Capítulo 30 Chester
Las puertas del ascensor se abrieron a una planta vacía.
No era de extrañar, ya que solo eran las siete de la mañana.
Aun así, tuve la sensación de que no estaba completamente vacía por la forma en que se me erizó el vello de los brazos bajo la chaqueta del traje.
Busqué en la oficina cualquier señal de vida mientras avanzaba hacia mi despacho, seguro de que la persona a la que buscaba ya me estaba esperando allí.
Casi deseé que alguien hubiera llegado temprano hoy para presenciar este turbio encuentro.
Sabía que Will estaba a una llamada de distancia, si llegaba a necesitarlo.
La puerta de mi despacho estaba abierta y una mujer estaba sentada de espaldas a mí en el sillón orejero de cuero.
Saqué el teléfono del bolsillo de mi chaqueta y abrí la aplicación de notas de voz, pulsando el botón rojo de grabar.
Sabía que necesitaría pruebas para hundir a esta chantajista.
Sin decir palabra, pasé por delante de la mujer de pelo negro azabache cortado a la altura de las orejas y me senté tras mi escritorio.
Dejé el teléfono con naturalidad boca abajo sobre la mesa para no levantar sospechas.
Con una expresión fría, clavé la mirada en la mujer sentada frente a mí, que lucía una sonrisa de labios apretados en su rostro anguloso.
Su expresión de suficiencia me cabreaba, pero me tragué la irritación y mantuve un gesto neutral.
Me tomé un momento para estudiar su rostro familiar, tratando de ubicarla.
Sabía que la había visto antes, pero no recordaba dónde.
Su corte pixie y sus rasgos llamativos serían difíciles de olvidar.
Y esos ojos. Oscuros, pero encendidos, en una danza que me decía que estaba disfrutando de esto.
Parecía el tipo de persona que disfruta jugando con los demás.
Que disfruta haciendo que las vidas ajenas sean tan miserables como probablemente lo era la suya.
Era el tipo de persona con la que no convenía enemistarse.
Repasé mentalmente un directorio de nombres y caras, tratando de averiguar quién era esta mujer, detestando el hecho de que ella tuviera la ventaja gracias a su identidad anónima. Eso le daba superioridad sobre mí. Una posición en la que odiaba estar. Pero no dejaría que ella lo notara.
Me aclaré la garganta y me recliné en la silla con aire despreocupado, juntando las yemas de los dedos sobre el pecho.
Esto pareció cabrearla, porque las brasas de sus ojos ardieron con un poco más de fuerza.
Claramente no le estaba dando la reacción que esperaba cuando entró aquí pavoneándose esta mañana, teniendo en sus manos una parte enorme de mi vida.
Se removió ligeramente en la silla y se ajustó las solapas de lino gris de su traje.
—No tienes ni idea de quién soy, ¿verdad? —preguntó directamente.
—No puedo decir que lo sepa —me encogí de hombros.
—Claro que no —murmuró entre dientes, sacudiendo ligeramente la cabeza.
—¿Debería?
—Supongo que no, cuando tienes la cabeza metida tan profundamente en tu propio culo. En lo único en lo que puedes pensar es en ti mismo. —Puso los ojos en blanco.
Claramente, el hecho de que no la reconociera era un punto sensible para ella.
—Bueno, ¿te importaría presentarte? —pregunté, llevándola en la dirección que quería. Llevándola a decirle a mi teléfono lo que estaba esperando escuchar. Su nombre. Una prueba.
—Mia.
—Mia… —repetí el nombre, como si eso ayudara a refrescar mi memoria.
—Mia Turner —dijo con impaciencia, abriendo un poco más los ojos, esperando a que yo atara cabos. Pero no podía, por mucho que lo intentara desesperadamente bajo mi fachada de frialdad.
Suspiró y se reclinó en la silla. Se estudió las uñas pintadas de color burdeos con desinterés, como un gato que está a punto de lanzarse a por una presa por sorpresa.
—Yo soy quien consiguió la foto —dijo, hurgándose una cutícula.
Evidentemente.
—¿Y cómo lo has logrado? —pregunté, enarcando una ceja y recopilando todas las pruebas que necesitaba en mi teléfono.
—Es curioso lo que uno puede encontrar cuando se pone a buscar, y lo que la gente está dispuesta a darte con un pequeño incentivo económico.
El de seguridad de enfrente estuvo más que encantado de dejarme revisar sus grabaciones por el precio adecuado.
—Señaló con la cabeza hacia la ventana que había detrás de mí.
—Y de alguna manera sabías dónde ir a mirar… —reflexioné.
—No es difícil cuando expones tus asuntos de forma tan estúpida —dijo bruscamente—. Miradas de flirteo. Una chica esforzándose demasiado con modelitos que apenas cubren nada. Una noche hasta tarde en la oficina. Cualquiera con ojos y cerebro podría adivinar hacia dónde iba todo.
