CAPÍTULO 03 | EL BESO.
Koral sentía el peso de Ayazen aplastándolo contra el colchón. La rabia le quemaba la garganta, pero antes de que pudiera soltar un insulto, Ayazen acortó la distancia y lo besó. No fue un beso suave; fue más un choque brusco contra su boca.
Koral apretó los labios con fuerza, cerrando el paso a cualquier intento de Ayazen por profundizar el contacto.
Se puso rígido, con los músculos en tensión, y empezó a forcejear, empujando los hombros del alfa para quitárselo de encima.
Pero Ayazen no cedió. Sus manos lo sujetaban con firmeza, manteniéndolo inmovilizado bajo su cuerpo mientras insistía contra su boca.
En un descuido, Koral abrió la boca para intentar tomar aire y gritar, y Ayazen no desperdició el segundo. Metió su lengua con agresividad, reclamando el espacio con una confianza que terminó de enfurecer a Koral. Sin pensarlo, Koral cerró la mandíbula con fuerza y le mordió la lengua.
Ayazen soltó un jadeo de dolor, apartándose de golpe mientras se llevaba una mano a la boca. La sorpresa en su rostro fue lo único que Koral necesitó.
Koral rodó por la cama y sus ojos escanearon la habitación a toda velocidad hasta que vio un destello metálico sobre el sillón donde Ayazen había estado sentado antes. La llave. La agarró con los dedos temblorosos, corrió hacia la puerta y la hizo girar en la cerradura con un chasquido seco.
Salió al pasillo de golpe, casi tropezando con sus propios pies.
Sus pasos descalzos apenas hacían ruido sobre la alfombra de la mansión Verlkanur.
Al girar en una esquina, se encontró de frente con la mayordomo de Ayazen, una mujer mayor que lo miró con los ojos muy abiertos, impactada por ver al invitado de su señor corriendo en pijama y con el pelo revuelto.
—¿Señor Blum? ¿Pasó algo? ¿Necesita...? —empezó a preguntar, pero Koral no se detuvo.
—¡Déjame en paz! —le gritó sin mirarla.
Siguió corriendo por el vestíbulo hasta que encontró la puerta principal. La abrió de par en par y salió a la noche. No le importó estar descalzo sobre el pavimento frío ni que la pijama de seda le quedara enorme; solo quería poner kilómetros de distancia entre él y el sabor de Ayazen.
Caminó y corrió por las calles desiertas del barrio privado hasta que llegó a los portones de la mansión Blum. El mayordomo de su familia, que lo esperaba en la entrada con cara de angustia, abrió de inmediato al reconocerlo.
—¡Joven Koral! Por Dios, estábamos preocupados, no llegó en toda la noche y... —el hombre se detuvo en seco al ver la pijama desconocida y los pies sucios de Koral—. ¿Pero qué le ha pasado? ¿Esa ropa?
—No tengo cabeza para hablar ahora —soltó Koral con la voz temblonas.
Pasó por el lado del hombre sin darle explicaciones y subió las escaleras de dos en dos.
Entró en su habitación y cerró la puerta con doble llave, dejándose caer contra la madera.
Sus manos no dejaban de temblar. Se tocó los labios, todavía sintiendo la presión y el calor invasivo del beso de Ayazen.
Estaba en shock; su mente no logbaba procesar por qué ese idiota le había hecho algo así.
Buscó desesperadamente en los bolsillos de la pijama y luego en los alrededores, pero no encontró nada.
—Mierda —susurró, sintiendo un vacío en el estómago—. Mi teléfono.
Supo de inmediato que se había quedado en la habitación de Ayazen.
♦ ◊ ♦
Koral apenas pudo pegar el ojo. Cada vez que lograba hundirse en un sueño ligero, la sensación de los labios de Ayazen y el sabor metálico de la sangre tras la mordida lo hacían despertar de golpe, con el corazón martilleando contra las costillas.
En cuanto el sol empezó a filtrarse por las cortinas, se levantó con un humor insoportable.
Antes de ir a la facultad, pasó por una tienda de telefonía para comprar un equipo nuevo y recuperar su número. El proceso le pareció eterno y lo dejó aún más irritado; odiaba saber que su privacidad, sus fotos y sus mensajes seguían en manos de Ayazen.
Llegó a la universidad tarde. Blair apareció a su lado de inmediato, hablando de un proyecto grupal y de chismes de la facultad que a Koral no podían importarle menos. Intentaba seguirle el hilo a la conversación, pero sus ojos no dejaban de escanear los pasillos.
—¿Me estás escuchando, Koral? —preguntó Blair, dándole un codazo—. Estás más ido que de costumbre.
—Sí, Blair, el proyecto. Lo tengo claro —mintió, pero se quedó helado cuando vio a Ray caminando hacia ellos.
Ray se veía impecable, como siempre, pero había algo en su mirada que puso a Koral a la defensiva.
Se saludaron con la calidez habitual, aunque Koral se sentía como un traidor.
Decidieron ir a almorzar a un restaurante cercano para hablar con más calma.
Una vez sentados, después de que el camarero tomara sus pedidos, Ray sacó el teléfono viejo de Koral de su bolso y lo dejó sobre el mantel.
—Ayazen me pidió que te entregara esto —dijo Ray. Su voz era tranquila, pero sus ojos estaban fijos en Koral—. Dijo que lo olvidaste en su casa anoche.
