En este momento se encuentra almorzando en la terraza del club con el joven Ray. Se ve relajado.

Ayazen apretó la mandíbula con tanta fuerza que sintió un pinchazo en la sien.

La imagen de ellos dos compartiendo risas sin su presencia lo irritaba de una forma visceral.

«Debí obligarlo a venir», pensó, arrepintiéndose de haber cedido a la supuesta necesidad de Koral de «terminar cosas de la universidad».

Se dejó caer en el sillón de cuero, mirando hacia el Gran Canal a través del ventanal, pero su mirada estaba perdida.

El comportamiento de Koral últimamente era una contradicción constante.

Su repentino interés, esa forma de ceder en la cama y de buscar su atención lo hacían sentir extrañamente eufórico, pero en el fondo, una punzada de duda lo incomodaba.

Sabía que Koral era inteligente, y la sombra de que todo fuera un juego del beta cruzaba su mente con frecuencia.

—No sería tan cruel —susurró para sí mismo, tratando de convencerse.

Cerró los ojos y recordó al Koral de la infancia.

El mismo niño que alimentaba a las ardillas en los jardines de la mansión y que, a escondidas, había montado un refugio para palomas heridas en un rincón de su habitación.

Esa pureza no podía haber desaparecido del todo.

Sin embargo, su instinto le advertía que el afecto «inmediato» que Koral profesaba no era del todo genuino.

Había algo forzado en su dulzura, algo cuando creía que Ayazen no lo miraba.

Aun así, a pesar de las sospechas y del cinismo que Ayazen aplicaba a cada negocio de su vida, no podía evitar que su corazón latiera con una fuerza estúpida cada vez que pensaba en él. Estaba enganchado, y la distancia solo lograba que creciera.

—Vigílalos de cerca —ordenó al teléfono antes de colgar—. No quiero que Ray sepa que estás ahí, pero quiero saber cada palabra que intercambien si es posible.

Colgó y lanzó el teléfono sobre la cama. Tenía un mes por delante en Venecia y ya comenzaba a irritarse.

♦ ◊ ♦

Los días sin Ayazen se sentían como un respiro profundo después de meses de asfixia.

Koral aprovechó cada segundo, arrastrando a Ray de un lado a otro: almuerzos que duraban horas, caminatas por el centro y visitas a galerías.

Se sentía bien, casi poderoso, al recuperar su lugar prioritario en la vida de Ray.

Sin embargo, la burbuja siempre terminaba estallando con algún comentario.

—Hubiera sido tan perfecto que te manifestaras como omega, Koral —dijo Ray mientras caminaban, entrelazando su brazo con el de él—. Seríamos mejores amigos de verdad, nos entenderíamos en otro nivel. Serías mi soporte total.

Koral sintió una punzada de rabia en el estómago. ¿Soporte? ¿Mejores amigos? Odiaba que Ray lo viera como su bestie personal, una extensión de su propia comodidad. Pero ocultó el gesto con una sonrisa entrenada.

—Ya somos amigos, Ray. No necesito un género para entenderte —respondió con ligereza, aunque por dentro quería gritar.

Terminaron en una boutique exclusiva de lencería de seda y encajes importados.

Ray estaba entusiasmado, buscando algo especial para el ajuar de bodas.

En un momento, Ray se metió al probador y comenzó a desvestirse con naturalidad.

Koral, por puro instinto de respeto, cerró los ojos y desvió la mirada.

—Ay, no seas tonto, Koral. Que no te dé pena, eres como mi hermano —rio Ray desde adentro—. Quiero pedirte un consejo, mírame.

Cuando Koral abrió los ojos, se quedó sin aliento, pero no por la razón que Ray creía.

Ray salió del probador luciendo un conjunto de encaje negro translúcido, una pieza de alta costura que dejaba muy poco a la imaginación.

El sujetador era de copas abiertas, apenas sujetas por hilos de seda que resaltaban la palidez de su piel, y el liguero se ajustaba a su cintura fina, decorado con pequeñas perlas negras que caían sobre sus muslos.

Era una lencería diseñada para ser arrancada, extremadamente provocativa y elegante al mismo tiempo.

Koral tragó saliva, observando el cuerpo de Ray. Era perfecto, con esas curvas suaves y delicadas que solo un omega tenía por naturaleza, ese brillo en la piel que parecía no necesitar esfuerzo.

—Te ves... hermoso, Ray. De verdad —dijo Koral, esforzándose por mantener la voz neutra.

Ray se miró al espejo, dándose una vuelta para apreciar cómo el encaje resaltaba su figura.

—¿Crees que a Ayazen le guste? —preguntó con un brillo de ilusión en los ojos—. Últimamente está tan frío que... no sé, tal vez con esto las cosas cambien.

