Capítulo 54
Llevo muchos días buscando una solución para no tener que casarme con Crystal y siento cómo el tiempo se va acabando entre Ava y yo.
Me pidió una semana y ya estamos a viernes.
Sé que, conociéndola, me dejará si no le doy explicaciones.
Pero esta mañana, cuando Gustavo, uno de mis abogados, me llamó, me jodió las esperanzas.
Tengo que casarme. Y no solo eso, también debo poner el hospital a medias en el contrato matrimonial. Es la única opción para que Donald salga de en medio; al parecer, le ha dicho a mi abogado que solo se apartará si su hija es dueña del cincuenta por ciento.
Llamo de nuevo a Gustavo para confirmar lo que me ha explicado hace un rato.
—Es la única solución —me asegura.
—¡Pero cómo va a poder ser! ¿No hay otra alternativa? No quiero que tenga nada.
—Lo sé, Zeus. Pero no puedo falsificar el contrato matrimonial como me has pedido. O aceptan el dinero que les ofreces o esa es la solución.
Me quito el teléfono de la oreja, cabreado. Si sigo escuchándolo, la vamos a tener. Lo conozco desde que cumplí la mayoría de edad, jamás ha habido problemas para que haga su trabajo y ¿ahora me viene con esto?
Me masajeo la sien, necesito encontrar otra solución. No puedo casarme con Crystal cediendo a que conserve su parte del Vitality Memorial. Mis padres han trabajado muy duro para que fuera el gran hospital que es hoy, se han dejado la piel en él. La mitad es mucho, no deben tener nada.
—Encontraré otra opción y te llamaré. Avísame si tienes algo nuevo.
—De acuerdo.
Y la llamada termina. Pero vuelvo a marcar, esta vez llamando a otro de mis abogados, uno que lleva toda la vida en la familia, y le pido que estudie a Donald a fondo.
Ese hijo de puta ha tenido que hacer algo que, si sale a la luz, mancillará su nombre.
De haberlo, sabré qué hacer para que se quite de en medio.
Estoy tan cansado como si llevase días sin dormir, siento las piernas cansadas, lentas, y mi cerebro está agotado. Necesito distraerme un segundo, dejar de pensar, de organizar y de solucionar. Cojo el teléfono de nuevo.
—Ey, colega. —La voz de Dan suena ahogada por algún ruido que no consigo descifrar.
—¿Estás ocupado esta noche?
—Me encanta cuando me lo pregunta Jess con su tono de gatita, pero en ti no suena tan bien. —Lo que tengo que aguantar... Gruño y él suspira—. Sí, estoy libre.
Cierro los ojos. Dan siempre está ahí. Da igual el pasado, lo duras que se pongan las cosas o lo feo que parezca lo que se avecina. Él siempre está.
—Tengo la cabeza hecha un caos, no puedo dejar de pensar en la boda —empiezo contándole—. Necesito que Donald salga de la ecuación y contarle a Ava toda mi mierda.
—Eso quiere decir que esta noche toca whisky .
Suelto una risa, con Dan siempre me siento liberado. Es lo más parecido a un hermano.
—No me vendrá mal.
—No se hable más. Esta noche te hago la cena y te enciendo unas velitas.
—Vete a la mierda —digo riendo y miro el reloj—. Tío, tengo una operación. Nos vemos luego.
De camino al quirófano saludo a algunos compañeros y pacientes que se alegran de verme. En la sala de preparación, me encuentro a Arizona, una cirujana traumatóloga de lo mejor que hay en el Vitality.
—¿Estás listo? —pregunta con una sonrisa mientras se recoge bien el pelo para luego ponerse el gorro.
—¿Cuándo no lo estoy?
Tras devolverle el gesto, la dejo pasar y, luego, lo hago yo. Hago cada paso, uno a uno, tanto de higiene como de vestimenta.
Pienso en la operación que estamos a punto de realizar.
Me encanta mi trabajo, me hice cirujano ortopédico por mi padre, él hizo que amase su profesión y nada me enorgullece más que hacer mi labor y seguir su camino.
Jamás me tiembla la mano, sean cuales sean las características de la intervención.
La única vez que me puse nervioso dentro del campo de la Medicina fue el primer día que mi madre recibió quimioterapia.
El proceso, la noticia, los llantos, la sensación de ahogo...
fue todo muy duro. Y lo sigue siendo, aunque ella ya no esté.
