Capítulo 6 Chester
Después de que Will se marchara a su casa para caer redondo, dejándome a mí en pleno coma alimentario tras nuestro copioso desayuno, envié a un asociado júnior a por otro café para aguantar el resto del día.
Por supuesto, el muy pesado me trajo mal el pedido: una especie de café con leche de vainilla que estaba demasiado dulce.
¿Tan difícil era pedir un capuchino? Aquello no hizo más que irritarme aún más por el hecho de no tener asistente y tener que asignar ahora a un idiota de asociado júnior para que realizara las tareas más sencillas.
La idea de llamar a mi antigua asistente y ponerla de vuelta y media se me pasó por la cabeza varias veces.
Podría encargarme de que no volviera a trabajar jamás, pero hoy tenía demasiadas cosas pendientes como para ser tan rencoroso.
Me tragué la bebida empalagosa solo para meterle al menos algo de cafeína al cuerpo y consulté mi agenda del día.
Por suerte, mi antigua asistente tuvo la profesionalidad de programarlo todo antes de largarse durante una noche de desenfreno en el club.
Me presioné las sienes con los dedos mientras repasaba la jornada.
El teléfono de mi escritorio trilló y, en lugar de volver a contestar, arranqué el cable de la pared.
Hasta que no encontrara una nueva asistente, no volvería a responder a eso.
Tendría que encontrar una rápido. Lo ideal sería para mañana mismo, pero con mis particularidades, era poco probable.
Recordé lo que Will había dicho sobre contratar a Juliet como mi nueva asistente.
La idea era descabellada, pero intrigante al mismo tiempo.
Era contable, no asistente. Además, la había visto desnuda y quería volver a verla así, lo cual suponía un problema mayor que sus aptitudes profesionales.
Me reí para mis adentros, sacudiendo la cabeza por considerar siquiera la idea.
A Will le encantaba caldear el ambiente, incluso cuando había millones de sus propios dólares invertidos.
Pasé el resto de la tarde en mi despacho, familiarizándome mejor con la organización sin fines de lucro de la que me hacía cargo y ensayando mi pequeño discurso para la reunión de la junta que tendría lugar más tarde.
Todo el rato me venían a la mente destellos de la piel desnuda y húmeda de Juliet, lo que hacía que empezara a inventar excusas sobre por qué necesitaba bajar a la planta de contabilidad.
Si fuera mi asistente, no necesitaría excusas para verla.
Aparté el pensamiento de mi mente y seguí revisando el montón de papeleo sobre mi mesa.
Unos golpes sonaron en la puerta y levanté la vista para encontrarme con el mismo asociado júnior que había pifiado mi pedido de café. Parecía nervioso mientras zapateaba con ansiedad, como si fuera un niño jugando a disfrazarse de adulto.
—¿Sí? —pregunté con dureza.
—L-los jefes de departamento están en la sala de conferencias... —dijo, sonando más a pregunta que a afirmación.
Miré la hora. Maldita sea, ya eran las cuatro de la tarde.
Ni siquiera había almorzado, pues seguía saciado del desayuno.
Consulté mi calendario y, efectivamente, allí estaba la reunión resaltada en amarillo en la pantalla de mi ordenador; llegaba tarde.
Solté un juramento entre dientes. Me levanté de la mesa y pasé a grandes zancadas por delante del nervioso asociado hasta salir por la puerta.
Mi asistente siempre me avisaba con cinco minutos de antelación para cada reunión.
Quizá la llamaría y le dejaría ese mensaje de voz para decirle un par de cosas. ..
Crucé la oficina, plenamente consciente de que todos los ojos estaban puestos en mí.
Era la primera vez que asomaba la cabeza en todo el día.
No tenía tiempo para presentaciones ni para reconocer su existencia con un gesto.
Entré en la sala de conferencias con la barbilla bien alta, sin pedir disculpas por mi entrada tardía.
Yo era el CEO. No tenía por qué disculparme ni rendir cuentas ante nadie.
Ahora eran estas personas quienes me rendían cuentas a mí.
Todos en la sala parecieron erguirse un poco más.
Se oyeron algunas gargantas carraspeando nerviosas mientras yo me situaba a la cabecera de la larga mesa rectangular.
—Gracias a todos por venir hoy —dije, captando la atención de todos y apoyando las palmas de las manos sobre la mesa—.
Hoy es un día histórico en el que Brandfield Enterprises se fusiona con una de sus mayores organizaciones sin fines de lucro hasta la fecha.
Espero ver qué otros hitos podemos alcanzar juntos a través de esta adquisición.
