Capítulo 39
Tener a Ava entre mis brazos es una de las pocas cosas que deseo durante todo el día. A cualquier hora. Ahora mismo la tengo frente a mí, cerca de mi cara, entre las sábanas; y sus labios, cálidos y suaves, presionan los míos con una avidez que solo consigue encenderme más.
Es una locura, pero la necesito constantemente. Tanto, que me asusta.
Apoyo la mano en su mejilla y asciende el tono de nuestros besos. Le acaricio la espalda con ternura, deslizando los dedos por su costado, hasta llegar a su pecho. Sonrío sin poder evitarlo al escuchar el suave jadeo que se escapa de sus labios.
Presiono su pezón por encima de la tela del pijama, y la coloco a horcajadas sobre mí. La rozo contra mi erección y meto las manos bajo su camiseta, llevándola conmigo hasta conseguir quitársela.
La observo desnuda de cintura para arriba.
Ava es una auténtica preciosidad y me encanta que ella lo sepa.
Acaricio con delicadeza toda la piel que tengo ante mí, masajeo sus preciosos y juguetones pechos sin dejar de mirar sus ojos grises.
Luego le beso el valle entre sus pechos, leyendo el tatuaje que lo adorna: Exquisite .
Me paso la lengua por los dientes, excitado a más no poder.
Joder, la polla presiona con fuerza contra los pantalones.
La primera vez en el aeropuerto no lo vi bien, pero en cuanto nos acostamos por segunda vez me obsesioné con él.
¿Cuántos hombres han estado tan cerca de ella como para leerlo?
Hay que estarlo demasiado. Empiezo a imaginarla con otros, en la posibilidad de que se canse de toda mi mierda y conozca a otro.
—Zeus. —Por Dios, que bien suena mi nombre en sus labios. Se acaricia para mí, acercándome sus pechos—. No pienses tanto, solo tómalos.
Tras eso, el juicio desaparece de mí. No puedo pensar en nada más que en ella, siempre me pasa cuando está en mi campo de visión. Ava, Ava, Ava. Me inclino hacia su boca y la tomo, besándola con la fuerza de un ciclón, apretándola hacia abajo.
De un momento a otro, cuando jadea, la tumbo sobre su espalda y caigo encima, sintiendo cómo sus piernas se abren para mí. Le beso el cuello, la barbilla y paseo la lengua por su garganta hasta llegar a uno de sus pezones, con el que me recreo y lo endurezco, hambriento. Hago lo mismo con el otro.
Bajo en un río de besos por su estómago mientras me deshago del pantalón de su pijama.
La dejo desnuda para mí y, sin necesidad de palabras, hundo la boca entre sus piernas.
Le tiembla el cuerpo. Muevo los labios, lamo el clítoris y lo atrapo entre ellos.
Es deliciosa. La polla me vibra cuando sus rodillas se clavan alrededor de mi cabeza, haciéndome sentir el placer que la recorre entera.
El corazón me late con fuerza cuando empieza a gritar, tira de mi pelo y sus uñas se clavan con firmeza en mis hombros. Me vuelve loco oírla exclamar mi nombre como si fuese una puta plegaria.
Cierro los ojos tras mirarla, desnuda y receptiva, por encima de su vientre.
Hundo la lengua de nuevo en su interior, pero no tardo en cambiarla por un par de dedos mientras sigo devorando su hinchado clítoris.
Arquea la espalda, gimiendo, y noto la tensión alrededor de mis dedos.
Unas lamidas más y se derrama en mi mano.
Sorbo, deleitándome con mi nuevo sabor favorito.
Me separo solo cuando estoy seguro de que está complacida.
Trepo por su cuerpo hasta llegar a su boca y hundo la lengua en ella para que sepa lo bien que sabe.
Con la respiración entrecortada y las mejillas rojas, se incorpora un poco, me ayuda a quitarme toda la ropa y me pone el condón.
Me encanta cómo lo hace. Me acaricia los hombros y la espalda, dejándome pequeñas descargas por allá donde pasan sus finos dedos.
Quiere moverse, ponerse encima de mí. A mí me encanta que lo haga, es la única mujer que lo hace. Que se siente sobre mi dura erección me hace la boca agua. Anhelo a cada instante sus salvajes y certeros movimientos, que me aceleran la respiración y el pulso, pero ahora deseo tenerla debajo.
Reprimo un gruñido cuando siento que el glande choca con su entrada.
—Eres preciosa —murmuro.
El gris de sus ojos se turba de deseo cuando la miro un momento, hechizado por completo.
Sin apartar la mirada, empiezo a hundirme en ella con desespero.
Ahoga un grito cuando me tiene en el fondo y yo aprieto la mandíbula de puro placer.
Sueño con sentirla sin barreras desde que lo hicimos por primera vez.
No quiero utilizar condón con ella, odio que algo nos separe, pero temo que aún es pronto para cambiar eso.
—¡Oh, Dios mío! —grita aferrándose a mis bíceps.
Al oírla, sonrío y la penetro fuerte. Pongo la mano en el hierro del cabecero, bajo hasta el lóbulo de su oreja y, tras pasarle la lengua justo ahí, susurro:
—Dios no, nena. Zeus.
Suspira, tiene las mejillas acaloradas y el pelo negro se le adhiere a la cara húmeda del sudor. Es tan bonita. Empujo con fuerza, llevándola al límite. Llevándonos a ambos.
—Zeus, voy a... —La beso por decir mi nombre y me separo un poco para que continúe—. Me voy a correr otra vez.
—Sí, mi amor. Hazlo, hazlo para mí, honey . —Mi voz suena más como una súplica, pero no me importa.
Ella me mira directamente a los ojos, mientras sus pechos se mueven con agitación por mis embestidas. Debe de estar sorprendida por la forma en que me he dirigido a ella. No la culpo, a mí también me ha resultado extraño. Jamás digo cosas así.
Sorprendido y confundido por los sentimientos que Ava despierta en mí, doy un último empellón que nos lleva a ambos al orgasmo. Me derramo dentro de ella, mientras grita mi nombre sin descanso.
Unos minutos después, exhaustos, nos tumbamos en la cama.
Ella apoya la cabeza en mi pecho desnudo y aprovecho esta proximidad para acariciarla.
Le cubro el cuerpo con las sábanas para que no coja frío y le beso la cabeza.
Cuando pasa un brazo por mi abdomen para estrecharme, el corazón me empieza a latir con fuerza al sentir su cariño.
Ahora empiezo a comprender eso que mi padre me dijo aquella noche en el aniversario del hospital.
Quizá una mujer sí pueda hacer que pierda la cabeza.