Tenías que ser tú (Sempiterno 1) Capítulo 52
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Capítulo 52

—Ava, puedo explicártelo.

Cierro la puerta y la sigo hasta el salón.

Está muy enfadada y no es para menos. He sido un completo cabrón al ocultarle también que iba a casarme.

¿Qué cojones me pasa? No dejo de mentirle, de darle falsas esperanzas, en vez de ser sincero de una vez por todas.

Pero ¿cómo serlo?, ¿cómo arriesgarme a contarle toda la mierda y exponerla a que se marche?

La miro dar vueltas por el salón, apartándose el pelo de la cara con manotazos. Me mira de vez en cuando; si pudiera, me lanzaría puñales.

Sé que me merezco cada uno de ellos.

Me muevo, inquieto; no me gusta nada que esté enfadada. Solo la posibilidad de que vuelva a irse me aterra. Pero acabará pasando, joder. Como no cambie de una vez, pasará.

¿No odio a Crystal por engañarme? Entonces, ¿por qué diablos me comporto así con la mujer más maravillosa que he conocido nunca? Clavo los ojos en ella, sintiendo una ansiedad siniestra trepar por mi columna.

Doy un paso hacia ella, deteniéndola. Envolviéndola en un abrazo cuando empieza a soltar manotazos e intenta alejarme.

— Honey ,por favor. Sé que estoy siendo un miserable, pero todo esto me está pillando por sorpresa. No es lo que parece, cariño, es mucho más difícil para mí.

De repente, deja de empujarme y de intentar soltarse. Desde arriba veo su coronilla cubierta por un manto negro brillante y liso. Parece seda. Aspiro su olor con cuidado. Dios, cuánto la quiero.

Cierro los ojos, con ella entre mis brazos, intentando aclarar mi mente e infundirme la fuerza que necesito para contarle mis temores, mi pasado, mis miedos.

No soy capaz de decirle que echo de menos a mi madre y que temo que mi padre vuelva a sufrir otro infarto sin parecer un crío indefenso, en vez de un hombre de treinta y cuatro años.

Que mi exnovia me engañó a saber cuántas veces, sin sentirme avergonzado.

Que su padre quiere que me case con ella o me quedaré sin el único legado que me iban a dejar mis padres, sin sentirme un cobarde de mierda por no plantarles cara.

Que no soy capaz de mirar a mi mejor amigo a los ojos, sin que me duela.

Que me he enamorado de ella en apenas unas semanas.

Que no quiero que me deje.

Que se me acelera el corazón cada vez que está a mi lado.

¡Maldita sea!

No puedo, no me atrevo. Jamás he tenido que contarle mis sentimientos a alguien, porque jamás nadie se había interesado en ellos.

Suelto el aire que no sabía que retenía, creyendo que estamos teniendo una tregua, pero entonces aparta la cabeza de mi pecho.

—Silencio de nuevo —afirma y se ríe incrédula—. Esto es una locura.

Se suelta de malas formas de mi agarre y me encara.

Dios, cómo me gusta que lo haga. Que me ponga en mi sitio, que me haga espabilar.

Cómo me gusta toda ella: su pelo negro, alborotado porque sus manos se empeñan en tirar de él; sus ojos grises, como las nubes de una peligrosa tormenta; sus curvas, temblando por la rabia; sus labios, apretados.

Estoy enamorado de ella hasta los huesos.

—Tienes una semana para contarme lo que pasa; si no, me iré —asegura señalándome con el dedo y me quedo perplejo.

Abro los ojos, presa del pánico. No... no, no, no. Doy un paso con intención de tocarla, pero se aleja. El corazón se me para en el pecho.

—Ava...

—Déjame.

—Vamos, cielo —insisto, nervioso y sin tener ni idea de cómo proceder.

—No me llames así —sentencia con los brazos cruzados.

— Honey , déjame hablar contigo.

Da un respingo que me resulta adorable y clava sus ojos en mí, mucho más enfadada.

—Así mucho menos _insiste alzando la voz.

Dejo escapar el aire y me paso las manos por la cara. Me siento a su lado en el sofá, sin tocarla, no quiero que se levante. Al ver que está llorando, solo quiero que desaparezcan esas malditas lágrimas de las que yo soy el causante.

—Me cuesta abrirme —empiezo diciendo, ansioso de que me mire, aunque sin resultados—, pero voy a hacerlo.

—Como las veces anteriores, ¿verdad? —Es entonces cuando me mira y me roba el aliento—. Dime algo, por favor.

La súplica en su voz me hace reaccionar. Es mi chica, mi preciosa y perfecta chica que no ha hecho más que mejorar tanto mi vida como a mí. Cojo su manos y enredo nuestros dedos. Tengo que apretar un poco para no notar mi propio temblor. Es mucho más difícil de lo que pensé.

—El compromiso fue algo pactado, por así decirlo.

Mis padres eran los únicos dueños del hospital, hasta que mi madre falleció y mi padre se vio en la obligación de asociarse con Donald, el padre de Crystal.

Es farmacéutico, con dinero y poder, y le venía muy bien para afrontar las deudas del tratamiento de mi madre.

Por ese entonces no éramos lo que somos hoy y tuvimos que endeudarnos para intentar salvarla.

—No me detengo, necesito soltarlo—. Cuando Donald empezó a joderlo todo, decidí comprarle su parte, pero no es tan fácil.

Él solo accederá si su hija se casa conmigo y siempre está dentro.

Mierda, suena mucho peor en voz alta. No hay por donde cogerlo. Ava me responde con un mohín que me duele hasta el alma.

—¿Me estás diciendo que vas a casarte con ella?

