Tenías que ser tú (Sempiterno 1) Capítulo 51
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Capítulo 51

El sol de esta mañana de mediados de mayo se abre paso por el cielo de Manhattan. Un firmamento precioso que me ha encantado ver mientras estaba tumbada boca abajo y Zeus me presionaba contra el colchón.

Después de eso, nos hemos duchado y ahora intento vestirme sin que me ponga sus zarpas encima. ¿Es que no se sacia nunca? Lo miro salir de la ducha, desnudo y mojado, con el vapor envolviendo su cuerpo, y lo entiendo. Yo tampoco tengo suficiente. Nunca.

—Ya sabes que la hora no es problema. —Lo miro de reojo cuando pasa por mi lado y roza mi cuerpo a propósito.

—Claro que lo sé, pero me gustaría llegar puntual, como si no me estuviera tirando al casi dueño del hospital.

—Que es exactamente lo que haces —se mofa y coge una toalla seca de un armario.

Se frota tanto con ella para secarse que no puedo evitar recorrerlo entero con la mirada—.

Honey , mis ojos están arriba. —Me mira como un león mira a su próxima presa y el corazón me da un vuelco.

Con pasos lentos se acerca a mí y pega su miembro semierecto contra mi vientre.

Cierro los ojos al tragar saliva—. Solo serán diez minutos —murmura sobre mi mejilla, aspirando el olor de mi piel, y caigo rendida.

***

Zeus deja el coche en la plaza privada que le pertenece y entrelaza su mano con la mía para entrar en el hospital.

Las puertas se abren y veo a una mujer sonreírle.

Al momento, alguien lo detiene para saludarlo y me presenta como su novia.

Por un instante, me olvido de hablar. Aprieto su mano para demostrarle que me agrada que lo haga y recibo una sonrisa.

Apenas hemos vuelto a andar, cuando veo a un hombre alto, de pelo negro y canoso, bien peinado y elegante, acercarse a nosotros. El parecido es más que evidente.

—Hijo —dice poniendo una mano en el hombro de Zeus—. Me alegro de verte. —Luego, me mira interesado—. Qué alegría conocer por fin a esa mujer que te roba el tiempo.

Zeus suelta mi mano, le da un abrazo muy afectuoso y se vuelven hacia mí. Me siento pequeña a su lado, pues son altos y la intensidad con la que me miran me traspasa. Zeus pone un brazo por mis hombros y me aprieta un poco contra su costado antes de hablar.

—Papá, esta es Ava. Ava, él es mi padre, James.

Este coge mi mano, la besa con galantería y muestra una sonrisa seductora, aunque para nada a conciencia. Creo que lo llevan en los genes. En cuanto sonríe enseñando los dientes, sé que nos llevaremos bien.

—Encantada de conocerlo, señor O’Donnell.

—El placer es mío, pero si aguantas a mi hijo, no me llames señor. —Me río de forma natural y sincera. Zeus cabecea a mi lado—. Espero verte más a menudo.

Asiento, complacida.

—Estoy segura de que así será. Y si él no me lleva a verle, ya voy yo solita.

James suelta una carcajada y le da unas palmaditas en el hombro a su hijo, que intenta aguantarse una sonrisa.

—No la dejes escapar. Esta mujer te va a poner a raya.

—¿Sabes a quién le gustaría también? —pregunta de sopetón Zeus, sorprendiendo a su padre.

—Claro que lo sé.

Entonces Zeus me mira, haciéndome sentir una intensidad explosiva en el pecho.

—A mi madre le caerías muy bien. Siempre le han gustado las personas sinceras y fuertes.

Nunca me había hablado de su madre, lo único que sé de ella es lo que Daniel me contó en el piso de Jess. Estamos dando un pasito, pequeño, pues no dice nada más sobre el tema; pero un pasito al fin y al cabo, y me hace muy feliz.

Aprieto su mano entrelazada con la mía, me pongo de puntillas para poder ver esas dos perlas negras que luce con tanta elegancia y que siempre me miran como si no existiera nadie más, y le beso de manera fugaz.

—No sabes lo feliz que me hace que me digas algo así.

