Capítulo 38 #2
Los dos niegan con la cabeza, pero es Hugo quien habla:
—Eres una mujer ocupada desde que te mudaste, hablamos mucho más con Jess.
Lleva razón y me siento fatal.
—Lo siento, de verdad, he tenido mil cosas en la cabeza. —Suspiro con pesadez y reprimo un gesto—. Bueno, tengo mil cosas en la cabeza y además, por suerte, tengo mucho trabajo.
Mientras Hugo me cuenta cómo le va en el trabajo y cómo está su madre, Lucas mira la cámara con atención.
—No te preocupes, sabemos que estás ocupada. —Lucas se pasa una mano por el pelo y sonríe—. Pero en junio tendrás que dedicarnos más tiempo.
Abro los ojos y me incorporo casi de un salto al entenderlo. La euforia recorre mi cuerpo de pies a cabeza y chillo emocionada.
—Lo que has oído, aunque debería haber sido una sorpresa —bromea Hugo.
—¡Eso es genial, estoy deseando veros! Quiero achucharos.
—Yo estoy deseando que lo hagas.
Me río con Lucas, siempre estamos haciéndonos ese tipo de bromas, pero entre nosotros nunca ha habido ni habrá nada. Estoy a punto de seguirle el juego cuando suena el timbre. Miro hacia la puerta con intención de ir hacia ella, pero entonces Zeus dice alto y claro:
—Ya abro yo, honey .
Al oírlo, miro la pantalla y me encuentro con Lucas —que antes estaba tumbado— sentado en la cama, y a Hugo con los ojos como platos.
Maldición. Ellos no saben nada de Zeus. Le pedí a Jess que no se lo dijera cuando, hace unos días, me comentó que iba a presentarles a Daniel en una de sus videollamadas, pues son muy protectores y no creo que estuvieran muy de acuerdo con lo que estoy haciendo. Muchas veces ni yo misma lo estoy.
—¿Acabo de escuchar a un tío? —Lucas levanta las cejas.
—¿Has conocido a alguien? —pregunta Hugo.
Zeus me observa sin abrir la puerta, por lo que el timbre vuelve a sonar y, agobiada por ser el centro de atención, lo estropeo todo:
—No, no he conocido a nadie. No estoy con nadie, es un amigo de Jess.
Zeus asiente apretando los labios, Lucas suelta aire y Hugo sonríe satisfecho por lo que ha escuchado.
Con el teléfono en la mano, observo a Jessica y a Daniel entrar en el salón, a Zeus volver a la cocina en silencio y a los chicos riendo por algo que han dicho.
Cierro los ojos, maldiciendo por dentro.
—Oye, vamos a cenar. Hablamos en otro momento. Os quiero.
No les permito responder. Jessica se acerca a mí y lo último que quiero es que le sonsaquen a ella alguna información más. Le sonrío y le devuelvo el abrazo cuando se pega a mí.
—¿Cenita romántica? —me cuchichea con una sonrisa.
Miro por encima de su hombro, Zeus y Daniel charlan en la cocina.
El primero tiene el rostro serio, tenso, lo que me indica que está molesto.
Lo entiendo, a mí no me haría ninguna gracia la situación.
Lo observo un poco más, hasta que nuestros ojos se encuentran, y suspiro cuando aparta la mirada, tensando la mandíbula.
—No estoy muy segura de si sigue siéndolo —comento, girándome en el sofá.
—¿Quieres que nos quedemos a cenar? —inquiere, sentándose a mi lado—. No quiero que estés incómoda, Ava.
Asiento, no me apetece nada tener que estar a solas con Zeus después de lo que he dicho. Mañana por la mañana hablaré con él mientras desayunamos, tenemos que dejar claras algunas cosas.
—Dan, amorcito.
—Dime, cariño.
—Cenaremos con ellos, ¿te parece bien?
Daniel se acerca a ella y le da un beso que me hace sonreír por la felicidad de mi amiga.
—Si estás tú, siempre me parece bien.
Zeus los observa de una forma extraña; luego, me mira unos segundos. Es poco tiempo, pero tan atrayente que me hace estremecer. No me gusta esta tensión entre nosotros, siempre estamos de buen humor y nos llevamos bastante bien. Me levanto del sofá y le lleno una copa de vino.
