CAPÍTULO 07 | ¿DESDE HACE CUÁNTO? #2
—Es para digerir mejor la carne, Koral —le dijo Ayazen, haciendo una señal al mesero para que sirviera de todos modos—. El tanino del vino tinto ayuda a descomponer las proteínas y la grasa del plato.
Koral arrugó la nariz, mirándolo con escepticismo.
—Eso es un mito para beber más —soltó el beta con seguridad.
Ayazen soltó un suspiro dramático y comenzó a explicarle, con una precisión científica, cómo los polifenoles del vino reaccionaban con las enzimas gástricas y cómo el equilibrio del pH ayudaba a que no se sintiera pesado después de una cena tan grasa.
Koral lo escuchó con los ojos muy abiertos, sosteniendo su tenedor en el aire.
—Dios mío, pareces una enciclopedia con patas —soltó Koral con una sonrisa traviesa.
Ayazen no pudo contenerse y soltó una carcajada ruidosa, una de esas que nacen desde el pecho, haciendo que Koral se sintiera extrañamente orgulloso de haberle arrancado ese sonido.
—No quiero volver a mi casa esta noche —dijo Koral. Lo dijo de forma genuina, sin dobles intenciones. Solo quería evitar la mirada de su padre y la posibilidad de otro sermón humillante.
Ayazen enarcó una ceja, con un brillo divertido en los ojos.
—Bueno, mi departamento no es una mala idea —comentó con tono bromista, recordando la propuesta que antes había ofendido a Koral.
Koral hizo un gesto de fastidio, sintiéndose un poco humillado por tener que aceptar precisamente lo que había rechazado antes, pero terminó asintiendo.
—Me ofende, pero lo acabo aceptando —dijo aún con algo de humor.
♦ ◊ ♦
Salieron del restaurante y se dirigieron al edificio en el centro.
Cuando entraron al departamento, Koral se quedó mudo.
Era impresionante: minimalista, lujoso y con una vista de la ciudad que quitaba el aliento.
«Debería tener un lugar privado así para mí», pensó Koral con envidia, sintiendo que su habitación en la mansión de su padre era una celda comparada con esto.
—Voy a darme una ducha —dijo Ayazen, quitándose el saco y dejándolo sobre un sofá de cuero con un movimiento fluido—. Siéntete como en casa.
Koral asintió en silencio, observando cómo la figura imponente del alfa desaparecía tras la puerta del dormitorio principal.
Cuando escuchó el sonido del agua golpeando los azulejos, se quedó solo en la inmensidad del departamento.
El silencio era absoluto, roto solo por el murmullo lejano de la ducha.
Empezó a caminar por el lugar, explorando cada rincón con pasos curiosos, tocando las superficies frías de mármol y las estanterías de madera oscura.
Se detuvo a imaginar cómo sería vivir así; solo, sin las críticas de su padre, sin las reglas de una casta que lo asfixiaba.
Un verdadero sueño de privacidad. Su madre se lo había propuesto en el pasado, pero su padre se había negado ante la amenaza de que su hijo beta fuera a convertirse en un ser más inútil de lo que ya era al no tener nadie que lo vigilara de cerca, como su padre decía que lo hacía, aunque era más un fantasma molesto.
Movido por una curiosidad punzante, empezó a abrir cajones con cuidado. En la mesa lateral del pasillo, tiró de un pequeño cajón de madera. Al principio no vio nada importante, hasta que sus ojos se fijaron en un objeto al fondo.
Era un pequeño astronauta.
Koral sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.
Lo tomó entre sus dedos, reconociendo de inmediato la marca en la base donde, con letra ensamblada, decía: Koral.
Era el mismo juguete que Ayazen le había arrebatado años atrás y que había tirado a una alcantarilla. ¿Lo había guardado todo este tiempo?
Cerró el cajón de golpe al escuchar un ruido, el corazón martilleándole en los oídos, pero se dio cuenta de que solo había sido su imaginación; el agua seguía corriendo.
Se movió hacia el escritorio principal, un mueble macizo lleno de papeles y carpetas.
Buscando algo que justificara su desconfianza, levantó unos documentos financieros y lo que encontró debajo le heló la sangre.
Había fotos. Decenas de fotos de él mismo, sacadas desde la distancia como si un paparazzi lo hubiera seguido durante meses.
Koral caminando hacia la universidad, Koral saliendo del gimnasio con el cabello húmedo, Koral tomando un café solo en un parque.
Se espantó, sintiendo una mezcla de miedo y una extraña fascinación. «Me ha estado vigilando», pensó con las manos temblorosas.
