CAPÍTULO 04 | EL TIGRE Y EL LOBO.
Koral ya no sabía cuántos vasos llevaba encima.
El alcohol le había soltado la lengua y la cabeza le pesaba como si fuera de plomo.
A su lado, Ayazen seguía igual que al principio: impecable, con la mirada fija en él y con esa calma que tanto le molestaba.
Koral ya ni siquiera era consciente de lo que decía; ni se escuchaba realmente, solo soltaba frases sueltas para luego soltar una carcajada, mientras Ayazen apenas asentía, observando cómo el beta se desmoronaba por la embriaguez.
De pronto, el teléfono de Koral vibró sobre la madera. La pantalla mostró el nombre de Ray junto a un corazón. Antes de que Koral pudiera estirar la mano, Ayazen fue más rápido. Agarró el aparato, vio quién llamaba y, con un movimiento seco del pulgar, rechazó la llamada.
—¡Es Ray! ¡Dame eso, idiota! —Koral intentó arrebatárselo, pero terminó tambaleándose en el asiento.
—Estás demasiado borracho para decir algo coherente —sentenció Ayazen, guardándose el teléfono de Koral en su propio bolsillo—. No vas a hablar con él en este estado.
—Eres un amargado de mierda —masculló Koral, dejándose caer contra el respaldo—. Un amargado que solo sabe dar órdenes.
Ayazen no respondió. Se limitó a notar cómo un tipo en la otra punta del lugar no dejaje de recorrer el cuerpo de Koral con la mirada.
Sin decir una palabra más, se puso de pie, agarró a Koral por el brazo y lo obligó a levantarse.
Koral se dejó llevar, apoyando todo su peso en el hombro del alfa mientras salían del pub.
El aire de la noche le pegó en la cara, pero no le devolvió la sobriedad.
Se subieron al auto en silencio. Ayazen le dio una orden corta al chofer y se sentó lo más lejos posible de Koral, pero el espacio seguía sintiéndose pequeño.
Koral tenía la frente apoyada en el vidrio frío, viendo las luces de la ciudad pasar como manchas borrosas.
En su mente, las palabras de Blair martilleaban con fuerza: «Úsalo, enrédalo, haz que pierda el interés en el omega».
A la mierda todo.
Koral se despegó del vidrio y se giró hacia él. Ayazen estaba mirando hacia el frente, con la mandíbula apretada. Koral estiró la mano, le sujetó el rostro con brusquedad, obligándolo a mirarlo, y le estampó los labios encima.
Fue un choque desordenado. En cuanto sus labios impactaron, Koral cerró los ojos en automático, sintiendo el calor repentino y la dureza de la boca de Ayazen contra la suya.
Sintió que el alfa intentaba apartarse, un ligero movimiento de rechazo que solo hizo que Koral se desesperara más; cerró los puños, arrugando el cuello de la camisa de Ayazen y tirando de él con fuerza para mantenerlo anclado ahí, negándose a dejarlo escapar.
Ayazen se quedó inmóvil bajo su agarre, con los músculos en tensión.
—¿Qué estás haciendo? —masculló contra sus labios apretados, con la voz vibrando en un tono que hizo que a Koral le temblaran las rodillas.
Koral no respondió con palabras. Abrió la boca en un jadeo pesado y fue entonces cuando la lengua de Ayazen entró, encontrándose con la suya. El beso se volvió prolongado, húmedo y profundo, un intercambio lento que le nubló el juicio a Koral más que el propio alcohol.
En un movimiento fluido, Ayazen sujetó a Koral por la cintura y lo atrajo hacia él, subiéndolo por encima de sus muslos.
Koral se acomodó a horcajadas, pero al sentir algo abultado y rígido presionando contra su trasero, abrió los ojos de golpe.
Se encontró con las pupilas marrones de Ayazen, que lo observaban con una intensidad inexplicable, oscurecidas por un deseo que no sabía descifrar.
El pánico empezó a filtrarse entre la neblina de la embriaguez. Koral quiso detenerse, consciente de que el plan de Blair significaba ir demasiado lejos, pero Ayazen no lo soltó. El alfa bajó la cabeza, abandonando su boca para enterrar el rostro en la curva de su cuello.
Koral soltó un jadeo involuntario. El roce de los labios y el aliento caliente de Ayazen contra su piel le provocaron un cosquilleo eléctrico que le recorrió toda la columna, dejándolo sin fuerzas para empujarlo.
—Ayazen… —pronunció el nombre del alfa sin saber por qué, con la voz rota, como si estuviera al borde de las lágrimas.
