Tenías que ser tú (Sempiterno 1) Capítulo 41
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Capítulo 41

Me paso casi media hora del camino de vuelta a casa pensando en él, en todo lo que quiero que tengamos y no podremos tener.

—Hola.

La voz de Maddison me sorprende y me detengo en el mugriento vestíbulo. Ya no lleva los cascos puestos, está escribiendo en unos folios y tiene un libro muy gordo sobre el mostrador. Me acerco a ella con una sonrisa.

—¿Estás estudiando? —me intereso al ver unas fotografías de flores y plantas. Ella asiente.

—Diseño floral. Siempre he querido tener una floristería, viviría feliz haciendo encargos con flores.

Me sorprende saber eso, pues ella es todo lo contrario a lo colorido y las flores. Siempre va vestida con tonos oscuros, tiene un piercing en la nariz, otro en el labio y varios en las orejas. Lleva el pelo con mechas, que tapan el tono claro que se nota en la raíz.

Aun así, me siento orgullosa de ella, pues se ve que quiere salir de este sitio. Dejo una caja sobre el mostrador y la empujo hacia ella.

—Toma, aquí apenas hay luz.

Me mira atónita, como si fuera la primera vez que le regalan algo. Sus ojos van de la caja a mí con nerviosismo, y eso me hace reír. No es la típica chica que parece ponerse nerviosa.

—Gracias —murmura y la saca del interior—. La usaré encantada.

—No lo dudo, y confío en ti. Aprobarás, seguro.

Me despido de ella y, una vez dentro de casa, dejo la caja sobre la barra de la cocina. Las persianas ya están subidas, por lo que Jess debe de estar ya levantada.

Voy al salón, evitando pensar en Zeus al recordarlo en cada rincón. Me ha besado, tocado y satisfecho en cada lugar de este piso. Está por todas partes.

—Buenos días —saludo cuando veo a mi amiga aparecer sujetando una taza—, me muero por un café.

—Oye, es mío.

—Ahora es mío. —Sonrío al quitarle la taza de las manos y, haciéndome una mueca, se va a por otro.

—¡Qué tranquila me quedo cuando te vas! —grita desde la cocina.

—¡Jessica! —le reprendo divertida. Sé que no lo dice en serio.

La escucho soltar una risotada y, cuando vuelve al salón, se me queda mirando.

—Suelta prenda.

—¿Qué?

—Ava, te conozco. Basta con que respires de una manera diferente a como sueles hacerlo para darme cuenta de que algo ocurre. ¿Es por Zeus?

Llevo mucho tiempo guardando lo que pasa entre Zeus, Crystal y yo. Me siento horrible, como una mala persona. Necesito que mi mejor amiga me aconseje. Así que me acerco a ella, me meto debajo de su brazo cuando se sienta a mi lado y, entonces, me derrumbo.

***

Por la tarde, sola en el apartamento, espero a que llegue el momento. Me paso tanto tiempo pensando que, cuando el timbre suena, me sobresalto. Me da la sensación de que retumba en todas las paredes e incluso en mi corazón.

No quiero tener que hacer esto.

Aprieto las manos y camino hacia la puerta. Cuando Zeus aparece frente a mí, todo mi cuerpo se relaja, las dudas desaparecen y el miedo también. Una sonrisa pinta mis labios sin poder evitarlo siquiera, pero ¿cómo? Lo que siento por él es tan fuerte e inesperado...

Da un paso adelante, cruza la puerta y cierra detrás de él. Sus manos cogen mi cuello y acerca su cara a la mía. Cierro los ojos al sentir su aliento sobre mi boca.

—Hola, honey .

¿Cómo voy a decirle que se acabó?

El beso no tarda en descontrolarse, volviéndose urgente y necesitado. Un brazo pasa por debajo de mis nalgas y me levanta del suelo haciendo que envuelva su cintura con mis piernas.

—Me moría de ganas de verte. —Me mordisquea el cuello.

Pierdo el control de mi cerebro y mis manos tocan su cuerpo por todas partes. Zeus suspira, me muerde el labio y la barbilla, y me estremezco. Me sienta en la barra de la cocina, se mete entre mis piernas y acerca su erección a mi necesitado sexo.

Jadeo. Tengo calor. Le necesito.

Sus dedos se clavan en mis costados, moviéndome hacia él. Me fijo en el color tan negro que tienen sus ojos, siempre que estamos juntos se oscurecen aún más. Es como si también me quisiera.

Le rodeo el cuello con los brazos, perdida en esto que tenemos, y me olvido de todo lo demás, de las consecuencias y los errores. Sus manos me acarician la cara, pasa el pulgar por mi labio inferior y lo lame respirando de forma entrecortada.

—Eres preciosa —dice entre besos, dejándome la piel húmeda por donde han pasado sus labios—.

Quiero que seas mía. —No respondo, aunque el corazón me da un vuelco al oírle.

Como no digo nada, me mira a los ojos; parece tan confundido y perdido en sus nuevos sentimientos como yo—. Dilo, honey, ¿eres mía?

De repente, todo me da vueltas. ¿Qué está pasándonos? Nunca había sido tan demandante. Me duele que también pueda empezar a sentir cosas por mí, no podremos estar junto hasta que decida dejar a Crystal y, por el tiempo que llevo conociéndolo, algo me dice que no dará el paso pronto.

El corazón se me rompe un poco dentro de mi pecho.

—Sé que soy tuyo —dice, besándome—. No quiero ser de nadie más. —Muerde mis labios y siento cómo me empiezan a escocer los ojos—. En mi mente solo estás tú. —Ambos jadeamos cuando nos rozamos, provocándonos—. Soy tuyo, nena. Solo tuyo...

Pero es mentira, no lo es.

Su casa es otra, donde ella lo espera. Sus costumbres son con ella.

Duerme, come y vive con ella. A mí solo me utiliza para follar.

Puede que algún día su corazón me pertenezca, pero ¿a qué precio?

No quiero que me ame a ratos, ni a medias.

Quiero que me ame al completo, quiero que me deje amar cada una de sus partes. Quiero conocerlo todo de él.

Me tenso, Zeus lo nota y se detiene. Levanta la cabeza del hueco de mi cuello, clavándome esos pozos negros que tiene por ojos. No puedo apartar la mirada, ¡es tan guapo! Me ha dejado conocer su lado cariñoso, divertido y atento, consiguiendo que me enamore de él. Y ahora tengo que dejarlo ir.

No es justo.

— Honey , ¿estás bien? —Escucho su voz, aunque lejana. Como si estuviese en un túnel.

Creo que estoy teniendo un ataque de ansiedad, o qué sé yo. Zeus se incorpora y, de buenas a primeras, me abraza; entonces, el miedo desaparece. ¿Cómo he podido dejar que pase esto? ¿Cómo, sabiendo que estaba saliendo con alguien más, he dejado que se cuele en mi corazón, en mi piel?

¿Cómo soportaré decirle adiós también a él?

Las lágrimas, que amenazan con recorrer mis mejillas, arden en mis ojos como el fuego. Me paso una mano por ellos y, cuando vuelvo a mirarlo, lo veo borroso. Dios, me duele todo. Mucho.

—Esto no puede seguir así. Yo... no... no puedo. Tenemos que dejar de hacer esto.