Capítulo 16 Chester
Me serví el café de la mañana en mi taza de I Love NY.
Era lo menos limpio y moderno de mi apartamento, pero llevaba años en mi armario.
Fue lo primero que compré tras adquirir este ático, una yuxtaposición que me resultó graciosa en aquel momento mientras le entregaba un billete de cinco dólares al vendedor de la esquina.
Era cierto. Amaba esta ciudad. Últimamente la amaba aún más, ahora que me había fusionado con éxito con la organización sin fines de lucro que me estaba labrando una reputación impecable. Y entre bastidores…
Bueno, entre bastidores estaba Juliet, que hacía que el trabajo fuera mucho más divertido.
De por sí, ya disfrutaba de mi labor. Tener ese poder como CEO, realizar movimientos empresariales arriesgados pero rentables, ganar millones mientras lo hacía.
Pero ahora, con ella como mi asistente personal, iba al trabajo con más energía.
Llevaba trabajando directamente para mí las últimas semanas.
La tensión sexual entre nosotros era palpable.
Prácticamente podía saborearla. No habíamos cruzado ninguna línea.
Al menos, no de nuevo. No desde la noche en que vino a casa conmigo después del espectáculo de Will, dejando una huella en prácticamente cada superficie de mi apartamento.
Podía verla en todas partes, como si el sexo con ella encantara mi hogar. Un fantasma bienvenido.
Aunque no habíamos cruzado ninguna línea, no es que no lo hubiera pensado.
Ella lo ponía fácil con la forma en que me miraba o por la pequeña sonrisa que a veces cruzaba sus labios, como si guardara un secreto.
Cada día era como un estudio de caso para mí.
¿Cuánto podía excitarme antes de hacer algo al respecto?
¿Cuánto me costaría hasta que tuviera que desahogarme estampándola contra la pared de mi oficina y devorándola entera?
Juro que ella también me estaba poniendo a prueba.
En más de una ocasión, estuve convencido de que se había quitado el sujetador antes de traerme papeles al despacho.
Siempre era un día en el que llevaba una blusa ligera.
Blanca, rosa, crema. Los colores perfectos para acentuar sus pechos turgentes y el contorno de sus pezones erguidos.
Yo me divertía bajando el termostato más de lo normal.
Claro, yo me quedaba helado, pero la vista de sus pezones apuntándome directamente valía la pena.
Por no hablar de la vez que llevó unos pantalones ajustadísimos que realzaban sus curvas en todos los lugares adecuados, con su tanga de encaje asomando por encima de la cintura.
Quise hincar los dientes en él antes de arrancárselo de su piel cremosa.
Sabía exactamente lo que estaba haciendo por la forma en que mi polla presionaba contra mis pantalones, lo que provocó más de un paseo incómodo por la oficina o alguna conversación extraña con algún asociado. Juraría que me estaba volviendo loco.
Di un sorbo de café, solo y fuerte, conteniendo una sonrisa mientras me preguntaba qué me tendría preparado para hoy.
¿Otra blusa transparente? ¿Una falda corta?
¿Un mordisco de labio? Realmente no tenía que hacer mucho para que yo quisiera ponerla a cuatro patas y follármela.
Estábamos pisando una línea muy peligrosa.
La burocracia de todo el asunto lo hacía emocionante, pero también me rondaba por la cabeza la idea de que nos pillaran si cedíamos a la tentación.
Me terminé el café y dejé la taza blanca en el fregadero, con el corazón rojo mirándome fijamente antes de dirigirme a los ascensores.
Le envié un mensaje a mi chófer para avisarle de que bajaba al garaje.
Aproveché el trayecto al trabajo para poner mis pensamientos en orden, a pesar de que no dejaba de recordar cuando estaba de rodillas, saboreando la dulzura entre las piernas de Juliet.
Cuando llegué a la oficina, Juliet me esperaba con su habitual sonrisa de suficiencia en los labios, que hoy estaban cubiertos de un brillo transparente, haciéndolos parecer aún más carnosos.
—Buenos días —dijo, entregándome un iPad con mi calendario abierto.
—Días. —Asentí, fijándome en el pronunciado escote de su blusa blanca mientras entrábamos en mi despacho y ella recitaba las diferentes reuniones que tenía para el día.
Como si yo pudiera oír algo de lo que decía mientras investigaba si llevaba sujetador o no.
¿Cómo demonios se mantenían sus pechos dentro de esa blusa?
Era el tipo de cuestión física a la que quería dedicar tiempo de estudio.
—Chester —dijo, mirándome mientras entrábamos en mi despacho.
—¿Hmm? —pregunté, alzando los ojos para encontrarme con los suyos por primera vez desde que había llegado.
—Tu reunión… con el Sr. Craddock…
Craddock. Me sonaba ese nombre.
