CAPÍTULO 01 | LA PRESA. #3
Cuando Koral intentó acercarse a Ray en el patio, Ayazen apareció como una sombra, bloqueándole el paso.
—¿Qué tienes ahí? —preguntó Ayazen, extendiendo la mano con exigencia.
—Nada que te importe —respondió Koral, intentando rodearlo.
Ayazen lo sujetó del brazo con fuerza, sacudiéndolo hasta que el llavero cayó al suelo. Lo recogió antes de que Koral pudiera agacharse.
—¿Un astronauta? Qué infantil. Ray ya tiene uno que le regalé yo esta mañana.
Koral miró a Ray, quien efectivamente llevaba un llavero brillante colgando de su mochila. Ray ni siquiera miró el regalo de Koral; simplemente se quedó ahí, estático, dejando que Ayazen manejara la situación.
—Tira esa basura, Koral —dijo Ayazen, lanzando el llavero a la alcantarilla del patio—. Ray no quiere cosas duplicadas.
Ayazen se acercó a Koral, invadiendo su espacio personal como siempre hacía, y le habló con esa voz gélida que lo hacía sentir diminuto.
—Deja de molestarlo.
Ese día Koral no lloró frente a ellos. Caminó con la cabeza alta hasta que llegó a su casa, se encerró en su cuarto y juró que algún día le quitaría a Ayazen esa sonrisa de la cara.
Lo que Koral no sabía era que Ayazen no había tirado el astronauta a la alcantarilla; lo había mandado a rescatar cuando nadie estaba presente.
Su chofer tuvo que meter su mano para sacar el objeto y, si no lo hacía, perdería su trabajo.
Ayazen lo guardó en la primera caja de su velero.
♦ ◊ ♦
Secundaria, segundo año
Para ese entonces, Ayazen había crecido enormemente.
Sus hombros se habían ensanchado y su voz había adquirido un tono bajo que hacía que todos en el instituto guardaran silencio cuando él entraba a una habitación.
Ya nadie dudaba de que se manifestaría como un alfa dominante.
Había dejado de ser el niño insufrible que insultaba; ahora era controlado, calculador y extrañamente persistente en querer estar cerca de Koral y Ray en todo momento.
Koral, engañado por esa nueva calma, no se quejaba de su presencia porque eso significaba tener a Ray cerca. Pero la crueldad de Ayazen no había desaparecido, solo se había vuelto más silenciosa.
Un viernes, después de las clases, Koral se quedó en la biblioteca terminando un proyecto de historia.
Ray se había ido temprano a una cita médica, dejando a Koral solo por primera vez en semanas.
Cuando Koral salió del edificio, el cielo ya estaba oscureciendo.
Ayazen lo estaba esperando junto a la salida, apoyado contra un pilar.
—Ray ya se fue —dijo Koral, tratando de pasar de largo.
—Lo sé. Te estaba esperando a ti —respondió Ayazen, cortándole el paso con un solo movimiento fluido.
Antes de que Koral pudiera reaccionar, Ayazen le arrebató la mochila del hombro.
No la tiró al suelo esta vez. La abrió con una parsimonia aterradora y sacó un pequeño estuche de madera que Koral guardaba con celo.
Dentro había un juego de plumas caligráficas que Ray le había regalado por su cumpleaños.
—Qué cosas escondes —comentó Ayazen, pasando los dedos por la madera—. ¿Te gustan mucho?
—Dámelo, Ayazen. No estoy de humor —Koral intentó alcanzar el estuche, pero Ayazen lo mantuvo en alto, aprovechando su ventaja de altura.
—¿Por qué te esfuerzas tanto en que los demás te vean? —le susurró Ayazen, acercándose tanto que Koral pudo sentir el calor que emanaba de su cuerpo, un calor que ya empezaba a ser abrumador—. Te ves ridículo haciendo esas cosas.
Ayazen cerró el estuche y, con una fuerza brusca y repentina, lo lanzó hacia el estanque de la entrada. Koral escuchó el chapoteo del agua y sintió que algo dentro de él se rompía.
—¡Eres un maldito enfermo! —gritó Koral, arremetiendo contra él con los puños cerrados.
Ayazen no se movió. Recibió el golpe en el pecho como si fuera nada y sujetó las muñecas de Koral con una sola mano, inmovilizándolo contra el pilar. Sus ojos brillaron con una intensidad que Koral no supo interpretar.
—Llora todo lo que quieras —dijo Ayazen con esa voz suave y gélida—. Pero recuerda esto: cada vez que intentes acercarte a él con tus cursilerías, yo voy a estar ahí para destruirlas. No permito que desperdicies tu tiempo en alguien que no puede darte lo que necesitas.
Esas palabras tocaron algo muy hondo en Koral.
Ayazen lo soltó de golpe y se alejó con paso firme, dejando a Koral temblando de rabia y con lágrimas de impotencia corriendo por sus mejillas. Había momentos en los que el demonio de Ayazen parecía estar controlado y otros como este, en los que era un total monstruo.
♦ ◊ ♦
El eco de esa frase, «Él no te quiere», fue el motor que impulsó a Koral durante años. Se convirtió en una verdad absoluta que aceptó con la cabeza baja, mientras veía a Ayazen escalar en la jerarquía social hasta convertirse en el alfa dominante que era hoy.
Pero ahora, mientras Ayazen le apretaba la muñeca en el bar, Koral decidió que ya no sería el niño que escondía rosas en el pupitre. Si Ray no podía quererlo porque estaba atado a este monstruo, entonces Koral se encargaría de que el monstruo soltara su presa.