CAPÍTULO 07 | ¿DESDE HACE CUÁNTO?
Koral entró al salón privado y el silencio lo golpeó con fuerza. Al acercarse a la mesa, notó que solo había dos servicios puestos; la cristalería brillaba bajo la luz tenue y el ambiente tenía una intimidad extraña.
—Aún no viene nadie —dijo Koral, quedándose de pie, sintiendo que había caído en una trampa obvia.
Ayazen no respondió con palabras. Simplemente presionó un botón al costado de la mesa y, casi de inmediato, un mesero apareció con una reverencia, listo para tomar la orden.
—No quiero nada —soltó Koral con brusquedad, dándose cuenta de que la reunión era una farsa—. Me voy.
Se dio la vuelta con la intención de salir de allí, pero al llegar a la puerta, dos guardaespaldas de hombros anchos y mirada de piedra se posicionaron bloqueando el paso. Koral se tensó, sintiendo cómo el pánico y la rabia luchaban en su pecho.
—Déjenme pasar —exigió, pero los hombres ni siquiera parpadearon. Actuaban como si él no existiera, siguiendo órdenes directas del alfa dominante que seguía sentado a su espalda.
Koral soltó un bufido de frustración y regresó a la mesa, sentándose con un golpe seco.
—Dije que no quiero nada —repitió, cruzándose de brazos.
Ayazen miró al mesero con absoluta calma.
—Tráele lo mismo que a mí —ordenó, y el empleado se retiró en silencio.
—No sé qué diablos estás intentando hacer, Ayazen, pero para —dijo Koral, apretando los dientes—. Lo que pasó antes... en tu oficina... fue un error. Un error estúpido y ya está. Olvídalo.
Ayazen dejó su copa sobre la mesa y se inclinó hacia adelante.
Con una lentitud que helaba la sangre, extendió sus manos y tomó el rostro de Koral.
Sus dedos eran cálidos y firmes contra la piel pálida del beta.
Ayazen notó que los ojos de Koral estaban ligeramente vidriosos.
Acarició su mejilla con el pulgar, trazando círculos suaves.
—Dime qué te molestó —susurró Ayazen, con una voz extrañamente suave—. Puedo arreglarlo.
Koral apartó el rostro con un movimiento brusco, negándole el contacto.
—No tengo humor para hablar contigo.
—Si quieres que termine con Ray —soltó Ayazen de pronto, volviendo a su tono pragático y frío—, tienes que ofrecerme algo que él no me pueda dar.
Koral se quedó helado. Buscó en su mente alguna ventaja, algo que lo pusiera por encima del compromiso perfecto que Ayazen tenía con su amigo. «Pero, ¿qué tengo yo? No soy un omega, no tengo la aprobación de la familia...», se lamentó internamente.
—Amor —soltó Koral, intentando que su voz no temblara.
Ayazen soltó una carcajada seca, una risa que cortó el aire como un cuchillo. Se rió en su cara, sin piedad.
—Yo sé que no me amas, Koral. Puedo gustarte, sí, después de lo de anoche es obvio... ¿pero amor? No soy tan estúpido.
—¿Por qué no me crees? —reclamó Koral, harto de que siempre Ayazen estuviera varios pasos delante suyo—. Estoy harto de que me trates como si nada de lo que digo fuera real.
Ayazen suspiró, recostándose en su silla mientras lo observaba con intensidad.
—¿Un hijo? —soltó el alfa—. Eso es lo más importante.
Koral sintió una punzada de indignación.
—¿Es lo único que te importa? ¿Un heredero?
—No es lo único, pero es fundamental para los Verlkanur. Un apellido como el mío necesita continuidad.
—Si yo fuera un omega, ya te habría dado uno —espetó Koral con amargura, hiriéndose a sí mismo con la comparación. No se imaginaba decir algún día esas palabras y mucho menos ofreciéndose de esa forma a Ayazen, pero tal parece que es importante humillarse.
Esa frase pareció complacer a Ayazen más de lo esperado. Sus ojos brillaron con una llama oscura. Se levantó de su silla, rodeó la mesa y, antes de que Koral pudiera reaccionar, lo tomó de la cintura y lo sentó sobre su regazo. Koral se tensó, pero no se alejó.
—Si fueras omega —le susurró Ayazen al oído, mientras su aliento caliente le erizaba la piel—, ya tendríamos al menos tres. Hubiera insistido en la boda apenas termináramos el instituto.
El alfa bajó por su cuello, depositando un beso húmedo justo donde estaba su marca, y luego subió lentamente hasta encontrar sus labios.
Koral cerrado los ojos y aceptó el beso, sintiéndose derrotado por su propia necesidad y por eso extraño que solo Ayazen sabía provocar en él.
Se aferró a los hombros del alfa, buscando aire.
—¿Dejarás a Ray? —preguntó Koral en un susurro contra sus labios, necesitando una respuesta real entre tanta humillación.
Ayazen lo sujetó con más fuerza por la cintura, disfrutando de la vulnerabilidad de Koral. Se tomó un momento para mirarlo fijamente, con esos ojos oscures que parecían leerle el alma.
—Lo haré —respondió Ayazen con voz profunda y decidida—. Dejaré a Ray... pero solo si me demuestras que ese amor que dices tenerme es real. Quiero que me convenzas de que vale la pena romper ese compromiso por ti.
