Capítulo 5 Juliet
Me deslicé tras mi escritorio y agarré con mano temblorosa el borde de la madera clara, agradecida de que el resto del equipo de contabilidad aún no hubiera llegado; sin embargo, un rápido vistazo a mi reloj me indicó que la jornada laboral estaba a punto de empezar para el resto de la oficina.
—Contrólate —me susurré a mí misma.
No solo acababa de hacer el ridículo frente a mi nuevo jefe, el mismísimo CEO de la compañía, sino que él había visto la transmisión en directo de esta mañana.
Pensar que esa era su primera impresión de mí hacía que me ardieran las mejillas como si hubiera estado todo el día en la playa sin protección solar.
No solo eso, sino que el estómago se me revolvía de inquietud, esperando que este fuera mi primer y último día aquí.
Dudaba que, tras el pequeño espectáculo que accidentalmente le había dado a internet, fuera capaz de conservar mi puesto.
De todos modos, había sido demasiado bonito para ser verdad.
La oficina elegante, el sueldo más alto, el jefe al que resultaba difícil dejar de mirar por su mandíbula esculpida y sus ojos de un marrón profundo.
Probablemente fuera lo mejor. Suspiré y miré a mi alrededor, como si fuera la última vez que pondría un pie en un lugar tan lujoso.
Fue entonces cuando el resto del equipo de contabilidad entró por la puerta hablando de sus fines de semana y del día que les esperaba con la fusión.
Me quedé esperando a que alguno de ellos reaccionara al ver a la «chica de la ducha» sentada en su oficina, pero ninguno pareció reconocerme.
Solté un pequeño suspiro de alivio mientras empezaban con las presentaciones.
O no habían visto la transmisión en directo o estaban guardando silencio por respeto.
Sea como fuera, me sentí agradecida cuando cada uno se acercó a presentarse antes de empezar la jornada laboral.
Hubo una chica que me pilló por sorpresa, con su pelo oscuro y morado que le caía liso por la espalda y el destello de su pendiente en la nariz bajo las luces fluorescentes.
Se acercó con una sonrisa cálida que parecía contrastar con su aspecto rebelde.
No era exactamente lo que esperaba de una contable en este tipo de oficina, en uno de los rascacielos más exclusivos de la ciudad.
—¡Eres nueva! —dijo alegremente, poniendo la mano sobre mi escritorio mientras su manicura negra tamborileaba contra la madera.
—Sí, lo soy —asentí—. Juliet. —Le devolví la sonrisa.
—Sarah —respondió ella, echándose el pelo oscuro hacia atrás sobre el hombro—. ¿De dónde vienes?
—De una organización sin ánimo de lucro. Mucho más pequeña que esta —dije, sintiendo que el síndrome del impostor se apoderaba de mí.
—Lo harás genial —dijo Sarah con una sonrisa—. Aunque, con esta fusión, quién sabe qué hará el nuevo CEO...
—Me pregunto por qué decidió fusionarse con una organización sin ánimo de lucro... —dije pensativa, recordando cuando él estaba en el umbral de la puerta no hacía mucho. Intenté borrar de mi mente su sonrisa burlona.
—Regulaciones, seguro. Lo es todo para estos grandes CEOs. Cualquier cosa con tal de parecer santos —dijo Sarah poniendo los ojos en blanco.
—Tiene sentido. —Asentí, aunque una punzada en mi interior deseaba que realmente le importara el trabajo.
—¿Ya lo has conocido? —pregunté, mirando alrededor como si pudiera estar merodeando por la planta.
—Aún no. Creo que todo el mundo está con los nervios a flor de piel.
Asentí con preocupación.
—Deja que te enseñe la oficina —dijo dando unos golpecitos sonoros con los nudillos en el escritorio.
—Cl-claro —dije con vacilación, sin estar segura de querer cruzarme con el CEO ni con nadie más que pudiera haber visto el vídeo.
No obstante, sabía que no podía quedarme escondida en esta oficina para siempre.
Me levanté y me ajusté la americana antes de seguir a Sarah fuera de la oficina de Contabilidad hacia la planta principal.
Me presentó a unas cuantas personas más, me enseñó dónde estaba la sala de descanso y me señaló a unas pocas personas que ella consideraba «guais», según sus palabras.
Me sentí cómoda con ella. Tenía una naturalidad que parecía gustar a casi todo el mundo.
Definitivamente no era como los típicos contables estirados y calcula-números con los que había tenido contacto.
Cuando terminó el mini recorrido por la oficina, volvimos hacia la sección de Contabilidad y me sentí agradecida de no haber visto a Chester.
Según nuestro recorrido, él no trabajaba en esta planta y me sentí aliviada por el hecho de que su presencia no fuera a consumirme día tras día.
No estaba segura de ser capaz de trabajar en tanta proximidad sabiendo que me había visto desnuda y que una parte de mí quería verlo a él sin ese traje tan bien cortado.
