Capítulo 40
Me revuelvo entre las mantas, alargando un brazo para palpar el colchón, pero al sentir su parte vacía abro los ojos y me siento en la cama.
Me tapo hasta el cuello, pues el frío se instala en mi cuerpo desnudo.
Miro a mi alrededor, las persianas siguen bajadas y el pasillo está oscuro.
Un poco extrañada por el silencio —cuando debería escucharse algo al estar Zeus en la cocina—, me levanto dispuesta a ver qué ocurre.
En el salón me encuentro con todo recogido y las persianas aún bajadas, y el mundo se me viene encima.
Lo mismo de siempre, ¿por qué pensaba que esta noche sería diferente?
Desilusionada, vuelvo a mi habitación y cojo el móvil.
Hay un mensaje de Zeus repitiéndome cuánto siente tener que marcharse y dejarme sola.
Suspiro, abatida por consentir que esto pase.
Me empiezo a cabrear por sentirme tan ilusa, con lo cual decido ir a correr un poco. Cuanto más tiempo paso aquí, observando cada rincón vacío, más me enfado conmigo misma por permitir que esto vaya a más.
Como mi humor es de perros, no me preocupo en buscar una canción determinada cuando me pongo los cascos; solo le doy a una lista aleatoria que tengo guardada y dejo que la música suene. En la puerta del edificio saludo a Maddie, que también lleva auriculares y mueve su cabeza por cortesía.
En la calle sonrío al notar el cambio de temperatura. Ya no hace el mismo frío que cuando llegué y, aunque solo sea un poco menos, eso me anima. Todavía no me conozco mucho la zona y, a veces, pienso que será imposible.
Troto hacia la izquierda al salir del callejón, con la música de fondo.
Al principio no le pongo atención, pero algo en la letra me obliga a fijarme.
Al sentirme muy afectada, paso de canción.
Salta Maroon 5, mi grupo favorito, entonces escucho la voz de Adam cantando Maps y me horrorizo.
Siguiente canción: This Love . Más horror. Pero ¿qué está pasando?
Agarro con fuerza mi móvil y acelero la carrera. Me detengo de golpe para mirar la pantalla, sin dar crédito. ¿De verdad que todas las canciones que suelo poner son de amor? Aunque lo que de verdad me preocupa es otra cosa: ¿por qué ahora empiezo a darme cuenta de lo que significan?
Comienzo a boquear como un pez, me falta el aire, pero no me detengo.
Corro por la zona que conozco, intentando dejar a un lado lo que parece que empiezo a asumir.
Pero no puede ser, ¿cómo puede ser? Es demasiado pronto, ¿no?
La gente a mi alrededor me observa y no es para menos, ya no hago footing , solo corro y corro.
Corro sin rumbo, para no pensar, para huir.
Me detengo cuando ya me falta el aire, flexiono las rodillas y respiro con dificultad.
Estoy así unos segundos, con las manos apoyadas en las rodillas, sin importarme las personas que pasan a mi lado.
Al volver a levantar la cabeza, me fijo en que estoy en una zona que me suena.
Busco algo que me resulte familiar y, cuando giro la cabeza hacia la izquierda, la tienda de muebles donde compramos el primer día que llegamos está delante de mí.
¿Es una señal? Como si mi cuerpo tuviese vida propia, entro en el local. Doy vueltas por los pasillos, fingiendo que busco algo, cuando lo que en realidad estoy buscando es a alguien. Y no tardo en verle.
No lleva el mono de trabajo que utilizó en mi casa, ahora va en vaqueros, un polo de manga corta azul marino y zapatos oscuros. Su pelo, corto, está al natural. No parece engominado ni que se haya peinado durante horas. Aunque algo me dice que este chico no necesita arreglarse nunca.
Lo observo hablar con algunos trabajadores desde la sección de lámparas. Por cierto, la que tengo justo delante es preciosa, quizá me compre dos para las mesitas de noche de mi dormitorio. Mueve las manos al expresarse, lo que me hace gracia y me recuerda a mi madre. Ella lo hace mucho.
Sonríe, qué sonrisa más bonita. Sus hombros están relajados y sus movimientos son tranquilos pero metódicos. La misma sensación de curiosidad que me estremeció al verle por primera vez vuelve a sacudirme al tenerlo delante.
Estoy embobada en cada detalle suyo cuando se gira hacia atrás y sus ojos conectan con los míos.
«¡Mierda!». Me mira unos segundos hasta que me regala una sonrisa y se gira de nuevo para decir algo.
Por un momento pienso que me va a ignorar, pero enseguida descubro que se despide y empieza a caminar hacia mí, guardando las manos en los bolsillos del pantalón.
«¡Ay, mi madre!».
Me giro de forma tan brusca para esconderme que hago que las lámparas se tambaleen, amenazando con caerse. Qué vergüenza. Cuando consigo que se estabilicen, me doy la vuelta para esquivarlo, pero es tarde.
—Qué alegría verte de nuevo.
Cierro los ojos con fuerza al escucharlo y aprieto las manos un poco. Me muevo despacio, consciente de que no voy a darle la espalda hasta que se vaya. Me sale una sonrisa histérica al ver que una lámpara va a caerse, pero la coge al vuelo.
—Jayden, no te había visto. —Dios, qué excusa tan mala.
Suelta una carcajada. No se lo ha creído.
