Tentación Irresistible (Confesiones de bebés nº 7) Capítulo 4 Chester
11%

Capítulo 4 Chester

Al cerrar la puerta del despacho tras de mí, luché por reprimir una sonrisa que pugnaba por asomar a mis labios.

Con las mismas ganas deseaba escapar de mi garganta la carcajada al dejar a una estupefacta Juliet a solas en su escritorio.

La expresión de su cara no habría tenido precio cuando le insinué que su nuevo jefe la había visto completamente desnuda esta mañana.

Y por nuevo jefe, no me refería a Mike, por quien ella me confundió de forma irritante.

¿Acaso tenía yo pinta de jefe de contabilidad?

Casi podía imaginarme su incipiente calvicie y sus gafas doradas de montura fina. Pero ahora ya lo sabía.

Ya me había parecido sexy en mi teléfono, con las piernas abiertas ante los ojos de todo el mundo, pero me sorprendió ver que era igual de sexy totalmente vestida.

Esa falda de color crema se ceñía a sus caderas y a su trasero como un guante, y la americana a juego tenía un corte tal que quedaba lo bastante abierta como para dejarme ver el generoso escote sobre la blusa blanca que llevaba debajo.

Resultaba casi injusto que yo ya supiera lo perfectos que eran sus pechos, y tenerlos cubiertos por capas de ropa era una tentación tortuosa.

Y por si los recuerdos de su cuerpo húmedo y brillante no fueran suficientes para ponerme duro como una roca, su rostro no hacía más que aumentar su atractivo.

Sus ojos de un azul gélido destacaban aún más gracias a su cabello rubio pálido, que caía en rizos sueltos por su espalda.

El pequeño lunar justo encima de sus labios rosados era la guinda del pastel, y me costó un mundo apartar la mirada de su boca allí atrás.

Su atractivo iba a suponer un problema, sobre todo porque ya sabía qué aspecto tenía desnuda.

Quería ver más, y ese deseo era una distracción inoportuna para el comienzo de mi jornada.

Entré en el ascensor y pulsé el botón de unos pisos más arriba, donde estaba mi despacho, y el mero hecho de salir del piso diecisiete y alejarme de esa distracción rubia me hizo respirar un poco mejor. Tenía la cabeza un poco más despejada.

Un poco.

Entré en mi despacho esperando encontrar allí a mi asistente, ya que pasaban de las siete, pero lo encontré vacío.

Frustrado, solté un suspiro y me pasé una mano por el pelo mientras escudriñaba el resto de la planta en busca de alguna señal de ella.

Pero ella, al igual que el resto de la oficina, se estaba tomando su tiempo para llegar.

De acuerdo, su hora de entrada no era hasta las ocho, pero mi asistente entraba antes para poder ayudarme a preparar el día.

Revisar nuestros calendarios compartidos de reuniones y citas, tareas y una lista de pendientes que parecía crecer por días, sin importar cuánto tachara de ella. Y hoy, precisamente hoy, la necesitaba.

Me senté a mi escritorio con un gruñido y cogí el teléfono, marcando el número de mi asistente con una fuerza irritada que hizo que los botones chasquearan ruidosamente.

El teléfono sonó y sonó, y finalmente saltó su buzón de voz.

Colgué apresuradamente y puse los ojos en blanco.

Realmente uno no podía confiar en nadie más que en sí mismo.

Mi teléfono me parpadeó con un resplandor rojo, indicando que había mensajes por escuchar, algo de lo que solía encargarse mi asistente.

Ella filtraba las llamadas para descartar las tonterías y me entregaba lo que realmente importaba en un bloc de notas.

Tendría que revisar los mensajes yo mismo, pero mientras probaba varias contraseñas y recibía como respuesta un pitido estridente que me denegaba el acceso, sentí que mi paciencia se agotaba.

Finalmente, probé una última contraseña y me encontré con quince mensajes.

Gemí. La jornada laboral ni siquiera había empezado.

Fui borrando la mitad, que eran bien teleoperadores o gente lanzando ideas de negocio y buscando un inversor, como si yo tuviera tiempo para ayudar a alguien con su empresa emergente y sus ideas idiotas.

Finalmente, escuché una voz familiar al otro lado de la línea.

Era mi asistente, y me informaba de que renunciaba.

Reproduje el mensaje de nuevo, incrédulo, y luego comprobé la hora a la que lo había dejado.

Habían sido las tres de la mañana, con el sonido atronador de música tecno sonando detrás de sus palabras balbuceantes.

Qué profesional, menudo dolor de cabeza.

Estampé el teléfono y solté un juramento en voz alta.

Respirando hondo, me aflojé un poco la corbata porque sentía que empezaba a asfixiarme.

Sabía que no era la corbata. Era el estrés.

Hoy me hacía cargo de toda una empresa sin mi mano derecha, y había una mujer que había inundado todo este edificio con una tensión sexual que me tenía atenazado por mucho que intentara ignorarla.

