CAPÍTULO 01 | LA PRESA.
Koral recordaba el frío del pasto bajo sus pies mientras corría hacia la parte trasera de la mansión, escondiéndose detrás de unos arbustos donde nadie pudiera verlo llorar.
El eco de la risa de Ayazen se le quedó grabado en los oídos, una frecuencia molesta que no lo abandonaría en los siguientes quince años.
Ese día aprendió que el destino era una mentira: no importaba si habías nacido al lado de alguien si llegaba otro con más fuerza a reclamar tu sitio.
Ese recuerdo lo golpeó ahora, en el presente, mientras ajustaba el nudo de su corbata frente al espejo de su habitación. Hoy era otro cumpleaños, pero no era una fiesta como las anteriores. Hoy era la gala de compromiso.
—Koral, date prisa. Los Verlkanur acaban de llegar y tu padre no quiere que parezcas un desorganizado —la voz de su madre entró en la habitación antes que ella.
La mujer se detuvo a su lado, revisando su traje con una mirada crítica. No lo abrazó, no lo felicitó. Solo estiró la mano para acomodar un mechón de su cabello.
—Intenta no estar demasiado cerca de Ray esta noche —advirtió ella con frialdad—. Ahora que es el prometido de Ayazen, cualquier cercanía tuya podría malinterpretarse. No queremos que la constructora Velakan piense que nuestra familia no respeta el compromiso.
Koral sintió un nudo amargo en la garganta.
—Solo somos amigos, mamá. Lo sabes.
—Eras su amigo cuando ambos eran niños —respondió ella, dándose la vuelta para salir—. Ahora él es un omega y tú… tú eres lo que eres, Koral. No le arruines el futuro por un capricho.
“Tú eres lo que eres”. Un beta. Un estorbo en una foto familiar perfecta.
Cuando bajó las escaleras de la mansión, el salón ya estaba repleto.
El olor a perfumes y feromonas lo golpeó de inmediato, recordándole que él era el único que no podía emitir un aroma para imponerse.
Sus ojos buscaron a Ray por puro instinto y lo encontró en el centro del salón, rodeado de gente que lo felicitaba como si fuera un trofeo recién ganado.
Ray se veía pálido, casi transparente bajo las luces de cristal.
Sus ojos recorrieron la estancia con ansiedad hasta que chocaron con los de Koral.
Por un segundo, el tiempo pareció detenerse y Koral pudo ver el grito de auxilio en la mirada del omega.
Pero antes de que pudiera dar un paso hacia él, una mano grande y pesada se posó sobre el hombro de Ray.
Ayazen estaba allí. Se veía imponente, con un traje oscuro que resaltaba su presencia de alfa dominante.
Sus feromonas parecían reclamar todo el espacio, sofocando cualquier otra.
Al ver a Koral, Ayazen no se escondió; al contrario, sonrió con la misma burla con la que lo había mirado a los cinco años en aquella fiesta infantil.
—Vaya, si es el otro cumpleañero —dijo Ayazen, alzando su copa hacia Koral, pero manteniendo a Ray pegado a su costado—. ¿Cómo te sientes en tu día especial? —preguntó con burla.
Ray intentó separarse un poco, pero el agarre de Ayazen en su cintura se volvió firme, posesivo.
—Déjalo en paz, Ayazen —susurró Ray con la voz temblorosa.
—Solo estoy siendo amable, cariño —respondió Ayazen, mirando a Koral de arriba abajo con desprecio—. Después de todo, Koral siempre ha sido muy bueno aceptando las cosas. ¿Verdad?
Koral sintió la rabia hirviendo bajo su piel.
Quería saltar sobre él, borrarle esa sonrisa de un golpe, pero sabía que no podía comportarse como un idiota y menos ese día.
Miró a Ray, esperando una señal, una palabra, cualquier cosa que le diera permiso para pelear.
Pero Ray bajó la mirada, sometido por la presión de las feromonas que Ayazen liberaba a propósito para marcar su territorio.
—Feliz cumpleaños, Koral —dijo Ray, sonriendo apenas.
Ayazen soltó una carcajada y guió a Ray hacia el estrado para el brindis, dejando a Koral solo en medio de la multitud. Otra vez era el niño de cinco años corriendo hacia[1] los arbustos, pero esta vez no había dónde esconderse.
♦ ◊ ♦
La alfombra de la habitación de juegos estaba casi desaparecida bajo montañas de bloques, camiones de carga y una casa de madera de tres pisos. Koral y Ray estaban sentados en medio del caos, rodeados por tres empleadas que ayudaban a sostener las estructuras de cartón que servían de puentes.
—¡No, Martha! —gritó Ray, riendo mientras le pasaba un dinosaurio de plástico a una de las mujeres—. El dinosaurio tiene que conducir la ambulancia porque el médico se quedó dormido en la cocina.
—Pero Ray, los dinosaurios no saben conducir —respondió la empleada, siguiéndole el juego mientras colocaba al muñeco sobre el techo del vehículo.
—Este sí, porque Koral le enseñó —añadió Ray, mirando a su amigo.
Koral asintió con seriedad, concentrado en alinear una fila de soldados frente a la entrada de la casa de madera.
—Exacto. Y ahora van a tener una fiesta porque el camión volador trajo pizza para todos. ¡Trae la pizza, Ray!
