CAPÍTULO 02 | DETENTE.
El teléfono sobre la colcha de seda de la mansión Blum no dejaba de vibrar. Koral se cubrió la cara con una almohada, pero el zumbido constante le taladraba la sien derecha, donde el dolor de cabeza se había instalado como un clavo. Finalmente, alargó la mano y leyó los mensajes de Ray.
Ray: Mi madre ha llenado la casa de muestras de arreglos florales. Odio el olor, Koral. Huele a funeral.
Ray: Me han quitado los inhibidores hoy. Dicen que mi celo llegará en cinco días y que debo estar «limpio» para Ayazen. No puedo respirar en esta casa.
Ray: Porfi, ven. No tengo a nadie con quien hablar.
Koral sintió una náusea física. La idea de Ray siendo preparado como ganado para una subasta le revolvió el estómago.
Koral: Voy para allá.
Llegó a la mansión Thorne poco después. El jardín estaba en silencio, con los arbustos podados al detalle y ni una sola hoja fuera de su lugar.
Ray estaba sentado en un banco bajo el sauce, luciendo esa belleza delicada que siempre lo hacía destacar.
Tenía el cabello rubio impecable y sus rasgos eran finos y elegantes, como si hubiera sido esculpido.
Aunque estaba ahí solo, mantenía una postura perfecta, con sus ojos claros fijos en el horizonte.
—Ni siquiera me dejan elegir el jabón que uso, Koral —soltó Ray en cuanto él se sentó a su lado.
No hubo saludos, solo esa confesión desesperada—.
Dicen que ciertos aromas podrían interferir con la respuesta de Ayazen cuando llegue el momento, y no es que nos vayamos a casar mañana. Hacen un escándalo por nada.
Koral apretó los puños dentro de los bolsillos de su chaqueta.
Quería decirle que huyeran, que mandaran todo a la mierda, pero no era idiota.
Sabía perfectamente que la familia de Ray funcionaba igual que la suya; no existía ninguna posibilidad de escapar del protocolo que ya estaba escrito para sus vidas.
Los Thorne y los Blum no aceptaban errores, y mucho menos que uno de sus herederos decidiera ignorar un contrato por un impulso sentimental; y no es que Ray pudiera huir con él, a menos que lo amara como Koral lo hace.
—Aún falta mucho —dijo Koral, aunque las palabras le supieron a ceniza en la boca.
—Menos de un año —respondió Ray, molesto—. No estoy listo para todo eso.
—¿No has pensado en irte? —Koral sintió una leve chispa de esperanza—. Si no quieres casarte, no lo hagas. No tienes por qué soportar a Ayazen...
—No es que no quiera hacerlo, Koral —lo cortó Ray de inmediato—. Estoy nervioso por mi boda. Convertirse en un Verlkanur es todo un desafío, ¿sabes? No es algo fácil de procesar.
Fue entonces cuando Koral notó el brillo de felicidad en los ojos de Ray. El nudo en su estómago se apretó.
—¿Quieres casarte con Ayazen? —se atrevió a preguntar, con la voz apenas audible.
—Obvio —respondió Ray como si nada—. Siempre supe que me casaría con él.
Koral intentó sonreír, pero solo logró una mueca forzada. Sintió que el aire se volvía pesado de repente.
—Ah... —suspiró—. Pero si debes tomar decisiones sobre la boda, deberías preguntarle a un planeador de eventos, no a mí —soltó, incapaz de ocultar el tono molesto.
—Solo quería desahogarme —dijo Ray, cambiando su expresión al no comprender el comportamiento de Koral.
Koral sintió un pinchazo en el pecho. Iba a responder, pero la sombra de un hombre se proyectó sobre el pasto.
Ayazen caminaba hacia ellos con la seguridad de quien sabe que todo le pertenece.
Llevaba un traje oscuro; por lo que Koral sabía, ya se estaba haciendo cargo de los asuntos de la empresa de su padre desde el año pasado.
