CAPÍTULO 08 | SE ACABÓ.
Koral entró al salón privado y el silencio lo golpeó con fuerza.
Al acercarse a la mesa, notó que solo hLa luz de la mañana se filtraba suavemente por los enormes ventanales del departamento, bañando la habitación en tonos dorados.
Koral estaba sumergido en un sueño profundo, envuelto en sábanas de seda que se sentían como una caricia contra su piel desnuda, hasta que sintió un movimiento cálido a su lado.
Unas manos grandes y firmes comenzaron a recorrer su cuerpo, sacándolo de esa neblina del sueño profundo.
Antes de que pudiera abrir los ojos, sintió el roce de unos labios que bajaban por su mandíbula, dejando un rastro húmedo que le erizó la piel.
Sin mediar palabra, Ayazen ya estaba sobre él, con las manos sujetando sus muñecas contra la almohada mientras buscaba su boca.
Koral dejó escapar un suspiro entrecortado, arqueando la espalda por instinto.
Ayazen soltó sus manos solo para sujetar uno de sus muslos, elevándolo y abriendo espacio entre sus piernas con un movimiento seco.
El beta sintió la presión del miembro de Ayazen empujando contra su entrada, todavía sensible.
Sin esperar a que se acostumbrara, el alfa se introdujo de una estocada firme, hundiéndose en él hasta que sus pelvis chocaron con un sonido sordo.
—¡Ah…! —el gemido de Koral se ahogó cuando Ayazen volvió a sellar sus labios, profundizando el beso.
Koral abrió los ojos, encontrándose con la mirada fija de Ayazen. La luz de la mañana revelaba las gotas de sudor empezando a brotar en la frente del alfa y la intensidad de sus pupilas. Koral enredó sus brazos alrededor de su cuello, buscando estabilidad mientras Ayazen comenzaba a moverse.
Eran estocadas largas, que aprovechaban la laxitud del cuerpo de Koral tras el descanso para llegar al fondo.
El roce era cálido y constante, un vaivén que hacía que las sábanas se enredaran entre sus piernas.
Koral jadeaba rítmicamente, sintiendo cómo sus paredes cedían ante la insistencia del alfa.
—Más… —murmuró Koral, tirando del cabello de Ayazen para obligarlo a bajar la cabeza.
Ayazen obedeció, mordiéndole el labio inferior mientras aceleraba el ritmo.
Koral comenzó a menearse con él, buscando ese ángulo que le cortaba la respiración.
Sus dedos se clavaron en los hombros del alfa, sintiendo los músculos tensarse con cada empuje.
El sonido de sus cuerpos chocando se volvió lo único que llenaba la habitación, una cadencia húmeda que se aceleraba a medida que el placer se volvía más difícil de ignorar.
Koral sentía un fuego sordo en el vientre, una presión que subía por su columna con cada roce interno.
Ayazen no lo soltatba; mantenía el pecho pegado al suyo, permitiendo que Koral sintiera el golpeteo desbocado de su corazón.
El beta cerró los ojos, entregándose a la fricción, dejando que los movimientos de Ayazen dictaran su propia respiración.
Jadeó con más fuerza cuando el alfa cambió el ángulo, presionando justo donde sabía que Koral perdería el control.
Enredó las piernas con fuerza en la cintura de Ayazen, gimiendo su nombre mientras se dejaba llevar por el ritmo.
♦ ◊ ♦
Los días siguientes transcurrieron en una burbuja extraña.
Entre las paredes de la oficina del proyecto, la tensión de las primeras semanas se había transformado en algo más fluido.
Había chistes internos que solo ellos entendían y cenas que se prolongaban hasta la madrugada.
Koral empezaba a creer que tenía el terreno ganado, pero el recordatorio de la realidad llegó una tarde en la mansión de Ray.
Koral y Ray estaban sentados a la mesa, con un juego de cartas desplegado entre ellos. Ray se veía apagado, moviendo las cartas sin verdadero interés.
—Estoy preocupado, Koral —soltó Ray de pronto, dejando un as de diamantes sobre la mesa—. Ayazen apenas tiene tiempo para mí. Sé que el proyecto es grande, pero siento que ni siquiera me mira cuando llega a casa.
Koral barajó el mazo, ocultando la satisfacción tras una mueca de falsa empatía. Era el momento de sembrar la duda.
—Es un alfa desinteresado, Ray. Ya lo conoces —dijo Koral, soltando las cartas con un sonido seco—. No deberías sorprenderte. Para él, los negocios siempre van a estar por encima de cualquiera, incluso si es por encima de su prometido.
Ray bajó la mirada y, para sorpresa de Koral, sus ojos se llenaron de lágrimas que no tardaron en rodar por sus mejillas.
—Es duro... —susurró Ray, rompiéndose—. Pensé que después del compromiso las cosas cambiarían.
