Capítulo 23 Juliet
Mi teléfono sonó sobre la encimera del baño.
Era casi medianoche y nadie que yo conociera estaría despierto, aunque fuera viernes por la noche.
Lo cogí con curiosidad y vi que era una notificación del calendario.
Pulsé en ella y contuve el aliento. Después de no tener noticias de Chester en los últimos días, su primera señal de vida era un cambio de itinerario en nuestro calendario compartido.
Decía que había cambiado su vuelo para la mañana siguiente.
Volvía antes de tiempo. Odiaba cómo me dio un vuelco el corazón al leer eso, sabiendo que pronto estaría de vuelta en Nueva York.
Su calendario se actualizó de nuevo, situándolo de vuelta en la oficina el lunes por la mañana.
Ya sentía los nervios subirme hasta la garganta, sabiendo que lo vería en solo dos días.
Quizá su tiempo fuera le había servido para reflexionar. Benditas ilusiones…
Entonces mi teléfono volvió a sonar.
Era un mensaje de texto de Chester.
Contuve la respiración mientras lo abría.
Chester: Cambio de planes. Volveré el lunes. Reúnete conmigo a las 8:00. Es sobre tu trabajo.
Lo leí de nuevo, tragando saliva con dificultad. No había ni un ápice de calidez. Todo negocios. Nada de flirteo. Su tiempo fuera claramente no había cambiado nada entre nosotros, y ahora me tenía preocupada por mi empleo. Me iba a despedir. Lo sabía.
Me temblaba la mano mientras dejaba el teléfono en la encimera y bajaba la vista hacia la otra mano, que sostenía una prueba de embarazo.
Había dado positivo.
Miré las dos líneas rosas que me devolvían la mirada y la tiré al lavabo como si me acabara de morder.
No pude contener el torrente de lágrimas que brotó de mis ojos, ni el fuerte sollozo que escapó de mi garganta.
Me aferré a la encimera del baño y le devolví la mirada a la idiota que me observaba desde el espejo. La odié en ese momento.
Odié lo audaz que se había vuelto, creyéndose invencible al tomar decisiones arriesgadas.
Yo nunca había sido esa clase de chica, y por una buena razón.
Porque no quería cometer errores. Era más seguro andar con pies de plomo con los sentimientos de los demás.
Más seguro quedarse en situaciones incluso cuando no era feliz.
Más seguro complacer a todos a mi alrededor, excepto a mí misma.
Más seguro quedarse encerrada en mi caparazón.
Nada de esto habría pasado si no hubiera dado ese estúpido salto de fe. Nada de esto habría pasado si no hubiera aceptado un nuevo trabajo. Nada de esto habría pasado si no hubiera conocido a Chester.
Negué con la cabeza justo cuando me invadió una oleada de náuseas. Corrí hacia el váter y vomité por cuarta vez esa noche. Gemí mientras tiraba de la cadena y me tumbaba en la alfombra del baño, a mi lado. Quería quedarme aquí en mi apartamento, acurrucada en posición fetal para siempre.
Y allí me quedé, al menos por esa noche, hasta que la luz de la mañana entró por la ventana del baño y acarició mis párpados.
—No —gemí, recibiendo de mala gana la mañana y el nuevo día.
Me despegué del suelo y fui al lavabo para echarme agua fría en la cara y cepillarme los dientes, desesperada por quitarme el sabor a vómito de la boca. Fue entonces cuando vi la prueba de embarazo positiva devolviéndome la mirada. Recordándomelo todo.
Una única lágrima cálida resbaló por mi mejilla mientras la cogía.
Al mirarla, pensé realmente en lo que significaba.
Iba a ser madre. Tenía un bebé creciendo dentro de mí en ese mismo instante.
Un bebé que no esperaba, ni quería, ni imaginaba.
Y entonces caí en la cuenta de que era de Chester, como si no fuera obvio.
El pensamiento me resquebrajó el corazón, porque si él no quería saber nada de mí, ¿cómo se sentiría respecto a un bebé?
Tenía tantos pensamientos que poner en orden y las únicas personas con las que se me ocurría hablar de ello eran mis mejores amigas, que no sabían nada de estas últimas semanas con Chester.
No estaba segura de por qué se lo había ocultado.
Quizá me gustaba tener ese secreto solo para mí, haciendo que toda la aventura fuera mucho más divertida.
O quizá sabía que se preocuparían. Pero ahora nada de eso me importaba. Necesitaba a mis mejores amigas.
Me aseé y desayuné algo, si es que se puede llamar desayuno a una tostada con mantequilla, pero era lo único que podía asentar en el estómago.
El malestar que había sentido los últimos días ahora tenía sentido por completo.
Las náuseas matutinas deberían llamarse en realidad «náuseas a cualquier hora del día».
Cuando estuve segura de que no iba a vomitar, cogí el teléfono y llamé a Gabriella.
—¿Diga? —respondió ella; de fondo se oía el sonido de unos dibujos animados.
—Hola, Gabs —dije, intentando ocultar el temblor de mi voz.
—¿Qué pasa? —preguntó inmediatamente.