Ayazen no respondió con palabras. Se movió con una agilidad que Koral no esperaba, envolviendo su cuerpo con los brazos para sacarlo del auto.
Por pura inercia, Koral se aferró al cuello del alfa para no caer, pero al reconocer la fachada de la mansión Verlkanur, el pánico lo golpeó de golpe.
Vio a la mayordoma recibirlos con un rostro serio; apenas hubo un ápice de sorpresa en sus ojos antes de recuperar su compostura profesional para atender a su amo.
—Ayazen… —volvió a repetir cuando el alfa lo dejó sobre la enorme cama king-size y, sin mirarlo, se encerró en el baño.
♦ ◊ ♦
El silencio de la habitación pareció devolverle a Koral todos sus sentidos.
Se vio solo en medio de la cama, con la respiración errática.
Pasaron cinco minutos y Ayazen no salía.
Pasaron otros cinco y la incertidumbre lo obligó a ponerse de pie.
Caminó a paso lento, casi dudoso, hacia la puerta del baño.
El sonido de la regadera inundaba el espacio.
Al abrir la puerta, el vapor lo envolvió.
Vio el cuerpo desnudo de Ayazen bajo el agua; era una imagen que jamás creyó presenciar.
El cuerpo del alfa estaba tensado, tonificado, con la mandíbula apretada mientras movía su mano sobre su miembro con desesperación, soltando jadeos pesados que rebotaban en los azulejos.
—Ayazen… —Koral ya no sabía cuántas veces había pronunciado ese nombre.
El alfa volteó a verlo, deteniéndose en seco. Koral no dejó de caminar hasta quedar frente a él, ignorando el agua que empezaba a empapar su ropa. «Blair, eres una maldita por meterme esto en la cabeza», pensó, sintiendo un calor asfixiante subiendo por su vientre.
Koral comenzó a desvestirse allí mismo, tirando su camisa al suelo.
En cuanto bajó sus pantalones, Ayazen reaccionó; lo tomó rápidamente por la cintura y lo metió bajo el chorro de agua, atrapando sus labios en un beso hambriento.
Koral no se resistió. Cerró los ojos y dejó que las manos grandes de Ayazen recorrieran su piel, bajando con una urgencia posesiva hacia lugares donde nadie jamás había llegado.
Los labios de Ayazen lo hacían jadear sin descanso, y el aire le faltó al sentir el miembro del alfa presionando contra su estómago, rozándolo con un ritmo lento que lo estaba volviendo loco.
—Ah… —soltó un gemido cuando las manos de Ayazen bajaron con decisión hacia su trasero, deshaciéndose de su ropa interior. Los dedos grandes del alfa empezaron a amasar la zona con una urgencia que Koral no sabía cómo procesar—. Ah, ah…
Ayazen se moved entre sus piernas, jadeando contra su piel mientras su miembro rozaba la entrada.
Koral se tensó, intentando apartarse un poco por la incomodidad y el miedo repentino, pero el alfa no lo dejó.
Siguió besándolo con premura, alternando ataques a su boca con jadeos calientes directamente en su oído.
Koral terminó de espaldas contra los azulejos fríos del baño, contrastando con el calor sofocante del cuerpo de Ayazen que lo mantenía acorralado.
Sintió el pene de Ayazen rozar su entrada de nuevo.
Al ser un beta, su cuerpo no reaccionaba con la misma facilidad que el de un omega; no había lubricación natural, solo la resistencia de su propia anatomía.
Cuando Ayazen intentó introducirse, Koral soltó un jadeo de dolor puro.
La magnitud de lo que amenazaba con entrar lo hizo entrar en pánico.
—No va a entrar —jadeó, con los ojos apretados.
Ayazen no se detuvo. Besó su hombro y volvió a usar sus manos para masajear su trasero, introduciendo un par de dedos de golpe.
Koral soltó un grito ahogado, un jadeo absoluto que resonó en el baño mientras intentaba darse la vuelta para escapar de la sensación, pero Ayazen lo mantuvo fijo en su lugar, bloqueándole cualquier movimiento.
—No lo usaste con nadie más, ¿verdad? —La voz de Ayazen retumbó en su oído, cargada de una posesividad oscura que hizo que Koral recuperara un poco de su rabia.
—Eso no te importa —replicó enojado, intentando empujarlo.
Pero Ayazen fue brusco. Como respuesta a su rebeldía, introdujo un tercer dedo, dilatándolo a la fuerza.
—Lo mataré —sentenció el alfa, y Koral recordó al tipo del callejón.