Koral se sintió ligeramente culpable, pero no se detuvo. Se levantó y rodeó la mesa para abrazar a su amigo, dándole palmaditas en la espalda mientras Ray sollozaba contra su hombro.
—Ya, todo va a estar bien. Quizás solo necesita espacio —mintió Koral, mirando hacia la puerta.
En ese momento, el sonido de unos pasos firmes resonó en el pasillo.
Ayazen entró en la sala, deteniéndose en seco al ver la escena.
Sin decir una palabra, se acercó y, con un movimiento firme, apartó a Koral para que Ray se refugiara en sus brazos.
Koral desvió la mirada, apretando los dientes con disgusto.
—¿Qué pasó aquí? —preguntó Ayazen con la voz profunda, aunque sus ojos estaban fijos en Koral.
—Nada, nada —se apresuró a decir Ray, limpiándose las lágrimas—. Solo me puse un poco sentimental, eso es todo.
Koral asintió con la cabeza, volviendo a sentarse a la mesa y empezando a barajar las cartas de nuevo, ignorando la presencia del alfa. Ayazen recorrió la mesa con la mirada, deteniéndose en el juego.
—Koral, no deberías estar aquí perdiendo el tiempo —sentenció Ayazen—. Hay mucho que avanzar en el proyecto y el cronograma no va a esperarte.
Koral sabía perfectamente que era mentira; el trabajo de la semana estaba terminado.
—Solo quería ver a mi amigo —replicó Koral sin levantar la vista, concentrado en el mazo—. El trabajo puede esperar una hora.
—Estas reuniones a solas no son adecuadas —continuó Ayazen, su tono volviéndose más gélido—. Por el bien de la imagen de Ray, no deberíamos alimentar rumores. La gente habla cuando el prometido de un Verlkanur pasa tanto tiempo encerrado con otra persona.
Koral soltó una risa seca, sintiendo la ofensa subirle por la garganta.
—No importa lo que digan. Saben que esto es una amistad de años.
Ray, tratando de suavizar el ambiente, miró a Ayazen con una sonrisa forzada y le tocó el brazo.
—¿Estás celoso, Ayazen? No te preocupes de esa manera por mí, Koral solo me estaba consolando.
Ray le hizo una seña casi imperceptible con los ojos a Koral, indicándole que era mejor que se marchara para evitar que la situación escalara. Koral soltó las cartas sobre la mesa con un golpe seco.
—Tengo cosas pendientes que terminar —dijo Koral, levantándose bruscamente—. Me retiro.
Koral salió de la mansión con el estómago revuelto.
Odiaba esa sensación de desplazamiento automático; en cuanto Ayazen ponía un pie en la habitación, Ray dejaba de verlo a él para orbitar alrededor del alfa.
«Sentía que todo el tiempo invertido en engatusar a Ayazen no estaba sirviendo para recuperar a Ray, quien parecía no tener ojos para nadie más», reflexionó con amargura.
Se subió al coche con ganas de gritar, apretando el volante hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
Esa noche, Koral no apareció por el departamento. Apagó el teléfono y dejó que las llamadas de Ayazen se perdieran en el vacío, disfrutando de ese pequeño gramo de control.
♦ ◊ ♦
Al día siguiente, en la oficina, el ambiente era denso. Ayazen lo esperaba de pie junto al escritorio, con una mirada que habría intimidado a cualquiera.
—¿Tan ocupado estabas anoche? —soltó Ayazen en cuanto Koral entró, sin saludar.
—No es asunto tuyo —respondió Koral, dejando el estuche de su laptop con un golpe seco sobre la mesa.
—Deberías atender mis llamadas —dijo Ayazen, dando un paso hacia él. Intentó sujetarlo por la nuca para besarlo, pero Koral le apartó la mano con un movimiento brusco.
—No tengo humor hoy, Ayazen. Déjame en paz.
Ayazen entrecerró los ojos, su mandíbula se tensó.
—Entonces no deberías haber ido a casa de Ray ayer.
—¡Eso no tiene nada que ver! —le reclamó Koral, girándose para encararlo.
—Tiene que ver todo —replicó el alfa, elevando la voz—. Parece que no puedes estar lejos de él.
Koral guardó silencio un segundo. No podía negarlo, y ese silencio alimentó la furia de Ayazen.
—Eres un exagerado —logró decir finalmente.
—No lo negaste, entonces tengo razón. Deben mantenerse alejados. A partir de ahora, se acabó —sentenció Ayazen con una autoridad que hizo que a Koral le hirviera la sangre.
—¡No! —gritó Koral—. ¡Tú no eres nadie para decidir en mi vida!
