CAPÍTULO 01 | LA PRESA. #2
Pero el futuro se borró. Koral se quedó en el camino, atrapado en un cuerpo de beta y Ayazen, el vecino que llegó a invadir sus tardes de juegos, resultó ser el alfa dominante que sus padres siempre habían soñado tener como hijo.
La traición biológica fue el final de todo.
En cuanto Ayazen se manifestedó, el nombre de Koral fue tachado de los contratos matrimoniales y reemplazado por el de Verlkanur.
La clase se le hizo eterna. La voz del profesor era un ruido de fondo que no lograba apagar el incendio que Koral sentía por dentro. Cuando por fin terminó la sesión, guardó sus cosas con movimientos bruscos, queriendo salir de ahí antes de que la multitud lo atrapara.
Bajó las escaleras del campus y caminó hacia la zona de las mesas exteriores, donde el aire corría un poco más. Blair ya estaba allí, sentada con un café en la mano y la mirada perdida en su teléfono. Koral se dejó caer en el banco frente a ella con un suspiro pesado.
—Tienes cara de querer prenderle fuego a algo —dijo Blair sin levantar la vista.
—A todo —respondió Koral, dejando caer la mochila—. Me duele la cabeza. Solo quiero irme de aquí.
Blair finalmente lo miró. Ella era de las pocas personas en la facultad que no le prestaba atención a los rumores de su familia. Pero antes de que pudiera decir algo, su expresión cambió. Se enderezó en el asiento y se acomodó el pelo rápido mientras una sonrisa nerviosa aparecía en su cara.
Koral no necesitó girar, simplemente supo que Ayazen estaba detrás de él.
Ayazen llegó a la mesa y se sentó en el extremo del banco, invadiendo el espacio con una calma que a Koral le crispaba los nervios. No pidió permiso, no saludó con calidez. Se limitó a dejar su maletín de cuero sobre la mesa.
—Blair —dijo Ayazen, asintiendo levemente.
—Hola, Ayazen. No sabíamos que seguías por aquí —respondió ella con esa risita que Koral odiaba. Blair siempre se derretía un poco bajo la mirada de Ayazen, como si fuera incapaz de resistir la gravedad que el tipo ejercía.
Ayazen no le hizo caso a la charla de Blair. Giró la cabeza hacia Koral, que seguía mirando su ensalada intacta.
—No has comido nada —observó Ayazen. Su voz era seria, profunda, sin rastro de burla, pero para Koral cada palabra sonaba a insulto.
—No tengo hambre. Y menos ahora —respondió Koral, levantándose de golpe. La fricción del banco contra el suelo hizo un ruido chirriante—. Me voy a casa.
—Te llevo —dijo Ayazen, poniéndose de pie con la misma fluidez.
—Dije que me voy y no necesito un chofer —dijo sarcástico.
Koral agarró su mochila y empezó a caminar rápido, esquivando a los estudiantes que salían de las otras facultades. El sol de la tarde le daba de lleno en la cara, pero sentía frío. Escuchó los pasos de Ayazen detrás de él. De alguna manera había aprendido a reconocerlos.
—Tienes un humor que espanta, Koral —dijo Ayazen cuando se puso a su lado. Caminaba con las manos en los bolsillos, mirando hacia adelante como si solo estuvieran dando un paseo amistoso—. Tu mayordomo me pidió que te echara un ojo. Dice que apenas sales de tu habitación.
—Mi mayordomo es un entrometido y tú eres otro. Déjame en paz, Ayazen. Ve a buscar a Ray, seguro que tiene alguna lista de invitados que necesita que revises.
Ayazen se detuvo cuando llegaron a la zona del estacionamiento.
—Espera aquí. Voy por el auto. Está al final del sector C —dijo como si nada.
Koral ni siquiera lo miró. Siguió caminando hacia la salida principal del campus, hacia la avenida donde pasaban los taxis. No iba a esperar a Ayazen para ser el beta dócil de siempre.
En cuanto llegó a la acera, levantó la mano. Un taxi vacío se detuvo a los pocos segundos. Koral se subió, cerró la puerta con un golpe seco y le dio la dirección de su casa al conductor. Mientras el auto arrancaba, vio por la ventana trasera el auto de Ayazen saliendo del estacionamiento.