—¿Cuándo es? —pregunté, caminando hacia mi escritorio mientras Juliet cerraba la puerta tras ella con un clic.
—Hoy durante el almuerzo.
—Cierto, cierto… —asentí, intentando desesperadamente centrar mi atención en los negocios.
El Sr. Craddock era un titán, con un negocio muy similar al mío. Aunque aún no era multimillonario, iba camino de serlo. Se rumoreaba en el mundo empresarial que quería fusionarse para crear un poderoso casi-monopolio en el sector. Sin duda, de eso trataba la reunión de hoy.
—Pareces distraído… —dijo ella, ladeando la cabeza mientras yo me sentaba tras mi escritorio, con las vistas matinales de Manhattan a mi espalda.
—Me pregunto por qué —me mofé.
—¿Qué? —preguntó, arqueando una ceja rubia.
—Nada. —Le resté importancia con un gesto.
Ella asintió.
—Estará aquí a las doce. He reservado una hora para la reunión porque tienes una conferencia telefónica a la una y cuarto.
—Entendido. De acuerdo —respondí, mirando la agenda del día, que estaba a reventar. A pesar de lo ajetreada que estaba, Juliet era una experta en los tiempos, siempre dándome margen para reorganizarme entre reuniones. Por muy sexy que fuera, no era solo una cara bonita. Era brillante.
—Dime si necesitas algo —dijo, dándose la vuelta hacia la puerta para salir.
Mis ojos cayeron inmediatamente en su culo.
El largo de su falda era varios centímetros más corto que cualquier cosa que se hubiera puesto antes; el tejido de cuadros marrones me recordaba al de una colegiala.
Mis pensamientos sobre negocios y sexo empezaron a mezclarse como pintura aguada.
Esta mujer iba a ser mi perdición. De repente, se me ocurrió una idea traviesa.
—Juliet —dije, haciendo que se diera la vuelta en el umbral.
—¿Sí, Mr. Brandfield? —preguntó ella.
Me di cuenta entonces de que no había vuelto a pronunciar mi nombre de pila desde que lo había gritado en mi cama.
—¿Te tomarás tu descanso para almorzar aquí hoy? —pregunté.
—Claro. ¿Necesitas que tome nota durante la reunión? —preguntó sorprendida.
Me di cuenta de que era la primera vez que le pedía que me acompañara a una reunión en el tiempo que llevaba trabajando aquí.
Por lo general, todos mis asistentes personales me acompañaban a las reuniones y conferencias telefónicas, pero yo había mantenido a Juliet a una distancia prudencial por miedo a distraerme por completo.
—No exactamente… —dije con una sonrisa coqueta.
—Valeee… —dijo ella con vacilación, mientras una sonrisa curiosa asomaba a sus labios y sus ojos azules me escrutaban buscando respuestas.
—He pensado pedir comida a ese sitio de la esquina… —comencé—. Y tú podrías servirla durante la reunión.
—¿Servirla? —preguntó despacio, como procesando mi petición.
—Haré que traigan el pedido a tu despacho —dije con un asentimiento.
—¿Quieres que haga de camarera? —preguntó con un deje de dureza en la voz. Me pregunté si la habría insultado.
—Te daré el resto del día libre si lo haces. —Me encogí de hombros, con una sonrisa asomando en la comisura de mi boca.
Pareció pensárselo un momento antes de reír suavemente.
—¿Es esto algún tipo de juego de poder, Mr. Brandfield? —preguntó con mirada juguetona.
—Tal vez.
—¿Alguna especie de juego de rol? —Se apoyó de espaldas contra la puerta y se cruzó de brazos, haciendo que sus pechos se juntaran con el movimiento.
—Si así quieres llamarlo… —respondí, bajando la mirada hacia donde su escote estaba peligrosamente cerca de escaparse de la tela blanca de su blusa.
—Interesante. ¿Quieres que esté desnuda también? —preguntó, arqueando una ceja mientras sus ojos azules se volvían de hielo y su mirada se entrecerraba hacia mí.
Tragué saliva con dificultad. —¿Es eso una opción?
El color subió a las mejillas de Juliet, poniéndolas rojas como cerezas. —Tal vez —susurró.
Dicho esto, se dio la vuelta y abrió la puerta, escabulléndose con un balanceo de caderas que casi me hace caer de rodillas suplicando enterrar mi cara entre sus piernas.
Sería fácil con esa falda. Cerró la puerta tras de sí, dejándome con mis fantasías.
Este era un juego peligroso, y yo no estaba ayudando a mi causa con mi repentina idea.
Me preguntaba qué más estaría dispuesta a aceptar.
Las siguientes horas parecieron alargarse con papeleo y videollamadas, con pocas apariciones de Juliet.
Una vez, entró con mi segundo café del día.