Koral intentó salir de la oficina, pero Ayazen fue más rápido. Lo empujó contra la pared, bloqueándolo con sus brazos a cada lado. No lo lastimó, pero la presión de su cuerpo era una barrera infranqueable.
—Deberías controlarte, Koral —le siseó Ayazen, con el rostro a pocos centímetros del suyo.
—¡Que no me molestes! ¡Me hartas! —le gritó Koral, forcejeando inútilmente—. Siempre estás sobre mí como un acosador. Me fastidias, no quiero hablar contigo —quería ser lo suficientemente cruel como para herirlo.
Ayazen no lo soltó, manteniéndolo anclado contra el muro. Koral, agotado por la presión de los últimos días, por la indiferencia de Ray y la posesividad asfixiante de Ayazen, sintió que los ojos le escocían. Antes de poder evitarlo, las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas.
Al ver el llanto de Koral, la rigidez de Ayazen flaqueó. Su expresión se suavizó por un instante y rodeó al beta en un abrazo, hundiendo el rostro en su hombro.
—Suéltame —murmuró Koral entre sollozos, aunque sin fuerzas para empujarlo—. Suéltame, maldita sea.
Se zafó del abrazo con un último esfuerzo y, sin mirar atrás, salió de la oficina dejando a Ayazen solo en medio del silencio.
♦ ◊ ♦
Koral caminaba por la acera sin un rumbo fijo, sintiéndose como un completo estúpido.
La culpa le pesaba en cada paso; todas las emociones le cayeron como un balde de agua fría.
Se odiaba por haberse enredado con Ayazen, sabiendo perfectamente que eso era una traición directa hacia Ray.
Lo peor era la incertidumbre: no sabía si su retorcido plan funcionaría y, en el fondo, ver la devoción de Ray hacia el alfa le recordaba que, probablemente, su amigo nunca se enamoraría de un beta como él.
Estaba a punto de cruzar la calle cuando dos de los guardaespaldas de Ayazen le cortaron el paso. Sin darle explicaciones y con una firmeza que rozaba la violencia, lo tomaron de los brazos y lo llevaron de vuelta al edificio, metiéndolo a la fuerza en la oficina.
Ayazen estaba allí, de pie tras el escritorio, con el rostro endurecido por la molestia.
—¡Se acabó! —le gritó Koral en cuanto la puerta se cerró—. Terminamos aquí. No quiero nada de esto, no quiero volver a verte.
Ayazen no respondió de inmediato. Caminó hacia él con pasos lentos y pesados. Al llegar a su lado, le tomó la muñeca con fuerza. Koral forcejeó, pero el alfa sacó una pulsera de plata, pesada, y se la puso en la muñeca a la fuerza.
—No se ha acabado nada —sentenció Ayazen, apretando el cierre de la joya—. Y no hables cuando estás alterado, solo dices estupideces.
Koral, furioso, se arrancó la pulsera y la tiró contra el pecho de Ayazen; el metal chocó con un sonido seco antes de caer al suelo.
—¡Que se acabó, te digo!
Ayazen se plantó frente a él, acortando la distancia hasta que sus pechos se rozaron.
Antes de que Koral pudiera insultarlo de nuevo, el alfa lo tomó del rostro y lo besó a la fuerza.
Fue un beso cargado de dominio, una forma de callarlo que Koral, a pesar de su rabia, no pudo resistir.
Sus fuerzas flaquearon y terminó cediendo, dejando que el sabor de Ayazen lo invadiera de nuevo.
Cuando se separaron, Ayazen lo abrazó con un cuidado inusual y lo sentó en su regazo, manteniendo sus brazos alrededor de su cintura.
—Estás muy alterado —le susurró al oído, su voz volviendo a ese tono bajo que causaba escalofríos en Koral—. Es mejor que descanses. Voy a viajar a Venecia en unos días por una reunión importante del grupo. Quiero que me acompañes.
Koral procesó las palabras rápidamente. Venecia. «Si Ayazen se va, tendré el camino libre para estar a solas con Ray, sin interrupciones. Es la oportunidad perfecta», planeó en su mente a toda velocidad.
—No —dijo Koral, tratando de que su voz no sonara demasiado entusiasta—. Prefiero quedarme aquí. Tengo cosas que terminar en la universidad.
Ayazen lo miró frío, pero no quiso iniciar otra pelea.
—Será bastante tiempo, Koral. Al menos un mes. ¿No vas a extrañarme?
—No te preocupes por eso —respondió Koral con una frialdad que molestó visiblemente a Ayazen.
El alfa apretó la mandíbula, pero decidió no insistir más. Le dio un beso suave en la sien, un gesto casi tierno que descolocó a Koral.
—Está bien. Pero la próxima vez me acompañarás, sin excusas —le advirtió Ayazen.
—Sí, la próxima sí —mintió Koral, ya imaginando los días que pasaría a solas con Ray.