Tenías que ser tú (Sempiterno 1) Capítulo 42
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Capítulo 42

Un peso cae sobre mis hombros al oírla. ¿Dejar de vernos? No podemos hacer eso. ¿Cómo se le ocurre siquiera pensarlo?

Ya no sé ser sin ella.

La miro sin poder pensar, sin razonar, solo sintiendo algo muy extraño bulléndome en las entrañas. No puede apartarme de ella. Su respiración sigue agitada, solo que ahora no sé si es porque me desea o porque no sabe cómo reaccionaré.

Desesperado, me acerco a ella de nuevo, poniendo las manos a cada lado de su cuerpo y aprisionándola contra mí. Su olor se me cuela hasta lo más hondo, ¿qué haré si no vuelvo a olerlo? Casi me río como un loco ante tal idiotez, lo nuestro no se termina tan fácilmente.

Sus ojos, grises como una tormenta, se clavan en los míos. No soporto ver el tono rojo que los rodea.

—¿Es que no te das cuenta? —pregunta al borde del llanto.

Se inclina hacia adelante, apoyando sus manos en el borde de la encimera y me mira enfadada. ¿De qué no me doy cuenta?

—Yo... —Me quedo sin palabras, no sé qué decirle. No quiero que nos olvidemos. Pongo las manos en sus muslos, notando la electricidad que siento siempre que la toco, pero las aparta. La escruto con detenimiento, esto no puede estar pasando.

En realidad, no hace falta que me explique nada, ya sé que esto es por la mierda de condiciones en las que nos estamos conociendo. No se merece algo a medias, merece que le dé todo. Pero necesito arreglarlo bien antes.

¿Por qué no lo entiende? Dejaré a Crystal. No la quiero, no siento nada más que repugnancia por ella. Pero no es tan fácil, joder.

Ava se baja de la encimera y alza la cabeza para mirarme, con la rabia pintando su precioso rostro.

De repente, sale por debajo de mi brazo y se va.

La sigo sin dudarlo. Entramos en su dormitorio y me pongo delante, cuando me tiene cerca me empuja hacia atrás hasta que mis piernas dan contra la cama.

—¡Vamos a follar, Zeus! —Me quedo atónito por su frialdad—. ¿No es a lo que has venido?

Doy un paso adelante, despacio, mirándola sin entender nada. Me tomo un momento para estudiar sus movimientos y sus espasmos de enfado. ¿De verdad piensa que esto es solo sexo para mí?

—¡Tenía que haber sido más lista! ¡Dios!

—Se tira de los pelos y no puedo reprimir el impulso de apartarle las manos.

Me fulmina con la mirada cuando la agarro por las muñecas.

Un momento después, se sacude para separarse de mí—.

No tendría que haber llegado tan lejos. ¡Nunca he querido ser la otra!

¿Entiendes? —Se le quiebra la voz y con ello se me parte el corazón por haberla hecho sentir así—.

He sido una idiota al pensar que podría hacerte abrir los ojos, que sería la chica de la que te enamorarías, y que esto de follar y largarte luego con ella se terminaría. Pero no, yo siempre seré el juguetito.

Suelto aire por la nariz, descontrolado por lo que insinúa. No deja de dar vueltas por la habitación, histérica. Jamás pensaría así de ella, nunca la utilizaría. ¡Mierda! Solo está ella, ¿por qué no es capaz de verlo?

Me acerco a su lado con el corazón latiéndome en el pecho con fuerza. La agarro de los bíceps y hago que se detenga para que me mire.

—¿De qué coño hablas? —Ava aprieta los labios y entorna los ojos. Por un momento, desvía su atención a mi cicatriz, haciendo que me sienta incómodo. Antes de que haga preguntas, la suelto y giro la cara.

Maldice entre dientes, bastante afectada. Me muero por abrazarla, besarla y suplicarle que no se dé por vencida conmigo tan pronto, pero vuelve a alejarse de mí.

—Esto nunca tendría que haber ocurrido —afirma mirándome de arriba abajo. El corazón se me detiene.

—Pero... Claro que sí, honey . —No puedo soportar esto que estoy sintiendo—. Crystal no es nadie para mí, pero no puedo dejarla.

—¿Que no puedes dejarla? ¡¿Acaso te está chantajeando para que no la dejes o qué?

! —exclama alzando las manos. No voy a decirle nada, no quiero meterla a ella también en problemas.

Pero empieza a conocerme demasiado bien y se da cuenta de que hay algo que no le estoy contando—. ¿Qué ocurre? —pregunta bajando la voz.

—Nada.

—¿Cómo que nada? Cuéntamelo, quiero ayudarte. Seguro que hay una solución.

«Sí, hagámoslo juntos» es lo único que quiero decirle, pero no puedo. La única solución es casarme con Crystal. No quiere mi dinero, ni siquiera el hospital, solo mi apellido. La engañaré cuando firmemos los papeles para que me lo dé todo al divorciarnos.

Las manos de Ava acariciando mis brazos me sacan de mis pensamientos, la enfoco y sigo sus movimientos. La deseo a cada segundo.

—Zeus...

Al oírla sé qué es lo que quiere. Lo que ambos queremos.

La beso, rodeándole la cintura con un brazo y estrechándola a mi cuerpo para que se amolde a él.

