Capítulo 15 Juliet
Terminé de meter los restos de nuestro almuerzo en la bolsa de papel marrón, preguntándome cómo se me había ocurrido soltarle ese comentario sobre mi lengua a Chester hace un momento.
A juzgar por la prisa con la que se había marchado, probablemente me había pasado.
Había cruzado una línea. Era mi segundo día en su empresa y le había dicho algo sumamente poco profesional y sugerente. Pero él había empezado, ¿verdad?
No podía contenerme con él. No sabía qué era, pero nunca me había comportado así con nadie.
Toda mi vida había sido esa chica recatada y conservadora.
Siempre con miedo a forzar los límites. Buscando excusas para no ir a por lo que quería.
Sin ser nunca descarada ni audaz. Y ahora sufría de incontinencia verbal de contenido sexual.
Solo había tenido dos novios en mi vida, ambos de larga duración.
A uno lo conocí en el instituto y todo el mundo pensaba que nos casaríamos y tendríamos hijos.
Me dejé llevar por los sueños que los demás tenían para nosotros.
Novios de la adolescencia. La idea parecía tan sana.
.. Tan segura. Probablemente por eso seguí con él tanto tiempo, porque era seguro.
También era aburrido. Él nunca me impulsó a ser nada más de lo que era en el instituto.
Qué curioso, porque cuando me esforcé al máximo por seguir siendo la misma chica de dieciséis años que conoció, él encontró a otra persona que era «menos convencional», según me dijo.
Debería haber estado más triste de lo que estuve.
Todos los demás parecían estar más afectados que nosotros dos.
Mis padres. Sus padres. Nuestros amigos. Eso debía de significar algo.
Cuando me mudé a Nueva York, conocí a otra persona.
Era nueva en la ciudad y me lancé a ello con la primera persona que me hizo sentir como en casa.
No teníamos nada en común y, por mucho que intentáramos ignorarlo, acabó por separarnos.
Él no entendía por qué me gustaba estar en casa, acurrucada con un buen libro o un disco nuevo.
Yo no entendía por qué él necesitaba salir con sus amigos todas las noches, dejándome a la espera de su llamada en más ocasiones de las que me gustaría admitir.
Desde entonces, me había mantenido alejada de las relaciones.
Me centré en el trabajo y en mis amistades, teniendo citas de vez en cuando, pero nadie me hacía sentir nada de verdad.
No creía que nadie lo hubiera hecho nunca.
Al menos, no de la forma en que lo hacía Chester.
Con él, me sentía libre. Mis inhibiciones desaparecían. Tenía el valor de cruzar líneas.
Nunca había besado a alguien a quien acabara de conocer, y mucho menos me había ido a casa con él por sugerencia mía.
Había sido mi primera aventura de una noche.
Y había sido el mejor sexo de mi vida. Aunque no había tenido más de dos parejas, presentía que sería el mejor sexo que tendría en toda mi vida.
Sabía explorar mi cuerpo con maestría, como si lo hubiera hecho cientos de veces.
Aún podía sentir sus palmas contra mis muslos.
Su lengua enroscándose en mi interior. Su longitud presionando lo más profundo de mi ser.
Y ahora me había contratado como su asistente personal, lo que significaba que compartiríamos espacio durante un futuro imprevisible.
Al salir de su casa esta mañana, no sabía cuándo volvería a verlo.
Sabía que sería tarde o temprano. Tendría que salir del último piso y mezclarse con los plebeyos en algún momento, pero no esperaba que fuera tan pronto.
Tampoco esperaba que me trasladara a un puesto de trabajo totalmente nuevo.
Me preguntaba por qué hacía esto, pero no podía decir que estuviera descontenta con su decisión.
No solo disponía de un despacho propio con un aumento de sueldo importante, sino que lo mejor de todo era que podía verlo durante todo el día.
Mis pensamientos ya habían estado revolucionados toda la mañana con solo sentir su presencia al otro lado del pasillo.
Había sido tan abrumador que decidí cambiar los muebles de mi despacho de sitio, con la esperanza de que eso disipara los peligrosos y ardientes pensamientos que tenía en la cabeza.
¿Tenía que estar tan bueno? Resultaba sumamente distractor, e injusto para cualquier otro hombre de esta ciudad.
Qué demonios, de este mundo. Y la forma en que sorprendí a sus ojos marrones mirándome, oscureciéndose ligeramente, era completamente desorientadora.
Y ahora estaba tonteando conmigo. ¿Quería verme desmoronarme ante él?
Fuera cual fuera el juego al que estaba jugando, yo estaba dispuesta a responderle con la misma moneda.
Era peligroso. Maldita sea, trabajábamos juntos.