Aún recuerdo cada día de su tratamiento como si reviviera cada momento de nuevo. Cómo lloraba, vomitaba, dejaba de comer... cómo se apagó. Mi madre luchó como una auténtica guerrera hasta el último día de su vida, como jamás pensé que alguien pudiera hacerlo.
—O’Donnell, es la hora.
Miro al enfermero y asiento, saliendo de mi estupor.
Me coloco los guantes y lo sigo hasta la sala.
En la camilla hay una chica de menos de veinte años muy tranquila.
Me acerco a ella, observo la zona donde vamos a proceder a la operación y doy el visto bueno para que puedan anestesiarla. Unos minutos después, empezamos.
***
—Qué puta locura —exclama el enfermero en prácticas que lleva menos de un mes con nosotros y lo miro con una sonrisa, recordando las mías.
—Sí, ha sido una locura, pero intenta contener esa efusividad cuando hablemos con los familiares.
—Sí, sí, lo sé. Por eso dejo salir la adrenalina ahora.
Dos compañeros más, que nos siguen los pasos, sueltan una carcajada y se unen a la conversación mientras salimos a la sala de espera. Allí vemos a dos mujeres de más o menos la misma edad, a un joven y a una anciana. Esta última se levanta al vernos y se acerca a nosotros, cogiéndome las manos.
—¿Cómo ha salido todo? ¿Ha sobrevivido mi niñita?
Abro los ojos, sorprendido por la pregunta, y estoy a punto de decir algo, pero una de las mujeres también se acerca.
—¡Mamá! No seas exagerada. —Ella pone los ojos en blanco y, después de mirarnos uno a uno, vuelve a hablar—. Disculpadla, solo tiene una nieta. ¿Cuándo podremos ir a ver a nuestra hija?
La otra mujer le pasa un brazo por los hombros y le besa la cabeza. Observo a las cuatro personas que esperan a la paciente, y sonrío para tranquilizarlas.
—¿Vosotras sois las madres de Jazmín? —Las dos mujeres asienten—. Ella está bien. La operación ha salido perfectamente, pero la recuperación va a ser dura. En principio, deberá guardar reposo durante dos meses y acudir a citas periódicas para evaluar su progreso.
Miro a la abuela, que se toca el pecho, y ahora soy yo quien le coge las manos y las aprieta con cariño.
—No se preocupe, su nieta sobrevivirá.
Todos reímos, liberando algo de tensión. Observo al chico que se toca el pelo varias veces y no deja de apretarse los dedos. De inmediato, me dirijo a él.
—¿Estás bien? —pregunto preocupado. Recuerdo cuando Jessica se puso así al entrar en el avión.
—Sí, es solo que... que estoy...
—Tranquilo, es normal. ¿Eres su hermano?
—Soy su novio.
Asiento. Le entiendo, no importa la gravedad, siempre nos sentiremos como si nos cerrasen la garganta. Yo también lo pasé muy mal cuando Ava se operó.
—No te preocupes, ha salido todo muy bien. Ella estaba tranquila y eso nos ha ayudado mucho. Puedes estar orgulloso.
Veinte minutos después, tras dar pautas y explicar lo más importante a las madres de Jazmín, el chico de prácticas y yo volvemos al pasillo. Nada más despedirnos, me dirijo al vestuario.
Le mando un mensaje a Ava, pero no responde. No insisto, me comentó que iba con Jessica a mirar los planos de un restaurante. Parece que está terminando sus estudios y no quiere perder el tiempo, así que están reunidas con unos amigos de Dan.
Miro el reloj y compruebo que me quedan varias horas hasta que termine mi turno, pero no tengo ninguna operación programada, por lo que decido tomarme un descanso. Cuando entro en la sala y me encuentro con Crystal, quiero darme la vuelta, no me apetece escucharla.
—Zeus, me alegro de verte. —La miro incómodo, pero fijo la vista en mi tarea: llenar mi taza de café. No me molesto en contestar, quizá si hago como si no estuviera, se marcha—. Tenemos que hablar de nuestra boda.
Pues no, no se va a ir.
Rechino los dientes conteniendo cualquier impulso primitivo, así me educó mi padre. «Las mujeres no se tocan», resuenan sus palabras en mi cabeza. Cierro los ojos con fuerza, acordándome de Gustavo y de todos los antepasados de Crystal. Al encararla, ella sonríe, como si se sintiese triunfante.
—¿De qué coño te ríes? —Aprieto la taza entre mis manos.
—No sé cómo puede aguantar estar con alguien que se va a casar. ¿Tan poco orgullo tiene?