Cuando siento cómo sus músculos se relajan, me muevo por el dormitorio y la empujo contra la cómoda de flores que tiene al lado de la puerta.

La sujeto por la nuca y abro más la boca para comerme la suya.

Acerco mi erección a su delicado sexo y muevo las caderas. Nuestros pechos suben y bajan, frenéticos.

—Te deseo. —Pego mi frente a la suya y nuestras respiraciones se mezclan. Me detengo en sus carnosos labios y vuelvo a besarla—. A cada momento deseo estar contigo.

No dice nada, pero tampoco se aparta, así que lo tomo como una aceptación. La subo al mueble, sentándola sobre él, y me meto entre sus piernas. Me deshago de su camiseta y del sujetador, y la boca se me hace agua cuando sus rosados pezones se endurecen ante mis ojos.

No presto atención a nada más que a ella. Dejo que me bese, que me muerda y toque como quiera, hasta que siento la yema de sus dedos sobre mi cicatriz y los músculos se me tensan. Se queda quieta, aunque no aparta la mano.

—¿Por qué no me lo cuentas? —Aparto la vista, ya no puedo ocultarle tantas cosas mirándola a los ojos. El pecho me duele cuando sus manos intentan levantarme la cabeza para hacer contacto visual, pero, al no conseguirlo, chilla y se baja de la cómoda empujándome—. ¡Eres un imbécil!

¿Cuándo hemos llegado a esta mierda?

Bufa y, con los pechos desnudos, se agacha a por la ropa y sale del cuarto vistiéndose. Miro la puerta un momento, aterrado, y recojo mis cosas. Me visto mientras camino detrás de ella. La sangre se congela en mis venas cuando se detiene en la puerta y la abre.

—Lárgate —ruge señalándome la salida con la mano.

No puede ser. Niego con la cabeza, ni loco la dejo.

—No.

—¿No? —pregunta alzando la voz.

No le respondo y ella da un paso hacia mí. Me acerco lo suficiente para pasar la mano por encima de su cabeza y cerrar la puerta de nuevo. No evito dar un portazo.

—Si quieres quedarte, deja a Crystal. No soy tu juguete.

—¡Mierda! ¿Qué dices? ¿Cuándo te he hecho sentir así?

—Cuando me follas y te largas con tu mujer. —Se muestra desafiante y me mira con odio.

—No es mi mujer, maldita sea. —Aprieto la mandíbula, no sé cómo explicárselo.

—Déjala y estaremos juntos.

Aunque intenta mantenerse, noto la tristeza en su voz y el tono de súplica al hablar. Pero no es tan fácil, no puedo perder el hospital de mi familia.

Como no digo nada, asiente un par de veces, en silencio. Luego abre de nuevo la puerta y el mundo se me viene encima.

—Tú y yo no tenemos nada más de qué hablar.

Las manos me sudan. De repente, noto que la mirada se me nubla y, por un instante, podría desmoronarme delante de ella. Sería tan fácil como hacerlo y luego dejar que lo solucionáramos juntos. Pero no soy capaz de priorizar nada ni a nadie por encima de mi hospital.

Soy un completo cabrón que no merece a alguien como ella.

— Honey … —Niega con la cabeza, interrumpiéndome.

—No vuelvas a llamarme así.

Como no me muevo, se acerca y me coge del brazo, arrastrándome fuera de su casa, de su vida. Al principio me resisto, pero cuando me fijo en que ha dejado que las lágrimas bañen su rostro, salgo del apartamento.

No puede más, ya es suficiente.

En el rellano la miro, tiene el pelo alborotado, los ojos rojos y llenos de lágrimas. Se seca las mejillas con furia, con manotazos enfadados.

—Estabas siendo distinto, ¿sabes? —murmura entre lágrimas y me falta el puto aire—.

Creo… me he enamorado de ti. —La esperanza aflora en mi pecho y doy un paso en su dirección, pero me detiene levantando una mano.

Niega con la cabeza, dolida—. Quizás algún día...

Quizás un día decidas que soy tu prioridad.

Dos palabras queman en mi garganta, pero ni siquiera yo me creería si le dijera que la quiero. ¿Qué persona que quiere a otra le hace esto? No, está claro que no me creería.

Sé que la estoy perdiendo, que si dejo que pase un tiempo entre nosotros, es posible que otro conquiste su corazón hermoso y puro, pero es lo único que puedo darle. Si quiero que sea feliz, tengo que apartarme hasta poder estar a la altura.

Una mirada fija, ardiente y cariñosa es lo único que me da antes de cerrar la puerta entre nosotros.

Miro la madera un rato hasta que decido irme.

Pero espero, por si lo piensa y decide darme otra oportunidad.

Me siento en el suelo, a un lado de su puerta, pero cuando ha pasado una hora y nadie ha salido, sé que es el momento de irme.

En el coche, con el motor arrancado, miro el cielo negro. Tan negro como su cabello. Cierro los ojos un momento, me paso la mano por el pelo y me lo echo hacia atrás. Cuando los abro, golpeo el volante con el puño todo lo fuerte que puedo.

¿Cómo cojones he podido ser tan estúpido? ¿Cómo he podido dejar que se vaya lo único real que me ha pasado nunca? Estoy perdido sin ella.