Capítulo 55
Al salir del despacho del arquitecto con quien Daniel concretó una cita para Jessica, me fijo en que tengo algunos mensajes de Zeus y lo llamo.
—Hola, ¿qué tal el día?
Escucho cómo suelta una gran cantidad de aire antes de hablar.
—Por fin puedo hablar contigo. El mío, bien; y el tuyo, entretenido, parece.
Sonrío como una tonta y estrecho el móvil contra mi oreja.
—Sí, ya sabes cómo es Jess. Además de indecisa es exigente.
—Oye, honey —dice de pronto.
—¿Sí? —inquiero un tanto inquieta, aunque no sé por qué. ¿Querrá decirme algo sobre el tema? Ya ha pasado toda la semana y no hemos hablado de eso.
—Al salir del trabajo, no iré a casa. Necesito... —Alzo las cejas por su nuevo silencio—. Necesito arreglar unos asuntos.
De repente, me siento incómoda. Otra vez apartándome con sus secretos.
—Está bien. Espero que no sea nada importante ⸺comento sin ahondar en el asunto.
—No, está todo bien. No te preocupes.
Río con ironía y separo un poco el teléfono para mirar desilusionada la pantalla.
—Ya, ¿por qué debería hacerlo? Si tú eres tan transparente conmigo, ¿verdad? Confío tanto en ti...
Zeus maldice al otro lado de la línea.
—Cielo, entiéndeme. Estoy intentando arreglar las cosas antes de contártelo todo.
—Claro, Zeus, te entiendo, como siempre. ¿Pero me entiendes tú a mí alguna maldita vez? —Me cuesta horrores no alzar demasiado la voz.
— Honey , me mata que te pongas así. No puedo soportar que tú me odies.
Me duelen sus palabras, no estoy así por odiarlo precisamente.
—Sabes que no lo hago, pero...
—Soy un capullo, un imbécil, un estúpido, un...
—Vale, vale —digo entre risas—. No eres nada de eso, lo sabes. Bueno, a veces sí, pero no siempre.
Zeus suelta una risa que me llega a lo más profundo, siento mi estómago encogerse y tomo aire.
—De verdad que voy a ser sincero y por eso necesito aclarar antes unos asuntos. ¿Tú estás bien?
—¿Qué? ¿Yo? Perfectamente, ¿por qué?
—Solo quería saber cómo está mi chica. —Transcurren unos segundos de silencio en los que desearía estar con él y besarlo—. Nos vemos luego, ¿vale? Pásalo bien y pórtate mejor.
Me lo imagino guiñándome el ojo antes de besarme y se me revolucionan las mariposas del estómago. Suspiro y me despido.
Media hora después, Jess y yo pagamos nuestras bebidas y nos levantamos.
Tras visitar varias tiendas, donde Jessica se compra ropa para su viaje de prácticas, nos detenemos en mitad de la calle con los brazos entrelazados, nos miramos y nos reímos como en una típica escena de amigas de una película antigua, mientras la gente nos esquiva para no chocar con nosotras.
—Jamás hubiera querido hacer esto con nadie más —dice sincera. La miro con cariño y asiento.
—Nunca hubiera elegido una acompañante que no fueras tú.
Felices por estar juntas en Manhattan, viviendo un sueño, empezamos a caminar hasta que Jess vuelve a detenernos.
—¿Hacemos algo de turismo? Desde que hemos llegado apenas hemos visto nada.
—Llevas razón. Entre el trabajo y la operación no he tenido un rato de tranquilidad, y pronto tengo otra sesión de fotos. Si alguien supiera todo lo que hemos vivido, no se creería que llevamos apenas dos meses aquí.
Jessica suelta una carcajada y, emocionada, me zarandea por el brazo.
—¡Voy a tener mi propio restaurante! ¡Y con el hombre que quiero!
Río por su felicidad, contenta porque sea dichosa y, al fin, vaya a cumplir su sueño. Voy a decirle algo, pero vuelve a interrumpirme con un grito que hace que algunas personas nos miren.
—¡Ya sé qué vamos a ver!
—¿Qué tienes pensado?
—Es una sorpresa. Ya lo verás cuando lleguemos. —Mira su teléfono, luego a mí y junta sus dientes con la boca abierta, aspirando hacia adentro—. Si no nos perdemos, claro.
Suelto una risa y, segundos después, empiezo a caminar siguiendo su ritmo mientras continúo agarrada a su brazo, hasta que paramos a un taxi.
—¿Dónde os llevo? —pregunta el conductor cuando hemos subido.