Zeus me coge la barbilla y pega su frente a la mía un instante, como si estuviese recomponiéndose; luego, se separa y caminamos hasta la zona de enfermería. Allí, un hombre nos espera y se presenta como Mike antes de acompañarme a la camilla y empezar a inspeccionarme.

—¿Cómo está? —insiste Zeus sin moverse de mi lado. Puedo ver la incertidumbre en sus ojos, es adorable.

—No sabía que eras tan pesadito —bromea su compañero, divertido por su actitud—. Está estupendamente, voy a quitarle los puntos.

Abro los ojos al escucharlo y agarro el papel que cubre la camilla. Me va a doler. Zeus se mueve al ver mi gesto y me coge la cara para que lo mire solo a él.

—Cielo, no lo vas a notar —asegura, depositando un beso en mi frente, pero escuchar al enfermero por detrás me pone nerviosa.

Por un momento, solo está él, pero Mike aparece con un artilugio entre las manos que parece un quitagrapas. No me da tiempo a horrorizarme demasiado antes de que me explique para qué se utiliza, y añade que es un proceso rápido y que no me dolerá.

Aun así, no me resulta nada tranquilizador arrancarme los puntos de la herida con algo que usé en mi época de estudiante.

—¿Os habéis vuelto locos? —digo sin más.

Zeus mira con una sonrisa a su compañero.

—Nadie va a arrancarte nada. Solo engancho, levanto un poco y sale solo —explica Mike haciendo los movimientos con la mano.

El silencio se hace con la habitación. Los dos hombres que tengo delante me miran a la espera de que acceda a seguir, pero no puedo. Quiero a mi madre.

—No, de verdad que no. No puedo.

Zeus coge aire, le pide con la mirada algo a Mike, y este se aparta un momento. Cuando tenemos más espacio, Zeus se acerca más.

—Confía en mí —me pide—. Los he tenido en la cara.

No eran grapas, sino hilo, pero sé de qué te hablo.

Me tuvieron que intervenir y acabé con diez puntos en el ojo.

—Antes, lo de su madre, y ahora esto. Contengo el aliento al imaginar el dolor que debió de sentir.

Lo ve en mi expresión, porque me acaricia el pómulo para tranquilizarme—.

Es una suerte tener grapas, quitar el hilo es mucho más desagradable.

—Me olvido de lo mío. Solo quiero preguntarle qué fue lo que le pasó, dónde estaba cuando ocurrió, si fue una pelea o un accidente.

Quiero saber tantas cosas que él no me cuenta que... —. Honey , confía en mí.

Lo miro a los ojos, respiro hondo y pienso en cómo decirle a este hombre, al que conozco desde hace tan poco tiempo, que confío en él desde el primer beso que me dio.

Asiento, tomo aire y Zeus llama a su compañero.

***

Tal como me habían dicho los dos, el proceso es rápido y limpio. Han tenido el detalle de charlar conmigo y no me he dado cuenta de nada. Era consciente de que algo se desprendía de mí, pero nada más.

En la calle me giro hacia él y le rodeo el cuello con los brazos.

—¿Quieres que hagamos algo?

Me siento dichosa por poder tocarlo en la calle sabiendo que Crystal no forma parte de nuestras vidas.

—Claro, tengo el día libre.

Se ha cogido el día para poder acompañarme.

—¿Qué te parece si vamos a...?

—Qué bonito es el amor cuando una se entromete en una relación. —Esa voz...

Me separo de Zeus en cuanto la reconozco. Crystal está delante de nosotros, con una bata blanca, una chapa con su nombre y el pelo recogido en un moño profesional y elegante. Nos mira con odio.

—Espero que estés disfrutando de mi cama —continúa, fulminándonos a ambos con la mirada y da un paso hacia nosotros—, mi bañera, mi cocina... mi novio.

No aparto la mirada de ella, es una zorra. Aunque una zorra con mucha razón. Me siento horrible, siempre me he sentido así. Jamás pedí enamorarme de él, pero ha pasado. No sé con quién, ni por qué, pero si Zeus me asegura que ella lo mandó todo a la mierda, me lo creo.

—Crystal, no te pases —interviene Zeus, con un tono de voz gélido—. Allí nunca ha habido nada tuyo.

—Bah, no digas idioteces. Los dos sabemos que eso no es verdad, pero tú te empeñaste en estropearlo todo. Decidiste no olvidar, castigarme día a día solo a mí, haciéndome la única culpable y...