—Así que Contabilidad, ¿eh? —le pregunté a Sarah, dejando que me venciera la curiosidad por conocerla más.
Ella se rió suavemente. —¿No doy el perfil? —preguntó, llevándose la mano al corazón fingiendo estar ofendida.
—Simplemente pareces mucho más guay que la mayoría de los contables —dije, agradecida de no haberla ofendido.
—Gracias —dijo con un seguro movimiento de melena mientras caminábamos—. La verdad es que estoy intentando ahorrar para ir a una escuela de cocina.
—¿Ah, sí? —pregunté sorprendida. Resultaba refrescante conocer a alguien que aún no tuviera su vida totalmente resuelta.
—Mhmm —asintió—. Me encanta cocinar. La repostería. Crear cosas. Cuando no estoy aquí, estoy en mi cocina experimentando y alimentando a mis amigos.
—Qué amigos más afortunados. —Le sonreí.
—Pásate cuando quieras —dijo mientras nos acercábamos a la puerta de nuestra oficina.
Al entrar, la sala se quedó en silencio y de repente sentí miradas sobre mí, como si acabáramos de interrumpir algo.
Se me revolvió el estómago de inquietud mientras me sentaba en mi escritorio; Sarah se sentó en el de mi izquierda.
Era esa sensación de cuando acabas de entrar en una habitación llena de gente que estaba hablando de ti, y recordé el vídeo que seguramente ya sería viral.
Miré alrededor de la sala y mis ojos se cruzaron con los de una mujer menuda de pelo negro azabache cortado al estilo pixie.
Se la veía muy elegante en su traje de lino gris, con su barbilla afilada en alto como si supiera lo bien que se veía.
Sus ojos verdes se apartaron rápidamente cuando me vio.
—¿Quién es esa? —le susurré a Sarah, señalando con la cabeza a la mujer que parecía haber empezado a odiarme ya.
Sarah gruñó por lo bajo. —Esa es Mia —dijo, recalcando el nombre con disgusto.
—Ah —respondí, como si eso contestara a mi pregunta.
—Ten cuidado con ella. Eso es todo —me advirtió Sarah.
Asentí y volví a mirar la pantalla de mi ordenador, recordando que seguía sin poder iniciar sesión.
Como si hubiera oído mi silencioso grito de socorro, mi nuevo jefe, Mike, entró con una gran sonrisa en la cara.
Reprimí una carcajada al pensar que había confundido a Chester con él cuando eran tan sumamente distintos.
El pelo de Mike clareaba por encima de sus gafas circulares y era mucho más amable que Chester.
Me alivió ver que era servicial, cálido y nada intimidante.
El resto del día transcurrió sin problemas.
Una vez pude entrar en mi equipo, la jornada pareció pasar volando.
Estábamos todos tan ocupados con todo lo que conllevaba la fusión que casi olvidé la transmisión en directo de esa mañana.
Cualquier distracción era bienvenida, pero algo sobre Mia hacía que aquello siguiera latente en un rincón de mi mente.
La forma en que me miraba de reojo me hacía retorcerme por dentro.
Ella tenía que saberlo. O eso, o no le gustaban las recién llegadas.
Hasta tal punto que juraría que me había hecho un agujero en el fondo del vaso de café cuando fui al baño.
Cuando volví a mi sitio, mi café color caramelo se filtraba por la base y se extendía por el escritorio, peligrosamente cerca del ordenador.
Lo limpié frenéticamente y, mientras lo hacía, la pillé sonriendo con suficiencia por el rabillo del ojo.
Me di cuenta de que tendría que vigilarla de cerca.
¿Cómo me había ganado una enemiga en mi primer día?
Al final de la jornada laboral, me dolía la cabeza de tanto número e información que conlleva un trabajo nuevo.
A las cuatro ya se me antojaba una copa de prosecco.
Aprovechando un momento de calma a última hora de la tarde, le escribí a Gabriella.
No sabía nada de ella desde esta mañana, así que o me estaba dejando trabajar por respeto o no había avanzado nada en su intento de borrar mi vídeo de internet.
Yo: Hola. ¿Tomamos algo esta noche? Me vendría bien después de hoy...
Gabriella: ¡Uy! ¿Es por el nuevo trabajo? ¿Es un asco?
Yo: No, en realidad está bien. Es solo que tengo historias que contar.
Gabriella: ¿Como cuáles?
Yo: Mi jefe CEO buenorro y una tipa que la tiene tomada conmigo.
Gabriella: Madre mía. Por mucho que necesite saber más, me voy al norte del estado con Chandler y Melodie.
Yo: Ohhh. Bueno, disfrutad. Os merecéis un tiempo en familia. Ya me pondrás al día cuando vuelvas.
Gabriella: Sin duda. Besos.
Dejé el móvil en el escritorio y me pasé una mano por el pelo, echándome hacia atrás en la silla. De verdad esperaba ver a mi mejor amiga esta noche, pero tenía a su adorable familia con quien estar. Los quería a todos, aunque a veces sentía una punzada de anhelo por lo que tenía Gabriella.
