Tentación Irresistible (Confesiones de bebés nº 7) Capítulo 29 Juliet
83%

Capítulo 29 Juliet

Me encontraba a gran altura sobre el horizonte de la ciudad; los edificios estaban teñidos de un tono grisáceo.

El cielo estaba negro. El negro más profundo que jamás hubiera visto, sin una sola estrella, ni luna, ni una luz de la ciudad que lo iluminara.

Estaba de pie al borde de una azotea, sabiendo que estaba a punto de caer al vacío y dejar que el oscuro abismo de la ciudad me tragara por completo.

Podía oír una voz familiar a mi espalda, pero estaba demasiado lejos para distinguirla.

Quería girarme hacia ella, ver quién hablaba, pero ya estaba cayendo.

Me alegré de haber despertado de aquel sueño en el que sentía el corazón en la garganta, pero, desesperada por dormir un poco más, solté un gemido.

Había sido una noche inquieta, combatiendo las náuseas, los pensamientos sobre Chester y los sueños en los que me caía de un rascacielos de Nueva York.

No era precisamente la mejor combinación para un sueño reparador, y lo necesitaba.

No solo por la reunión de hoy con Chester, sino porque mi cuerpo se sentía cansado. Agotado, a decir verdad.

Esa era otra de las ventajas del embarazo.

Me froté los ojos y miré por la ventana hacia el edificio de ladrillo de al lado.

Tenía un tono burdeos grisáceo, todavía bajo la oscuridad de la noche.

Solo un apartamento tenía las luces encendidas.

El gamer que se quedaba despierto toda la noche y dormía todo el día.

Probablemente se iría a la cama pronto, apagando su monitor y colgando sus auriculares en la pared, una señal para que yo comenzara mi jornada.

Era un pequeño consuelo ante la incertidumbre del día que tenía por delante, una constante que agradecía.

Bostecé y estiré los brazos por encima de la cabeza; mi camiseta de la universidad se subió por encima de la cintura.

Pronto, mi vientre estaría redondeado y esta camiseta parecería más un top corto que una prenda de talla normal.

Puse la mano sobre mi estómago, frotando suavemente con el pulgar la desgastada tela de algodón.

—Buenos días —susurré, sorprendiéndome a mí misma con el saludo.

Era la primera vez que reconocía de verdad al bebé de una manera que lo hacía parecer humano, que lo hacía sentir real.

Era la primera vez que le hablaba a él o a ella.

Claro que había maldecido la idea de estar embarazada mientras me aferraba al váter y vomitaba hasta el alma, o mientras me desplomaba en el sofá completamente agotada por haber hecho lo mínimo indispensable, pero nunca le había hablado al bebé.

Al mío. En la oscuridad de mi apartamento vacío, aquello me hizo sentir menos sola.

—¿Vas a hacer que mamá vomite hoy? —pregunté, arqueando una ceja con tono especulativo mientras miraba hacia abajo, con una pequeña sonrisa asomando a mi rostro.

Una pequeña oleada de náuseas me recorrió justo entonces, respondiendo a mi pregunta.

—Fenomenaaaal —gemí, sacando las piernas de la cama y corriendo hacia el cuarto de baño.

Tras varios minutos de arcadas, empecé a prepararme para el día. Como me había despertado tan temprano, podía tomarme mi tiempo.

Me di una ducha completa. Esta vez, tuve cuidado de no meter el teléfono en el baño, por si acaso.

Mientras el agua caliente caía sobre mí, cerré los ojos con fuerza, recordando que hacía apenas dos meses que mi transmisión en directo se había vuelto viral.

Hacía solo dos meses que había conocido a Chester, mortificada porque él hubiera visto el vídeo.

Hacía solo dos meses que el destino nos había unido en aquel club.

Sentía como si el tiempo fuera a cámara rápida, lanzándome todo lo que la vida podía lanzarme en ese breve periodo, como si estuviera viviendo tres vidas a la vez.

Me conformaría con una sola vida, y ni siquiera con la antigua.

Por muy aterrorizada que estuviera ante la idea de ser madre, sabía que era lo que quería.

Una vez salí de la ducha, caminé hacia la cocina con una toalla grande y mullida envuelta alrededor del cuerpo y otra más pequeña en el pelo, aprovechando una rara oportunidad para prepararme mi desayuno habitual de estos días.

Tostadas con mantequilla, apenas doradas, bien untadas y acompañadas de bacon de pavo extracrujiente.

Los huevos estaban fuera de toda discusión.

Solo verlos me ponía enferma. Pensar en ellos me provocaba arcadas.