Ray hizo zumbar el camión por el aire, haciendo ruidos de motor con la boca, mientras las otras dos empleadas movían los muebles de juguete para preparar la «fiesta».
Eran las únicas horas del día en las que el silencio de la mansión no importaba.
Todo era ruido, choques de autos y planes absurdos que solo ellos entendían.
La puerta se abrió de golpe. Las empleadas se pusieron de pie al instante, alisándose los delantales y recuperando la compostura. El mayordomo entró con paso rígido, seguido por el padre de Koral.
Koral sintió que el aire se volvía frío de repente. Se quedó sentado en el suelo, con un soldado en cada mano, mirando a su padre. El hombre recorrió la habitación con una mirada rápida y severa, deteniéndose en el desorden y luego en las empleadas, que agacharon la cabeza.
Detrás de él apareció un niño. Llevaba una camisa azul oscuro perfectamente planchada y unos zapatos de cuero que brillaban demasiado. No parecía tener ocho años; su cara estaba seria, casi vacía de cualquier emoción.
—Koral —dijo su padre, con esa voz que no admitía réplicas—. Él es Ayazen Verlkanur. Se acaban de mudar. Es tu nuevo vecino y será tu amigo.
Koral miró al niño. Ayazen se quedó parado junto al mayordomo, sin decir nada, observando los juguetes desparramados como si fueran basura.
—Inclúyanlo —ordenó el padre de Koral, mirando a su hijo—. No quiero quejas.
Se dieron la vuelta y salieron, dejando a Ayazen allí. Las empleadas, incómodas, se retiraron hacia las esquinas de la habitación, dejando el centro libre para los tres niños. Ray miró a Ayazen y luego a Koral, esperando a ver qué pasaba.
Koral, queriendo romper el hielo y cumplir con lo que su padre le había dicho, se acercó a Ayazen. Tomó uno de sus autos favoritos, un deportivo rojo con las puertas que se abrían de verdad, y se lo extendió con una sonrisa.
—Hola —dijo Koral—. Este es el más rápido de todos. Puedes usarlo para la carrera si quieres.
Ayazen bajó la vista hacia el auto. Tardó unos segundos en reaccionar, pero finalmente estiró la mano y lo tomó. Koral sonrió, aliviado, pensando que el juego seguiría igual que antes. Ray también se acercó, emocionado.
—¡Y yo tengo el jefe de la estación! —dijo Ray, señalando su figura de acción—. Podemos empezar la fiesta otra vez.
Ayazen se sentó en el suelo, con las piernas cruzadas y la espalda muy derecha. Se quedó mirando el auto rojo que Koral le había dado, dándole vueltas en las manos con lentitud, pero no lo puso en la pista. No hizo ruidos de motor ni intentó hablar con ellos.
—No quiero jugar —dijo Ayazen de repente, con una voz plana, sin dejar de mirar el juguete.
Koral y Ray se miraron, confundidos. El ambiente de la habitación había cambiado por completo.
—Ah... está bien —respondió Koral, parpadeando sorprendido—. Si no quieres jugar con los autos, tengo muchos cómics. Podemos leer.
Koral hizo una seña a una de las sirvientas. La mujer fue rápidamente a una de las estanterías y trajo una pila de cómics de superhéroes y aventuras. Los dejó en el suelo, entre ellos.
Ayazen soltó un suspiro corto, soltó el auto sobre la alfombra pero volvió a recogerlo de inmediato, apretándolo en su mano.
Con la otra mano, tomó uno de los cómics y empezó a pasar las páginas con indiferencia.
No soltó el juguete de Koral en ningún momento, manteniéndolo bien sujeto mientras sus ojos recorrían las viñetas en silencio.
Ray y Koral intentaron retomar su juego, pero ya no era lo mismo. Ayazen estaba ahí, sentado como una presencia extraña que no jugaba, pero que se negaba a soltar el auto que Koral le había dado.
♦ ◊ ♦
El eco de los pasos de Koral en la entrada principal de la universidad sonaba a cuenta regresiva. Cada día que pasaba era un día menos para la graduación, y cada día después de la graduación era un paso más hacia el altar donde Ray y Ayazen se dirían que sí frente a todos.
Entró en el aula magna y buscó el lugar más alto, en la última fila, donde las sombras del techo casi lo ocultaban.
Desde ahí arriba, el mundo parecía más pequeño, más controlable para todo lo inmenso que sentía.
Abrió su laptop solo por inercia, pero no tenía intención de anotar nada sobre macroeconomía.
Sus ojos bajaron de inmediato hacia las primeras filas, donde la cabeza de Ayazen destacaba entre los demás.
Ayazen siempre estaba rodeado de gente, incluso cuando no decía nada.
Tenía esa presencia que obligaba a los demás a girar sus sillas, a buscar su atención.
Koral sintió una punzada ácida en el estómago.
Recordaba las reuniones en el salón principal de la mansión Thorne, donde su madre y la de Ray se sentaban a beber vino mientras ellos jugaban cerca.
Las mujeres revisaban los últimos informes médicos de Ray, bromeando con que los niveles hormonales ya confirmaban lo que todos esperaban: Ray sería un omega.
Decían que, si él despertaba como un alfa, la unión de los Thorne con los Blum sería el movimiento más inteligente de la década.