Tenías que ser tú (Sempiterno 1) Capítulo 47
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Capítulo 47

Salgo de mi apartamento para ir al de mi amiga. Llevo una tarrina de helado de sandía —su preferido— y tengo la intención de pasar su tarde libre con ella y alucinar juntas con el impresionante giro que ha dado mi relación con Zeus.

La puerta no tarda en abrirse cuando doy dos toques al timbre, aunque, en vez de aparecer mi amiga, aparece Dan. Cómo no, en calzoncillos. La primera vez que le vi no imaginé que lo vería tantas veces semidesnudo.

—Preciosa —me saluda—, pasa. —Se rasca la nuca y suelta una carcajada al notar que evito mirarlo—. Voy a vestirme. Jess ha tenido que ir a trabajar, tenía que cubrir el puesto de una compañera. ¡Qué bien que me hagas compañía! —Me guiña un ojo y me hace reír.

Después de dejar el helado en el congelador, me siento en el sofá a esperarlo; me parece que tarda demasiado en ponerse cualquier cosa.

Lo primero que veo al encender el televisor es la cara de...

¿Zeus? Su imagen va seguida de un pie de foto en mayúsculas y de color rojo, que lo nombra como el héroe de John Wilson, quien, al parecer, es hijo del dueño de una multinacional y es asquerosamente rico.

Un sentimiento de orgullo me recorre el cuerpo. Nada desearía más que estar con él en este instante para felicitarlo. Sé cuánto ama su trabajo y lo implicado que está. Estoy sonriendo al televisor cuando veo de reojo a Dan.

—Vaya —susurra al ver a su amigo—. Cada día me sorprende más. Sarah estaría muy orgullosa de él.

Al escuchar ese nombre, lo miro. ¿Quién es Sarah? Pero, antes de que pueda preguntarle, se va a la cocina. Al volver, trae dos cervezas y me entrega una. Después, se deja caer en el sofá a mi lado y mira el televisor.

—Sarah era su madre —comienza a decir después de dar un sorbo largo—. Murió cuando él era un niño. Nunca llegué a conocerla, Zeus y yo somos amigos desde los quince, pero, por cómo todos hablan de ella, estoy seguro de que estaría orgullosísima.

Se me encoge el corazón. Nunca hubiera imaginado que Zeus había perdido a su madre, aunque tampoco es tan extraño mi desconcierto, pues no me ha hablado aún de su pasado. Suspiro, sin saber qué decir.

Tras un silencio, no incómodo pero sí largo, cambiamos de tema y me entero de que tiene dos hermanas y dos hermanos.

Mientras le cuento mis planes de futuro con respecto a la fotografía, siento una quemazón en el interior de la barriga y unos pinchazos seguidos que me hacen contener la respiración.

Uno de los dolores es tan intenso que tengo que apoyar la cabeza en el sofá y Dan me mira alarmado.

—¿Qué te pasa? Estás pálida.

Y tanto, joder, me duele horrores. Unos sudores fríos me recorren la columna y quiero morirme. Es muy intenso, nunca había experimentado un dolor así. ¿Qué me está pasando?

Dan se levanta y va a por su móvil, que está sobre la mesa. Se lo lleva a la oreja enseguida y se pasa una mano por el pelo, nervioso. No me quita la vista mientras mira el teléfono y maldice, volviendo a marcar. En ese momento suena el mío y le pido que lo coja. Me dice que es Zeus.

—¿Estás en el edifico? —pregunta, espera y luego va a la puerta.

Escucho unos pasos acercándose y, enseguida, veo a Zeus.

Se pone de cuclillas delante de mí, me coge la cara y maldice.

Me inspecciona un momento, comprueba que no tengo fiebre y le pide a Dan que recoja mis cosas.

Aunque está siendo cariñoso conmigo, noto que está tenso y evita mirarme a los ojos.

¿Le ha pasado algo? Estoy a punto de preguntarle cuando me sujeta la barbilla.

—¿Dónde te duele, mi amor? —Su voz es tan dulce y sus gestos tan incómodos que quiero echarme a llorar. Me muerdo el labio cuando, al moverme, un calambre me perla la cara de un sudor frío horrible. Me quita el pelo de la cara—. Intenta decírmelo.

Pero Daniel habla por mí y Zeus tensa la mandíbula cuando lo mira.

—De repente, se ha doblado por la mitad, le dolía la barriga y se ha puesto blanca.

—¿Cuánto tiempo llevas aguantando el dolor? —me pregunta dulcificando un poco el rostro.

—En casa ya me dolía y...

—Dios, Ava, ¿por qué no me has avisado? —me interrumpe Daniel y eso hace que la cara de Zeus se crispe. Este se vuelve hacia él.

—Déjala terminar, Dan.