—¿Estás bien? —preguntó Sarah desde su sitio.
—Estoy bien. —Le hice un gesto restándole importancia, con una sonrisa de compromiso—. Solo esperaba salir esta noche, pero mi amiga está ocupada.
—¿Te va el mundillo de la música? Voy a ir a un concierto esta noche. Deberías venir.
—¿En serio? Claro. Me encantaría —dije asintiendo, sorprendiéndome a mí misma al aceptar. Normalmente no salía un día de diario, y menos cuando acababa de empezar un trabajo nuevo. Pero Sarah se estaba esforzando y sería agradable tener una amiga en el trabajo.
Sarah aplaudió emocionada. —Te paso la información ahora mismo por mensaje.
Sonreí y volví a coger el móvil para escribir a Sadie e invitarla también, pasándole el cartel con la hora y el lugar que Sarah me acababa de enviar.
Yo: ¿Estás libre esta noche?
Sadie: ¡Dios mío! Pues justo iba a ir a eso.
Yo: Espera. ¿En serio?
Sadie: Sí. A Jeremiah le gusta el que toca.
Yo: Vaya, no quiero entrometerme en vuestra cita.
Sadie: ¡Para nada! ¡Será divertido! Además, a mí tampoco me entusiasma tanto la música. Me vendrá bien que estés allí conmigo. ¡También vienen amigos de Jeremiah! Igual hay alguno soltero y guapo...
Yo: Frena. Voy con una amiga del trabajo.
Sadie: ¡Ya haciendo amigos!
Yo: Se intenta ☐
Sadie: ¡Nos vemos esta noche!
Dejé el móvil, agradecida por tener una noche con amigos por delante para desconectar después del día que llevaba.
Sinceramente, podría haber sido mucho peor, a pesar del comienzo mortificador del día con Chester.
De vez en cuando me sorprendía asomándome a la puerta de la oficina para ver si lo veía, pero nunca apareció.
Probablemente sería capaz de sentir su presencia, con el aire cargándose de tensión.
No necesitaba esa distracción. Seguramente fuera lo mejor.
Estiré los brazos por encima de la cabeza e incliné el cuello a cada lado para un estiramiento de media tarde.
La jornada laboral estaba terminando y solo tenía que terminar de procesar unos cuantos números de cuentas nuevas.
Mientras empezaba a escribir, oí una risita desde el otro lado de la sala que me puso en alerta.
Levanté la vista y vi a Mia inclinada sobre el escritorio de otro contable, susurrando y tapándose la boca con la mano para que no se la oyera ni se le pudieran leer los labios.
Tuve la sospecha de que lo que fuera que decía era sobre mí, pero intenté ignorarlo.
Entonces Mia se rio de nuevo, de forma más sonora y cruel esta vez, captando de nuevo mi atención.
El contable con el que hablaba no parecía compartir su humor y mantenía los labios apretados, con los ojos fijos en el ordenador que tenían delante.
Lo había conocido antes y era bastante amable.
Me alegró ver que no participaba en lo que fuera que Mia estuviera tramando.
No me fiaba de ella, y esa sensación se acentuó aún más cuando me pilló mirando y me saludó con la mano, moviendo los dedos mientras sonreía con sorna.
¿Qué problema tiene ella?
Unos minutos después, Sarah entró en la oficina con una taza de café recién hecho. La dejó con firmeza en mi escritorio y se sentó dándole la espalda a Mia. El vapor del café subía junto a ella y me di cuenta de que estaba molesta por algo.
—¿Qué pasa? —pregunté, inclinando la cabeza con curiosidad.
—Esa zorra de Mia está hablando mierda de ti. Te dije que no era de fiar. —Negó con la cabeza.
—Me lo imaginaba. Lleva todo el día susurrando y mirándome. Creo que también le hizo agujeros a mi taza de café.
—No me extrañaría nada de ella —dijo Sarah negando con la cabeza—. Es una pieza de cuidado. Eres nueva. ¿Qué le has hecho tú?
Me encogí de hombros, pensando que debía de haber visto el vídeo y estaba sacando sus propias conclusiones sobre mí para compartirlas con los demás. Se me cayó el alma a los pies.
—Bueno, no quiero causar problemas... —dijo Sarah, mirando sobre su hombro hacia Mia antes de volverse hacia mí—. Pero estoy por meterle una hostia.
No pude evitar reír. Sarah se estaba convirtiendo rápidamente en mi persona favorita de la oficina.
—No será necesario. —Levanté la mano—. Pero gracias por decírmelo.
Sarah se levantó de mi escritorio y se encogió de hombros.
—Faltaría más. Entre chicas tendríamos que ser mejores que eso... —Me lanzó una sonrisa y volvió a su sitio, dando un sorbo a su café y lanzándole a Mia una mirada asesina.