Sabía que esto era insubordinación, pero si él era el jefe de la empresa, ¿lo era realmente?
Sabía que los de Recursos Humanos no lo verían así, por eso.
Ni el resto de la oficina. Y si algo así salía a la luz, podría arruinar su reputación, que lo era todo cuando eras alguien como Chester.
También podría arruinar la mía, aunque ya me había encargado yo solita de dar una imagen nefasta desde la transmisión en directo de ayer.
Aun así, no podía evitar pensar que, si no hubiera entrado en internet por accidente mientras me depilaba en la ducha, quizá nada de esto con Chester habría empezado.
Él me había buscado por ese vídeo y, por alguna razón, a pesar de la humillación, también sentía una silenciosa satisfacción de que le hubiera gustado.
Había poder en eso. Me ponía el hecho de que este hombre poderoso estuviera de rodillas ante mí anoche.
Y ahora estaba descubriendo pequeñas cosas sobre él, poco a poco.
Estábamos haciendo todo al revés, explorando los cuerpos antes que las mentes.
Era diferente a como lo imaginaba. Parecía que era un tipo normal, al menos antes de todo esto.
Había sido divertido imaginármelo trabajando en la tienda de yogures y en el pub.
Eso hacía que todo esto fuera mucho más impresionante, porque lo había construido él mismo.
Me encontré con ganas de saber más. Sobre su vida antes de todo esto. Su madre. Su padre. Si tenía hermanos.
Había mucho más que descubrir, y me apetecía hacerlo.
Me hacía sentir estúpida el solo hecho de considerar la idea de que lo que fuera que había entre nosotros pudiera ser algo más que sexual.
Expulsé el pensamiento de mi cabeza y me recordé que solo era una aventura divertida. Algo que tenía que sacar de mi sistema.
El resto de la tarde, Chester apenas estuvo en su despacho, ya que tenía reuniones en la sala de conferencias o fuera de la sede.
Pensé que, como su asistente personal, iría con él a las reuniones.
Me pregunté si me estaba evitando, y se me hundió el estómago al pensarlo.
¿Nos habíamos pasado demasiado por un estúpido cupcake de tiramisú?
Quizá se dio cuenta de que esto era demasiado arriesgado.
A las seis en punto, Chester regresó a su despacho, justo cuando yo estaba recogiendo para irme.
Todos los demás ya se habían marchado a casa, dejándome a la espera de ver si me necesitaban.
No estaba muy segura de mis obligaciones y de si estas implicaban quedarme más allá de las cinco.
Me miró a través de la puerta abierta, con el pelo ligeramente desordenado como si se hubiera pasado la mano por él.
Quizá había sido una tarde agotadora. Como responsable de una empresa y de una nueva fusión, no podía imaginar cómo no iba a serlo.
—¿Te vas ya? —preguntó, ladeando la cabeza.
—Sí, a menos que necesites que haga algo —dije, sin ningún tipo de insinuación en la voz. Iba a mantener el tono profesional hasta saber qué era esto.
—Hmmm —dijo, caminando hacia la puerta y apoyándose en el marco con naturalidad. Miró alrededor de la oficina, cuyos escritorios estaban vacíos y los ordenadores apagados.
Algo floreció en mi interior ante la idea de que pudiera tener una tarea para mí que no fuera ni de lejos profesional. Lo miré con expectación, esperando lo que tuviera que decir.
Necesito más grapas.
Necesito tu boca alrededor de mi polla.
No lo sabía. Tenía la sensación de que siempre me tendría con la duda. Quizá esa era su intriga, o el hecho de que me hiciera tener más orgasmos de los que había tenido en mis dos relaciones anteriores juntas. Había llegado a un punto en el que no sabía dónde terminaba uno y empezaba el otro.
Chester salió de su despacho y caminó hacia el mío, con su traje negro ajustándosele perfectamente a cada paso, antes de detenerse justo dentro de mi despacho.
Se me cortó la respiración cuando me recorrió con la mirada de arriba abajo, lenta y deliberadamente.
Me removí en mis tacones de charol, apretando las rodillas tras la seguridad de mi mesa.
—Lo que necesito de ti no es apropiado para esta oficina... —dijo, con la voz como un susurro ronco—. Así que supongo que eres libre de irte, Juliet.
Tragué saliva mientras lo veía darse la vuelta y regresar a su despacho, dejándome hecha un desastre mientras un calor me subía entre las piernas. Este hombre sabía exactamente qué decir y cómo decirlo. Sería mi perdición.
Le di la espalda para ocultar la sonrisa que asomaba a mis labios.