Mientras daba un mordisco a la tostada y el crujido resonaba en mis oídos, sonó el teléfono. Lo cogí con curiosidad, preguntándome quién llamaría a estas horas. Era Sadie.

—¿Diga? —respondí, un poco preocupada por si era una emergencia.

—Hoy es el día —dijo ella, intentando sonar animada.

—Sí —dije con un suspiro.

—¿Cómo estás?

—Oh, intentando no desmoronarme.

—¿Estás segura de que haces lo correcto? —preguntó ella con cautela.

—Creo que sí —dije, tragando un trocito de bacon.

—Sabes que te apoyo pase lo que pase.

—Lo sé.

—¿Y estás segura de que no quieres contarle lo del bebé?

—No. —Negué con la cabeza.

La oí intentar ocultar un suspiro al otro lado de la línea.

Sabía que ella quería que yo tuviera un final feliz, similar al que ella tenía con Jeremiah, pero lo de ellos era una anomalía.

En una situación muy parecida a la mía ahora, ellos habían sabido navegar por ella y terminaron eligiéndose el uno al otro. Eligiendo a su pequeña.

—Bueno, ¿qué tal te ha quedado la carta de dimisión? —preguntó, cambiando de tema.

—Es corta. Directa al grano. —Me encogí de hombros, recordándome a mí misma que debía imprimirla antes de ir a la oficina.

De hecho, lo haría ahora mismo. Abrí el portátil; la pantalla brilló ante mí, con la carta todavía allí.

No volví a leerla por miedo a cambiar de opinión y pulsé el botón de imprimir.

Mi impresora cobró vida, escupiendo el papel escrito rápidamente, como si supiera que yo podía arrepentirme en cualquier segundo.

Me había pasado dos horas la noche anterior redactando la carta.

Tras varios borradores que contenían demasiados sentimientos, me decidí por algo formal y conciso, anunciando mi marcha de Brandfield Enterprises.

Mi paso por allí había sido breve, pero sabía que no podía quedarme.

Seguir como asistente personal de Chester sería una tortura muy particular, y dudaba que él me quisiera allí de todos modos.

Tampoco podía volver a Contabilidad. Aunque Sarah me había dicho que había ablandado a Mike lo suficiente como para que posiblemente me invitara a volver.

Sabía que, al fin y al cabo, no era realmente decisión suya.

Chester me movería a donde él quisiera, y estaba segura de que iba a ser directamente fuera del edificio.

Incluso si me dejara quedarme… si me quedara allí, en cualquier parte de ese edificio, en ese mundo, correría el riesgo de cruzarme con Chester.

No creía que mi corazón pudiera soportarlo.

Un recordatorio constante de lo que habíamos perdido, o quizá de lo que nunca llegamos a tener.

No estaba segura de qué era más doloroso.

Además, una tripa de embarazada cada vez más visible suscitaría una alarmante cantidad de preguntas por su parte, y sencillamente no podía enfrentarme a eso.

Había tomado la decisión de que iba a hacer esto por mi cuenta.

Por mucho que quisiera que mi bebé tuviera un padre, necesitaba que ese padre fuera fiable y estuviera seguro de su papel en mi vida y en la del bebé.

No conocía a Chester lo suficiente como para confiarle eso, sobre todo después de cómo jugó con mi corazón.

Si pudo sacarme tan fácilmente de su vida, ¿qué más sería capaz de hacer?

Ser madre soltera sería difícil y estaba muerta de miedo, pero tenía a mis amigas para apoyarme.

—Ya estoy preguntando por un puesto en contabilidad entre los amigos de Jeremiah —dijo Sadie, con voz esperanzada, devolviéndome a nuestra conversación.

—Gracias —dije, temiendo ya el proceso de buscar otro trabajo. Tendría que omitir la parte de que estaba embarazada. Nadie querría contratarme sabiendo que me cogería la baja por maternidad a los pocos meses.

—Faltaría más —dijo ella—. ¡Ah, será mejor que te deje! ¡Creo que oigo a alguien escapando de su habitación!

Oí un gorjeo de risas y pasos resonando contra el suelo. Sonreí, imaginando a Sadie persiguiendo a su hija Ayah por los pasillos de su casa.

—Dale un abrazo de mi parte a Ayah —dije antes de colgar el teléfono.

Terminé de desayunar, agradecida de que la comida se asentara en mi estómago y no amenazara con volver a salir.

Regresé a mi dormitorio y examiné la ropa colgada en el armario.

Saqué una americana blanca y una falda a juego, me las puse y me evalué en el espejo.

Era elegante, con un toque de sensualidad gracias a la camiseta de tirantes de encaje gris claro que llevaba bajo la americana.