El trayecto a la mansión fue un borrón de edificios y tráfico.
Koral tenía la frente apoyada en el vidrio frío, pensando en lo injusto que era todo.
En ese mismo taxi, en esas mismas calles, debería haber estado Ray a su lado.
Deberían estar hablando de su propia boda, de su propia casa.
Pero en lugar de eso, estaba solo, regresando a una casa que se sentía como una vitrina de trofeos donde él era la pieza defectuosa, como siempre.
Al llegar, entró por la puerta principal y esquivó a las empleadas que intentaron saludarlo. Subió las escaleras corriendo y se encerró en su habitación, echando el cerrojo. Se tiró en la cama; que los zapatos sucios todavía estuvieran puestos sobre las sábanas blancas no le importó.
Hundió la cara en la almohada y soltó un grito sordo que nadie escuchó.
«Es un estúpido», pensó, apretando los puños contra el colchón.
«Es un maldito estúpido». Se refería a Ayazen, pero también se refería a sí mismo por seguir sintiendo que el pecho se le apretaba cada vez que el alfa se acercaba.
Odiaba a Ayazen por ser todo lo que él no pudo ser.
Lo odiaba por tener a Ray. Y lo odiaba aún más porque, en el fondo de su memoria, todavía recordaba la estupidez que había hecho cuando eran unos tontos adolescentes.
Se quedó ahí, mirando cómo la luz de la tarde empezaba a morir en las paredes de su cuarto, sintiéndose el ser más inútil del planeta.
♦ ◊ ♦
Primaria, sexto grado
Era el festival de talentos de la escuela.
Koral no era bueno en los deportes como Ayazen, ni era el centro de atención como Ray, pero se le daba bien el dibujo.
Había pasado semanas trabajando en un retrato de Ray para la exposición de arte del colegio; era su forma de decirle lo importante que era para él sin tener que usar palabras que siempre se le trababan en la garganta.
El día de la inauguración, Koral buscó su caballete con el corazón acelerado, queriendo ver la reacción de Ray al verse retratado con tanto cuidado. Pero cuando llegó al salón de arte, su dibujo no estaba en su sitio.
Lo encontró minutos después en el patio central, rodeado de un grupo de niños que se reían a carcajadas. Ayazen lo sostenía en alto, burlándose de los trazos.
—Miren esto —decía Ayazen, señalando el retrato—. Koral está tan obsesionado que nos dibuja mientras dormimos. ¿No es espeluznante? Parece el dibujo de un acosador.
Koral sintió que el aire le faltaba.
—¡Devuélveme eso, Ayazen! ¡Es para la clase!
Ayazen lo miró con esa superioridad que parecía haber nacido con él.
—Ray dice que le da miedo que lo dibujes así. ¿Verdad, Ray?
Ray estaba parado un par de metros atrás. Miró el dibujo, luego a Koral, y finalmente apretó los labios, desviando la mirada hacia sus propios zapatos.
—S-sí... es un poco raro, Koral.
Ayazen soltó una carcajada triunfal y, antes de que Koral pudiera reaccionar, tomó un marcador negro de su bolsillo y rayó toda la cara del dibujo con trazos violentos hasta que Ray fue irreconocible. Luego, tiró la cartulina al suelo.
—Ray no necesita que alguien como tú lo dibuje —le susurró Ayazen al pasar por su lado, chocando su hombro con el de Koral—. Él ya tiene quién lo cuide. Tú solo das lástima.
Koral se arrodilló para recoger los restos de su trabajo, con las manos temblando de rabia y humillación. No era solo el dibujo destruido; era saber que, una vez más, Ayazen le había quitado su voz y Ray le había dado la razón.
♦ ◊ ♦
Primaria, final de curso
En el último día de clases, los alumnos solían intercambiar pequeños juguetes o dulces como despedida.
Koral le había comprado a Ray un llavero de un astronauta, porque Ray siempre decía que quería viajar lo suficientemente cerca del cielo como para ver las estrellas.
Lo llevaba escondido en su mochila, esperando el momento en que Ayazen se distrajera.
Pero Ayazen nunca se distraía.