Tenías que ser tú (Sempiterno 1) Capítulo 44
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Capítulo 44

Meto un mechón rebelde que se escapa del moño bajo que me ha hecho Jessica y admiro el vestido plateado que he decidido ponerme. Es ceñido, con tiras muy finas, y un escote en la espalda y otro en el pecho dándole protagonismo a mi collar.

Cuando el telefonillo suena, miro hacia el pasillo y veo a Jessica abrir la puerta, ha elegido un vestido corto de color fucsia que le favorece mucho.

Llevo toda la tarde, desde que apareció en la puerta de mi apartamento con sus cosas para arreglarse aquí, estudiando su forma de actuar; la noto nerviosa y algo distante conmigo, pero no sé qué puede ser y tampoco quiero volverme paranoica.

Para no pensar más en ello, me dirijo a mi habitación para retocarme el peinado.

Me quedo petrificada cuando un barítono muy conocido se apodera de todo el ambiente.

No puede ser.

Abro los ojos y me muevo como un pato mareado. De repente, la habitación es enana, las paredes empiezan a cerrarse y el corazón me retumba en los oídos tan fuerte que temo quedarme sorda.

No puede ser verdad que Jess me la haya jugado así.

¡Me la va a pagar! Intento calmarme, no tengo por qué salir ni hablar con él.

Jessica también es amiga suya, es normal que haya venido con Daniel.

¡Aunque este sea mi apartamento y yo no lo haya invitado!

Pero quizá venían a casa de Jess y ella les ha dicho que estaba aquí.

Me acerco a la ventana y la abro un poco, necesito aire. El ambiente de Nueva York se cuela por la ventana y, por un instante, me mantiene pensando en algo, pero el momento no dura nada porque le siento. Noto su presencia detrás de mí y eso me eriza la piel de forma ridícula.

Después de más de un mes está aquí.

—Hola, honey .

Esa palabra. Esa maldita palabra que causa estragos en mí cada vez que la pronuncia, la que tanto he echado de menos.

Tomo aire de nuevo buscando en mi cuerpo un ápice de serenidad para poder enfrentarlo.

Algún día iba a llegar el momento de hacerlo.

Estoy a punto de volverme cuando su mano toca mi espalda desnuda y doy un salto por la sorpresa, girándome de golpe.

—Lo siento, no tendría que haber hecho eso —se disculpa, aunque no aparta la mano. Yo tampoco se lo pido.

Me quedo embobada sin poder hablar. Lleva el pelo más corto y está muy guapo vestido de negro. Su perfume me trae buenos recuerdos y sus ojos oscuros me recorren con la misma intensidad de siempre.

—Yo... no... tranquilo —balbuceo, sin poder apartar la mirada.

Quiere acercarse de la misma forma en la que yo quiero que lo haga.

Noto cómo esa conexión que experimenté la primera vez que lo vi se abre paso entre los dos.

Es tan fuerte que, de pronto, barajo la posibilidad de tirarme a sus brazos.

Sin embargo, la imagen de Crystal viene con fuerza a mi mente, dejándome helada.

Han seguido juntos este tiempo que yo no he estado con él, ¿verdad?

—¿Qué haces aquí? —pregunto, aseverando el tono.

Mira a su alrededor, su mirada se centra en la cama y me pregunto si está recordando las noches que hemos pasado ahí igual que lo hago yo. Trago saliva cuando se vuelve de nuevo hacia mí.

—Te he hecho una pregunta. —Su rostro se torna tenso, no le gusta esto. Ya, bueno, a mí tampoco—. ¿Qué haces en mi habitación?

Su mirada se endurece, va a atacarme igual que lo estoy haciendo yo con él. Pero algo cambia en su semblante y el Zeus amoroso y romántico sale a relucir en sus gestos, lo he visto muchas veces como para reconocerlo. Los músculos de la cara se le relajan y las cejas se le bajan sobre los ojos.

—Te echo de menos. Pienso en ti todos los días, no quiero estar lejos de ti.

Aunque sus palabras me llegan al corazón y tienen una fuerza descomunal para romper las barreras que me he propuesto poner entre ambos, no dejo que me cautive. Niego con la cabeza, una y otra vez, con ganas de llorar. Lo miro con los ojos abiertos cuando da un paso hacia mí.

—Sí, nena. —Mi perdición es cuando me arrastra hacia él y siento el calor de su cuerpo—. Quiero hablarte de todo lo que tú desees que te hable. Quiero que lo conozcas todo de mí. Siento haberme dado cuenta tan tarde.

Cojo aire, imaginando qué pueden significar sus palabras. Ojalá fuera lo que deseo. Alzo la mirada cuando me coloca las manos sobre su corazón. Esos ojos que me cautivaron una vez ahora me miran con amor. Adoro tanto esos ojos. Lo adoro tanto a él...

Doy un paso, cediendo. Eso llama su atención y siento sus dedos clavarse en mis costados por encima del bonito vestido que he elegido con la intención de atraer su interés.

Zeus no se mueve, no hace ni un movimiento que me ayude a saber qué piensa, qué siente.

Pero, aun así, lo sé, lo conozco, sé que está deseando lo mismo que yo. Contacto.

Ha pasado más de un mes en el que no sabemos nada del otro y sus dedos por encima de mi ropa y mis manos en su pecho no es nada en comparación a cómo anhelo sentirlo.

Me sorprendo cuando se lanza, rozándome los labios con los suyos, pero la estupefacción solo dura un momento, ya que el ardor y la pasión que nos precede se apodera de ambos.

Mueve las manos y coloca una en mi nuca y con la otra me acaricia la espalda desnuda por el escote haciendo que toda mi piel se erice.

La poca presión que ejerce sobre mi cuello es suficiente para que nuestros labios vuelvan a encontrarse después de separarnos, y todo mi cuerpo flaquea al sentir su calor.

El corazón se salta latidos una y otra vez, todo lo referente a Zeus me sorprende y excita de igual manera. Es el mismo deseo y desconcierto que sentí la primera vez que me besó. Es asombroso cómo mi cuerpo se deja llevar, como si le conociera desde siempre.

Como si estuviera hecho para que solo él lo tocara.

Como si estar juntos fuera todo nuestro destino.

Ojalá lo fuera.

Cuando el beso termina, los muros que había se han esfumado. Ha sido rápido, alguien diría que ridículamente rápido. Pero no puedo controlarlo, me he enamorado de él y solo quiero luchar por esto.

Quiero darnos una oportunidad. No puede ser tan malo.

Pero, aun así, no habrá nada entre nosotros hasta que haya dejado a Crystal. No puedo estar con él si sigue con ella...

¡Mierda!

—Jayden —susurro sobresaltada al oír mi móvil.

—¿Qué? —pregunta entonces Zeus soltándome despacio.

Respiro agitada, tanto por el beso como por los nervios de tener que ir con Jayden a la cena después de lo que acaba de suceder.