—Algunos llamarían a eso acoso… —dije.
—Otros lo llamarían ser inteligente. —Se inclinó hacia adelante y puso las manos sobre el escritorio, sin tomarse bien mi acusación—.
Lo cual es gracioso porque, para ser un gran multimillonario, está claro que tú no lo eres.
Inteligente, quiero decir. ¿Quién tiene sexo contra una ventana a la vista de todo el mundo?
Me quedé en silencio, ignorando su insulto.
—Pensé que pillaría un beso o algo así, pero me diste el espectáculo completo —se rió, disfrutando claramente de esto—.
Tengo copias, lo sabes. Muchas. Todas listas para ser enviadas.
Pensé que empezaría por la junta… te echarían por votación, seas CEO o no; lo que hiciste con tu «asistente» es insubordinación.
—Hizo el gesto de las comillas con los dedos.
—Mientras el ambiente se caldeaba aquí y tú empezabas a perderlo todo poco a poco…
pensaba enviar las fotos a la prensa. Se pondrían las botas con esto.
El soltero más exitoso de Nueva York pillado en un lío de oficina.
Estarías acabado. Tu reputación empañada para siempre.
Buena suerte para empezar de cero. —Soltó una risa fría, con sus labios de color rojo oscuro curvados en una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
—Y luego está esa zorrita rubia…
Contuve el aliento. La idea de que Juliet resultara herida era la peor amenaza de todas.
—Esto, sumado a su pequeña transmisión en directo… ninguna empresa querría contratar a eso.
—¿Por qué haces esto? —pregunté, harto de oírla tramar sus planes delante de mí y de que Juliet formara parte de ellos.
Resopló con desprecio. —De verdad que no te acuerdas de mí.
Apreté los labios, harto de este dichoso juego de adivinanzas. Ya no tenía paciencia para esto, pero tenía que seguirle la corriente. Tenía que averiguar qué quería Mia y tenía que grabarla cuando me lo dijera.
—No puedo creerlo. —Sacudió la cabeza—. Trabajé para ti. Bueno, para una empresa que compraste. Hace años. Aquel enorme acuerdo tecnológico que salió en todos los periódicos. ¿O es que tampoco te acuerdas de eso?
Las piezas empezaron a encajar en mi mente, como un rompecabezas de una escena horrible que se completaba.
Aquel acuerdo había sido importante. Probablemente el más grande hasta ese momento.
Me vi desbordado por todos los cabos sueltos y el papeleo, y había muchísimos empleados.
Lo primero que tuve que hacer fue reducir la plantilla solo para no perder la cabeza.
Mia debió de ser una de las personas a las que despedí cuando me hice cargo.
—¿Te despedí yo? —pregunté.
Ignorando mi pregunta y mi necesidad de obtener respuestas, empezó a contar una historia, con los ojos ligeramente perdidos como si estuviera evocando el recuerdo.
—Nos conocimos el primer día. Solo llevaba unos meses en esa empresa antes de convertirme en jefa de Contabilidad, y entonces apareciste tú.
Le diste mucha importancia a mi rápido ascenso cuando te enteraste. Me hiciste sentir especial.
Tragué saliva con dificultad; no me gustaba por dónde iba esto. Parecía algo más que un simple despido.
—Cuando nuestras miradas se cruzaron, saltaron chispas. Sé que tú también las sentiste. Desde ese momento, supe que acabaríamos juntos. Lo presentía. Tú y yo. Íbamos a comernos el mundo juntos —dijo, continuando con su rememoración.
Yo no recordaba haberla conocido ni aquel supuesto momento de «amor a primera vista». Casi sentí lástima por ella.
Casi.
—Más tarde ese día, te vi en el vestíbulo.
Tu risa resonaba mientras impresionabas a algunos superiores.
El poder que tenías era palpable. Yo solo quería estar cerca de eso.
Por eso metí mi número en el bolsillo de tu chaqueta esa tarde.
Fue audaz, lo sabía. Eras el CEO, pero no quería renunciar a lo que teníamos.
—Pero nunca llamaste. Esperé y esperé —su voz se volvió fría, al igual que sus ojos, ahora oscuros y clavados en mí.
Estaba estupefacto. No tenía ni idea de qué estaba hablando ni por qué pensaba que alguna vez estaríamos juntos.
Claramente, Mia sentía por mí una obsesión que yo desconocía por completo, y que por supuesto no era correspondida.
Apenas recordaba aquel primer día al hacerme cargo de la empresa.
Fue hace tanto tiempo, y pasaban tantas cosas, que difícilmente recordaría haber conocido a alguien de Contabilidad.
Pero era evidente que Mia sí lo recordaba. Lo que fuera que hubiera pasado había estado fermentando en su interior todos estos años. No estaba bien de la cabeza, imaginando un romance inventado, despechada por una obsesión no correspondida.
