CAPÍTULO 05 | NUDO. #2
—No tramo nada... —susurró Koral, alzando la vista con un brillo provocado por el nerviosismo que Ayazen interpretó como deseo—.
Es solo que... no puedo dejar de pensar en cómo me tocabas anoche.
Me duele el cuerpo, Ayazen, y tú estás aquí como si nada hubiera pasado. ¿Acaso no te afectó ni un poco?
Koral deslizó sus manos por debajo del saco, sintiendo el calor del cuerpo del alfa. Se acercó tanto que sus alientos se mezclaron, obligando a Ayazen a bajar la vista hacia sus labios.
—Me fui de tu casa porque no sabía cómo mirarte —continuó Koral en un hilo de voz, bajando la mirada de forma fingidamente avergonzada—.
Me asusté, ¿está bien? No sabía qué decirte al despertar después de lo que hicimos en la ducha.
Pensé que si me quedaba, verías lo mucho que me afectó... y no quería que te burlaras de mí.
Koral ladeó un poco la cabeza, frotando su mejilla contra la de Ayazen de forma lenta, casi felina, hasta llegar a su oído.
—Todavía siento tus manos encima de mí, Ayazen —murmuró, dejando que su mano bajara con suavidad por el abdomen del alfa—. Me fui porque me volviste loco y no supe cómo manejarlo. ¿Vas a castigarme por tener miedo de lo que me haces sentir?
Ayazen soltó un gruñido casi imperceptible. La sospecha seguía en su cabeza, pero escuchar que el beta se había escapado por estar asustado de todo lo que le había hecho sentir, alimentó el ego del alfa. Su mano bajó con fuerza hacia la cintura de Koral, apretándolo contra él.
—No me gusta que te escapes —mascó Ayazen contra su cuello, aspirando como si Koral tuviera un aroma real que lo embriagara, con una intensidad nueva—. Tienes que quedarte a mi lado.
Ayazen se inclinó para buscar sus labios. Quería reclamarlo allí mismo, marcar el territorio que ya sentía suyo. Sin embargo, Koral puso sus manos en los hombros del alfa y se apartó apenas unos centímetros, respirando con dificultad.
—Aquí no… —susurró Koral, mirando de reojo hacia la puerta vidriada—. Alguien podría entrar, podrían vernos.
—No me importa —respondió Ayazen con voz ronca y autoritaria—. Nadie se atreverá a decir ni una sola palabra.
Sin darle tiempo a protestar, Ayazen lo agarró de la cintura con una fuerza que le cortó el aliento y volvió a atrapar su boca en un beso voraz.
Sus manos bajaron con una impaciencia eléctrica, deshaciéndose de la ropa que le estorbaba con una urgencia que hacía que el aire de la oficina se sintiera denso y pesado.
Koral sintió cómo un calor líquido empezaba a irradiar desde su vientre, extendiéndose por cada terminación nerviosa.
Era una sensación abrasadora que lo hacía marearse, una mezcla de la adrenalina por el riesgo de ser descubiertos y la respuesta instintiva de su cuerpo ante la cercanía del alfa.
Sus manos, que antes fingían empujarlo, terminaron enredándose en el cabello de Ayazen, buscando profundizar un contacto que lo estaba consumiendo por dentro.
El calor era casi insoportable; sentía la piel sensible, encendida, y cada roce de los dedos de Ayazen contra su torso le provocaba espasmos de un placer que no podía controlar.
Entre jadeos y besos desordenados, Koral terminó dándose la vuelta, buscando el apoyo frío del escritorio para no desplomarse, mientras su propia respiración empañaba el aire, entregado por completo al incendio que Ayazen había desatado en él.
Ayazen no perdió un segundo. Le bajó los pantalones hasta los tobillos, dejando su trasero expuesto a la luz de la oficina.
Koral sintió el aire frío de la habitación antes de que el calor masivo de Ayazen lo cubriera de nuevo por detrás.
Sin preliminares, el alfa sacó su miembro y lo introdujo en él de una sola estocada profunda.
—¡Ahhh...! —El grito de Koral fue un desgarro de puro choque, arqueando la espalda de forma violenta mientras sus manos se aferraban con desesperación al borde de madera del escritorio, hundiendo las uñas hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
El impacto inicial fue una presión masiva, el miembro de Ayazen abriéndose paso sin piedad, estirando sus paredes con una fuerza bruta que le robó el aire.
Pero el dolor apenas duró un segundo; fue devorado de inmediato por un placer eléctrico y punzante que lo hizo vibrar desde las plantas de los pies hasta la nuca.
Ayazen no tuvo clemencia: comenzó a embestir con un ritmo salvaje, un golpeteo rítmico y húmedo que resonaba en el silencio de la oficina.
Cada estocada era profunda, sintiendo cómo el glande golpeaba su fondo una y otra vez, haciéndolo soltar gemidos desordenados que se perdían en el aire caliente.
—Maldita sea... Ayazen... —balbuceó Koral, con los ojos apretados y la cabeza echada hacia atrás, mientras sentía el sudor empezar a perlar su frente.
Ayazen se inclinó sobre él, atrapando su nuca para forzar un beso.
Sus bocas se chocaron con desesperación, un intercambio de saliva espeso y caliente, sus lenguas enredándose con una urgencia animal.
Los jadeos de ambos se mezclaban en un solo sonido roto.
Las embestidas del alfa se volvieron más pesadas, más lentas y demoledoras, hasta que, de pronto, Koral sintió que algo dentro de él se expandía de forma antinatural.
Un calor abrasador lo inundó, una presión inmensa que amenazaba con partirlo: el nudo del alfa estaba creciendo, anclándose en sus entrañas.
«¿Por qué...?», pensó Koral con la mente nublada y el cuerpo temblando. «Soy un beta... no debería anudarme».
Sin salir de él, Ayazen lo sujetó por la cintura y lo obligó a voltearse.
Con un movimiento potente, lo cargó y se sentó en su gran silla de cuero, acomodando a Koral a horcajadas sobre sus muslos.
Al bajarlo de nuevo sobre su miembro, el nudo, ya completamente formado, hizo que Koral soltara un gemido agudo, con los ojos en blanco por la plenitud insoportable.
Ayazen lo sujetó de las mejillas, devorando sus labios de nuevo, marcando su territorio con cada roce de su lengua.
—Va a tardar en bajar —susurró Ayazen contra su boca, con la voz rota por el esfuerzo y las pupilas dilatadas al máximo—. Estás tan apretado que no puedo sacarlo aunque quisiera.
—Deberías haberlo... ah... controlado —se quejó Koral con un jadeo, moviendo sus caderas débilmente sobre el regazo del alfa, sintiendo cada pulsación del semen de Ayazen dentro de su cuerpo—. No soy un omega, esto no sirve de nada aquí dentro...
Ayazen soltó una risa ronca.
—De todas formas... no es como si pudieras dejarme embarazado —Koral murmuró con sarcasmo contra su piel, apoyándose en su hombro.