CAPÍTULO 03 | EL BESO. #3
Cuando llegó al imponente edificio de cristal y acero de los Verlkanur, sus manos estaban heladas.
La recepcionista, una beta de sonrisa plástica, lo escoltó hasta el último piso.
El silencio en el pasillo de la dirección era absoluto, solo interrumpido por el zumbido del aire acondicionado.
Ella se detuvo frente a una puerta de madera maciza y le hizo un gesto para que entrara.
Koral tomó aire, empujó la puerta y entró.
La oficina era inmensa, con ventanales que ofrecían una vista panorámica de la ciudad.
Ayazen estaba de espaldas, hablando por teléfono mientras revisaba unos documentos sobre un escritorio.
No llevaba la chaqueta del traje, y la camisa blanca se ajustaba a su espalda de una forma que a Koral le resultó ofensivamente bien.
Ayazen colgó el teléfono y se giró lentamente. Sus ojos recorrieron a Koral de arriba abajo, deteniéndose un segundo más de lo necesario en sus labios, donde ya no había rastro de la mordida.
—Llegas a tiempo, Koral —dijo Ayazen. Su voz era profunda y carecía de cualquier rastro de la furia de la última vez, lo cual era mucho más inquietante—. Empecé a pensar que tu padre no lograría convencerte.
Koral se mantuvo firme cerca de la puerta, con la barbilla en alto.
—Estoy aquí por la empresa, no por ti. Pongamos las reglas claras: vamos a hacer esto, sacaremos las fotos para la prensa y terminaremos cuanto antes. No quiero juegos, Ayazen.
Ayazen soltó una risa baja, un sonido gutural que no llegó a sus ojos. Caminó hacia él, acortando la distancia con esa zancada de depredador que lo caracterizaba, hasta que quedó a menos de un metro. Koral se obligó a no retroceder.
—Las reglas las pongo yo en este edificio —susurró Ayazen, inclinándose un poco—. Y el primer proyecto caritativo es para la prensa.
—Después de tu boda —acotó Koral, con un tono molesto.
—¿Y eso te molesta en algo?
—Claro que no —respondió rápidamente Koral.
♦ ◊ ♦
El proyecto resultó ser mucho más pasivo de lo que Koral había imaginado.
Se trataba de un complejo de departamentos de interés social, donde las familias de escasos recursos solo debían cubrir el 50 % del valor total, mientras que las fundaciones de los Blum y los Verlkanur subsidiaban el resto.
Era el tipo de caridad corporativa perfecta: limpia, segura y estéticamente agradable para las fotos y la sociedad.
Se pasaron la mañana en la zona de construcción, pero su labor era meramente decorativa.
El arquitecto jefe les explicaba los planos, mientras los obreros trabajaban bajo el sol, levantando muros y cargando materiales.
Koral y Ayazen solo tenían que estar allí, con sus cascos relucientes y sus trajes impecables, asintiendo de vez en cuando para demostrar que «supervisaban» que todo saliera bien.
Koral sentía una irritación creciente. Estaba de pie sobre una plataforma de observación, mirando cómo una grúa elevaba una viga. El polvo de la construcción se le pegaba a la ropa y el calor empezaba a ser sofocante.
—Esto es una ridiculez —masculló Koral, lo suficientemente bajo para que solo Ayazen, que estaba a su lado, lo escuchara—.
No estamos haciendo nada. Los obreros están construyendo el lugar y nosotros estamos aquí parados como estatuas.
Mi padre podría haber enviado a un relacionista público y el resultado sería el mismo.
Ayazen, que mantenía las manos en los bolsillos y observaba la obra con una calma imperturbable, soltó un suspiro nasal que parecía una burla.
—Bienvenido al mundo real, Koral —respondió Ayazen sin mirarlo—. No estamos aquí para construir paredes. Estamos aquí para que el nombre de nuestras familias esté pegado a la entrada cuando el edificio se inaugure. Acepta el papel y deja de quejarte; te ves más bonito cuando guardas silencio.
Koral apretó la mandíbula, sintiendo que la sangre le hervía.
La prepotencia de Ayazen era constante, una presión que no le daba respiro.
Se giró para marcharse hacia el auto, harto de la situación, pero Ayazen lo sujetó suavemente del antebrazo.
El contacto, aunque ligero, hizo que a Koral se le erizara la piel de inmediato.
—Ya terminamos por hoy. Los ingenieros se encargarán del resto —dijo Ayazen, soltándolo y mirando su reloj de pulsera—. Vamos a tomar algo. Conozco un lugar cerca de aquí.
Koral se quedó helado. «Ir a tomar algo» significaba estar a solas, sin cámaras, sin obreros y sin la mirada de sus padres.
Era la oportunidad perfecta para poner en marcha lo que Blair le había sugerido, pero el miedo seguía ahí, latente.
¿Realmente iba a hacer algo tan estúpido como eso?
¿Qué le aseguraba que las cosas saldrían como él esperaba?
—¿Por qué querría ir a tomar algo contigo? —preguntó Koral, tratando de sonar desafiante.
Ayazen lo miró de reojo, con esa media sonrisa.
—Porque todavía tienes esa cara de querer matarme por lo del otro día, y prefiero que te desahogues con una copa en la mano antes de que me muerdas otra vez en público. Además, tenemos que discutir los detalles del evento de prensa de la próxima semana.
Koral lo observó unos segundos. Ayazen parecía relajado, casi humano por una vez.
—Está bien —cedió Koral, acomodándose la chaqueta—. Pero yo elijo qué bebemos.
—Como quieras —respondió Ayazen, señalando hacia el auto que los esperaba a unos metros—. Después de ti.