—Falda blanca, chaqueta a juego. Pelo rubio y largo. Tenía un aspecto diferente entonces —dijo, con los ojos clavados en mí—. En realidad, no muy distinto al de tu juguetito de ahora. Está claro que tienes un tipo.
Ahora empezaba a venirme a la memoria. Un recuerdo que se formaba, mi cerebro ajustándose a él poco a poco como a unas gafas nuevas.
Recordaba el breve encuentro con ella en la oficina de Contabilidad de mi antiguo edificio.
Era una persona completamente distinta a la que estaba sentada frente a mí ahora.
Recordaba que había estado nerviosa, con sus ojos marrones muy abiertos y curiosos.
No sería descabellado que yo hubiera flirteado un poco, pero eso fue todo.
Nunca pasó de aquella breve presentación.
Sinceramente me había olvidado de ella, hasta que la despedí una semana más tarde debido a los recortes de presupuesto.
—Aaaah. Ya está. Ya lo vas recordando —dijo con una sonrisa asomando a sus labios. Ahora se veía tan diferente con el pelo negro y ese corte tan duro. Su maquillaje oscuro dominaba sus rasgos. No era de extrañar que no la hubiera reconocido.
—Despedirte fue una decisión empresarial —dije—. No fue nada personal.
—Oh, pero lo fue. Para mí, lo fue —dijo, con la voz casi en un susurro—.
Tú no viste lo que yo vi. No sentiste lo que yo sentí.
Podrías haberlo tenido todo. Podríamos haberlo tenido todo.
Conquistando juntos el mundo de los negocios.
Viste mi potencial. Viste lo especial que era.
Y lo tiraste todo por la borda. —Su voz empezó a temblar, volviéndose más fuerte—. ¡Jugaste conmigo!
Manteniendo la voz firme, ahora consciente de que estaba tratando con una mujer que sufría un brote psicótico, hablé con calma. —No estoy seguro de qué impresión te di en aquel encuentro inicial, pero lamento que lo vieras como algo más de lo que era.
Ella soltó una única risa fría.
—Por favor, dime qué es lo que quieres, Mia —dije.
—Dinero. Obviamente. —Levantó las manos antes de inclinarse hacia mí—. Y ver humillada a esa pequeña buscona tuya.
—Juliet no es ninguna buscona —dije con firmeza.
—¿Estás seguro? Internet no parece pensar lo mismo. —Hizo una mueca de desprecio.
Entorné los ojos hacia ella.
—Si hubiera sabido que te gustaban las putas que buscan atención de esa forma, habría cambiado de táctica, pero pensaba que eras inteligente. Pensaba que querías a alguien a la altura de tu potencial. No a alguien que expusiera sus encantos por internet.
—Ya basta —dije, sacudiendo la cabeza.
—La forma en que se entregó así como así. Es vergonzoso. Casi siento lástima por ella. Sentirse tan insignificante que ser una guarra sea su única opción… —Negó con la cabeza y chasqueó la lengua contra los dientes.
—¡He dicho que basta! —dije en voz alta, harto de oírla. Golpeé la superficie de mi escritorio con las manos.
Mia dejó de hablar y cerró la boca antes de que esta se curvara en una sonrisa.
—No te tengo miedo, Chester Brandfield —dijo.
—Deberías tenerlo.
—Si vuelves a alzarme la voz o a amenazarme, publicaré las fotos —dijo, mirándome desde debajo de sus pestañas oscuras.
—No hagas esto —dije, suavizando el tono. Detestaba el poder que esta mujer tenía sobre mí, y el hecho de que lo estuviera haciendo porque se sentía despechada en el mundo de fantasía en el que vivía—. Juliet no se merece esto.
—¡No vuelvas a decir su nombre! —dijo ella con voz chillona.
Levanté las manos con cautela y volví a sentarme tras mi escritorio. —Está bien. Yo soy quien se merece esto. Págala conmigo —dije, mordiéndome el interior de la mejilla mientras devolvía la mirada a Mia.
—Oh, eso pienso hacer —dijo ella.
—Te pagaré lo que quieras, pero quiero que se destruyan todas las copias.
—De eso nada —dijo, sonriendo con suficiencia.
—¿Qué? —pregunté exasperado.
—Vas a pagarme. Y vas a seguir pagándome. Necesito esas fotos para tenerte en mi bolsillo.
Suspiré y me pasé una mano por el pelo con frustración. —¿Cuánto? —pregunté.
Sus ojos recorrieron mi escritorio hasta posarse en un bloc de notas. Lo deslizó hacia ella y cogió un bolígrafo de mi mesa. Garabateó algo y me devolvió el bloc, cerrando el bolígrafo con un clic.
Se me abrieron los ojos de par en par al ver la cantidad de dinero que había escrito.
—¡Esto es ridículo! —exclamé—. Esto es chantaje.
—Es una inversión —me corrigió ella— en tu nueva asistente.