Koral sintió que el aire se el escapaba. Tomó el teléfono con dedos rígidos y lo guardó rápido en su bolsillo.
—¿Por qué Ayazen tenía tu teléfono, Koral? —preguntó Ray. Había un rastro de molestia en su tono—. No sabía que después de irte de mi jardín te habías visto con él. De hecho, no sabía que tenías tanta confianza como para terminar en su casa.
—No es lo que parece, Ray —respondió Koral, sintiendo el sudor frío en la nuca—. Seguro lo olvidé por distraído cuando nos cruzamos ayer. Estaba mareado después de ir al pub y... ya sabes cómo me pongo cuando bebo de más.
—Es que no entiendo —insistió Ray, cruzándose de brazos—. Me estás ocultando algo. Ayazen no suele «encontrar» cosas de personas que no le interesan. Me parece muy extraño que terminara en sus manos.
—No es nada, en serio. No fue un encuentro planeado ni nada importante —insistió Koral, pero las palabras se le trabaron cuando la silla vacía al lado de Ray fue ocupada de golpe.
Ayazen se sentó con una naturalidad que daba asco. Vestía un traje gris que resaltaba su presencia imponente y, sin ningún pudor, clavó sus ojos oscuros en Koral. No lo miraba con arrepentimiento, sino con una fijeza depredadora que hizo que Koral quisiera hundirse en el suelo.
—Ray, no te metas en mis asuntos —soltó Ayazen con una voz gélida, sin desviar la vista de Koral.
Ray se tensó de inmediato y bajó la mirada, su expresión de molestia transformándose en una de sumisión.
—Solo quería saber qué había pasado... —suspriró Ray, jugando con la servilleta—. Lo siento.
—No pasó nada —intervino Koral, tratando de sonar firme, aunque le temblaba la voz—. Ya tengo mi teléfono y eso es todo lo que importa.
Koral notó entonces una pequeña banda adhesiva en el labio de Ayazen, justo donde lo había morderlo la noche anterior.
La marca era una prueba silenciosa de lo que había pasado entre ellos, una herida que Ayazen lucía sin ninguna vergüenza frente a su propio prometido.
El resto del almuerzo fue un silencio sepulcral, interrumpido solo por las breves respuestas de Ray.
Koral apenas probó bocado, sintiéndose observado por ese monstruo que parecía disfrutar de su incomodidad.
Cuando Ray finalmente se fue del brazo de Ayazen, Koral se quedó solo con Blair en una mesa del campus. Necesitaba soltar lo que tenía dentro, pero no podía ser directo.
—Blair, necesito un consejo... es algo que le pasó a un amigo —empezó Koral, hablando muy bajo—.
Imagina una fábula. Hay un tigre que está comprometido con un ciervo.
El ciervo es hermoso y el tigre lo reclama como suyo.
Pero hay un lobo que siempre ha estado enamorado del ciervo y quiere rescatarlo de ese compromiso, porque sabe que el tigre no lo quiere en verdad y solo lo quiere por el poder de su manada.
Blair se acomodó en su asiento, entornando los ojos.
—Interesante. ¿Y qué pasa con el lobo y el tigre?
—Digamos que el tigre, por alguna razón extraña, ha puesto sus ojos en el lobo. Lo besó... —Koral tragó saliva—. El lobo odia al tigre. ¿Qué debería hacer el lobo para que el ciervo sea libre?
Blair soltó una risa seca, comprendiendo la metáfora.
—Es simple, Koral. Si el tigre tiene ese interés por el lobo, el lobo tiene que usarlo.
El lobo debe atraer al tigre hacia él, enredarlo tanto que el tigre pierda el interés en el ciervo o que el compromiso se rompa.
Si el lobo se sacrifica y se vuelve el nuevo objetivo del tigre, el ciervo quedará libre para correr hacia donde quiera.
—¿Y si el tigre se entera de que el lobo lo estaba usando para liberar al ciervo? —preguntó Koral con voz queda.
—Por el orgullo de un tigre, nunca admitiría que un simple lobo lo engañó —sentenció Blair con seguridad—.
Si el tigre se da cuenta, preferirá guardar silencio y dejar que ambos se vayan antes de quedar como un estúpido frente a todos.
Es la única forma de liberar al ciervo y al lobo, distrayendo al depredador.
Koral se quedó mirando al vacío un largo tiempo, como si no supiera cómo procesar las palabras de Blair; pero, aun así, sonrió para no parecer asustado.
♦ ◊ ♦
Koral pasó el resto de la tarde encerrado en su habitación, tumbado boca arriba mientras el techo parecía cerrarse sobre él.
Las palabras de Blair daban vueltas en su cabeza como un bucle infinito: usar al tigre para liberar al ciervo.
La idea era tan asquerosa como tentadora.
Si lograba que Ayazen se obsesionara con él lo suficiente como para romper el compromiso, Ray sería libre.
Pero el precio era alto; significaba dejar que Ayazen lo tocara, que lo mirara con ese deseo retorcido y, posiblemente, que hiciera mucho más que solo besarlo.
—Es por Ray —se susurró a sí mismo, apretando las sábanas—. Solo tengo que aguantar hasta que lo suelte.
Pero el escalofrío que recorrió su espalda no era de determinación, sino de miedo. Conocía a Ayazen; el alfa no era alguien a quien se pudiera manipular fácilmente sin salir quemado en el proceso.