Capítulo 22 Chester
—Estás melancólico hoy… —dijo Will, mirándome desde el otro lado de la mesa de mantel blanco, mientras las fuentes del exterior daban un espectáculo a su espalda.
—Mmm —gruñí antes de dar un sorbo al champán.
—Casi no has tocado la comida.
Me encogí de hombros, mirando hacia las fuentes y a todos los turistas alineados para ver el agua ondear al viento al ritmo de una canción de, probablemente, la diva favorita de todo el mundo de los noventa.
El sonido amortiguado de una melodía familiar golpeaba los grandes ventanales del restaurante, que iban del suelo al techo.
—Es langosta. Cara langosta —dijo Will, pinchándome de nuevo con sus palabras—. Tu favorita.
Le devolví la mirada; estaba sentado frente a mí con las cejas arqueadas en un gesto interrogante, justo debajo de su pelo largo y desgreñado.
—Necesitas un corte de pelo —musité.
Él puso los ojos en blanco y se inclinó hacia delante, cogió un panecillo de la cesta que había entre nosotros y le dio un bocado.
—Sé lo que necesitas. Necesitas un buen polvo. —Me señaló mientras sostenía el panecillo.
Pensé en Juliet y en lo bueno que había sido aquel polvo de hace unas noches.
No lograba entender por qué había sido diferente la segunda vez, pero nunca me había sentido tan en sintonía con nadie.
Jamás. Nunca quise intentar establecer esa conexión emocional, pero mi mente y mi cuerpo, y qué demonios, puede que incluso mi corazón, lo estaban haciendo por su cuenta.
Quizá fuera porque nos habíamos ido conociendo poco a poco tras pasar más tiempo juntos. Todos los flirteos y los espectáculos privados se habían mezclado con el hecho de trabajar realmente juntos, y lo hacíamos bien. Formábamos un buen equipo. Pero ahora…
Ahora, todo eso estaba destruido por culpa de algún grano en el culo misterioso con un mensaje vago pero amenazador.
Ya me había aprendido su correo electrónico de memoria, sus palabras habían dejado manchas de tinta en mi cerebro.
Habían arruinado lo que fuera que tuviera con Juliet.
Y mi comportamiento frío para protegernos a ambos la había alejado.
Me preguntaba qué estaría pensando. Probablemente que se arrepentía de todo.
—Tierra llamando a Chester —dijo Will, chasqueando los dedos. Lo miré y luego vi a la camarera esperando expectante, con un corsé demasiado apretado y los labios rojos y carnosos.
—¿Les traigo otra botella de champán? —preguntó ella, inclinando la cabeza con coquetería.
—Estoy bien, gracias —dije negando con la cabeza, sabiendo exactamente qué pasaba por esos juguetones ojos color avellana.
Venía incluido en el lote de aparecer en uno de los mejores restaurantes de Las Vegas, con un traje caro y una cuenta aún más cara.
Pero no me interesaba llevarla de vuelta a mi suite.
—¿Y tú? —le preguntó a Will, que vestía unos vaqueros desgastados y una camiseta negra de manga corta.
Tuve que pagarle cien pavos a la jefa de sala para que lo dejara entrar en el restaurante porque no cumplía con el código de vestimenta, y además se había dejado la cartera en el recinto del concierto.
—No, estoy bien, cielo. No puedo emborracharme mucho. Tengo un espectáculo esta noche —dijo él con una sonrisa fanfarrona.
—¿Un espectáculo? —preguntó ella, poniéndose la mano en la cadera y mirándolo de arriba abajo con curiosidad—. Déjame adivinar qué eres…
—Mago —dije yo con una sonrisa burlona, dando otro trago de champán.
Will me lanzó una mirada antes de volverse hacia la camarera, que aún intentaba hilar dos pensamientos en su cabeza demasiado oxigenada.
—¿Humorista? —preguntó ella.
—Podría serlo. Podría ser lo que tú quieras, cielo —dijo Will encogiéndose de hombros.
La camarera soltó una risita mientras se ajustaba la bandeja negra circular en la cadera.
—¿Qué eres entonces? —preguntó—. De verdad.
—Músico. —Él le sonrió.
—Vaya, malas noticias… —dijo ella con una sonrisa que indicaba que lo aceptaba más que bien.
—Tal vez.
—Te estoy vigilando —dijo ella, señalándole con el dedo antes de darse la vuelta—. A usted también —añadió, posando sus ojos en mí; bajaron hasta mis labios y se detuvieron un segundo de más.
—No me interesa —dije tajante.
Se quedó desconcertada y, con una mirada ligeramente decepcionada, se dio la vuelta y se alejó con un contoneo de caderas que casi hace que a Will se le salgan los ojos de las órbitas. Lo miré con incredulidad. Había caído de lleno en su trampa.