—Tengo que irme —soltó Koral de golpe, poniéndose de pie con una urgencia que casi lo hace tropezar. No quería ver a ese estúpido y mucho menos seguir sintiéndose así frente a ellos.
—Koral, no te vayas —pidió Ray, pero ya era tarde.
Koral pasó junto a Ayazen. El alfa no lo detuvo, ni siquiera le habló, pero Koral sintió la presión de su mirada en la nuca.
El aire alrededor de Ayazen siempre era más pesado y más difícil de tragar.
Salió de la propiedad de los Thorne con el corazón martilleando contra sus costillas y una rabia sorda que necesitaba apagar.
♦ ◊ ♦
Koral terminó en un pub lejos de su zona habitual.
Era un lugar discreto, con luces bajas y música que apenas permitía ignorar el resto de las mesas.
Se sentó en la barra, pidiendo un whisky tras otro, tratando de que el alcohol quemara el eco de las palabras de Ray.
No buscaba una experiencia estética ni un ambiente específico, solo necesitaba un sitio donde nadie lo reconociera y donde el apellido de los Blum no significara nada.
A la cuarta ronda, el dolor de cabeza se había transformado en un zumbido sordo. El bar estaba lleno de gente que no sabía quién era él. Nadie lo miraba.
—Estás a un trago de caerte de la silla —escuchó de un tipo. Cuando levantó la mirada para saber quién era, lo encontró mirándolo con una sonrisa de medio lado que no ocultaba sus intenciones.
Koral lo observó a través del mareo. Tenía los ojos oscuros y buena cara; se notaba que era un alfa y lo sabía bien a pesar de no poder sentir sus feromonas.
—Puedo manejarlo —respondió Koral, cortante, aunque no se alejó.
—No dije que no pudieras. Solo digo que es un desperdicio que estés aquí solo con esa cara.
El desconocido no esperó respuesta. Pidió otra ronda para ambos y acercó su taburete al de Koral, invadiendo su espacio personal de una forma que, en ese momento, Koral decidió no rechazar.
El alcohol ya estaba haciendo su efecto, y la atención directa de ese extraño era el analgésico perfecto para ese momento.
Empezaron a hablar por un buen tiempo. A pesar de que Koral no podía seguir bien la conversación, el tipo de nombre Javier, José, Joaquín... como sea, no era un tipo aburrido y eso hacía que Koral no cerrara los ojos.
—Hace demasiado calor aquí —dijo el alfa, acercándose al oído de Koral. Su aliento olía a menta y alcohol—. Conozco un lugar más tranquilo atrás, para fumar.
Koral asintió, dejándose guiar. Se levantó con las piernas temblorosas y siguió a Javi por un pasillo estrecho que llevaba a los baños y a la salida de emergencia.
El pasillo estaba mal iluminado, con una sola bombilla que parpadeaba.
En cuanto estuvieron lejos de la multitud, el alfa lo empujó suavemente contra la pared de ladrillos.
Koral no se resistió cuando el alfa lo besó; no hubo preámbulos.
La lengua del alfa entró con fuerza, recorriendo sus dientes y empujando contra la de Koral hasta que el sabor del whisky y la saliva lo inundó todo.
Koral soltó un jadeo que se quedó atrapado entre sus labios, sintiendo el calor húmedo y el roce constante que no lo dejaba tomar aire.
Cerró los ojos y se aferró a la chaqueta de cuero, tirando del tipo para pegarlo más a su cuerpo.
Sentía el pecho del alfa subiendo y bajando contra el suyo, mientras el beso se volvía más errático, con los labios resbalando por la barbilla y volviendo a encontrarse con un chasquido húmedo.
Koral buscaba ese contacto, dejando que el tipo le mordiera el labio inferior mientras sus lenguas seguían chocando sin ritmo.
