CAPÍTULO 05 | NUDO.
Koral se despertó antes de que el sol terminara de salir.
La habitación de Ayazen estaba sumida en una penumbra azulada y el silencio era tan denso que podía escuchar su propio pulso en los oídos.
Se incorporó con lentitud, sintiendo una punzada de dolor en la zona lumbar y un escozor que le recordó, con la fuerza de un golpe, todo lo que había pasado bajo el agua.
Miró a su lado. Ayazen dormía profundamente, con el rostro relajado de una forma que lo hacía parecer casi humano.
Koral sintió una mezcla de náuseas y triunfo amargo.
Había cruzado la línea. El plan estaba en marcha, pero el precio se sentía pegajoso sobre su piel.
Se vistió a toda prisa, con las manos temblorosas, recuperando su teléfono del bolsillo del saco de Ayazen que estaba tirado en una silla.
Escabullirse de la mansión fue más fácil de lo que esperaba; los empleados de seguridad apenas lo miraron, acostumbrados a la discreción de los Verlkanur.
♦ ◊ ♦
Tres horas después, Koral estaba en la cafetería de la universidad, ocultando su cuello con una bufanda a pesar de que el clima no lo justificaba.
Tenía la mirada perdida en su café frío.
Pensaba que si lograba que Ayazen se obsesionara con él, Ray finalmente vería que ese alfa no era para él.
«Quizás, si Ray queda libre, finalmente me mirará de la forma en que yo lo miro a él», se ilusionó en silencio.
—¡Koral! Menos mal que te encuentro.
La voz de Ray lo hizo saltar en el asiento. El omega se sentó frente a él, con el rostro iluminado por una sonrisa que solo aumentó la culpa de Koral.
—Me tenías preocupado. Te llamé anoche y no contestaste, y luego me mandó a buzón —dijo Ray, inclinándose hacia delante—. ¿Estás bien? Te ves... pálido.
—Sí, sí. Me quedé sin batería y me quedé dormido temprano. El trabajo con Ayazen me dejó agotado —mintió Koral, apretando la taza con fuerza.
—Ayazen también llegó tarde anoche; me envió un mensaje diciendo que se quedó en la oficina —comentó Ray, suspirando—.
A veces me pregunto si de verdad quiere esta boda o si solo está enamorado de su trabajo.
En fin, ¡mira! —Ray sacó una tableta y empezó a mostrarle fotos de arreglos florales—.
Me resigné a los lirios blancos para el salón principal. ¿Qué te parecen?
Koral sentía que el aire se le escapaba mientras Ray hablaba con ilusión de un futuro que él estaba intentando destruir, al tiempo que el recuerdo de Ayazen jadeando en su oído lo perseguía.
—Koral, ¿por qué tienes esa bufanda? Hace calor aquí dentro —dijo Ray de repente, fruciendo el ceño. Antes de que Koral pudiera reaccionar, Ray estiró la mano—. Tienes la cara roja. ¿Tienes fiebre?
Ray bajó un poco el borde de la bufanda antes de que Koral pudiera apartarse. El silencio cayó entre los dos como una losa de cemento. La marca en el cuello de Koral, un moratón violáceo y evidente, quedó al descubierto.
Ray retiró la mano lentamente, su expresión de preocupación transformándose en una de sorpresa absoluta.
—Koral... eso es... —Ray parpadeó, confundido—. ¿Estuviste con alguien anoche?
Koral sintió que el corazón se le iba a salir por la boca. Su mente trabajó a mil por hora, buscando una salida.
—Fue... alguien que conocí en el bar —soltó Koral, intentando que su voz sonara casual mientras se reajustaba la bufanda con dedos torpes—. No fue nada importante, Ray. Solo una distracción… ya sabes… nadie que importe.
Ray lo miró fijamente, con una chispa de tristeza en los ojos que Koral no supo interpretar.
—No sabía que estabas viendo a alguien. Me hace sentir mal que no me lo contaras —susurró Ray—. Pensé que nos contábamos todo. Pero... me alegra que te diviertas. Ayazen siempre dice que eres demasiado aburrido.
—Ayazen no sabe nada de mí —escupió Koral con más veneno del que pretendía.
—Oh… —replicó Ray con una sonrisa tímida.
Koral tuvo que morderse la lengua para no decir nada estúpido.
Fue en ese instante cuando su celular vibró; al leer la pantalla, sintió una punzada de amargura.
Era un mensaje de Ayazen, seco y directo, diciéndole que debía presentarse a supervisar lo que les tocaba hoy.
Lo leyó una y otra vez: no había rastro de la noche anterior, ni una mención al calor de la ducha o a la forma en que lo había retenido entre sus brazos.
«¿Eso es bueno o malo?», se cuestionó de inmediato.
Guardó el teléfono y miró a Ray. El omega seguía concentrado en las fotos de la boda, ajeno a que el mundo de Koral se estaba desmoronando por dentro. Con un impulso, Koral estiró la mano y sostuvo la de Ray sobre la mesa.
—Sabes que siempre puedes contar conmigo, ¿verdad? —le dijo, obligándose a sostenerle la mirada—. No sientas presión por nada, Ray. De verdad.
Ray lo miró con esa dulzura que siempre desarmaba a Koral y asintió con una pequeña sonrisa.
Koral se puso de pie rápidamente, alegando que el deber en la empresa llamaba, y se despidió.