En ese momento, sonaron unos golpes en la puerta y casi esperaba que mi ahora exasistente estuviera allí plantada, con resaca y el rímel corrido, suplicando que le devolviera el trabajo.

Pero no. Para mi sorpresa, era Will. Estaba apoyado en el marco de la puerta con una camiseta de béisbol y unos vaqueros oscuros y desgastados.

Su sombra de barba de varios días confirmaba que había estado fuera toda la noche, y probablemente la anterior también.

—¿Qué demonios haces aquí? —pregunté, y mi estado de ánimo se aligeró de inmediato.

—He pensado en pasarme antes que el resto de la oficina. De todas formas no podía dormir. Todavía tengo el subidón de anoche. —Sonrió mientras entraba, dejó la funda de su guitarra y se puso cómodo en el mullido sillón de tweed frente a mi escritorio.

—Acabo de hablar contigo, lo sabes, ¿no? —dije, arqueando una ceja, aunque me alegraba de su compañía.

—Lo sé, lo sé. Me pillaba de camino a casa.

—Me restó importancia con una sonrisa fácil, recostándose en el sillón.

Cómo seguía despierto después de una noche de música y desenfreno era algo que no lograba comprender.

Miró alrededor de la habitación, apartándose el pelo oscuro de los ojos, con una ligera expresión de confusión en el rostro.

—¿Dónde está tu asistente? —preguntó, volviendo a mirarme expectante.

—¿Es por eso por lo que estás aquí? —Me reí entre dientes, atando cabos. A Will le costaba mucho resistirse a una cara bonita.

—¿Es que un tipo no puede visitar a su mejor amigo en el trabajo? —preguntó, fingiendo una expresión de dolor.

—Mjum. Claro. Siento decepcionarte, pero ha dejado el trabajo —mascullé.

—Cansada de los madrugones y de las exigencias de su jefe capullo, supongo —se burló Will con una sonrisa pícara.

Le hice un gesto obsceno y me repantingué en mi silla.

—Eso o que tiene veintitrés años y está disfrutando de la fiesta de Nueva York... —dije, llevándome los dedos al puente de la nariz.

—Joder. Pensaba que tenía al menos veintisiete —dijo Will asombrado, frotándose la barba de las mejillas.

—Tenga la edad que tenga, me ha fastidiado pero bien.

—No es el mejor día para salir corriendo, ¿eh? ¿Necesitas algo? No me queda mal la falda de tubo —dijo Will.

Le resté importancia con la mano, enderezándome en la silla como para dejar de compadecerme de mí mismo. Había lidiado con cosas mucho peores. Era un director ejecutivo multimillonario, por el amor de Dios. Podía navegar por el mundo de los negocios con los malditos ojos cerrados.

—No. Estoy bien. Gracias. Aunque la idea de verte con vestido me tiene entre intrigado y asqueado.

Will soltó una carcajada mientras me pestañeaba con coquetería.

—¿Qué tal si sales esta noche? —ofreció, con los ojos brillándole ligeramente.

—¿Qué tienes en mente? —pregunté con curiosidad.

—Tengo otro bolo esta noche. Es en un club del Upper Manhattan.

—No sé... —dije, sacudiendo la cabeza. No me entusiasmaba mucho la idea de salir un lunes por la noche, y menos con una multitud de extraños, recibiendo empujones mientras se balanceaban al ritmo de la música.

—Venga, tío. Suéltate la melena de vez en cuando. Te vendría bien. Un poco de bourbon. Música de la buena de mi parte...

Puse los ojos en blanco.

—Es un sitio pequeño. Íntimo, de verdad. Puedes quedarte en el camerino —continuó Will, decidido a convencerme de que fuera.

—Vale. Vale. —Levanté las manos en señal de rendición—. Iré.

Will se dio una palmada sonora en la rodilla y se inclinó hacia delante en su silla con una sonrisa de victoria. —¡Así se habla!

—Deja que lo apunte en mi calendario.

Will se mofó ligeramente y le lancé una mirada.

Le resultaba divertido que programara cada detalle de mi vida, desde mis entrenamientos hasta la hora de cenar.

Deslicé el dedo por mi teléfono y lo primero que apareció en la pantalla fue el perfil de Juliet que había estado mirando antes.

Will, que nunca perdía la oportunidad de curiosear, ni de contemplar a una mujer despampanante, se animó.

—¿Quién es esa? —preguntó.

—Una chica que estaba transmitiendo en directo esta mañana... —dije con indiferencia—. Desnuda —añadí con una sonrisa tensa.

—Vaya. ¿Cómo? —preguntó Will, con la curiosidad aún más despierta.

—Creo que fue por accidente, pero sí, se estaba duchando y me llevé una buena impresión.

—¿Cómo demonios tienes tanta suerte? —preguntó Will, sacudiendo la cabeza.