Había valido la pena intentarlo.
—¿Puedes venir? —sorbí por la nariz, sintiendo que las lágrimas amenazaban con brotar de nuevo. Me estaba cansando de tanto llorar.
—Sí. Por supuesto —dijo sin dudar.
—¿Puedes traer a Sadie también? —pregunté.
—Sí. Estaremos allí pronto. —Oí el clic de la televisión al apagarse y la protesta de su hija pequeña, Melodie, antes de que Gabriella colgara el teléfono.
De repente sentí una punzada de culpa por interrumpir la tranquila mañana de sábado de mi amiga con su hija, pero también me sentí agradecida de que mis amigas dejaran lo que fuera por estar conmigo cuando las necesitaba.
Ordené un poco el apartamento mientras esperaba, distrayéndome con las tareas del hogar.
Estaba ahuecando los cojines del sofá cuando llamaron a la puerta.
—¡Ya voy! —exclamé mientras cruzaba el salón descalza, todavía con el pijama de la noche anterior.
Abrí la puerta y vi a Sadie y a Gabriella allí de pie, con expresiones de preocupación grabadas en sus rostros.
Me estrecharon en un abrazo y dejé que las lágrimas fluyeran.
Era maravilloso cómo las mejores amigas simplemente sabían exactamente lo que necesitabas.
Las mías no eran diferentes: prácticamente me llevaron en vilo hasta el interior del apartamento y nos hundimos las tres juntas en el sofá.
—¿Qué está pasando? —preguntó Sadie preocupada, retirándose un mechón de su pelo cobrizo detrás de la oreja mientras me miraba con cautela.
—Nos tienes asustadas, tía —dijo Gabriella, arqueando sus cejas oscuras.
Alargué la mano hacia atrás, al bolsillo de mi pantalón de pijama a rayas, y saqué la prueba de embarazo positiva. A Sadie y a Gabriella casi se les salen los ojos de las órbitas cuando la vieron en mi mano.
—¡Oh, Dios mío! —gritó Gabriella prácticamente.
—¿Estás embarazada? —preguntó Sadie, con una voz igualmente aguda.
—Al parecer. Si esto no lo demostraba, las náuseas matutinas lo han hecho —dije con melancolía.
—¿Cómo? —preguntó Sadie.
—¿Quién? —preguntó Gabriella de forma más directa.
Me tapé la cara con las manos y solté un sollozo. —No lo sé —lloré.
Me tomé unos minutos para recomponerme, mientras mis amigas esperaban pacientemente a mi lado.
—¿R-recordáis aquel espectáculo al que fuimos? —le pregunté a Sadie—. Ya sabes, el concierto con Jeremiah. También conocí allí a mi amiga Sarah.
—Sí. El concierto de aquel tal Will, ¿verdad?
—Mmm-hmmm. —Asentí.
—¿Cuando yo estaba fuera de la ciudad? —preguntó Gabriella.
—Sí. Bueno, conocí a alguien allí esa noche —dije, mirando alternativamente los rostros curiosos de mis dos amigas.
—¿El chico misterioso con el que te escapaste? —preguntó Sadie impactada—. ¿Él es el responsable? —Me señaló de arriba abajo, como queriendo decir que él era quien me había hecho esto.
—¿Qué chico misterioso? —intervino Gabriella en voz alta.
—Se estaba enrollando con él en la pista de baile —dijo Sadie, señalándome con el pulgar—. Se escabulleron juntos. Estaba cañón.
La empujé de broma, odiando y amando a la vez que pudiera hacerme reír cuando sentía que me estaba desmoronando.
—¿Quién es ese tío? —preguntó Gabriella, mirándome.
—Bueno, la verdad es que… ya lo había conocido esa mañana…
—¿Eh? —preguntó Sadie, claramente confundida.
—Trabajamos juntos —dije, dándome cuenta de lo vaga que estaba siendo y de cuántos detalles estaba omitiendo.
—¿En Contabilidad? —preguntó Sadie.
Negué con la cabeza.
—Juliet. Tía. Desembucha —dijo Gabriella cruzándose de brazos.
—Es algo así como mi jefe. Como el jefe de todo el mundo —dije con una mirada tímida, deseando hundirme en el sofá y desaparecer.
—O sea que… —empezó Sadie, atando cabos—. El CEO. El dueño. El puto jefazo.
—¿Te refieres a Chester Brandfield? —preguntó Gabriella con los ojos como platos mientras me miraba.
—¿Has oído hablar de él? —pregunté con timidez.
—¡Oh, Dios mío! —Sadie me dio un manotazo en el hombro.
—Ay —dije, conteniendo una risa mientras me frotaba el brazo dolorido.
—¡Sabía que me resultaba familiar! —dijo Sadie, negando con la cabeza.
Gabriella sacó su teléfono y empezó a teclear frenéticamente.
—¿Qué haces? —pregunté.
—¡Buscarlo, por supuesto! —dijo rápidamente, con los ojos recorriendo la pantalla—. No puedo creer que no me lo dijeras… ¡Madre mía, Juliet! ¡Si es prácticamente un modelo de GQ!