Mientras se alejaba, vio por el rabillo del ojo cómo Ray volvía a bajar la vista hacia su tableta, perdido en un futuro que él ya estaba dinamitando.
♦ ◊ ♦
Tomó un taxi con los nervios a flor de piel.
Durante el trayecto, se reajustó la bufanda con una obsesión casi enfermiza, asegurándose de que ni un milímetro del moratón quedara a la vista.
Cuando llegó a la oficina, el ambiente parecía genuinamente tranquilo para la tormenta que él sentía por dentro.
Ayazen ya estaba allí. Llevaba un traje gris oscuro que le sentaba de manera impecable y estaba inclinado sobre su computadora, tecleando con una rapidez mecánica. Ni siquiera levantó la vista cuando Koral entró.
—Hola —soltó Koral, con la voz un poco más aguda de lo normal.
—Llegas tarde —fue lo único que respondió Ayazen, sin dejar de mirar la pantalla.
Koral no dijo nada más. Rodeó el escritorio y se sentó en el extremo opuesto, abriendo su propia laptop.
Empezó a mover archivos y a leer correos sin procesar realmente la información, haciendo cualquier cosa con tal de no levantar la cabeza.
El silencio era asfixiante. Koral podía sentir el calor de su propio cuerpo y el roce de la tela contra su cuello, recordándole lo que había pasado.
Pasaron los minutos y Koral seguía fingiendo que trabajaba con una intensidad absurda, hasta que escuchó el sonido de la silla de Ayazen crujir.
Los pasos firmes de Ayazen rodearon el escritorio, rompiendo el mutismo. Antes de que Koral pudiera reaccionar, sintió una mano grande y decidida tirando del nudo de su bufanda.
—Hace demasiado calor como para que uses esto —dijo Ayazen con voz monótona, dejando la prenda sobre la mesa.
Koral se quedó helado, sintiendo el aire frío de la oficina sobre la marca violácea de su cuello. Intentó cubrirse con la mano, pero Ayazen le sujetó la muñeca con fuerza, obligándolo a exponer el moratón.
—Si quieres ocultar la marca que te dejé, no es necesario que lo hagas aquí —soltó el alfa, clavando sus ojos marrones en los de él—. De todas formas, nosotros ya sabemos perfectamente lo que pasó anoche.
Koral sintió que la sangre se le subía a la cara en un sonrojo violento. La rabia y la vergüenza lucharon en su pecho mientras intentaba zafarse del agarre.
—Eres un descarado —mascó Koral con veneno—. Te comportas como si nada hubiera pasado.
Ayazen no retrocedió; al contrario, lo acorraló contra el respaldo de la silla, inclinándose sobre él hasta que sus rostros quedaron a pocos centímetros. Su presencia era sofocante. A pesar de que Koral no podía sentir sus feromonas, sí percibía esa aura extraña que lo rodeaba.
—¿Descarado? Descarado es escabullirse por la mañana como un ladrón y aparecer recién ahora —le recriminó Ayazen en un susurro peligroso.
—¡No tenía ropa limpia en tu casa! —exclamó Koral, sintiéndose acorralado—. No iba a andar por ahí con tu camisa y el olor de... de lo que pasó.
—Podría haber mandado a comprar ropa para ti —respondió el alfa, sin inmutarse.
—A esas horas era imposible, Ayazen. No seas ridículo.
—No me importa la hora. Sabes que puedo conseguir lo que sea cuando quiero —sentenció él, su mirada bajando un segundo hacia los labios de Koral.
Koral estuvo a punto de soltarle un insulto, pero se detuvo en seco. Recordó la voz de Blair: «No lo alejes, enrédalo». Si seguía actuando de forma grosera, Ayazen perdería el interés y su plan de alejarlo de Ray se iría a la mierda. Tenía que cambiar de táctica.
Respiró hondo y relajó los hombros. Forzó una expresión de tristeza en su rostro, bajando la mirada para que sus pestañas temblaran un poco. Dejó que su voz sonara suave, casi dulce, con un toque de timidez.
—Lo siento... —murmuró Koral, acariciando con sus dedos la mano de Ayazen que aún lo sujetaba—. Es que no quería molestar a la servidumbre a esas horas de la mañana. Me dio vergüenza que me vieran así, saliendo de tu habitación.
Ayazen se quedó en silencio, sorprendido por el cambio repentino de actitud.
Su agarre en la muñeca de Koral se suavizó, transformándose en una caricia lenta sobre el pulso acelerado del beta.
No apartó la mirada. Sus ojos se entrecerraron, analizando cada milímetro de la expresión de Koral.
No era un idiota; conocía al Koral impulsivo y rabioso, y ese cambio a una dulzura casi sumisa le disparó todas las alarmas.
—¿Desde cuándo te importa a ti no molestar a la servidumbre? —preguntó Ayazen, apretando un poco más su cuerpo contra el de Koral—. Me miras como si fueras un cachorro herido. ¿Qué estás tramando, Koral?
Koral sintió un escalofrío. El alfa estaba oliendo su mentira.
Tenía que distraerlo ya o el plan se caería antes de empezar.
En lugar de retroceder, Koral aprovechó la cercanía.
Soltó un suspiro trémulo y llevó sus manos al pecho de Ayazen, dejando que sus dedos recorrieran la textura de su saco hasta llegar a los botones de la camisa.