La sala estaba en silencio, con ojos observándome atentamente. Decidí continuar para llenar el vacío.
—Con cualquier fusión, habrá un periodo de ajuste, pero tengo la vista puesta en llevarnos a lo más alto. Es lo que se me da bien. Pero aun así, quiero escuchar vuestras ideas sobre cómo hacer que este proceso sea lo más fluido posible.
No es que fuera a escucharlos de verdad, pero quería que creyeran que sus voces y pensamientos importaban.
Además, me daría una idea mejor de quién quería que se quedara y quién se iría.
¿Quién tenía agallas para hablar? ¿Quién intervenía con una idea estúpida?
¿Quién se quedaba callado sin aportar nada?
Todo importaba, pero ninguna de aquellas personas se daba cuenta de que las estaba evaluando.
Una hora más tarde, salí de la sala de conferencias con dolor de cabeza.
La mayoría de los jefes de departamento eran unos lerdos.
Me preguntaba cómo habían podido dirigir una empresa durante tanto tiempo con las ideas tan escasas que rondaban por sus cerebros.
Ya había redactado una lista mental de a quiénes despediría.
No podía tener a gente al mando que no compartiera mi misma visión, que era triunfar y hacerse asquerosamente rico, incluso con una organización sin fines de lucro como esta.
Supuse que podría empezar a recortar por arriba e ir bajando incluso hasta el personal de limpieza.
Aquellos viejos tenían dinero más que suficiente para sobrevivir de todos modos.
Eran ejecutivos con áticos y yates en los Hamptons.
Ellos no me preocupaban. Tampoco me preocupaban los que estaban en una posición mucho peor.
No me llamaban el «verdugo» por nada. Eliminar el lastre de una empresa era mi especialidad, y sin ese peso, cualquier compañía que yo adquiría llegaba a la cima.
Daría de margen a estos jefes de departamento hasta el viernes.
Despedirlos en mi primer día no daría buena imagen.
La prensa se pondría las botas, aunque les hiciera firmar acuerdos de confidencialidad a todos.
Estas cosas siempre acaban filtrándose, y necesitaba que la imagen de esta fusión fuera totalmente positiva.
Por eso mismo decidí salvar este barco a la deriva en primer lugar. Quedaría bien en los periódicos.
Chester Brandfield: un hombre caritativo.
De vuelta en mi despacho, me desplomé en la silla con un suspiro de cansancio.
Las fusiones al principio siempre eran agotadoras, pero al final valían la pena.
Así era como había hecho crecer tanto mi imperio.
Era como el Sr. Monopoly, comprando negocios por todo Nueva York como si fueran calderilla.
La mayoría realmente costaban eso para mi billetera, que no dejaba de crecer.
Durante la hora siguiente, empecé a elaborar mi lista de a quiénes iba a despedir, para entregársela a Recursos Humanos al final de la semana y que ellos gestionaran sus despidos e indemnizaciones.
Añadí también al asociado júnior a la lista.
Un capuchino y un café con leche de vainilla eran cosas muy distintas.
Si no era capaz de gestionar un pedido de café, no había duda de que no estaba capacitado para trabajar aquí.
Mi teléfono vibró sobre la mesa y lo cogí para ver un mensaje de Will:
No te vas a echar atrás, ¿verdad?
Mierda.
Miré la hora. Ya pasaban de las seis de la tarde.
Casi me había olvidado de su actuación. Miré por el gran ventanal que tenía a mis espaldas y me sorprendió ver que ya estaba oscuro, sin luna en el cielo, dejando que los edificios de la ciudad tuvieran la oportunidad de brillar contra el firmamento negro como la tinta.
Me froté la cara con las palmas de las manos, mentalmente agotado por un día que parecía habérseme escapado de las manos.
La reunión de la junta debió de durar mucho más de lo que esperaba.
En cuanto un idiota decidía exponer sus teorías, parecía producirse un efecto bola de nieve con más lerdos pensando que sus ideas eran lo más innovador del mundo.
Poco sabían que cuanto más hablaban, más peligraba su puesto.
Sinceramente, lo último que me apetecía era ir a un club, por muy pequeño que Will prometiera que sería, pero había dicho que iría. Además, quizá un bourbon y algo de música en directo no vendrían tan mal. Serviría para ahogar el largo día que había pasado aquí en la oficina.
Yo: Por supuesto que no. Voy de camino.
Gruñí mientras me obligaba a levantarme de mi cómodo sillón de cuero.
Estiré el cuello de lado a lado, escuchando una serie de crujidos mientras caminaba hacia el juego de puertas dobles de madera situadas a la izquierda de mi despacho.