De repente, el sonido de la regadera cesó.
Koral soltó las fotos, dejando todo exactamente como estaba con una rapidez desesperada.
Corrió hacia el sofá y se sentó, tratando de regular su respiración justo cuando Ayazen salía del pasillo.
El alfa llevaba una toalla rodeando su cintura y otra sobre su cabeza para secarse el cabello.
Su cuerpo todavía estaba húmedo, con gotas de agua resbalando por sus músculos definidos y perdiéndose bajo la toalla.
Koral estaba visiblemente nervioso, con el corazón latiendo a mil por hora, incapaz de apartar la vista del pecho del alfa.
—Puedes darte una ducha si quieres —dijo Ayazen con voz ronca, sin notar que Koral acababa de hurgar entre sus cosas—. Te sentirás mejor.
—No... no tengo ropa aquí —logró articular Koral, intentando sonar normal aunque su voz salió un poco quebrada.
Ayazen dejó de secarse el cabello y lo miró de una forma tan fija que hizo que el vello de la nuca de Koral se erizara.
—No la necesitas —respondió Ayazen, dando un paso hacia él.
Koral se levantó de golpe, caminó rápido y se encerró en el baño con el corazón a punto de salirse de su pecho. Se desvistió en automático, dejando la ropa tirada en el suelo mientras su mente trabajaba a mil por hora.
«¿Desde cuándo me vigila? ¿Desde cuándo le gusto de esta forma?
», la revelación lo golpeó con fuerza. Ahora todo cobraba un sentido oscuro: Ayazen no alejaba a Koral para proteger a Ray...
alejaba a Ray para quedarse con Koral. No lo había procesado con el peso que debería en el momento, pero el miedo se mezclaba con una extraña sensación de poder.
Se bañó rápido, dejando que el agua caliente relajara sus músculos tensos. Al salir, solo con una toalla envuelta en la cintura, apenas dio un paso fuera del baño cuando sintió unos brazos poderosos rodeándolo. Ayazen lo tomó por la cintura desde atrás, hundiendo el rostro en su cuello húmedo.
—Te tardaste mucho —susurró el alfa, repartiendo besos febriles por su hombro, su mejilla y la curva de su cuello.
Koral cerró los ojos con fuerza, decidiendo en ese instante enterrar lo que había visto en el escritorio. Enterró al astronauta y las fotos en lo más profundo de su mente. No era el momento de reclamar eso o todo se iría a la mierda.
—El agua caliente estaba... deliciosa —logró decir Koral en un hilo de voz.
En un movimiento audaz, Ayazen tiró del nudo de la toalla de Koral.
La tela cayó al suelo, dejándolo completamente desnudo.
Koral soltó un jadeo al sentir el contacto de la piel caliente de Ayazen contra su trasero; se dio cuenta de que el alfa también se había deshecho de su toalla.
Se dio la vuelta lentamente, quedando frente a frente, admirando el cuerpo de Ayazen como Dios lo trajo al mundo y con ese bendito o maldito miembro que se había apoyado erecto en su propia piel, caliente y que parecía amenazarlo.
Koral profesionalmente extendió una mano temblorosa, acariciando el pecho firme del alfa hasta llegar a su cuello; no quería ver el miembro de Ayazen.
—Es mejor descansar... —murmuró.
Ayazen asintió con una mirada oscurecida y lo guio hacia la habitación principal.
En cuanto Koral tocó las sábanas de seda, el alfa se posicionó sobre él, atrapando sus labios en un beso voraz.
Koral no pudo, ni quiso, detenerlo por alguna razón.
Se dejó lamer, besar y marcar mientras las manos de Ayazen exploraban cada centímetro de su piel desnuda.
Koral jadeó, recostándose y abriendo las piernas por instinto, ofreciéndose al hombre que lo había estado acechando en las sombras durante... quién sabe cuánto tiempo.
—Si fueras un omega, estarías lubricando desesperadamente en este momento —mascó Ayazen contra su oído, su voz vibrando con una intensidad animal.
—En otra vida, quizás —respondió Koral con un chiste amargo.
Ayazen comenzó a liberar una cantidad masiva de feromonas, un aroma denso y dominante que llenó la habitación.
Koral, siendo beta, no podía percibirlas de forma olfativa, pero sintió una presión extraña en el pecho, un calor sofocante que atribuyó a la excitación.
Ignoró la sensación y arqueó la espalda cuando Ayazen bajó a sus pezones, succionando y morderisqueando con una avidez que lo hacía gemir sin control mientras el alfa se meneaba rítmicamente sobre él, preparando el camino para volver a poseerlo.