—Simplemente me topé con ello. —Me encogí de hombros.

Will negó con la cabeza, estupefacto, antes de pasarse una mano por su desordenado cabello. —Eres un hijo de puta con suerte, ¿lo sabes? —Se rió.

—Ya... el caso es que... —comencé, pensando en que Juliet estaba solo unos pisos por debajo de nosotros en este mismo momento.

—¿Qué? —preguntó Will, inclinándose intrigado.

—Resulta que trabaja aquí.

—Espera. ¿Qué? —preguntó con los ojos como platos.

—Sí. Lo descubrí cuando busqué su perfil esta mañana. Se llama Juliet.

—¿En qué mundo...? —dijo Will con incredulidad.

—Le he hecho una visitilla esta mañana.

—¿Está aquí? ¿Ahora? —Sus ojos casi se le salieron de las órbitas.

—Sí. Supongo que quería causar una buena impresión.

—Vaya si la ha causado. —Will se rió entre dientes.

Me reí con él. —Es un diez, tío. Vestida. Desvestida. Nunca había visto a una contable con ese aspecto.

—¿Le has dicho que la has sintonizado esta mañana?

—No directamente, pero ha sido divertido verla retorcerse mientras yo daba rodeos sobre el tema.

—¿Y qué vas a hacer?

—¿Sobre qué?

—Sobre tener a una bailarina de directos desnuda trabajando en tu empresa... —respondió Will, recostándose en su silla y estudiándome—. Puede que no sea la mejor imagen para tu primer día al mando.

Lo reflexioné por un segundo. Ni siquiera había pensado en eso.

Lo que mis empleados hagan en su tiempo libre es asunto suyo.

Por otro lado, lo que hacían también era un reflejo de mí.

De mi imperio. Hubo alrededor de un cuarto de millón de personas que lo vieron, y probablemente más ahora que el vídeo andaría circulando por internet en algún lugar. Aun así, había sido un accidente...

—No lo sé —reflexioné, pasándome un dedo por debajo de la barbilla mientras repasaba los diferentes escenarios—. No me gusta mucho despedir gente en mi primer día...

Una mentira descarada.

—Oh, claaaaro —dijo Will con sarcasmo—. No te llaman el «verdugo» por nada.

Le lancé una mirada, ante la cual él levantó las manos a la defensiva.

—Tú decides —dijo—. Oye, ¿tienes tiempo para desayunar antes de que empiece la locura? Estoy hambriento.

Miré la hora en mi móvil. —Podríamos pedir algo —sugerí. No quería dejar la oficina cuando se suponía que el resto de los empleados llegarían en menos de una hora.

Cogí mi teléfono y llamé al sitio de desayunos de la esquina, pidiendo huevos revueltos, beicon, panecillos con salsa y una ración de tortitas.

En cuanto colgué, el teléfono sonó ruidosamente.

Lo miré como si fuera algún tipo de objeto extraño, y Will observaba divertido mientras yo me debatía entre responder o no.

Era tan poco profesional que un CEO de una compañía importante —compañías— respondiera a su propio teléfono.

—Brandfield Enterprises —respondí con el murmullo más animado que pude fingir.

Suspiré con frustración cuando un teleoperador empezó a venderme internet más rápido.

Colgué sin decir palabra, pero el teléfono volvió a sonar.

Lo cogí con más premura esta vez, ladrando «Brandfield Enterprises» al micrófono.

Will reprimió una carcajada. Quienquiera que estuviera al otro lado de la línea debió de espantarse con mi saludo, ya que colgó casi de inmediato.

Suspiré y volví a dejar el teléfono sobre la mesa, esperando que se quedara en silencio.

—No creo que responder teléfonos sea tu fuerte —dijo Will, conteniendo una sonrisa.

—No es mi trabajo —dije tajantemente.

—Parece que vas a tener que contratar a un nuevo asistente. Y rápido.

Me presioné las sienes. Pasar por entrevistas y currículos era lo último para lo que tenía tiempo hoy, ni ningún otro día.

Podría delegarlo en Recursos Humanos, pero casi nunca acertaban.

Al menos no cuando se trataba de encontrarme un asistente.

Soy muy particular con respecto a quién trabaja para mí.

Tienen que estar a la altura del desafío.

Está claro que fallaron con esta última asistente. Y con la anterior...

—¿Conoces a alguien? —pregunté desesperado.

—¿Que te aguante a ti? —preguntó Will con una risita.

Le hice el segundo gesto obsceno del día. Un récord, teniendo en cuenta que aún no eran las ocho de la mañana.

—Oye, tengo una idea... —dijo, con una sonrisa pícara extendiéndose lentamente por sus labios.

—¿Cuál? —pregunté, sin estar seguro de querer oír lo que su mente había tramado.

—Podrías contratar a esa chica, Juliet, para que sea tu asistente.