Su pregunta me golpea con fuerza. Suelto su mano como un acto reflejo, no me atrevo a tocarla, no me lo merezco. Me arrepiento al segundo de haberlo hecho. Intento volver a cogerla, pero ya se ha levantado y está de pie delante de mí.

—¡Dime que no vas a casarte! —grita—. Sé que apenas estamos empezando, pero te quiero, Zeus. No... —Se ahoga con el llanto—. No quiero imaginar lo que será ver cómo te casas con ella.

Me levanto también, exaltado por el rumbo de esto. Odio ser quien la esté destrozando.

—No lo harás. No pienso permitir que pases por eso, cielo. Solo se firmará un papel.

Pienso, pienso y pienso. No puedo hacernos esto. No puedo hacerle esto. ¡Mierda! La quiero, no puedo destrozarla así. Pero no digo nada.

—No voy a ser a la que te folles mientras ella lleva un anillo tuyo.

—Eso no es lo que pasará. Solo eres tú.

Se toma un momento que me parece demasiado largo.

—No lo sé, Zeus. No creo que sea capaz.

Lanzo mi mirada a sus labios. Se ha vuelto una religión para mí besarla cuando dice mi nombre. Incluso ella lo pronuncia cuando desea que lo haga.

Odio tener que contenerme porque lo estoy jodiendo todo.

—He conseguido que mis abogados pongan condiciones, que se los coman. Pero el matrimonio tiene que celebrarse.

—¿Sabes lo que me estás pidiendo? —Ava se mueve por el salón, de un lado a otro.

Joder, pues claro que sí. Sé que es una puta locura, es egoísta y enfermizo, pero necesito que se quede conmigo en las malas y las peores para que podamos darnos una oportunidad.

Me paso una mano por el pelo, lo siento hirviendo por la tensión.

—Necesito que te quedes conmigo ahora —suplico, capaz de arrodillarme ante ella si es necesario. Doy un paso para acercarme y, cuando no retrocede, le cojo las manos—. Cuando todo mejore, será increíble. Créeme.

Silencio. Ava me mira, se detiene para estudiarme, mientras yo siento que estoy a punto de sufrir un infarto. De repente, suelta un suspiro largo y hondo, y luego apoya la frente en mi pecho, agotada.

«Lo siento, lo siento, lo siento».

—Te has vuelto loco.

No digo nada, pues lleva razón, solo la abrazo.

Rodeo su pequeño cuerpo con mis brazos firmes, pegándonos el uno a otro con el anhelo de poder fundirnos en uno solo.

Bajo las manos por su espalda, con tranquilidad, sin prisa ninguna, y la acaricio hasta que empieza a destensarse contra mí y me rodea el torso con sus brazos.

Le beso la cabeza, luego el cuello y el hombro. Levanta la cabeza y sé que está buscando lo que yo siempre quiero darle, así que no me lo pienso. Me lanzo hacia esa boca tentadora, perfilada y bonita, y la beso con ganas.

Nos movemos en nuestro sitio mientras empiezo a desnudarla con cuidado. No quiero sobresaltarla y que tengamos que parar. Necesito esto. Necesito sentirla y estar dentro tanto tiempo como podamos.

La levanto en volandas sin separar nuestras bocas, le quito la camiseta y la lanzo por los aires, y rozo sus pechos sobre la tela del sujetador.

Ava se deshace de mi camisa y acaricia mi torso desnudo.

Empiezo a caminar con ella en brazos, tocándonos, besándonos, tentándonos.

Llego al dormitorio y la dejo sobre la cama.

Esta vez no hay dureza, no hay salvajismo, solo quiero amarla y hacerla sentir bien. Me tumbo sobre ella y vuelvo a besarla.

Cuando la erección me palpita dolorosamente, siento cómo mueve las caderas para frotarse contra mí. Gime, jadea y se retuerce. Entonces, le quito los pantalones y me deshago también de los míos. La observo desnuda, expectante y húmeda.

Tan bonita y natural. Tan mía.

Vuelvo a la cama y reprimo un gemido grave al sentir la calidez de su sexo contra mi miembro. Se lo acaricio con mi erección varias veces, llevándola al límite con unos pequeños golpes en el clítoris. Cuando empiezo a notar que se va a correr, me coloco en su entrada y empiezo a empujar despacio.

Le robo el aliento. Abre las piernas cuanto puede y siseo de placer al meterme entero. Siempre tan caliente y mojada. Es el paraíso. Paso una mano por su estómago, subiendo entre sus juguetones pechos y le rodeo la garganta con la mano.

Es una jodida preciosidad y no pienso perderla.

Un, dos, tres, siete, diez... Entro y salgo, entro y salgo. Quiero estar así toda la maldita vida.

Ava chilla, se mueve, se agarra a mis hombros y me besa, enloquecida. Su pelo se extiende sobre la almohada y, cuando me mira con el gris turbio de sus ojos, el placer me golpea. Sin poder pensar, paso una mano por debajo de su culo y la levanto, entrando más hondo, tocando el límite.

—Madre mía, Zeus...

Abre la boca para hablar de nuevo, pero la beso, metiendo la lengua para enredarme con la suya. Sus pupilas brillan de deseo cuando apoya la planta de los pies en la cama y levanta la pelvis un poco más, dándome un acceso enloquecedor.

—Te quiero toda para mí, nena. —Le aprieto un pezón con los dedos y tiro de él, necesito que se corra para poder liberarme. Una estocada firme y certera—. Dame lo que solo tú sabes darme.

Ava grita de placer; es largo y profundo, y lo siento. Noto cómo me rodea todo su orgasmo mientras ella me pide que se lo dé todo. Y eso hago, joder. Me corro con necesidad, quedando exhausto por el placer.

«No puedo perder lo único que he amado de verdad después de tantos años», me digo en silencio, con la respiración aún agitada.