Joder, cómo me toca los cojones. ¿Cómo pude fijarme en ella? Aumentando mi cabreo, dejo la taza sobre la mesa, con tanta fuerza que se derrama gran parte del contenido.
—Crystal, no quieras jugar conmigo o te vas a arrepentir —la amenazo, intentando no perder los papeles—.
Sabes que voy a hacer todo lo posible para que no haya ninguna boda.
No quiero tener ningún vínculo contigo porque para mí no vales nada.
Tuve que darme cuenta el día que empezamos a salir, o tal vez cuando me fuiste infiel, y haberte dejado.
Veo como se clava las uñas en las palmas de las manos.
—Mira, imbécil, has hecho que llegue a mi límite.
—Me río sin poder evitarlo y eso le cabrea—.
¿Sabes qué? Que hasta aquí llega la broma.
Te casarás conmigo y me darás la mitad del hospital, quizás incluso un hijo tuyo.
—Me río de nuevo, está chalada—. Cuando saque la mierda de tu putita, no te reirás tanto.
Ni tus besos ni tus promesas la harán sanar después de lo que le haremos.
Me quedo petrificado. ¿Qué puede saber Crystal de ella como para decir tal cosa? No la conoce de nada. ¿Qué puede ocultar Ava? Aunque me horroriza solo pensar en el daño que puede causarle si se lo propone, me torno serio y seguro ante ella.
—¿De qué hablas? ¿Qué puedes tener tú de Ava?
—Ni siquiera sabéis nada el uno del otro.
Mientras ella se ríe, yo me acerco hasta acorralarla contra la encimera.
—Déjate de juegos, Crystal. Y dime de qué coño hablas.
Aprovecha el acercamiento y me besa haciendo que me separe a toda velocidad. Quedamos a unos centímetros, pero vuelve a acortarla. Me toca los hombros, el cuello y me agarra la cara con las manos. Intento zafarme, pero clava las uñas en mis mejillas. Acerca la boca a mi oído y susurra:
—La madre de Ava es una drogadicta que vive en Brooklyn, en sus calles más bien. Es una muerta de hambre que estará encantada de fumarse el dinero de su hija. Solo tengo que decirle dónde vive Ava y ella estará allí en décimas de segundos.
Doy un paso hacia atrás a pesar de notar el arañazo. La miro sin entenderla, creía que la madre de Ava estaba en Madrid. ¿Por qué no me ha dicho nada? Siento mi boca moverse, pero no sé qué decir.
—Además, su abuelo vive también en Brooklyn, aunque no quiere saber nada de su hija ni de lo que a ella respecta. Pero ¿y si le doy la dirección de su casa a Ava y le miento diciéndole que quiere conocerla? ¿Cómo se sentiría si volviera a ser rechazada por una parte de su familia?
Tengo ganas de destrozarlo todo, ¿cómo hemos llegado a la situación de ocultarnos tantas cosas? Somos un par de desconocidos. En cambio, mantengo la compostura.
—Créeme, sé que la rechazará —continúa hablando, con el cuerpo relajado y una sonrisa en los labios—.
No la conoce de nada, el hombre ni siquiera sabía que tenía familia y el dinero que le he ofrecido para que la rechace le ha llamado más la atención.
Al fin y al cabo, no siente nada por su nieta desconocida, pero por si el viejo tenía dudas al verla, le he ofrecido una suma importante que le permitirá vivir muy bien.
Además, cuando nos casemos, ya me devolverás ese dinero con creces.
De repente, estoy confundido y asustado.
No sabía nada de lo que Crystal me cuenta, no sé si creerla.
Pero, por otro lado, no sería raro que Ava no me contara algo así, yo le he ocultado varias cosas.
Tengo que protegerla como sea, no puedo permitir que Crystal le haga tanto daño.
Si es verdad lo que me cuenta, la destrozará.
La miro enfadado y señalo la puerta.
—Vete de aquí.
—No pienso irme, estoy terminando mi café. —Le da un sorbo.
—Crystal, sal de una puta vez de aquí.
No me presta atención y, muy cabreado, voy hacia ella. Le doy un manotazo a la taza, que se hace añicos en el suelo, manchándolo todo de café.
—¡¿Te has vuelto loco?! —grita, asustada.
Respiro con dificultad, el corazón me va a mil e, incluso, me tiemblan las manos. Entonces, tras mirarme unos segundos, se marcha.
—¡Joder! —golpeo la encimera.