Ayazen alineó su pene nuevamente. Koral se puso rígido; el recuerdo de la violencia de esa noche se mezclaba con el presente.
—No… —fue lo único que alcanzó a decir antes de sentir que Ayazen empujaba con todo su peso.
El miembro se introdujo de un solo golpe, desgarrando su resistencia.
—¡Ah! —El grito de Koral se perdió bajo el chorro de la regadera mientras sentía que su cuerpo se partía a la mitad.
Ayazen se detuvo por un segundo, sintiendo la resistencia del cuerpo de Koral, pero la posesividad lo dominó por completo.
Lo sujetó de la cintura con una fuerza brusca y, sin sacarlo del todo, lo obligó a girarse para quedar frente a frente.
Los pies de Koral resbalaron en el suelo mojado por la torpeza del movimiento, pero Ayazen lo sostuvo en vilo, estrellándolo de espaldas contra los azulejos fríos mientras sus piernas se enredaban instintivamente en la cadera del alfa.
—Mírame —gruñó Ayazen, con la voz cargada de una vibración que Koral sintió en la boca del estómago.
Koral abrió los ojos, empañados por el vapor y el alcohol, encontrándose con la mirada marrón de Ayazen.
Estaba oscurecida, salvaje, sin rastro de la elegancia que solía fingir.
El alfa comenzó a moverse de nuevo, esta vez de frente, clavando sus ojos en los de Koral con cada estocada.
El choque de sus cuerpos generaba un sonido húmedo que se mezclaba con el golpeteo del agua.
—Ah… ¡Ayazen! —Koral soltó un jadeo desgarrado, echando la cabeza hacia atrás al sentir algo extraño subir de su vientre a su cabeza; era placentero.
El dolor del inicio se había transformado en una presión sofocante que le robaba el aliento.
Ayazen lo sujetó de los muslos, elevándolo para que cada embestida fuera más profunda.
Sus manos no eran suaves; apretamientos que dejaban marcas rojas en la carne de Koral, reclamándolo con una desesperación que parecía una pelea silenciosa.
Koral sentía cómo el nudo en su vientre se apretaba.
Sus manos, aún débiles, se aferraban a los hombros tonificados de Ayazen, buscando un anclaje en medio del caos.
Cada vez que el alfa empujaba, Koral sentía que perdía un poco más de sí mismo.
Ayazen se enterró una última vez, con un movimiento pesado y errático, mientras mordía con fuerza la unión entre el hombro y el cuello de Koral.
El grito de este se ahogó en un jadeo cuando sintió la descarga de calor llenándolo por dentro, una calidez que contrastaba con el agua que seguía cayendo sobre ellos.
Koral se corrió sin tocarse, manchando el abdomen de ambos, mientras sus sentidos terminaban de apagarse por el esfuerzo. Ayazen se quedó allí, jadeando contra su cuello, manteniendo el cuerpo de Koral pegado al suyo como si tuviera miedo de que, al soltarlo, el beta se desvanecerece.
♦ ◊ ♦
Ayazen se quedó un momento en silencio, observando el cuerpo de Koral bajo la luz mortecina del baño.
Sus ojos se fijaron en la marca rojiza que acababa de dejar en su cuello; sabía perfectamente que no se convertiría en un lazo permanente, ya que Koral no era un omega y no podía ser reclamado de esa forma.
Sin embargo, su miembro todavía conservaba una sensación extraña, una calidez y una presión en el interior de Koral que no sabía cómo describir: algo que se sentía más profundo que un simple acto carnal.
Con una parsimonia casi protectora, Ayazen cerró la regadera.
Tomó una toalla y comenzó a secar el cuerpo inerte de Koral con cuidado, como si temiera romperlo ahora que la adrenalina había bajado.
Koral apenas podía mantener los ojos abiertos, entregado por completo al cansancio y al resto de alcohol que aún nublaba sus sentidos.
Sin decir una palabra, Ayazen lo cargó hasta la habitación.
Lo vistió con una de sus propias camisas de seda, que le quedaba grande y le cubría los muslos, y lo acomodó con delicadeza en el centro de la cama.
Koral se hundió en las almohadas, soltando un suspiro débil mientras el sueño lo reclamaba.
Ayazen se acostó a su lado, manteniendo una distancia mínima. Antes de apagar la luz, se inclinó y besó la sien de Koral de manera casi imperceptible. Se quedó mirándolo un buen rato, sumido en sus propios pensamientos: «No eres un omega, pero te sientes como si fueras mío».