De repente, una mano enguantada apareció en el campo de visión de Koral.
El impacto fue tan rápido que Koral no tuvo tiempo de procesarlo. El alfa fue arrancado de su lado con una fuerza brutal. Su cuerpo voló por el pasillo y se estrelló contra una pila de barriles metálicos. El sonido del metal chocando contra el cráneo del alfa fue seco.
Koral se quedó paralizado, con la espalda pegada a la pared. Ayazen estaba allí. No llevaba la chaqueta del traje, y las mangas de su camisa blanca estaban remangadas hasta los codos. Sus ojos no eran los de siempre; estaban inyectados en una furia animal que Koral nunca le había visto.
—¡Ayazen! ¡Detente! —gritó Koral, pero la voz le salió débil.
Ayazen no lo escuchó. Se lanzó sobre el alfa que intentaba levantarse del suelo y le propinó un puñetazo en la mandíbula que lo volvió a tumbar. Ayazen se montó sobre él y empezó a golpearlo. Una, dos, tres veces. El sonido bajo los nudillos de Ayazen llenó el pasillo.
Koral intentó lanzarse sobre la espalda de Ayazen para frenarlo.
—¡Lo vas a matar! ¡Déjalo!
Ayazen soltó un gruñido y, con un movimiento brusco de su brazo, empujó a Koral hacia atrás.
Koral voló un par de metros y cayó de lado contra el suelo de cemento, golpeándose el hombro y la cadera.
El dolor le robó el aire por un segundo.
Se quedó en el suelo, jadeando, viendo cómo la camisa de Ayazen se manchaba de salpicaduras de sangre ajena.
Ayazen solo se detuvo cuando Javi dejó de emitir cualquier sonido y su cuerpo quedó flácido sobre el suelo manchado. Ayazen se levantó, con el pecho subiendo y bajando con violencia. Se giró hacia Koral. Su rostro estaba salpicado de rojo y su mirada era gélida.
—Levántate —ordenó Ayazen. Su voz era un susurro peligroso.
Koral lo miró con puro horror. Intentó ponerse en pie, pero el mareo del alcohol y el golpe lo hicieron tambalearse. Ayazen dio un paso hacia él y estiró la mano para sujetarlo del brazo.
—¡Suéltame! —gritó Koral, golpeando la mano de Ayazen con todas sus fuerzas—. ¡Eres un maldito animal! ¡Míralo! ¡Lo dejaste inconsciente!
Koral quiso gatear hacia el alfa para ver si seguía respirando, pero dos de los guardaespaldas de Ayazen entraron al pasillo en ese momento. Se movieron hacia él, bloqueando el paso de Koral.
—Señor, el auto está listo —dijo uno de ellos, ignorando por completo al hombre que agonizaba en el suelo.
—Llévenlo al auto —dijo Ayazen, dándose la vuelta para salir hacia la calle lateral.
—¡No! ¡Déjenme! —Koral forcejeó, pateando y gritando, pero los dos hombres lo levantaron como si no pesara nada.
Lo arrastraron por la salida trasera. El aire frío de la noche le dio de golpe en la cara, pero no lo despejó. Lo arrojaron al asiento trasero de un sedán blindado que esperaba con las puertas abiertas. Ayazen entró por el otro lado un segundo después.
El seguro de las puertas saltó con un chasquido metálico. El auto arrancó con un chirrido de neumáticos, dejando atrás el callejón.
Koral se encogió contra la puerta, sintiendo cómo el estómago se le revolvía. Miró a Ayazen, que estaba sentado al otro extremo del asiento, limpiándose la sangre de los nudillos con un pañuelo de seda blanco que ahora estaba empapado de rojo.
—No tienes derecho —masculló Koral, con la voz temblando de rabia y náuseas—. No tenías por qué hacer eso.
Ayazen dejó de limpiarse las manos. Giró la cabeza muy despacio y clavó sus ojos en los de Koral.
