Tentación Prohibida (Omegaverse BL) CAPÍTULO 06 | ERES UN BETA.
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CAPÍTULO 06 | ERES UN BETA.

El nudo finalmente cedió, dejando una sensación de vacío y hormigueo en el interior de Koral.

Con una parsimonia que rayaba en lo cínico, Ayazen se levantó y, en lugar de ignorarlo, tomó unos pañuelos que estaban en el escritorio para limpiar a Koral con una delicadeza desconcertante.

Lo ayudó a vestirse, acomodando su camisa como si fuera una muñeca de porcelana, y antes de soltarlo, le plantó un beso corto y firme en los labios.

—No sabía que te gustaba tanto, Koral —soltó Ayazen con una media sonrisa de suficiencia.

Koral se quedó mudo un segundo, con las mejillas encendidas y el corazón todavía galopando. Trató de recuperar su fachada de seductor y forzó una sonrisa ladeada.

—Bueno... yo tampoco sabía que yo te gustaba a ti —replicó Koral, intentando sonar seguro.

Para su sorpresa, Ayazen soltó una carcajada ronca, una risa auténtica que sonó como una burla directa hacia la inteligencia de Koral.

—No te burles —mascó Koral, frunciendo el ceño—. ¿De qué te ríes?

—¿Cómo no te diste cuenta? —preguntó el alfa, negando con la cabeza.

Koral buscó desesperadamente en sus recuerdos alguna pista, algún momento en el pasado donde Ayazen hubiera mostrado algo más que desprecio, pero no encontró nada.

—Solo recuerdo que desde niños has sido un insufrable que nunca me quiere al lado de Ray —espetó Koral, cruzándose de brazos.

Ayazen se detuvo, clavándole una mirada oscura y posesiva que lo hizo temblar.

—Es que no quiero que Ray esté a tu lado —corrigió Ayazen con una frialdad cortante.

Koral se quedó de piedra. Sus ojos se abrieron con sorpresa absoluta, procesando la confesión.

Antes de que pudiera decir algo, vio cómo Ayazen sacaba un cigarrillo, lo encendía y soltaba una nube de humo gris.

Koral, todavía un poco inestable por el encuentro físico, se tambaleó ligeramente y caminó hacia la gran ventana de la oficina, abriéndola para que el aire fresco disipara el olor al tabaco que le molestaba.

Se quedó mirando el paisaje de la ciudad, sintiendo el viento frío en su rostro caliente. Ayazen caminó hacia él, deteniéndose justo detrás de su espalda, como una sombra acechante.

—A diferencia de mí —continuó Ayazen, con la voz baja y tranquila—, tú jamás mostraste interés en otra cosa que no fuera Ray. ¿Por qué cambiaste de opinión justo ahora?

Koral apretó los puños contra el marco de la ventana. Tenía que mentir, pero la tristeza en su pecho era real.

—Te vas a casar —soltó Koral, con la voz quebrada.

—Sí —respondió Ayazen como si hablara de algo sin importancia—. Todos sabían que Ray y yo nos casaríamos. No es una novedad.

Koral no pudo evitar que una expression de profunda tristeza cruzara su rostro, aunque intentó camuflarla bajo una máscara de resignación.

—Fue ahí cuando me di cuenta de que no podía ocultar más lo que sentía —mintió Koral, bajando la cabeza—. Sabía que te perdía para siempre.

Sintió los labios de Ayazen presionarse contra su cuello, justo sobre la marca que le había dejado, provocándole unas cosquillas que le erizaron la piel. El alfa lo rodeó con sus brazos, atrapándolo contra el cristal.

—No importa si me caso con Ray, Koral —susurró Ayazen contra su piel—.

Tú podrías estar esperándome en mi departamento.

Ray se mudará a la mansión Verlkanur de mis padres después de la boda, pero yo puedo tenerte a ti en el departamento del centro.

Nadie tiene por qué saberlo o siquiera molestarnos.

Koral se tensó, sintiendo una oleada de indignación que quemó más que el placer de hace unos minutos. Se dio la vuelta bruscamente, apartando a Ayazen con un empujón.

