Capítulo 43
«Aunque duela, es lo correcto».
Ese ha sido mi mantra este mes en el que no he sabido nada de él.
Los primeros días me mandaba mensajes y orquídeas con una tarjetita donde me decía que le diera otra oportunidad. Quería responderle que podía volver cuando quisiera, pero segura de que así lo haría, decidí tirar las flores a la basura.
Estoy tumbada en el sofá —enrollada en una manta fina porque, a pesar de estar en abril, este piso es muy frío—, reflexionando sobre lo difícil que se nos ponen las cosas cuando mejor creemos que nos irá.
Puto karma. Aunque supongo que nos lo merecíamos.
Acabar siendo felices habría sido como reírnos del maldito destino.
Joder, he roto una relación y quería ser feliz con él a pesar de todo... Estoy chalada.
Jess me grita desde el cuarto de baño, está arreglándose para salir con Daniel.
—Ha pasado un maldito mes y no te levantas del sofá ni sales de casa.
¡Es un hombre, hay miles en el mundo! Como, por ejemplo, ese bomboncito de la tienda de muebles...
¿Cómo se llamaba? —Hace una pausa, en la que pienso en el pelirrojo, el pobre no ha dejado de escribirme estos días, y vuelve a gritar—: ¡Jayden!
Cómo olvidarlo si su nombre aparece en la pantalla de tu móvil cada día.
Resoplo, en realidad, sé que tiene razón. No debería estar así, tendría que estar contenta. Estoy en una ciudad nueva, tengo trabajo, mi ex por fin me ha olvidado e incluso un chico guapísimo y simpático se preocupa por mí, pero... no es él.
—Ava, por favor. Ven con nosotros, te vendrá bien despejarte y...
El timbre le cierra el pico, para mi suerte, porque no creo que pudiera seguir aguantando sus regañinas.
Cuando abro la puerta, Daniel aparece ante mí y sonrío de inmediato, nos caemos muy bien.
Me da un apretoncito en el hombro y se coloca en el centro del salón, pero, en cuanto nos miramos, se crea un silencio incómodo.
Vuelvo al sofá porque, como no sé qué decirle, no digo nada.
Poco después, siento hundirse la parte donde tengo la cabeza apoyada, y unas manos en mis hombros me masajean. Al girarme, me encuentro con sus ojos azules.
—¿Estás bien? —Sonríe y asiento. Al instante, se agacha para hablarme al oído—. Está en el coche, Ava. Tiene la esperanza de que vengas con nosotros.
Mi respiración se acelera y también las ganas de llorar que me entran.
Está aquí mismo, tan cerca. Tan lejos. Parpadeo, conteniendo las lágrimas para que Daniel no presencie otra de mis lloreras y niego con efusividad.
Antes de que él diga algo más, me levanto y, dirigiéndome al pasillo, balbuceo con la intención de parecer que sigo entera:
—Otro día, lo prometo. Pasadlo bien.
Casi corro hasta mi habitación, pasando de largo cuando Jessica me pregunta qué pasa, como si no lo supiera, y cierro la puerta tras de mí.
Como la ventana de mi habitación da al callejón, me asomo para ver si puedo verle desde aquí.
Saco la cabeza y enfoco la vista justo en el momento en que Jessica y Dan, cogidos de la mano, se acercan al coche negro que los espera.
Al momento, la puerta trasera se abre y sale por ella el hombre al que quiero y deseo.
Cojo aire hasta llenar mis pulmones y lo suelto, lloriqueando como una niña pequeña.
Lo observo desde aquí cuando, en realidad, desearía estar cogida de su mano.
Mientras me deleito con este anhelo que me ahoga, él levanta la cabeza y se encuentra conmigo.
Sus ojos se clavan en los míos y siento cómo me estudia.
Cuando de verdad se me parte el alma es al ver que le pregunta algo a su amigo, este le niega con un gesto de la cabeza y Zeus, que no ha apartado la mirada de mí en todo el tiempo, asiente despacio y vuelve a entrar en el vehículo.
Alterada, rota y sensible, arrastro la espalda por la pared a medida que me siento en el suelo para llorar.
***
Durante esta última semana, Amber y yo nos hemos visto varias veces. Nos llevamos genial, los niños y yo nos adoramos, y ella está aprendiendo sobre fotografía más de lo que se imaginaba.
Cruzo el pasillo, mirando la habitación vacía que antes era de mi amiga.
Hace unos días discutimos porque Daniel se paseó por el salón como su madre lo trajo al mundo, descubriendo así lo bien dotado que también está.
Le dije que no podía volver a ocurrir y que durmiera en casa de él cuando quedasen, y eso enfadó a Jess.
Me dijo cosas como que pensaba que estaríamos juntas en esta nueva experiencia, pero la verdad es que no cayó en el dato de que está saliendo con Daniel y necesita una intimidad que aquí no tiene.
Ahora ha alquilado el apartamento de enfrente, de Marga también, y hemos hecho las paces. Sabía que no nos duraría mucho el enfado, aun así, lo paso fatal cuando discutimos. Es como una hermana para mí. Nos vemos todos los días, pero echo de menos tenerla por aquí.
El teléfono me suena en el bolsillo y lo saco. Sonrío al ver su nombre en la pantalla.
—Oye, mañana vamos a cenar todos. ¿Por qué no vienes?
—¿Todos, todos?
Hay un silencio.
—Sí, Ava. Todos. Vamos, jo… Estamos muy liadas con el trabajo, apenas coincidimos. ¡Y eso que vivimos enfrente!
Ha pasado un mes y una semana, creo que ya lo he sufrido demasiado. Es hora de salir.
—Está bien.
Otro silencio, pero este dura menos y termina con un chillido de felicidad. Suelto una risa, la adoro.
—Dime que invitarás a Jayden, porfi —me suplica Jess.
Me lo pienso, ¿por qué no?
—¿Qué te parece si voy a tu piso y me convences? —propongo.
De repente, me cuelga y el timbre no tarda en sonar. Ni siquiera sé por qué no ha venido directamente en vez de llamarme por teléfono para decirme lo de la cena. Me río cuando le abro la puerta, le paso un brazo por los hombros y cierro detrás de nosotras.