—Tienes suerte de que no te haya dejado ahí mismo con él —dijo Ayazen con una calma que hizo que a Koral se le helara la sangre—. No vuelvas a comportarte como una puta que busca un pene en una pocilga.
Koral apretó los dientes, pero el mundo empezó a dar vueltas de forma violenta. El dolor en las sienes se convirtió en una punzada eléctrica que le nubló la vista. Intentó decir algo más, pero las palabras se le deshicieron en la boca y su cuerpo se desplomó contra el asiento de cuero.
♦ ◊ ♦
Cuando abrió los ojos, la oscuridad de la habitación era absoluta, salvo por una pequeña lámpara de pie en un rincón.
No era su cuarto. El techo era más alto y el aire olía a madera y al perfume seco de Ayazen.
Intentó incorporarse, pero sintió el roce de una tela suave contra su piel; ya no llevaba su ropa, sino una pijama de seda que le quedaba tres tallas más grande, hundiéndolo entre las sábanas.
Al girar la cabeza, lo vio. Ayazen estaba sentado en un sillón junto a la cama, con los ojos cerrados y la camisa desabrochada en el cuello, como si acabara de sentarse a esperar.
Koral se puso de pie de un salto, ignorando el pinchazo en su cabeza. Caminó directo hacia la puerta y tiró del picaporte, pero no cedió. Estaba bajo llave.
—Saldrás por la mañana —la voz de Ayazen sonó baja, sin abrir los ojos todavía.
—Ábreme ahora mismo —exigió Koral, dándose la vuelta, furioso—. No tengo nada que hacer aquí. Me quiero ir.
—No hagas un lío y duerme, Koral. Estás ebrio y apenas puedes mantenerte en pie.
Ese tono de orden, esa forma de decidir por él, fue lo que terminó de romperle los nervios. Koral caminó hacia la cama, donde Ayazen se había movido para sentarse en el borde. Lo agarró de las solapas de su camisa, tirando de él con fuerza.
—¿Quién te crees que eres? —le gritó, sacudiéndolo—. ¡Deja de meterte en mis asuntos! ¡Deja de decidir qué es lo mejor para mí!
Ayazen no se resistió. De dejó que Koral descargara su rabia, manteniéndose inmóvil mientras los dedos de Koral se apretaban en la seda de su ropa.
—Como cualquier amigo, me preocupo por que no termines muerto en un callejón —dijo Ayazen con una calma que solo enfureció más a Koral.
—¡No somos amigos! ¡No me caes bien, nunca me has caído bien!
—Koral soltó una carcajada amarga—. Hubiera tenido una noche espléndida si no fuera por ti.
Estaba con alguien que sí quería estar conmigo, a diferencia de todos en este círculo de mierda.
Pero tenías que llegar tú a arruinarlo todo, como siempre.
—Cállate, Koral —dijo Ayazen, y esta vez su rostro se volvió serio, las cejas se juntaron en una advertencia clara.
—¿Por qué? ¿Te molesta la verdad? —siguió Koral, acercándose más a su cara, respirando con dificultad—.
No importa si te casas con Ray y ese es el único momento en el que se te permite coger, no es mi culpa.
No tienes por qué desquitarte conmigo ni arruinar mis asuntos solo porque tu vida es un contrato.
El ambiente en la habitación cambió en un segundo. La paciencia de Ayazen se evaporó. Con un movimiento rápido y brusco, Ayazen agarró a Koral por los hombros y lo empujó hacia atrás contra la cama.
Koral cayó sobre los colchones y, antes de que pudiera reaccionar, Ayazen se posicionó sobre él, atrapándolo con su peso. Estaban tan cerca que Koral podía sentir el calor que emanaba del cuerpo de Ayazen y ver el brillo de rabia pura en sus pupilas.
—Te dije que te calles —gruñó Ayazen, con la voz vibrando cerca de sus labios.