Las abrí y las luces del techo se encendieron al entrar en mi vestidor.
Construir un vestidor en cada una de mis oficinas era un pequeño lujo que disfrutaba para días como este, cuando necesitaba cambiarme sin tener que ir a casa.
La mayoría decía que era innecesario, pero la mayoría no tenía mi dinero.
Se sorprenderían de lo que comprarían si tuvieran esa clase de fortuna.
Deslicé las manos por los estantes negros brillantes y me dirigí al perchero central.
Tres trajes colgaban en fila, junto a mi ropa de gimnasio.
Maldecí al darme cuenta de que no tenía unos vaqueros ni una camisa informal.
Me anoté mentalmente añadir eso al vestuario antes de descolgar del perchero el traje gris marengo.
Era el más informal de los tres, a pesar de que costaba tanto como un coche.
O era eso o unos pantalones cortos negros de gimnasia y una camiseta de tirantes.
Quitándome el traje azul marino, lo metí en una bolsa de tintorería y me puse el traje gris marengo.
Lo combiné con una camisa blanca de botones y opté por no llevar corbata.
Will me seguiría dando la tabarra por aparecer en su actuación de traje, pero era lo mejor que podía hacer.
Además, prefería pasarme de elegante a quedarme corto.
Cogí mi colonia y me rocié el cuello y las muñecas, antes de pasarme un poco de pomada por el pelo frente al pequeño espejo arqueado del tocador del vestidor.
Tras salir del vestidor, cerré las puertas tras de mí y abandoné mi despacho.
La planta estaba vacía, todos se habían marchado ya.
Me di cuenta de que probablemente no había causado la mejor impresión como CEO al haberme quedado casi todo el tiempo encerrado en mi despacho.
Supuse que mañana podría esforzarme un poco más, aunque solo fuera por las apariencias.
Hablando de apariencias, pensé en Juliet y en cómo había llegado mucho antes que todos los demás en contabilidad para causar una buena primera impresión.
Se me ocurrió que, tal vez para continuar con esa buena impresión, se habría quedado hasta tarde.
Entré en el ascensor y pulsé el botón de la planta de contabilidad, a pesar de que no se me había ocurrido ninguna excusa para justificar mi presencia allí.
Las puertas doradas se abrieron y salí a la planta, decepcionado al ver la puerta de la oficina de contabilidad cerrada y las luces apagadas a través de la ventana.
Se había ido. Eso, o había dimitido tras mi mención casual a su transmisión en directo.
Quizá me había pasado un poco con aquel comentario.
El hecho de que su ausencia me decepcionara me carcomía mientras volvía al ascensor para bajar al vestíbulo.
Sería una lástima que hubiera dimitido. Apenas estaba empezando a divertirme con ella.
Fuera, junto a la acera, mi limusina me estaba esperando. Mi chófer me vio y rodeó rápidamente el coche para abrirme la puerta. Una vez acomodado, me miró expectante por el espejo retrovisor.
—¿A casa, señor? —preguntó Jenkins.
—Esta noche no —sacudí la cabeza—. Ve hacia Webster Hall —dije, comprobando de nuevo la dirección en el mensaje que Will me había enviado antes.
Mi chófer me hizo un gesto con la gorra y arrancó el coche lentamente para incorporarse al tráfico de la tarde.
Me recosté en el asiento y cerré los ojos, deseando haber tenido tiempo para una siesta o para otro capuchino.
Mi teléfono vibró en mi bolsillo y lo saqué de la chaqueta para ver una videollamada entrante de Will.
Pulsé el botón verde y su cara apareció en mi pantalla.
Costaba verle debido a la oscura iluminación del local.
—Tío. ¿Dónde estás? —preguntó, mirándome como intentando adivinar mi ubicación.
—Estoy en el coche. Voy de camino —dije, intentando no sonar molesto.
—El local ya se está llenando. El telonero está a punto de salir.
—¿Y? Tengo tiempo. No me importa el telonero.
Él puso los ojos en blanco. —Ah. Vamos, hombre. Son buenos.
El sonido de una caja de batería resonó con fuerza a lo lejos, haciéndome hacer una mueca de dolor.
—Oh, sí. Suenan realmente bien —dije con sarcasmo—. Estaré allí pronto.
Colgué antes de tener que escuchar más de aquel estruendo. Al menos Will era bueno. Su música era melódica, mucho más de mi estilo. Me incliné hacia delante y llamé a mi chófer: —Voy a necesitar que pises el acelerador, Jenkins.