—Tío, ¿qué te pasa? —preguntó, volviéndose hacia mí—. Casi te estaba follando con la mirada.
Le resté importancia con un gesto y me terminé el resto del champán.
—Para ti toda —murmuré, dejando un fajo de billetes de cien sobre la mesa—. ¿Nos podemos ir ya?
—Vale —dijo Will, metiéndose un último bocado de langosta en la boca—. Tengo que ir al recinto de todos modos.
Salimos del restaurante y atravesamos el inmenso casino, que olía a cigarrillos y estaba a una temperatura casi glacial.
Yo caminaba enfurruñado y en silencio. Sabía que estaba de mal humor y que lo estaba pagando con Will, o con cualquier otra persona que estuviera cerca.
No era justo para mi amigo, pero él no era más que un daño colateral en lo que parecía ser un avión cayendo en llamas.
No le había contado nada sobre el hecho de haber vuelto a acostarme con Juliet, ni sobre el correo electrónico casi amenazante que había recibido.
—¿Seguro que quieres ir esta noche? —preguntó por fin, mientras salíamos por las puertas correderas hacia el Strip de Las Vegas, iluminado como un árbol de Navidad.
—Sí —dije, forzando una sonrisa—. ¿Cuándo fue la última vez que estuvimos en Las Vegas juntos?
—¿Hace cinco años? —aventuró él, pareciendo un poco más tranquilo ahora que yo articulaba algo más que frases de una sola palabra y gruñidos.
—Parece correcto. Para aquella conferencia de negocios o algo así… —dije.
—Exacto. —Asintió—. ¿Te acuerdas de aquellas dos camareras del club?
Solté un quejido.
Will soltó una carcajada y me dio una palmada en la espalda. —Estabas tan borracho que te quedaste frito boca abajo en el sofá.
—Esa fue la última vez que tomé Jäger —dije sacudiendo la cabeza y haciendo un ruido de náusea.
—Me dejaste solo para entretenerlas —dijo con una sonrisa—. Y ese fue mi primer trío.
Puse los ojos en blanco. —Me alegra mucho que mi dolor fuera tu placer.
—¡Y vaya placer! —dijo orgulloso—. ¡Me pregunto en qué líos nos meteremos esta noche!
—Yo solo me quedaré para el espectáculo y luego volveré al hotel —avisé.
—Qué aburrido —suspiró.
—Ha sido un día largo —dije apretando el botón del semáforo mientras esperábamos para cruzar la calle hacia el hotel donde tocaba Will.
—Oye, creía que la reunión había ido bien hoy —preguntó con un deje de preocupación en la voz, haciendo que el Will músico volviera a ser el Will socio capitalista. Resultaba curioso la facilidad con la que podía alternar entre ambas facetas.
—Así fue. Prácticamente todo hecho y firmado —le aseguré.
—Bien. —Asintió él.
Entramos en el vestíbulo del hotel, con el techo cubierto de lámparas de araña tan grandes que no se podía ver el yeso de arriba. Seguimos caminando por los suelos de mármol blanco hacia el recinto, que tenía una cola que salía por la puerta y recorría todo el lateral derecho del hotel.
—¿Están todos aquí por ti? —pregunté, arqueando una ceja impresionado.
—Qué va. Solo soy el telonero. Apuesto a que nadie me conoce —dijo Will encogiéndose de hombros—. Todavía no —añadió con una sonrisa asomando en la comisura de sus labios.
Caminamos hacia una entrada lateral donde la seguridad nos dejó pasar a la oscura zona de bastidores. Nos abrimos paso intentando no tropezar con cables, baquetas y amplificadores. Miré más allá de las cortinas de terciopelo rojo hacia la sala, que parecía estar ya llena.
—Esto es bastante grande, tío —dije.
—Lo sé. —Asintió con nerviosismo, cogiendo su guitarra de un soporte cercano. Era la misma que tenía desde la universidad—. Mejor me pongo a calentar. Busca un sitio en la barra.
Le di una palmada en la espalda y me dirigí a las escaleras laterales.
Me abrí paso entre la multitud de personas que intentaban acercarse al escenario con entusiasmo, demasiado arregladas, como de costumbre, en un mar de tela vaquera rasgada y diferentes tonalidades de camisetas negras.
Por suerte, encontré un asiento libre en la barra y pedí un vaso del whisky escocés más caro que tuvieran.
Mientras daba un largo trago, el rasgueo de la guitarra de Will llenó la sala, provocando un estruendo de aplausos y gritos de emoción.
No se presentó, simplemente empezó a cantar y tuvo al público en la palma de su mano casi de inmediato.
Era la canción que Juliet y yo habíamos bailado en el club de Nueva York, y un torrente de recuerdos de aquella noche regresó para golpearme como un maldito bate de béisbol.
Era curioso cómo la música podía hacerte eso.