Bueno, al menos lo he intentado, pero de todas formas no voy a reconocer que lo espiaba o algo así.
Por un instante, me mira sin pestañear y entonces se acerca.
Mucho. Su perfume me cautiva, aunque creo que es su voz baja y ronca lo que me hace mirarlo a los ojos, alterada.
—Yo a ti tampoco. —Su gesto divertido consigue que termine riendo.
Nos miramos un instante, tan cerca que puedo ver las motitas en sus ojos verdes y las diminutas pecas sobre su nariz.
El sonido de mi teléfono nos obliga a separarnos y ambos parpadeamos.
El rostro de Jayden muestra incertidumbre y extrañeza, y estoy segura de que el mío también.
¿Qué acaba de pasar? Me disculpo y doy un paso atrás para ver que el mensaje es de Zeus.
Quiere que nos veamos esta tarde; al parecer, termina su turno sobre las seis.
Lo pienso un momento, en realidad quiero verle y estar con él, pero ¿es lo correcto?
Es evidente que mis sentimientos son cada vez más fuertes y no sé cuánto más podré soportar que se vaya con otra mujer después de pasar la noche conmigo.
Como no sé muy bien qué decir, no respondo. Decido darme unos minutos para hacerlo, necesito aclarar mis ideas. Guardo de nuevo el teléfono en mi bolsillo y me vuelvo hacia Jayden, que me está mirando.
—¿Buscabas algo en especial? —bromea, cambiando el rumbo de la conversación.
«Sí, a ti. Pero no me preguntes por qué», pienso. Niego con la cabeza, confundida. Toco la lámpara que me ha gustado antes y la cojo, haciendo que él se gire para mirarla.
—Me ha gustado esta lámpara. Quiero dos para mi dormitorio.
Jayden vuelve a reír quitándomela de las manos con delicadeza, nuestros dedos se rozan y mi estómago se encoge. Se recrea sobre ellos, arrastrando los suyos con tranquilidad hasta tener bien asida la lámpara. La coloca sobre la repisa y coge dos cajas del fondo.
Empieza a caminar y no me da tiempo a decirle nada.
Al adelantarme, lo pierdo de vista, pero aparece por un pasillo y chocamos.
Tengo que alzar la cabeza para mirarle a la cara, le llego por el pecho.
Ni siquiera me había fijado en lo alto que es.
Quiero decir algo, pero, tras apartar la mirada suspirando, sigue su camino. Voy detrás.
—No hace falta que las lleves tú, yo puedo —digo todavía detrás de él. Resuello, pero la escasez de aire no es por la caminata. Lo agarro del antebrazo para que se pare.
Jayden mira mi mano en su brazo y la retiro como si su piel ardiese. Unos segundos después, niega con la cabeza.
—Quiero hacerlo. —Intento coger las cajas, pero es más fuerte que yo—. No insistas, voy a hacerlo.
Me mira un instante, como si hubiese entendido algo que yo aún desconozco. Cuando lo veo caminar hacia la puerta sin pasar por caja creo que me da algo. Nos separan unos metros, así que voy hacia él al trote, no pienso ser partícipe de un robo.
—Vaya, no tenía ni idea de cómo sería que una mujer corriese hacia mí —comenta cuando ya estamos juntos.
—¡¿Estás loco?! —exclamo, mirando a mi alrededor y bajo la voz—. ¿Piensas robarlas?
Una carcajada profunda sale de su garganta.
—Es la empresa de mi familia y pronto será mía. Acéptalas, son un regalo.
No sé qué decir. Miro las lámparas en sus manos, estiro los labios para formar una sonrisa.
—Muchas gracias.
—Espero que cuando estés en tu habitación te acuerdes de mí. —Me guiña un ojo y contengo el aliento.
Con Jayden sería tan fácil... Es natural, está aquí, en su empresa, y ha dejado a un grupo de personas para verme. En cambio, Zeus se larga para estar con su mujer.
Dios...
—Espero que volvamos a vernos —le digo antes de salir del edificio con las dos cajas en las manos.
***
En el camino de vuelta a casa, suena un mensaje en mi teléfono. Me detengo a un lado para poder leerlo y sonrío al hacerlo. Una descarga eléctrica me recorre los huesos, altera mi cuerpo y hace que sienta la sangre más líquida en las venas. Y Jayden desaparece de mi mente de un plumazo.
Nadie ha ocupado mis pensamientos como lo hace Zeus.
Pero no me importa, lo nuestro no puede ser. Esto no está bien, no puedo quedarme con sus besos si luego va a dárselos también a Crystal. No quiero sus miradas si ella también las tiene. No... no puedo tener su corazón cuando sé que está siendo compartido.
Quiero ser solo yo.
Zeus: Me muero por verte.
Jamás creí que me dolería tanto que me dijeran algo así, pero no puedo evitar que se me encoja el estómago.
Ava: Claro, cenamos juntos.
Tenemos que hablar. No puedo seguir retrasándolo.
Zeus: ¿La cena puedes ser tú?
Cuánto deseo poder decirle que sería cualquier cosa que él quisiera que fuese. Pero me parte el alma saber que jamás pasará.
Guardo el teléfono en el bolsillo de mi sudadera, sintiendo cómo algo se anuda en mi garganta, presionándome y ahogándome. Le quiero.
Le quiero y no puedo tenerlo.