Capítulo 50
Ha pasado una semana desde que me instalé en el ático de Zeus y han sido unos días increíbles, aunque a veces me es imposible no pensar en Crystal y en lo que habrán vivido en este mismo lugar.
Todos han estado muy atentos conmigo. Daniel, Jess, Amber y los niños se han acercado a verme.
Y con mis padres estoy intentando no sentirme dolida después de no haber venido tras la operación —y más cuando Zeus iba a encargarse de todo para que estuviesen cómodos—, me importa un pimiento que me hayan dicho una y otra vez que les era imposible cogerse unos días en el trabajo.
Algo me dice que me están mintiendo... Suspiro, tratando de relajarme para olvidarme por un momento del tema.
Por suerte, mis amigos de Madrid me han llamado todos los días y he podido desahogarme con ellos sobre el tema; al menos ellos no pretenden limar asperezas como Zeus.
El único que ni ha venido ni me ha llamado es Jayden, pero tampoco le quiero dar demasiadas vueltas.
Como todas las mañanas, estoy sola, aburrida y sin nada que hacer. Zeus ha insistido en que me den la baja durante un mes, aunque cada vez me encuentro mejor.
Leo y entro en mis redes sociales para matar el tiempo, porque no puedo ni limpiar.
Hay una señora que viene todos los días a poner la casa en orden, con lo cual ni con eso puedo entretenerme.
Aun así, sigo sin tener nada que hacer. Me paso el día lavando la taza que uso para el desayuno, guardo mis zapatillas, me cambio de ropa, me peino, quito las arrugas de la colcha y me cruzo de brazos.
Ni siquiera las fotos que he estado haciendo estos días a través de las grandes ventanas del ático evitan que acabe cansándome de estar encerrada. ¡Vaya aburrimiento!
Hoy tampoco vendrá Amber a visitarme, está muy liada con los niños y con el curso de fotografía que le consiguió Carl.
Así que no me queda otra que volver a encender el televisor y ver cualquier cosa hasta que llegue Zeus.
Y es justo lo que hago. Busco un programa entretenido con el que pasar el día, encuentro algunos muy buenos, pero me hartan enseguida.
Estar por obligación todo el día en casa va a acabar conmigo.
Vuelvo a pensar en Jayden. Me resulta raro que no haya intentado ponerse en contacto conmigo después de ese encuentro con Zeus. Me llevó flores al hospital, fue amable conmigo en su tienda, me regaló las lámparas... Me esperaba, al menos, un mensaje.
De repente, me siento abrumada, pues no quiero pensar en otro hombre, y menos en Jayden. Pero sus atenciones, lo sincero que parece siempre que hemos hablado y la forma en la que intenta mantener contacto conmigo... Zeus y él son muy diferentes.
Jayden quiere que lo deje tomarme.
Zeus me tomó en cuanto puso los ojos sobre mí.
Y es esa diferencia descomunal la que siempre me tira hacia él. Toma lo que quiere, lo que desea. Lo pone en su radar, tantea el terreno y hace todo lo posible para que pase.
En medio de mis pensamientos escucho mi teléfono sonar. Y como si los astros se hubiesen alineados, veo dos mensajes entrantes.
Zeus: Honey , no tardaré en llegar a casa.
¿Pido comida china? Aunque yo solo tengo ganas de ti.
Leer su mensaje me hace sonreír. Me encanta que siempre quiera estar conmigo. Es como si mandase a la mierda todo lo que el abandono de mi madre me jodió la cabeza. Como si me diera fuerzas para poder afrontar mis propios miedos.
Con ganas de verle, cojo ropa limpia y me doy una ducha. Estoy ansiosa porque llegue. Antes de meterme bajo el chorro de agua caliente, leo el otro mensaje.
Jayden: Espero que estés mejor de la operación.
Avísame y nos vemos un día.
Sí, lo haré. Aunque no le digo eso, le respondo algo más simpático y corto.
