CAPÍTULO 03 | EL BESO. #2
El sonido del reloj en el pasillo le recordó que era viernes.
Las cenas familiares eran sagradas y obligatorias en la mansión Blum.
Koral se levantó, se lavó la cara para borrar el rastro de cansancio y se vistió con un traje entallado de color azul oscuro.
Se aseguró de peinarse a la perfección, buscando esa máscara de frialdad que su padre tanto le exigía.
Bajó las escaleras justo cuando el reloj marcaba las ocho y diez. En el comedor de techos altos, sus padres ya estaban sentados a la cabecera de la mesa de mármol. El silencio era sepulcral, solo interrumpido por el roce de la platería.
—Llegas diez minutos tarde, Koral —soltó su padre alfa sin levantar la vista de su plato. Su voz, profunda y autoritaria, llenó el espacio con una presión que hizo que a Koral se le tensaran los hombros.
—Lo siento, padre. No volverá a pasar —respondió Koral, tomando asiento en su lugar habitual.
Su madre, una omega de facciones rígidas que siempre parecía estar analizando todo lo que la rodeaba, dejó su copa de vino sobre la mesa y lo miró fijamente.
—Ya hemos hablado de esto, Koral. Tienes una edad en la que ya es tiempo de que empieces a trabajar oficialmente en la empresa de tu padre. No puedes seguir siendo impuntual —dijo ella, con rostro serio.
Koral asintió lentamente, cortando un trozo de carne que le supo a cartón.
—Estoy de acuerdo. Estoy listo para aprender en el departamento de finanzas o donde sea necesario —respondió Koral, intentando mostrarse cooperativo.
Sin embargo, su padre soltó una risa seca, una que no tenía nada de gracia.
—No irás a finanzas. He estado hablando con el señor Verlkanur —sentenció el hombre, dejando los cubiertos a un lado para mirar a su hijo a los ojos—. Hemos decidido que realizarás un trabajo caritativo conjunto con Ayazen Verlkanur.
Koral sintió que el mundo se detenía. El tenedor resbaló de sus dedos y golpeó el plato con un sonido metálico que resonó en todo el comedor.
—¿Con Ayazen? —logró decir, tratando de que su voz no temblara.
—Sí. La prensa adora este tipo de alianzas. Dos herederos de las familias más influyentes trabajando en obras sociales de alto impacto. Estarán en las planas de primera fila por sus «acciones buenas», como ellos dicen. Es la publicidad perfecta para la fusión que vendrá tras la boda con los Thorne.
—Padre, ¿no puedo hacer otra cosa? —se atrevió a preguntar Koral, sintiendo el pánico subir por su garganta—. Puedo encargarme de cualquier otra área, de cualquier otro proyecto, pero Ayazen y yo... no creo que seamos el mejor equipo para esto.
El rostro de su padre se endureció al instante. Golpeó la mesa con la palma de la mano, haciendo vibrar las copas de cristal.
—¡Ya basta! —lo regañó, con los ojos brillando con advertencia—.
Nunca haces nada por la familia, te la pasas perdiendo el tiempo y ahora que te doy una responsabilidad real, ¿te atreves a cuestionarme?
Ya está decidido, Koral. Se hará así y no importa lo que tengas que decir al respecto. Empezarás la próxima semana.
Koral bajó la mirada, apretando los dientes para no responder.
La ironía era cruel. Justo cuando estaba planeando cómo acercarse a Ayazen para salvar a Ray, su propio padre le entregaba el destino en bandeja de plata.
Estaría encerrado con él, trabajando hombro con hombro, bajo la mirada de todo el mundo.
—Entiendo, padre —murmuró finalmente, aunque por dentro sentía que se estaba hundiendo.
♦ ◊ ♦
Los días siguientes fueron una lenta tortura.
Koral intentaba mantener su rutina habitual, pero la universidad se sentía como un escenario de cartón piedra.
Ayazen dejó de aparecer por el campus; su ausencia era lógica, ya que estaba completamente sumergido en los asuntos de la empresa Velakan, pero para Koral ese vacío era peor que su presencia.
Cada vez que su teléfono vibraba, el corazón le daba un vuelco violento, temiendo que fuera la citación oficial para empezar ese «trabajo caritativo» que su padre le había impuesto.
Ray, ajeno a la tormenta que crecía en el pecho de su amigo, le enviaba mensajes emocionados sobre los preparativos de la boda, mencionando lo «ocupado y responsable» que estaba siendo Ayazen.
Koral leía los mensajes con una mezcla de náuseas y culpa, sintiendo cómo el plan que Blair le había sugerido ya sería imposible de realizar por sus propios medios.
Hasta que, finalmente, el día llegó.
Un correo electrónico oficial de la corporación Velakan aterrizó en su bandeja de entrada: «Lunes, 09:00 a. m. Sede Central Velakan. Oficina de Proyectos Especiales. No se aceptan retrasos».
Koral no durmió esa noche. Se miró al espejo mil veces, ajustándose la corbata hasta que sintió que lo asfixiaba. Quería verse profesional, una versión de sí mismo que Ayazen no pudiera romper con un simple empujón contra la pared.