—¡Ya basta! —ruge Zeus, dando un paso hacia ella.

Me sobresalto ante su voz, nunca lo había visto así. A Crystal le hace gracia mi desconcierto y se toma un momento para pensar y analizarme antes de soltar una risa.

—¿No se lo has contado? —Clava sus ojos claros en mí. ¿A qué se refiere? Miro a Zeus, que me da la espalda porque se acercó antes a ella—. ¿Sabes algo de él, querida? ¿Se ha dignado a contarte algo de su vida? ¿O te estás metiendo en la cama de un completo desconocido?

No tengo tiempo a defenderme o a decir cualquier cosa que no me deje en esta situación, que no deje claro toda la verdad: estoy intentando tener una relación con alguien a quien apenas conozco. Los ojos se me llenan de lágrimas, pero las contengo.

—Cállate de una puta vez —amenaza él con dureza, apretando la mandíbula.

—No me hables así, Zeus.

Crystal cambia su posición, ahora está tensa y amenazante, lista para defenderse.

—Pues desaparece —le escupe él.

La tensión es palpable, se podría cortar con un cuchillo, y me estoy poniendo histérica. No quiero intervenir ni formar parte de esta guerra más de lo que ya formo, pero debo detenerlo. Familiares y pacientes los miran; no es bueno para él ni para la reputación del hospital.

—Creo que deberíamos irnos.

—Ahora quiere imponer —me interrumpe Crystal con desprecio—. ¿No has tenido suficiente rompiendo nuestra relación?

Por un momento, me siento vulnerable.

—Yo no he roto nada. Solo ha pasado... Ninguno...

Zeus me mira de manera brusca y niega con la cabeza.

—Ni se te ocurra disculparte. Tú no eres culpable de nada, solo ella.

Crystal se ríe.

—Hombre, algo culpable sí es. Se folló a mi novio en un puñetero aeropuerto. ¿O crees que soy tonta y que no me di cuenta? Y luego volvió a hacerlo aquí, a saber cuántas veces más.

La ira ya me hierve en la sangre. No he actuado bien, pero no puedo más.

—Ya he aguantado bastante. No vuelvas a insultarme, ni siquiera a mirarme. No voy a consentir que me faltes el respeto.

—¿Acaso no me lo has faltado tú a mí? ¿No sigues haciéndolo?

—ataca Crystal. La realidad me da tan de lleno que me oprime el pecho.

Dios... Lleva razón, ¿cómo puedo estar siendo tan hipócrita?

—. Debería darte vergüenza ir levantándole el novio a otra.

Nos has arruinado la boda. —En cuanto escucho eso se me detiene el corazón.

Me quedo petrificada y no soy capaz de moverme.

Noto cómo los hombros de Zeus se tensan y Crystal se mofa—.

Ay, no, pobrecita. Zeus sigue siendo mi prometido. Lo sabes, ¿verdad?

«¿Boda? ¿Prometido? ¿Qué has hecho, Ava?», me pregunto en silencio.

Él se vuelve para mirarme y me siento con ganas de vomitar. Qué tonta soy. Se mueve para acercarse a mí, con el horror en los ojos y los músculos tensos, pero doy un paso atrás.

— Honey ... —No voy a oír más, necesito salir corriendo—. Sé lo que puede parecer, pero te lo puedo explicar.

Lo miro horrorizada, asustada, decepcionada. ¿Por qué? No quiero escuchar lo que tiene que decir. No puedo siquiera mirarle a la cara.

—Vámonos. —Doy otro paso en dirección opuesta a él, no deseo que me toque.

Veo en su cara cómo le afecta esto, pero me da igual. Se ha reído de mí todo este tiempo y no he querido verlo.

A punto de llorar, camino ignorando cómo Zeus intenta detenerme para hablar. Nada más llegan sus dedos a tocarme, me zafo con un movimiento brusco. Deja de insistir cuando me vuelvo con los puños y los dientes apretados; odio que pueda ver las lágrimas al borde de mis párpados.

«Estúpida. Estúpida. Estúpida».

Esto me lo he buscado yo solita.

Esto se va a acabar. O me explica todo como me merezco o no vuelve a verme el pelo.