Sabía que era una tontería. Una estupidez, en realidad, pero quería estar perfecta para enfrentarme hoy a Chester.

Aunque no tenía ni idea de por qué me había citado en esta reunión, tenía mis sospechas.

Bueno, una sospecha. Iba a despedirme, y aunque estaría bien conseguir posiblemente una indemnización por despido y seguir mi camino, no quería darle ese poder.

Quería salvar mi última pizca de dignidad.

Y quería estar guapa mientras lo hacía.

En el fondo, una parte de mí quería volver a ver ese deseo en sus ojos.

No dejaba de decirle a esa parte de mí que se callara, pero no servía de nada.

Echaba de menos la forma en que me miraba, como si fuera la única persona en la sala.

Como si fuera la única persona a la que quería o por la que hubiera tenido ojos.

Me tragué el nudo que se me formó en la garganta al pensar que nunca volvería a ver cómo esos ojos marrones me devoraban como a una taza de café caliente.

Me asustaba que una parte de mí dejara que él me tuviera si quisiera.

Una última vez antes de decirnos adiós para siempre.

Pero sabía que dejarle entrar de nuevo, aunque solo fuera una vez, presentaría muchos más problemas.

Muchos más sentimientos. Ya estaba luchando con los sentimientos contenidos que tenía, intentando reprimirlos hasta que desaparecieran en algún lugar de mi interior.

También probablemente debilitaría mi resolución cuando le entregara mi carta de dimisión, mecanografiada profesionalmente, mientras le decía de palabra que se fuera bien lejos a la mierda. Una yuxtaposición poética que había ensayado en mi cabeza la noche anterior.

Quizá incluso le diría que se fuera a la mierda con Mia o que buscara a otra fulana como asistente. De cualquier modo, yo había terminado. Tenía que ser así.

Por mí.

Por el bebé.

Asentí a mí misma frente al espejo, recuperando mi determinación.

Me alisé la parte delantera de la americana con las manos, aliviada de que no se notara ninguna barriga.

Era tan pronto que no esperaba que se notara.

Sabía de cuánto estaba por las semanas que habían pasado desde que me fui a casa con Chester desde el club aquella noche hacía tantas semanas.

Todavía no había ido al médico, pero Gabriella me había dado el contacto del suyo y tenía una cita concertada para la semana que viene.

Sadie y Gabriella vendrían conmigo, lo cual era un alivio. No quería ir sola.

En el cuarto de baño, me sequé el pelo con secador, sujetando los mechones calientes con rulos de velcro para conseguir algo más de volumen y movimiento.

Mientras se marcaban los rizos, puse mi pequeña colección de maquillaje sobre la encimera y utilicé todos los productos de los que disponía.

Una vez aplicado el corrector bajo los ojos, el colorete rosado en las mejillas y una capa extra de máscara de pestañas, cogí mi barra de labios favorita y me la pasé por los labios.

Era un tono rosado que combinaba con mi colorete, y los ojos de Chester siempre se habían sentido atraídos por mi boca cada vez que lo llevaba.

En cuanto me quité los rulos y mi pelo se enfrió en ondas suaves y elásticas que caían más allá de mis hombros, volví a echarme un vistazo en el espejo.

No era la Camisa de las Tetas ni la Falda del Culo, pero estaba bastante bien.

Elegante. Sofisticada. Poderosa. Aunque no me sentía nada de eso, al menos lo parecía.

Cogí mi bolso de la mesa de la entrada y salí por la puerta de mi apartamento, sabiendo que cuando regresara todo habría cambiado. Mi plan era volver aquí y hundirme en el sofá con un maratón de películas para chicas y unos brownies de caja.

Cuando llegué a la oficina, después de que el taxi me dejara junto a la acera subida a mis tacones negros altísimos, entré en el edificio preparada para no volver a hacerlo nunca más. Era temprano. Nuestra reunión no era hasta las ocho, y eran solo las 7:30. Solo quería acabar con esto de una vez.

El bedel levantó la vista al oír el clic-clac de mis tacones.

—¿Temprano otra vez? —preguntó arqueando una ceja.

—Tengo una reunión con el jefazo de arriba —murmuré.

—Ahh. Hoy está ocupado —dijo con curiosidad, mirando el reloj en su muñeca—. Tiene a otra señora allí arriba ahora mismo.

Intenté ocultar mi sorpresa y la rabia que me subió por el pecho, aunque estaba segura de que era evidente por el calor que se extendió por mis mejillas.

Apreté con más fuerza la carta de dimisión que llevaba en la mano y me dirigí a los ascensores, más decidida que nunca a terminar con esto.

Probablemente estaba allí arriba sustituyéndome mientras hablábamos.