Miré hacia abajo, a las vistas de la ciudad justo cuando el sol se ponía tras los edificios, dejando el cielo como una acuarela de rojo intenso y púrpura.
Me di cuenta entonces de que no me había pasado en absoluto, y que este juego al que jugábamos seguía en pie.
De camino a casa, Sadie llamó exigiendo respuestas.
—¿Quién era ese tío con el que te estabas comiendo la boca? —preguntó.
—Solo alguien que conocí hace poco —me encogí de hombros. No quería decirle que era mi jefe. Al menos, todavía no. Sabía que se preocuparía, y después de la transmisión en directo de ayer por la mañana, mis amigos ya habían tenido suficiente con sus preocupaciones.
—¿Así que estabas restregándote en la pista de baile con un casi desconocido?
—Supongo que sí.
Sadie soltó una risita al otro lado de la línea. —¿Quién eres tú? —preguntó con incredulidad.
—No lo sé, pero creo que me gusta.
—A mí también. Ya era hora de que sacaras tu lado más salvaje.
—¡Ay, por Dios, Sadie! —exclamé, sacudiendo la cabeza mientras doblaba la esquina hacia mi apartamento.
—¡Disfrútalo! —dijo ella.
—Me voy ya... —dije con tono cantarín.
—Chao, chao —rió ella.
A la mañana siguiente, al despertarme, estiré los brazos sobre la cabeza y solté un gemido de satisfacción tras una buena noche de sueño.
Me había quedado frita poco después de llegar a casa del trabajo y hacerme un sándwich de mantequilla de cacahuete y mermelada, desesperada por dormir tras la noche anterior.
Mientras miraba al techo, pensé en lo que había dicho Sadie.
Disfrútalo.
Me quité las sábanas de encima y salí de la cama para asearme rápidamente.
Una vez que me hube lavado los dientes y la cara, empecé a arreglarme para el día.
Me había despertado lo suficientemente temprano para dedicar un poco más de tiempo al pelo y al maquillaje.
Después del aspecto cansado de ayer, buscaba algo un poco más cuidado.
Me pasé las tenacillas por el pelo, creando unas ondas sueltas y voluminosas que me caían por la espalda.
Me puse un poco de máscara de pestañas, me di unos toques de colorete rosa y me apliqué un pintalabios rosa rosado.
Satisfecha con mi mitad superior, me dirigí al armario vestida únicamente con los culottes de encaje y el bralette a juego con el que había dormido.
Pasando las manos por las perchas, repasé mis opciones sobre qué ponerme para ir a trabajar. Podía mantenerlo dentro de lo apto para todos los públicos con unos pantalones color crema y una impecable blusa blanca que dejara asomar un poco de escote. O...
Estaba la Camisa de las Tetas.
Y la Falda del Culo.
Ambas peligrosas por sí solas, pero combinadas...
Combinadas, eran un conjunto que entraba de lleno en territorio prohibido. Era un conjunto que estaba pidiendo guerra.
Cogí cada una del perchero y las miré, sopesando si la cinta de doble cara y una oración me mantendrían dentro de la camisa blanca, ancha y de botones.
La falda escocesa de color marrón chocolate era tan corta que, si hacía algo que no fuera estar perfectamente erguida, se vería la parte inferior de mi culotte de encaje.
Era ridículo para la oficina, pero imaginar la cara de Chester cuando me viera con ella era tentador.
Era demasiado. Sacudí la cabeza y volví a colocar las perchas en el perchero.
En todo caso, Chester iba a tener que esforzarse para ver un poco más de piel.
Si lo que estábamos jugando era a un juego de provocación, no iba a enseñarle todas mis cartas todavía, aunque sus manos acabaran de barajar el mazo.
Tiré del cajón superior de mi cómoda para dejar a la vista mi cajón de la ropa interior. Todos los colores del arcoíris pastel me devolvieron la mirada mientras sacaba un tanga de seda, apenas existente. Sexy y discreto. Me daría confianza bajo una ropa de trabajo más recatada.
Mientras me subía el tanga blanco por las piernas y lo colocaba en su sitio, pensé en cómo podría seguir divirtiéndome un poco con Chester.
Se me ocurrió un pequeño plan malvado. En algún momento de hoy, me subiría el tejido blanco y vaporoso sobre las caderas justo antes de fingir que recogía algo frente a la puerta de su despacho.
Arrodillándome lo justo, le dejaría vislumbrar exactamente lo que llevaba debajo de estas prendas tan modestas.
No tendría que decir nada. Mi ropa se encargaría de hablar.
Me sonreí a mí misma en el espejo, vestida solo con el tanga.
¿Quién es esta chica? ¿Y por qué ha tardado tanto en aparecer?