—Eso es infidelidad, Ayazen —le recriminó con los ojos encendidos de rabia.

Ayazen soltó una nube de humo, mirándolo con una calma exasperante.

—Lo que acabas de hacer sobre mi escritorio también lo es, Koral. No te pongas moralista ahora.

Koral lo miró con asco, dándose cuenta de que su plan estaba funcionando, pero a un costo que no había previsto; Ayazen quería tenerlos a los dos. No pensaba soltar a Ray, y pretendía encerrar a Koral como su amante secreto.

—¿Acaso crees que voy a aceptar algo así? —espetó Koral, con la voz temblando de pura indignación—. No voy a ser el secreto que escondes en un departamento mientras le pones el anillo a mi mejor amigo.

Ayazen ni siquiera se inmutó. Dio una calada lenta a su cigarrillo y lo miró con esa superioridad gélida que lo caracterizaba, soltando el humo.

—Es tu única opción, Koral —sentenció el alfa—. No eres un omega, no puedes darme herederos ni una alianza de sangre. Pero me gustas. Así que acéptalo; esto es lo máximo a lo que puedes aspirar conmigo.

—Entonces no somos nada —soltó Koral, dándose la vuelta para recoger su bufanda y largarse de esa oficina antes de que el asco lo asfixiara.

Pero no fue tan fácil. Antes de que pudiera dar un paso, Ayazen lo tomó del brazo con una fuerza brusca, obligándolo a girar. El agarre era tan firme que seguramente dejaría otra marca.

—No te he dado permiso para irte —gruñó Ayazen, con los ojos oscurecidos por la rabia de ser rechazado.

—¡Suéltame! ¡Eres un estúpido, un animal! —gritó Koral, forcejeando con desesperación.

En medio del forcejeo, la rabia acumulada de años de desprecio y la humillación de la propuesta de Ayazen estallaron. Koral levantó la mano y, antes de que su mente pudiera detenerlo, la palma de su mano impactó con un sonido seco y sonoro contra la mejilla del alfa dominante.

El silencio que siguió fue sepulcral. Ayazen se quedó con la cara ladeada, el cabello un poco desordenado y una marca roja empezando a florecer en su piel perfecta.

Koral dio un paso atrás, el corazón golpeándole las costillas como un tambor.

El miedo lo invadió de golpe al darse cuenta de lo que acababa de hacer.

Sin esperar a ver la reacción de Ayazen, Koral dio media vuelta y salió corriendo de la oficina, ignorando a la secretaria y a cualquiera que se cruzara en su camino.

♦ ◊ ♦

Llegó a su casa sudando, con los nervios destrozados y la marca en su cuello ardiendo bajo la bufanda. Al entrar, el aire se sintió pesado. En la sala, sentado con la rigidez de una estatua, estaba su padre.

El hombre levantó la vista de su periódico, clavando en Koral esa mirada fría y decepcionada que lo había perseguido toda su vida.

—Es muy temprano para que estés de regreso —dijo su padre, con una voz carente de afecto—.

Ni siquiera te esfuerzas en el proyecto con Ayazen.

Si sigues con esa actitud mediocre, no sé qué pretendes lograr en esta familia.

Un simple beta que ni siquiera puede mantener el interés de un socio comercial.

Koral apretó los dientes, sintiendo las lágrimas de impotencia quemarle los ojos. No podía soportar un segundo más la presión del mundo exterior ni la indiferencia cruel de su propio padre.

—No me sentía bien —fue lo único que dijo con la voz pastosa, antes de caminar escaleras arriba hacia su habitación, ignorando cualquier otra crítica que su padre pudiera soltar.

♦ ◊ ♦

Una vez dentro, cerró la puerta con llave y se dejó caer en la silla de su escritorio.

Estaba furioso, pero sobre todo, se sentía estúpido.

Abrió su computadora y comenzó a hacer clic de forma errática en cualquier sitio, abriendo carpetas y cerrando pestañas, buscando desesperadamente algo que distrajera su mente del rastro de Ayazen que aún sentía en sus muslos y en su cuello.