—¿Ves? ¡Te lo dije! —dijo Sadie, inclinándose sobre mí para mirar el teléfono de Gabriella.
Sentí que el calor me subía a las mejillas, que seguramente se estaban poniendo rojas como tomates, mientras mis dos mejores amigas pasaban y ampliaban fotos de Chester justo delante de mí.
—¿Hemos terminado ya? —pregunté, arqueando una ceja.
Gabriella bloqueó rápidamente su teléfono y lo dejó en el sofá, a su lado. —Perdona —dijo avergonzada.
—Pero en serio, Juliet. Me alegro por ti —dijo Sadie con una media sonrisa—. Sale en todas las revistas de cotilleos como el soltero más codiciado de la ciudad.
—Y al parecer un dios del sexo —dijo Gabriella.
La miré confundida.
—Es lo que decía el artículo. —Se encogió de hombros.
—Entonces, ¿lo es? —preguntó Sadie.
—¡Sadie! —exclamé. Me reí suavemente y me pasé las manos por el pelo, con las mejillas todavía ardiendo.
—Lo es. ¡Vaya si lo es! ¡Mírate la cara!
Gemí y me hundí de espaldas en el sofá.
—El mejor sexo de mi vida —confesé, tapándome la cara con un cojín.
Las chicas chillaron emocionadas, casi saltando en el sofá.
—Guapo. Rico. Soltero. Un Zaddy —dijo Gabriella—. Lo tienes todo hecho. Así que, ¿cuál es el problema?
Esto solo me hizo sentir peor, como si el hecho de que fuera el soltero más sexy de Nueva York o que fuera multimillonario fueran las únicas razones por las que me gustaba.
Esas cosas ni siquiera estaban en la lista.
Bueno, estaba cañón… pero aun así. No quería atraparlo con un bebé.
Esa nunca fue mi intención. Pero, al mismo tiempo, la idea de tener un bebé hacía que mi corazón sintiera una felicidad totalmente nueva que nunca había experimentado.
Siempre había querido ser madre y, aunque no lo esperaba ahora ni con un hombre al que apenas conocía, no podía evitar empezar a sentirme emocionada ante la idea. ¿Y si ahora era mi única oportunidad? Puede que Chester no quisiera esto, pero yo sí.
—El problema es que no estoy segura de que él quiera ser padre. O que quiera volver a saber algo de mí… —Solté un sollozo antes de contarles todo lo que había pasado en las últimas semanas.
El traslado en el trabajo. Todos los juegos a los que jugamos. Lo ridícula que me había comportado para llamar su atención. La noche en su despacho. Cómo se había distanciado. La nota amenazante y la foto de nosotros que encontré en mi mesa.
—Vaya —dijo Gabriella, recostándose en el sofá y negando con la cabeza.
—Esto es… mucho —dijo Sadie, tomando aire profundamente.
—Ya te digo. —Suspiré, llevándome los dedos a las sienes y dándome un suave masaje.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Gabriella en voz baja.
Me quedé callada un momento, pensando.
—Voy a tener al bebé —dije asintiendo con seguridad—. Pase lo que pase.
Sadie y Gabriella casi se lanzaron sobre mí, dándome un abrazo apretado. Apenas podía respirar entre las dos. Cuando me soltaron, ambas tenían expresiones de alivio en sus rostros.
—Pero no sé muy bien qué hacer a partir de ahora… —dije, mirándolas a las dos, sintiendo cómo el miedo se filtraba.
—Menos mal que nos tienes a nosotras como amigas porque ya hemos pasado por eso —dijo Sadie con una sonrisa que tiraba de un lado de sus labios.
Y así era. Mis amigas habían tenido comienzos poco convencionales en sus familias y matrimonios, ambos en el lugar de trabajo. Eran una anomalía respecto a la realidad. No había forma de que yo también pudiera tener lo que ellas tenían.
—Deberías decírselo a Chester —dijo Gabriella.
—Y pronto —añadió Sadie—. Cuanto más esperes, peor será.
Asentí de acuerdo, aunque parecía la cosa más imposible del mundo. Él apenas me miraba ya, y mucho menos me hablaba. Lo último que querría oír de mi boca es que estaba embarazada de su bebé.
—¿Podemos hablar de otra cosa? —pregunté, desesperada por cambiar de tema—. Al menos por un rato.
—Desde luego. —Gabriella asintió, tomando mi mano y dándole un apretón.
—Somos tuyas todo el tiempo que nos necesites. Para hablar. O para no hablar. Estamos aquí para ti —dijo Sadie antes de enviarle un mensaje a su marido para avisarle de que iba a tener un día de chicas y que llegaría tarde a casa. Gabriella hizo lo mismo.
—¿Queréis ver una película? —pregunté, arqueando una ceja.
—Solo si hay helado —dijo Gabriella, dirigiéndose a la cocina.
—Y pijamas —dijo Sadie, yendo hacia mi dormitorio.
—Segundo cajón empezando por arriba —le grité mientras me echaba una manta por encima y me acurrucaba en el sofá con una sonrisa. Fue la primera sonrisa genuina que esbozaba en mucho tiempo.