Koral sintió que el aire se volvía pesado.

—No sé qué pase por la cabeza de Ayazen —respondió cortante.

—Voy a comprar varios pares para la luna de miel —decidió Ray, emocionado, acariciando la tela sobre su cadera—. Quiero que esa noche sea inolvidable para los dos.

Escuchar las palabras «luna de miel» fue como un balde de agua fría para Koral.

La imagen de Ayazen, el mismo hombre que lo había tenido sobre el escritorio días atrás, arrancándole ese encaje a Ray le revolvió las entrañas.

Se sintió profundamente incómodo, desplazado y, sobre todo, consciente de que por mucho que pasara tiempo con Ray, los planes de su amigo seguían girando en torno al alfa que ahora estaba en Venecia.

—Ayazen parece indiferente a todo, Ray. No creo que un pedazo de encaje cambie su forma de ser después de la boda —soltó Koral, incapaz de contener la amargura en su voz.

Ray se ajustó uno de los tirantes de seda, mirándose al espejo con una expresión melancólica que pronto se transformó en una de resignación.

—Todos los alfas de ese nivel son así, Koral. Es parte de su naturaleza —respondió Ray, como si estuviera recitando algo que le dijeron—. Una vez que nos casemos y lleguen los hijos, las cosas mejorarán. Un heredero lo cambia todo, les da un propósito más allá del trabajo.

Koral sintió una punzada de irritación. Le parecía increíble que su amigo fuera tan sumiso ante una realidad tan gris.

—Eso es ridículo —replicó Koral, cruzándose de brazos—. Casarse esperando que un hijo arregle la falta de afecto es un error. Para eso no deberían casarse, Ray. No hay nada de amor ahí, es solo un contrato.

Ray se giró, mirándolo con una tristeza que desarmó a Koral por un segundo.

—Ese tipo de cosas, el «amor» como tú lo ves, no importan para personas como nosotros, Koral. Tenemos responsabilidades. Además... —Ray levantó su muñeca, mostrando una pulsera de plata con un diseño intrincado—. Él tiene sus detalles. Me envió esto antes de irse a Venecia.

Koral sintió que la sangre se le congelaba. Era casi idéntica a la que Ayazen le había puesto a la fuerza en la oficina: el mismo brillo frío del metal, el mismo diseño de eslabones entrelazados. La única diferencia era mínima, quizás un detalle en el cierre.

Ray notó que la mirada de Koral se clavaba en su muñeca y luego bajaba a la mano de su amigo, donde Koral todavía llevaba la suya por inercia.

—¿Es la misma? —preguntó Ray, abriendo mucho los ojos, acercándose para comparar—. Koral, ¡tienes una igual!

Koral escondió la mano instintivamente tras su espalda, forzando una sonrisa que le dolió en los músculos de la cara.

—No, no es la misma. Se parece, pero la mía es un regalo de mi padre por mi ascenso —mintió sin parpadear, aunque por dentro sentía que se desmoronaba—. Son diseños comunes en esta temporada, ya sabes.

Ray pareció convencerse y volvió a entrar al probador, pero Koral se quedó de pie en medio de la tienda sintiéndose fatal.

Se sentía como una segunda opción, una copia barata que Ayazen mantenía entretenida con las mismas migajas que le daba a su prometido oficial.

La humillación de saber que Ayazen había comprado dos joyas casi iguales, probablemente en la misma tienda y al mismo tiempo, lo hacía sentirse sucio.

«Qué idiota fui», pensó Koral, apretando el puño hasta que el metal de la pulsera le lastimó la piel. Ayazen ni siquiera se había esforzado en diferenciar sus «regalos». Para el alfa, ambos eran posesiones que marcar con el mismo hierro.

♦ ◊ ♦

El restaurante estaba en silencio; solo se oía el roce de los abrigos al colgarse y el sonido amortiguado de los pasos sobre la alfombra oscura.

Ray examinaba la carta de vinos con una concentración que a Koral le resultaba irritante.

Bajo la mesa, Koral sentía que la pulsera le quemaba la piel.

Era un peso muerto en su muñeca que quería quitar de inmediato.

Sin hacer ruido, Koral soltó el cierre por debajo del mantel. Metió la mano en el bolsillo de su pantalón y dejó caer el metal al fondo. El alivio fue físico, como si se hubiera quitado una cadena pesada.

—¿Te pasa algo en la mano? —preguntó Ray, levantando la vista.

—Nada. Solo me molestaba el reloj —mintió Koral, tomando un trago de agua.

Ray volvió a lo suyo, suspirando mientras cerraba la carta.

—Ayazen llamó hoy desde Venecia. Se oía cansado. Me dijo que te recordara que el informe del lunes no puede esperar.