—Toma, es para ti.
Antes de cogerla, la mira. Después, sube sus ojos hasta los míos y, con algo parecido a la confusión, me la quita de la mano.
—Gracias.
Resoplo al no recibir más que su ancha espalda.
No le digo nada más, solo doy media vuelta y me siento de nuevo en el sofá.
Estoy acostumbrada a discutir, con Marcos lo hacía mucho, pero no con Zeus.
En estos días no lo hemos hecho ni una sola vez; además, se le da muy bien manejar mi carácter, y a mí, el suyo.
Intento concentrarme en la conversación que mantienen Daniel y Jess, y entonces él me mira.
—¿Tienes mucho trabajo esta semana?
—Sí, el martes, el viernes y el sábado.
—Eso es genial, he visto tus trabajos en tu web y, preciosa, tienes talento.
Sonrío y permito que me dé un abrazo rápido, que enseguida es interrumpido por Zeus.
Deja los platos de mala manera sobre la mesa, pasando entre nosotros.
Lo estudio con detenimiento, echando una mirada fugaz a los demás para disculparme.
Pero, por cómo Daniel y él se retan, intuyo que está pasando algo que desconozco.
Jessica también debe notarlo, porque empieza a comer de inmediato, alzando la cabeza al probar la cena.
—Esto está muy bueno, Zeus. Tienes una mano increíble.
Él la mira y asiente con la cabeza, aceptando su cumplido.
Sin mediar palabra, coge su copa y se sienta a mi lado.
No me pasa desapercibida la tensión en sus músculos, lo que me hace sentir que preferiría estar en cualquier otro lugar antes que aquí.
«Con su mujer, por ejemplo», se burla mi conciencia, haciéndome suspirar.
Pasamos dos horas más charlando y riendo.
Incluso, en alguna que otra ocasión, Zeus se ha relajado, como si por un momento se hubiese olvidado de lo ocurrido antes, y ha pasado su brazo por mis hombros, acurrucándome con él.
No he querido estropear el momento apartándolo, pero no pienso permitir que crea que puede ignorarme y luego prestarme atención cuando se le antoje.
Por eso, cuando Jess y Daniel deciden marcharse, termino de recoger la mesa, cojo mi teléfono y me meto en el baño sin hablarle.
Mientras me lavo los dientes, oigo cómo trastea en mi habitación. Ignorando lo que me hace sentir tenerlo en mi dormitorio, me pongo el pijama y salgo del cuarto de baño. Cuando lo veo, se me encoge el pecho.
Está en mi cama, tapado hasta la cintura, con una camiseta gris de manga corta que se ajusta a su torso de una forma gloriosa.
Apoyado en el cabecero de hierro, revisa su teléfono con expresión relajada.
Levanta la vista en cuanto entro en la habitación.
Sus ojos recorren mi cuerpo, me queman y me aceleran el pulso; aun así, me esfuerzo por seguir mi objetivo: caminar despacio hasta la cama, como si me adentrara en la mismísima boca del lobo, y acostarme a su lado.
Cuando me tumbo y se fija en que no voy a dirigirle la palabra, se gira un poco hasta llegar con su mano a mi mejilla, toda su palma la cubre, dejando la punta de sus dedos por detrás de mi oreja.
Sus ojos se mueven rápido por mi rostro, no sé si quiere que diga algo o solo quiere encontrar sus propias palabras.
Espero que sea lo último, porque yo ante su presencia nunca sé qué decir.
— Honey , odio estar enfadado contigo. He sentido que me faltaba algo.
—Suelto el aire que estaba conteniendo, pues yo he sentido lo mismo—.
No me ha gustado lo que le has dicho a esos tipos, pero eso no justifica mi estúpida actitud.
Odio que no puedas ver esto que está pasando entre nosotros como algo real y sincero.
Sé que piensas que sigo enamorado de ella, pero... es muy difícil. Necesito que me creas.
Mantengo los ojos fijos en los suyos. Los adoro, me encantan. Me gusta lo que me hacen sentir al observarme, como si fuera lo único que pueden ver. Pienso en sus palabras, en su tono y en sus caricias. Le creo.
Quiero creerle y no equivocarme al hacerlo.