Ava: Estoy genial, gracias. Claro, nos veremos pronto.
Dejo el móvil sobre el lavabo, cierro la mampara en cuanto estoy dentro y dejo que el agua caiga sobre mí.
¿Cómo pude pensar que Jayden sería mejor opción que Zeus?
Apenas razono cuando está cerca, me falta el aire si sé que está en el mismo sitio que yo y la piel me hormiguea cuando siento el contacto con la suya.
Puede que con Jayden todo fuese más fácil, más típico y el cliché que todos leemos en un friend to lover , el típico romance entre amigos.
Pero nunca sería ni la cuarta parte de cómo es con Zeus.
Ardiente, chispeante, inesperado y vibrante.
El amor que te pilla por sorpresa, pero se te marca en la piel, en los huesos.
Paso por los ventanales del salón, ahora oscuro y solo alumbrado por las luces de la calle, y veo los rascacielos al otro lado, altos, como si estuviesen vigilando Manhattan. Me detengo un momento, pensando en cómo he llegado aquí.
Hace unos meses estaba en Madrid buscando local, haciendo fotos en casa porque no tenía otro sitio.
Y ahora estoy en Midtown viviendo en un ático de trescientos metros cuadrados, con un hombre que, aunque ha sido catastrófica la forma en la que hemos empezado, no duda en demostrarme todos los días cuánto me desea y adora.
Un ruido al fondo me hace dar un respingo, no me lo esperaba.
Me giro un poco, mirando las puertas del ascensor que hay en el salón y que se abren un rato después.
El estómago me da un vuelvo cuando Zeus aparece vestido con pantalón de traje y camisa de manga larga.
En cuanto pone un pie fuera del ascensor, sus ojos hacen contacto con los míos enseguida.
Y entonces estoy segura de que, aunque estuviésemos rodeados de cientos de personas, Zeus siempre me encontraría.
Me tiro sobre él en cuanto suelta el maletín. Sus brazos me envuelven y me levanta en volandas para que le rodee la cintura con las piernas. Después, hunde la cara en el hueco de mi cuello y aspira.
—¿Me has echado de menos? —pregunta besándome la sensible piel. Y asiento, cautivada por completo—. Yo también te he echado de menos, honey .
Muevo una mano hasta su pelo y lo acaricio con tranquilidad, pasando los dedos entre sus ondulaciones negras como el carbón. Un cosquilleo me recorre la ingle y siento la humedad enseguida. Hace una semana que no tenemos relaciones y me urge sentirlo dentro.
Un pequeño gruñido sale de su garganta. Parece que él piensa igual.
Se mueve con cuidado, camina por el salón y me lleva a la cama, la cual cambió el segundo día que empecé a vivir aquí.
Antes de nada, conmigo ya tumbada boca arriba, me levanta la camiseta e inspecciona la herida.
Lo observo y me doy cuenta de que me mira los labios.
Lo cojo por la camisa, haciendo que se tumbe sobre mí y me bese de una vez.
Abro la boca, invitándolo a que juegue con mi lengua.
La lame y la absorbe con ganas. Me sujeta la mandíbula, soltando el aire con fuerza, y me besa con ferocidad.
Cierro los ojos, abro más las piernas y el corazón me late en el clítoris cuando su erección se frota contra mi sexo, ya más que sensible.
Gruñe. Oh, Dios, claro que lo hace.
Gimo, y se bebe mis suspiros.
Aunque sé que tiene tantas ganas como yo, va con cuidado de no hacerme daño y me está volviendo loca. Necesito que pasemos a la acción ya. Sin que se lo espere, hago un movimiento y consigo colocarme a horcajadas sobre él.
—No sabes cómo me gusta que te pongas encima.
Se quita la camisa y yo lo ayudo encantada.
Toco sus pectorales con las uñas, recreándome en cada músculo.
No está muy marcado, pero sí ejercitado.
Bajo su atenta mirada, lo acaricio arrastrando los dedos por su abdomen, tocando su pecho de nuevo, pasando por los hombros y el cuello hasta llegar a su boca.