Jessica, que no quiere desvelar el destino, le pide que no lo diga en voz alta y le muestra la pantalla. El señor asiente con una sonrisa y se pone en marcha.
El tráfico sigue maravillándome. Aunque tiene que ser un coñazo para quien conduzca, me gusta estar dentro del denso ajetreo neoyorquino del que siempre he leído o escuchado hablar en el cine o en mis series favoritas.
El ruido de los vehículos, los cláxones, el aire al abrir la ventana...
Aspiro y suspiro. Me encanta mi nueva vida.
Tardamos casi cincuenta minutos en llegar al lugar al que Jess quiere llevarme. Al salir del taxi, miro a mi alrededor. Estamos en medio de una calle llena de gente y edificios altos. No tengo ni idea de dónde me ha traído, pero no me importa, solo espero que no nos perdamos.
—Vamos, solo hay que caminar unos minutos y lo veremos.
—¿Pero el qué? ¡Dímelo!
—Solo espera un momento, estamos al llegar.
Voy a quejarme cuando agarra mi mano y empezamos a sortear a la gente. Miro a mi alrededor y me sorprende ver a tantas personas, ¿qué ocurre? Camino a trompicones entre la multitud, siguiendo a mi amiga, con los ojos bien abiertos ante el entusiasmo de todo el mundo.
Al llegar al que parece el tope, tengo que admitir que sigo confusa. O hay demasiada gente o quizá es que no estoy acostumbrada a estar entre tanta. Sigo absorta en la tarea de buscar una respuesta mientras me empino con la punta de mis pies, hasta que escucho a mi amiga gritar.
—¿¡No es alucinanteeeeee!?
Jess está mirándome con una sonrisa enorme y señalando con su pulgar detrás de ella. Sigo con la mirada su indicación y levanto las cejas ante mi sorpresa.
¡Estoy a-lu-ci-nan-do! Tengo delante el enorme toro de Wall Street.
—¡No me lo puedo creer! —Miro la estatua de bronce, la verdad es que es intimidante en persona.
La gente se acerca a ella para hacerse fotos.
Sé un poco sobre la historia, aunque no mucho más de lo típico.
Simboliza fuerza y poder. He escuchado y leído que, si tocas los testículos de la estatua, te traerá prosperidad financiera.
Claro, ¡no le toques sus partes bajas y te olvides después de hacer la foto para inmortalizar el momento!
Es una leyenda tan conocida y se ha extendido tanto que es una zona turística.
Jessica y yo nos detenemos cerca del toro, después de esperar bastante, y ella saca su teléfono. Como en principio solo íbamos a ver los planos de su restaurante, no he traído mi cámara de fotos y tendremos que conformarnos con los móviles. Me da algo de rabia, pero también servirá.
—Toma. Primero hazme una foto tocándole los huevos al toro. Después, nos la hacemos las dos y, por último, tú sola.
—En serio, Jessica, cuando quieres eres muy fina y delicada.
Las dos nos reímos por mi ironía. Luego, Jessica se agacha en la parte trasera del toro, pone la mano en posición de estar cogiendo ambos testículos y abre la boca como si mordiera el culo del toro. De verdad...
Entre risas, nos fotografiamos varias veces, incluso nos hacemos varios selfies y le pedimos alguna que otra foto a la gente que está por aquí.
Al rato, cansadas de tanto toro, nos vamos a dar un paseo para aprovechar y visitar la zona.
No hace falta aclarar que es preciosa. Todo tan alto, tan vivo, tan loco y libre que me pregunto cómo no he podido vivir aquí antes.
Unas horas después, decidimos volver a Manhattan y cenar por algún restaurante. Sobre las doce de la noche, pedimos otro taxi que la deja a ella en el edificio en el que vivíamos juntas y, después, me lleva a mí a casa de Zeus.
Durante el trayecto le he estado dando vueltas a cómo he acabado viviendo con él y a cómo he dejado que su encanto me haga perder tanto la cabeza como para apartar todo a un lado.
Yo no soy así, no dejo nada atrás, y mucho menos a las personas que me importan y a la fotografía.
Y mientras yo lo dejo todo, él sigue ocultándome cosas, pasándose por el forro lo que hablamos estos últimos días y, para colmo, dejándome sola en su casa hasta que arregle unos asuntos.
¿Es que estoy mal de la cabeza o qué? Tengo que reconducir mi vida e ideas si quiero volver a ser la misma de siempre.
La Ava peleona de la que se han quejado siempre mis amigos, la Ava que no dejaba que nadie la torease, la misma que cogía al toro por los cuernos...
Bueno, en conclusión, tengo que espabilar.