Intercambio una mirada con nuestro amigo, que suspira y se va de la estancia. Sin poder hablar demasiado por el dolor, trato de darle todos los detalles necesarios. Cuando lo hago, Daniel regresa al salón y Zeus le da su móvil.

—Nos vamos al hospital —dice, cogiéndome en brazos.

Dan habla por teléfono con alguien y le explica lo que ha pasado mientras bajamos al vestíbulo. Allí, Maddison se levanta y se acerca a nosotros.

—¿Qué pasa? —pregunta asustada.

—Posiblemente apendicitis. Vamos al hospital por si hay que operar.

Al oír a Zeus decir eso se me para el pulso. ¿Operar? ¿Aquí? Estoy en otro país, sin mis padres... ¿Y si sale mal? Dios mío, ¿y si me muero? Zeus debe notar que me estoy poniendo nerviosa porque a unos pasos del coche me mira.

—No te asustes, honey , estoy contigo. Todo irá bien. —Me pasa los nudillos por el pómulo y me besa por primera vez desde que ha llegado.

Vuelve a caminar, espera a que Dan nos abra la puerta de atrás y luego lo mira.

—Conduce tú, yo iré con ella.

Con cuidado, Zeus se sienta, rodeándome con sus brazos, y me sostiene en su regazo.

Una vez que el coche se pone en marcha, me besa la cabeza en varias ocasiones y me pregunta cómo me encuentro.

Sus atenciones me mantienen tranquila durante el trayecto, pero, en cuanto el ritmo aminora y veo la clínica, el pulso se me dispara de nuevo.

Para cuando la puerta se abre, ya hay una enfermera esperando con una silla de ruedas, donde me deja Zeus.

Mientras la chica me empuja, él se pone en modo profesional y le hace una lista de lo que pasa. La enfermera escucha con atención.

En recepción, Zeus toma el control y exige un equipo. Apenas esperamos dos minutos cuando un tipo alto, con uniforme sanitario, se acerca. Ellos se saludan con un leve asentimiento de cabeza.

—Soy Fidel, el especialista en el aparato digestivo. —El médico me sonríe—. Vamos a hacerte una ecografía para ver cómo estás.

Asiento con la boca seca y la garganta como llena de arena.

Me mueven en la silla, pasamos por un pasillo y entramos en otra habitación.

Allí, observo todo a mi alrededor, fijándome en los aparatos y todos los sonidos que emiten.

Mientras yo no consigo apaciguar mis pensamientos, Fidel hace su trabajo y Zeus presta atención.

—Es un caso de apendicitis severa —comenta el médico pasados unos minutos—. Está bastante inflamada y temo que pueda romperse, tendremos que operar.

Se me corta la respiración, debe ser tan brusco que ambos me miran. Zeus se pone de cuclillas delante de mí y me coge la cara.

—Tranquila, estoy aquí. No pienso moverme de tu lado. Iré contigo.

—Sabes que no puedes —interrumpe una mujer que lo mira desde la puerta.

—Arizona...

Zeus se pone de pie y se dirige hacia ella. Su semblante no es muy serio, pero de su cuerpo emana firmeza y liderazgo. Niega con la cabeza, mirándome.

—Veo que es importante para ti, pero no puedes estar en el quirófano. Solo entorpecerás.

Zeus no vacila cuando cuadra la espalda y da un paso hacia ella.

—No me discutas, estaré dentro. Nadie le pondrá un dedo encima sin que yo esté delante. —Ella va a decir algo, pero él se adelanta haciendo que se trague las palabras—. Pide que lo preparen todo, la operarán ya.

El corazón me va a mil por hora, estoy asustada. No tengo a mis padres y Jess está trabajando. No pueden operarme así sin más. Miro a Zeus.

—Tengo que llamar a mis padres.

Sus ojos se mueven de Fidel a mí y vuelve a inclinarse, acunándome la cara con su mano.

—Los llamaré ahora mismo, les programaré un vuelo y haré que se instalen en mi casa unos días.

Por un momento no sé qué decir, ¿su casa?

Quiero levantarme y largarme de este sitio, odio los hospitales.

Son tan silenciosos dentro del ruido, tan solitarios a pesar de los pacientes y sanitarios...

Nunca me siento tranquila en uno. Sin embargo, me es imposible, así que me centro en lo que ha llamado mi atención.

—¿A tu casa? —pregunto desviando un momento la mirada de Fidel a Zeus.

—Ya hablaremos de eso más tarde, cielo.

Dicho esto, hace un gesto a la enfermera, que entra y empieza a empujar la silla en la que voy para llevarme al quirófano, donde me preparan e intento relajarme. Como ha dicho antes, Zeus está conmigo durante todo el proceso, y lo último que veo antes de que la anestesia me haga efecto es su cara.