Se apoya en los codos, se acerca a mí y vuelve a estampar su boca contra la mía.
Tenemos la respiración agitada y nuestros movimientos empiezan a ser torpes y urgentes.
Me quita la camiseta sin dejar de besarme, pero, en cuanto ve mi sujetador de encaje, de color azul eléctrico, se aparta de mi boca y levanta las cejas.
Después, silba y se muerde el labio, enviándome descargas de deseo por todas partes.
—Eres perfecta.
Le desabrocho el pantalón y se lo quito junto con la ropa interior. Miro su erección, está más que preparada para empezar y se me hace la boca agua al ver lo húmeda que ya está.
Zeus sonríe con aire socarrón al verme embobada mirándolo.
Tan seguro está de que me encanta, que empieza a tocarse.
Con cada subida y bajada de su mano, me pongo más cardíaca.
Necesitada de su atención, me desabrocho el sujetador y lo tiro al suelo.
La mano del hombre que me vuelve loca empieza a moverse más rápido y sus ojos se achinan.
Caliente por lo que veo, me agarro los pezones con ambas manos y juego con ellos. Humedezco mis dedos para pasarlos por la piel rugosa, los estiro, los pellizco y, acercándome un poquito más a Zeus, me inclino sobre él y dejo que coloque su miembro entre ellas para que continúe con el juego.
—Joder, eres una puta fantasía. —Aprieta la mandíbula haciendo esfuerzos para no correrse.
—Quiero ser tu fantasía —susurro, sonando casi más a una súplica.
Sigo moviéndome hacia abajo, hasta dejar la boca justo encima de su erección. Pero me detiene cuando abro los labios y saco la lengua.
—Como te la metas en la boca, no aguantaré.
Lo miro un instante. Me muero de ganas de saborearlo, pero quiero que se corra dentro de mí.
Conmigo. Así que me incorporo sobre el colchón, abro las piernas a cada lado de su cuerpo y me siento sobre él.
Me toca la cintura con una mano y con la otra me sujeta por el estómago.
Enseguida, coloco su miembro en mi entrada.
La piel se me eriza y Zeus suelta aire entre los dientes.
Sin avisar, me dejo caer de golpe. Entra hasta el fondo, tocando un límite desconocido y sensible que me arranca un grito. Después, todo son gemidos, respiraciones fuertes, cuerpos chocando, hambrientos y ardientes.
—Vamos, nena. Lo necesito. Te necesito —sisea y me muevo con ferocidad sobre él.
No me falta mucho más. Echo la cabeza hacia atrás cuando agarra mis pezones y los acaricia. Juega con ellos mientras yo sigo mi movimiento sobre él, entrando, saliendo, girando y rozándome. Estoy caliente, su piel también lo está, y me siento tocada y llena como nunca.
El primer indicio de un orgasmo abrasador me atraviesa. Me empiezan a temblar las extremidades y las caderas de Zeus me golpean con fuerza. A la mierda la herida.
De pronto, siento que enrolla mi pelo en su mano y tira de mi cabeza hacia atrás, se sienta en el colchón y paso las piernas por detrás de él para apretarlo contra mí. Apoya una mano en las sábanas y me muerde la garganta mientras sigue follándome con dureza desde abajo.
El momento, la postura, sus besos, sus caricias... Todo puede conmigo y me dejo llevar. Me corro con fuerza mientras me palpita la vagina. Zeus me besa y gime en mi boca, embistiendo dos veces más mientras me llena.
—Eres mi fantasía —murmura con la mandíbula tensa, sin dejar de hacerme suya una, y otra, y otra vez— desde que te vi la primera vez.
Tumbados, desnudos y sudorosos, pienso en lo bien que me siento entre sus brazos. Lo bien que me siento tras habernos dado una oportunidad, tras haber dejado el miedo y las dudas a un lado y haberme lanzado de cabeza a la boca del lobo.