Koral apretó los labios. Incluso a miles de kilómetros, el alfa se las arreglaba para usar a Ray como mensajero de sus órdenes de oficina.

—Ya lo sé, Ray. No necesito que él te use a ti para decirme cómo hacer mi trabajo.

—No te pongas así, solo intenta ayudar —Ray se encogió de hombros, dejando que su propia pulsera brillara bajo la luz de la mesa—.

A veces siento que te esfuerzas demasiado en llevarle la contraria.

Él confía en ti. Me lo dijo antes de irse.

Dijo que eras la única persona capaz de mantener el ritmo.

Koral sintió una náusea repentina. «Confiar». Esa palabra en boca de Ayazen era un chiste de mal gusto. Sabía que la confianza del alfa era solo una forma de control, una correa un poco más larga que la de los demás.

—Él no confía en nadie, Ray. Solo sabe quién le es útil y quién no —soltó Koral, mirando fijamente a su amigo—. Y tú deberías dejar de justificar cada desplante que hace siempre.

Ray bajó la mirada, jugueteando con el borde de su servilleta. El silencio se alargó, volviéndose pesado.

—Es lo que hay, Koral. Al menos está presente a su manera. Tú no lo entiendes porque eres un beta; no sientes esa necesidad de... de que él esté ahí físicamente todo el tiempo.

Koral se mordió la lengua para no decir que él sí sabía exactamente cómo se sentía Ayazen físicamente.

La culpa y la rabia peleaban en su pecho.

Metió la mano en el bolsillo y apretó la pulsera fría entre sus dedos, pensando en lo fácil que sería sacarla y ponerla sobre la mesa frente a Ray para destruir esa burbuja de una vez por todas; que supiera que su dulce Ayazen no existe y ni siquiera lo quiere como él lo hace, que no se desviva pensando en un alfa que no tiene sus ojos sobre él.

Pero no lo hizo. Se limitó a mirar cómo el camarero servía la cena, sintiéndose más solo que nunca.

♦ ◊ ♦

Al cruzar el umbral de su casa, Koral sintió que el mundo se inclinaba.

El aire del recibidor, que siempre le había parecido neutro, se volvió denso y difícil de tragar.

Un calor súbito, como un golpe de vapor, le subió desde el pecho hasta la base del cráneo, instalándose detrás de sus ojos con una presión que le hacía ver manchas blancas.

El silencio de la casa se rompió por un pitido agudo y constante que le taladraba los oídos, obligándolo a llevarse las manos a la cabeza mientras soltaba un gemido roto.

—¡Señor Koral! —el mayordomo se acercó rápido, viendo cómo el joven se tambaleaba.

—Pastillas… algo para el dolor, por favor —susurró Koral, apretando los dientes. Sentía que el cerebro le latía contra el hueso.

El hombre regresó con un vaso y dos comprimidos fuertes.

Koral se los tomó de un trago, pero el agua le supo a metal.

Subió las escaleras como pudo, sintiendo que sus piernas eran de trapo y que cada escalón era una montaña.

Se desplomó en la cama sin quitarse la ropa, cerrando los ojos con una fuerza que le hacía doler los párpados, tratando de encontrar un rincón de oscuridad donde el dolor de cabeza no llegara.

Pero la tregua no duró. Un vuelco violento en el estómago lo hizo incorporarse de golpe.

Corrió al baño a trompicones y apenas llegó al inodoro antes de que el cuerpo lo traicionara.

Vomitó con una fuerza que le dejó los pulmones ardiendo y la gola en carne viva.

Se quedó allí, de rodillas en el suelo frío, jadeando, con la frente apoyada en el mármol mientras el sudor frío le empapaba la camisa.

Lo que siguió fue una semana de pura agonía.

La fiebre se instaló en su cuerpo como un parásito.

Koral perdió la noción de los días; el tiempo se volvió una masa pegajosa de sábanas mojadas por el sudor y delirios entrecortados.

Cuando cerraba los ojos, veía la cara de Ray llorando y el rostro de Ayazen mirándolo.

A veces despertaba en mitad de la noche, temblando de frío a pesar de estar ardiendo, y sentía que el pitido en sus oídos era la voz de Ayazen dándole órdenes.

El mayordomo entraba y salía, cambiándole las compresas de agua helada y tratando de que bebiera algo, pero Koral apenas podía mantener los ojos abiertos.

Estaba consumido; su cuerpo parecía estar expulsando a la fuerza toda la tensión, la culpa y el asco que había estado acumulando desde que decidió jugar ese juego peligroso que, incluso sabiendo que no lo llevaría a nada, siguió en él.

El cansancio no era solo físico; era como si sus nervios se hubieran quemado por completo.