Transportarte a un momento y a un lugar, acechándote con recuerdos vívidos como la forma en que su cabello rubio se balanceaba bajo las luces del club mientras bailaba pegando su cuerpo al mío.
Di otro largo trago de whisky, terminándome la bebida, y levanté la mano para pedir otra.
Con un nuevo vaso escarchado en la mano, saqué el móvil del bolsillo de la chaqueta para ver si tenía algún mensaje o correo de ella, pero no había más que silencio. ¿Acaso esperaba algo distinto? La había excluido y sin darle explicaciones. Probablemente ahora me odiara. No podía culparla.
Mientras Will pasaba a una canción más animada, mi teléfono vibró en mi mano y lo miré con ansiedad, esperando que Juliet hubiera leído mi mente de alguna manera desde la Costa Este.
Pero no era ella. En su lugar, era un número desconocido y tuve la aciaga sensación de que lo que acababa de llegar no era nada bueno.
Deslicé el pulgar por la pantalla de mi teléfono y abrí el mensaje.
Había una foto adjunta que toqué para ampliarla.
Bajé la vista, intentando ajustar mis ojos al brillo de la pantalla en la penumbra del local y a la imagen oscura de mi teléfono.
No podía ser…
Miré más de cerca.
Aquel era mi edificio. Brandfield Enterprises.
Y allí, en la ventana, aparecía Juliet conmigo sujetándole los pechos y tomándola por detrás, con nuestros rostros contraídos por gemidos llenos de placer.
¿Pero qué cojones?
Amplié la imagen y se me revolvió el estómago por las náuseas porque, a pesar de que la foto procedía de una cámara de vigilancia nocturna, se nos veía la cara con total claridad.
A pesar de estar en la última planta del edificio más alto de la zona, la cámara apuntaba hacia arriba y evidentemente tenía un zoom profesional.
Cerré rápidamente la foto y volví al mensaje, donde tres puntos rebotaban en la pantalla. Esperé conteniendo el aliento para ver qué mensaje estaba a punto de llegar.
Desconocido: O accedes a mis exigencias, o esto saldrá en todos los tabloides de Estados Unidos.
—¡Joder! —grité, golpeando la barra de mármol con la palma de la mano y captando la atención de algunas personas de los alrededores a pesar de la música alta. Ignoré sus miradas curiosas y volví a leer el mensaje.
Escribí rápidamente el número desconocido en el navegador del teléfono, pero no salió nada. Estaba siendo chantajeado. Aunque no era la primera vez en mi carrera, esta era la primera amenaza legítima y, esta vez, estaban armados con pruebas fotográficas.
Esto definitivamente arruinaría ese contrato gubernamental por el que tanto me había esforzado.
Peor aún, esto podría hacer que me expulsaran de mi propia empresa.
La junta directiva se encargaría de ello.
Sin un líder, se iría a pique. Incluso si encontraba un sustituto, mi reputación y la de la empresa quedarían manchadas.
El valor de nuestras acciones caería en picado.
Se retirarían acuerdos. Si Will estuviera dispuesto a intervenir para salvar este desastre, no se sabía si podría siquiera lograrlo.
Sentí como si las paredes del local se me echaran encima.
En un entorno ya de por sí claustrofóbico, sentía que no podía respirar.
Dejé un par de billetes de cien dólares en la barra y me levanté del taburete.
Me abrí paso entre la multitud hacia las puertas de salida, mientras la guitarra y la voz de Will se desvanecían.
Otro concierto del que me marchaba antes de tiempo, pero tendría que entenderlo si le contaba lo que estaba pasando.
Tendría que decírselo. Era mi socio, y yo acababa de arruinarlo todo.
Fuera, en la acera, respiré el aire fresco de la noche y abrí el mensaje en mi teléfono. Tenía que responder esta vez. Tenía que averiguar qué querían. Si había alguna forma de salir de esto. Mi empresa estaba en juego.
Yo: ¿Quién es?
Desconocido: Me reuniré contigo en tu oficina en dos días. A las 7 de la mañana.
Yo: No has respondido a mi pregunta.
Desconocido: Dos días.
Suspiré frustrado y guardé el teléfono en el bolsillo; luego miré a ambos lados de la acera intentando orientarme para ir hacia mi hotel.
Necesitaba volver allí y pensar. Divisé el alto edificio de cristal a mi derecha y me dirigí hacia allí.
Por el camino, le envié un mensaje a Will, que no vería hasta después del concierto.
Yo: He tenido que irme. Luego te explico.
También, durante la caminata de vuelta a mi hotel, llamé a mi piloto para avisarle de que tendría que marcharme antes de lo previsto. Quería estar en mi jet en el primer vuelo de mañana por la mañana. Necesitaba volver a Nueva York. Estar a mil millas de distancia me hacía sentir impotente.
También tenía que idear una forma de decírselo a Juliet…
Esa podría ser la parte más difícil de todo esto.