A Koral le dio un vuelco el corazón. Por un segundo, la euforia del triunfo empañó su juicio; el plan estaba funcionando, finalmente tenía a Ayazen diciendo lo que quería escuchar.
Una chispa de emoción genuina brilló en sus ojos y, sin pensarlo, se inclinó para darle un beso rápido y casto, un gesto casi infantil que contrastaba con la tensión de los minutos anteriores.
En ese preciso instante, la puerta se abrió suavemente.
El mesero entró portando las bandejas de plata con la cena.
Koral se tensó de inmediato; al darse cuenta de que seguía sentado sobre el regazo del alfa en una postura tan comprometedora, los nervios lo traicionaron.
Notó cómo el empleado bajaba la vista rápidamente, pero no antes de lanzarle una mirada de reojo.
Avergonzado y con las mejillas ardiendo, Koral no saltó de sus piernas para alejarse; al contrario, su instinto de protección lo hizo ocultar el rostro en el hueco del cuello de Ayazen, buscando refugio contra el pecho del alfa para que el mesero no pudiera verle la cara claramente.
Ayazen, lejos de incomodarse, soltó una risa baja y vibrante que Koral sintió contra su propio pecho.
El alfa rodeó la espalda de Koral con un brazo, manteniéndolo allí con una posesividad absoluta, mientras con la otra mano hacía un gesto despreocupado para que el mesero dejara los platos sobre la mesa.
—No tienes por qué esconderte —le susurró Ayazen al oído, rozando su oreja con los labios mientras el mesero se retiraba en silencio—. Pronto todos tendrán que acostumbrarse a verte conmigo.
—¿Lo dices en serio? —murmuró Koral todavía escondido—. ¿No te importa que nos vean?
Koral se removió incómodo en el regazo de Ayazen. La realidad lo golpeó de pronto; si Ray se enteraba de lo que estaba haciendo, no solo perdería a su mejor amigo, sino que Ray podría dejar de hablarle para siempre. La culpa y el miedo a la exposición pública lo invadieron.
—No quiero que esto sea público, Ayazen —soltó Koral con urgencia, mirándolo a los ojos—. No quiero que nadie sepa de esta... aventura. No quiero que me juzguen, ni que Ray sufra antes de tiempo.
Ayazen soltó una risa seca, casi burlona, lo que irritó a Koral.
—No es necesario que los demás sepan nada ahora —insistió el beta—. Solo nosotros dos. No necesito el escándalo.
Ayazen guardó silencio, observándolo con esa mirada pesada que siempre ponía a Koral a la defensiva. El silencio se prolongó tanto que Koral se asustó; temía que el alfa se retractara de todo por su negativa a mostrarse.
—No quiero lidiar con algo público de ese nivel ahora —añadió Koral, tratando de sonar firme—. Tienes que entender que esto... ni siquiera lo escogí del todo así.
Ayazen suspiró, pero finalmente asintió con una calma imperturbable.
—Está bien. Si quieres que sea un secreto por ahora, así será.
Koral exhaló un suspiro de alivio y trató de levantarse de su regazo para sentarse en su silla, pero el agarre de Ayazen en su cintura se volvió de hierro.
—No —dijo el alfa—. Vas a comer ahí.
Apretó su cintura para que no se moviera y Koral, aunque algo incómodo y con las mejillas calientes, no tuvo más remedio que empezar a comer sobre él. A pesar de la situación extraña, el sabor de la comida lo dejó maravillado.
—¿Cómo se llama este plato? —preguntó Koral, genuinamente sorprendido por el sabor, mientras saboreaba la mezcla de la carne con la salsa oscura.
—Es un Tournedos Rossini —respondió Ayazen con esa pronunciación francesa perfecta que siempre hacía que Koral se sintiera un poco inferior—. Es un corte de solomillo con foie gras y trufa negra.
Koral soltó una risita burlona, aunque seguía masticando con deleite.
—Vaya, parece que te aprendiste el menú de memoria para impresionar a tus citas —bromeó Koral—.
¿Te lo recitó tu abuelo también? —preguntó, recordando que cuando eran niños e iban a restaurantes con sus familias, Ayazen ordenaba a los cocineros los platos detallados que según él había aprendido de su abuelo y quería comer.
Ayazen soltó una pequeña risa.
—De hecho, sí. Él me llevó a París cuando era joven y me obligó a probarlo en un sitio cerca de la Plaza de la Concordia. Decía que si no sabía apreciar un Rossini, no sabía nada de la buena vida.
—Pues... está deli —soltó Koral con la boca casi llena, cerrando los ojos por el placer del sabor—. Tu abuelo tenía razón.
Ayazen sonrió, una expresión extrañamente abierta para él, mientras observaba la mancha de salsa en la comisura de Koral.
—Deberías probarlo en el restaurante que está justo frente a la Torre Eiffel. Es casi irreal comerlo ahí con esa vista —comentó Ayazen, con un tono que sonaba casi a una invitación.
—Tal vez algún día lo hagamos —murmuró Koral, dejando que la idea flotara entre ellos.
—Puede ser —respondió el alfa, presionando el botón de servicio una vez más.
El mesero apareció en segundos. Ayazen pidió una botella de Merlot y, cuando el hombre se disponía a llenar la copa de Koral, este puso la mano sobre el cristal.
—Solo un poco, por favor. El vino no me gusta mucho, me marea —advirtió Koral.