Un capuchino de la cafetería de abajo. Me dedicó una sonrisa de suficiencia mientras lo dejaba sobre mi escritorio mientras yo estaba en medio de una videollamada, desviando mi atención momentáneamente del caballero mayor que hablaba en la pantalla sobre opciones sobre acciones.
Le devolví la sonrisa mientras ella me daba un anticipo de lo que vendría más tarde en el almuerzo.
La segunda vez entró para despachar a un pesado asistente júnior que se había colado en mi despacho con demasiadas preguntas y una voz nasal que bastaba para despedirlo en el acto.
Juliet lo acompañó fuera, y por la forma en que sus ojos se clavaron en el pecho de ella, no pareció muy decepcionado.
Si no fuera un idiota, me sentiría ligeramente celoso de que sus ojos estuvieran donde solo deberían estar los míos.
A las 11:55, llamaron a mi puerta y entró el Sr. Craddock con un traje impecable y una mirada aún más afilada.
Me di cuenta de que era un hombre directo y de los que van al grano rápidamente.
Agradecí su puntualidad y franqueza mientras entraba en mi despacho con un firme apretón de manos preparado.
Yo ya había pedido comida al local cercano.
Una bandeja de sándwiches variados: vegetal, reuben, rosbif, club sándwich de pavo, con una variedad de condimentos y guarniciones.
Quería asegurarme de que tuviera opciones.
Y de que Juliet tuviera trabajo por delante.
Si iba a seguir el juego de la camarera, al menos tenía que currárselo un poco.
—Sr. Craddock. Gracias por aceptar nuestra reunión hoy en la oficina —dije, estrechando su mano con algo más de firmeza de la que él empleó. Quería que supiera que aquí mandaba yo.
—¿Quería jugar en su propio campo, eh? —Me observó con atención antes de sentarse frente a mí en el sillón orejero de cuero que daba a las vistas, que muy probablemente eran mejores que las suyas.
—Algo así —dije—. Pero también para que se haga una idea de cómo se llevan las cosas aquí en Brandfield Enterprises. Una empresa con la que sé que quiere irse a la cama.
—Es una suposición audaz —dijo, reclinándose en su silla y juntando el dedo índice y el pulgar sobre su regazo.
—O una informada —dije con una sonrisa gélida.
Se notaba que ambos éramos hombres orgullosos y que haría falta algo para romper el hielo.
Por suerte, ella entró en ese momento sosteniendo una gran bandeja de comida y equilibrando otra más pequeña con las bebidas.
Me sorprendió la soltura con la que caminaba, no solo manteniendo todo recto, sino también evitando que sus pechos escaparan de su blusa.
—Aquí tienen su almuerzo, Mr. Brandfield —dijo con la voz rebosante de dulzura.
Dejó las bandejas sobre mi escritorio y empezó a colocar los platos para el Sr. Craddock y para mí.
Pude ver cómo él se removía en su asiento, observando con curiosidad los movimientos de Juliet.
Sin duda estaba dando un espectáculo y él estaba totalmente embelesado.
Me eché hacia atrás, entretenido por este hecho, y empecé a disfrutar yo también de la exhibición.
Juliet definitivamente no llevaba sujetador.
Su blusa bajaba demasiado para eso y la temperatura más fresca de mi despacho hacía que sus pezones se marcaran a través de la ajustada tela blanca.
Al rodear mi lado del escritorio para colocar los condimentos, su falda se subió un poco al inclinarse ligeramente sobre la mesa.
Se deslizó por la parte posterior de sus muslos y vislumbré la parte inferior de su culo perfecto por debajo.
Me cago en todo.
No creía que llevara nada debajo. Tuve que contenerme para no deslizar la mano hacia arriba y averiguarlo.
—Tengo mayonesa, varias mostazas y un delicioso alioli de ajo —dijo, vendiendo realmente bien los condimentos.
Me aclaré la garganta. —Gracias, Juliet —dije—. Juliet es mi asistente, Sr. Craddock.
—Ah, sí. Cierto. Encantado de conocerla —dijo él, volviendo los ojos hacia los de ella mientras su cara se ponía roja.
—¿Necesitarán alguna otra cosa? —preguntó ella, poniéndose las manos en las caderas mientras nos miraba a los dos.
—Eso será todo —dije, pensando en todas las cosas que realmente me gustaría recibir de ella.
Necesitaba de ella.
—Que aprovechen —dijo, dirigiéndose hacia la puerta. Al salir y cerrarla tras de sí, me saludó brevemente con la mano a través del cristal, claramente satisfecha por haberme descolocado.
Mientras el Sr. Craddock se servía un sándwich y patatas, le envié un mensaje rápido a Juliet.
Yo: ¿Cuántas prendas de ropa llevabas puestas hace un momento?
Juliet: ¿Incluyendo el par de zapatos? Tres.
¿Cómo demonios iba a sobrevivir a esta reunión?