—Qué ridículo —susurró para sí mismo, tapándose la cara con las manos—. Pensar que podrías jugar con un alfa dominante como él... ¿En qué demonios estabas pensando?

Se sentía como un aficionado intentando mover una pieza en un tablero que ni siquiera entendía.

La realidad le había dado un golpe seco; ser un beta lo ponía en una desventaja que su ego ya había aprendido a aceptar.

Para Ayazen, él no era un compañero, ni siquiera una amenaza real; era solo un capripcho, algo que podía tener en un departamento mientras la vida real seguía con un omega.

«Ni siquiera te ve como una persona, Koral. Solo eres un desahogo», se recriminó, sintiendo un nudo de amargura en la garganta.

El plan de alejar a Ayazen de Ray parecía ahora una fantasía infantil.

«¿Cómo iba a competir contra lo que ya está planeado en su vida, si ni siquiera puedo darle un golpe a Ayazen sin temblar de miedo después?

», se cuestionó. Miró su mano, la misma que había abofeteado al alfa, y vio que aún le temblaba.

En ese momento, su teléfono vibró sobre la mesa.

No era un mensaje de Ray, ni una disculpa.

Era una notificación de un correo electrónico del grupo Verlkanur, enviado directamente por el asistente personal de Ayazen.

De: Secretaría de Presidencia - Grupo Verlkanur

Para: Koral V.

Asunto: REUNIÓN EXTRAORDINARIA - PROYECTO URBANÍSTICO

Se requiere su presencia obligatoria para la revisión de planos con los arquitectos jefe y representantes de la constructora asociada.

● Lugar: Restaurante L'Eclat (Salón Privado)

● Hora: 20:30

Favor de confirmar asistencia por este medio.[2]

Koral suspiró con pesadez, sintiendo un peso sobre sus hombros.

Tecleó una respuesta rápida confirmando su asistencia solo para evitar que su padre tuviera otra razón para sermonearlo.

Necesitaba desconectar. Se tiró en la cama y durmió un par de horas, un sueño inquieto donde todavía sentía la presión de la oficina.

Al despertar, encendió la consola y jugó un rato, dejando que los sonidos del juego acallaran sus pensamientos sobre Ayazen y su estúpida propuesta de departamento.

Finalmente, al ver que el reloj avanzaba, apagó todo y se dirigió al baño. Al quitarse la ropa, se quedó paralizado frente al espejo de cuerpo entero. El vapor empezaba a empañar los bordes, pero el centro estaba claro, devolviéndole una imagen que odiaba.

Tenía el cuerpo lleno de marcas. No solo el cuello; había rastros rojizos en sus caderas y hombros, huellas dactilares que parecían tatuadas en su piel clara.

Se miró con una mezcla de asco y envidia hacia la casta de Ayazen.

Por más que se esforzara, por más que fuera al gimnasio con regularidad, su cuerpo seguía siendo delgado, de líneas finas.

Su abdomen estaba plano, pero sin esos músculos marcados y poderosos que ostentaban los alfas por naturaleza.

—Ni de cerca... —susurró para sí mismo, pasando una mano por su costado.

Se sentía pequeño. Se autocriticó con dureza, pensando que no importaba cuántas pesas levantara, nunca tendría esa presencia imponente que hacía que la gente bajara la mirada. Era un beta, y su reflejo se lo recordaba con una fragilidad que en ese momento le resultaba insoportable.

Se bañó rápido, tratando de no tocar demasiado las zonas donde el contacto de Ayazen aún parecía quemar. Al salir, eligió un traje de cuello alto, negro, que lo hacía ver elegante pero completamente cubierto. No quería que ni un milímetro de lo que Ayazen le había hecho fuera visible para el mundo.

♦ ◊ ♦

Cuando llegó al restaurante L'Eclat, el maître lo escoltó hacia un área privada. Al entrar, el corazón se le detuvo.

No había arquitectos. No había representantes de ninguna constructora.

Ayazen estaba solo al final de una mesa larga, con una copa de vino frente a él y la misma expresión gélida de siempre, aunque sus ojos recorrieron a Koral de arriba abajo con una intensidad que lo hizo sentir desnudo otra vez.