Capítulo 38
Han pasado dos semanas desde la noche en que Zeus estuvo por primera vez en mi casa y, a partir de ese día, no ha faltado ni una sola. Por desgracia, Marcos ha vuelto con lo de las llamadas incesantes; había dejado de hacerlo, incluso no había vuelto a pensar en él. Maldita sea.
Un movimiento en el cuerpo que tengo al lado me hace mirarlo.
Zeus está acomodado en el otro extremo del sofá, mirando la tele.
Dios, me gusta tanto lo que ha ido ocurriendo estos días que me siento cada vez peor.
Soy horrible, una mujer que le hace esto a otra...
Solo merezco que el karma me golpee con todas sus ganas.
Pero es que solo puedo creerle.
Hace unos días me contó lo que había pasado entre ellos, aunque no me dio muchos detalles. Solo que ella le fue infiel, por eso están así. Sé que no es demasiado, pero no ha dejado de repetir una y otra vez que la dejará.
Al principio pensaba que se reía de mí. Iba a decirle que se fuese al cuerno, pero aquí lo tengo, sentado, con el rostro oscurecido por la noche y las luces de la tele jugando con sus facciones...
He descubierto mucho de él en estas dos semanas.
Es romántico, cariñoso, testarudo y mandón.
Repaso su postura, concentrado en la película, ¡es tan guapo!
Solo quiero creerle.
—La trama no está en mí, honey —dice mirándome de reojo e intenta esconder una mirada seductora.
Sonrío como una idiota. Si él supiera que toda la jodida trama está en él… Me abro hueco bajo su brazo, apoyando la cabeza en su pecho para seguir con la peli. Parece como si fuésemos una pareja.
Me tenso.
—¿Qué ocurre, honey ?
No lo miro, solo niego con la cabeza.
—Nada, ¿por qué?
—Has temblado.
Estoy a punto de responderle cuando suena mi teléfono. La pantalla ilumina la oscuridad del salón, dejando al descubierto el nombre de Marcos. Maldigo de inmediato, y más aún cuando Zeus, con delicadeza, me aparta de su pecho y se marcha por el pasillo.
—¿Qué es lo que quieres? —pregunto envenenada.
—A ti, joder. ¿Cuándo piensas darte cuenta?
Me joroba muchísimo que insista tanto ahora y cuando estábamos juntos pasara de mí en los momentos que más lo necesitaba.
—Lo nuestro ya hace tiempo que se acabó. Además, te han visto con otra, ¿no deberías estar dedicándole a ella tu tiempo?
—¡Eso no es cierto, Ava! Solo estás tú.
Suelto aire por la nariz y rujo, desesperada, al pensar en Lucas:
—Te vas a buscar un lío. Como no me dejes en paz, pienso denunciarte. No puedes llamarme y mandarme mensajes a todas horas. ¡Es acoso!
—Tú tampoco puedes abandonarme ni comportarte como lo que siempre has odiado: ¡tu madre! ¿No has pensado que te estás pareciendo a ella?
Aguanto las ganas de llorar, los ojos se me llenan de lágrimas, pero no consiento que se escape ninguna. No por Marcos. Me duele horrores que me diga algo así, jamás he querido abandonar a nadie, solo he decidido vivir mi vida y cumplir mis sueños, ¿tan malo es?
—Marcos, te estás pasando. —Aprieto los dientes, rabiosa.
—¿Por qué? Solo te digo lo que pienso. Me has abandonado, igual que tu madre os abandonó a...
No puedo seguir escuchándolo. Tiro el teléfono al sofá y, con las lágrimas rodando por mis mejillas, voy a mi habitación. Allí me encuentro con Zeus, apoyado en la pared. En cuanto me ve, se acerca, pero yo solo puedo dar vueltas bajo su atenta mirada. No habla, ni se mueve, solo me observa.
Tras respirar varias veces, me siento en la cama, que al momento se hunde a mi lado. Zeus me rodea con sus brazos y me apoya contra él. Me acaricia el pelo y me besa la coronilla. A pesar de los mimos, noto su cuerpo tenso, lo más probable es que haya oído la conversación.
Nunca hemos hablado de mi relación, ni de mi familia ni de mi historia.
Nunca le he contado nada más allá de lo que pueda conocer de mí en esta ciudad.
Él tampoco me ha preguntado jamás, pero algo me dice que eso va a cambiar.
Con delicadeza y en silencio, me mueve entre sus brazos y me hace mirarlo.
Tiene el rostro serio, está enfadado, puedo verlo en la oscuridad de su iris y en la tensión de su cicatriz.
—¿Qué ha pasado? —pregunta.
—Nada. No te preocupes.
Levanta una ceja y se echa hacia atrás para poder verme mejor.
—¿Que no me preocupe? Estás llorando, claro que me preocupo. —Sigo callada, pero sus palabras aumentan mi llanto. Me besa y me abraza de nuevo—. No sé cómo explicarlo ni cómo ha pasado, pero no quiero ni puedo verte sufrir.
Eso me hace pensar en mi collar que, a consecuencia de no tenerlo, sufrí. Su gesto, al saber lo que pienso, me hace sonreír.
—Sé lo que piensas, no es difícil conocerte. Quería darle un toque íntimo para que cuando lo tuvieras pensaras en mí, mi intención siempre fue devolvértelo. —Sonríe—. Quiero cuidarte y protegerte. Si algo va mal, habla conmigo.
—Es Marcos, mi ex. —Zeus asiente con lentitud, como si no le hiciera mucha gracia esa información.
Vuelvo a apoyar mi cabeza en su pecho—. Antes de mudarme, rompimos, aunque ya hacía tiempo que entre nosotros no había nada.
Ahora no deja de llamarme ni de mandarme mensajes pidiéndome que volvamos, que regrese a España.
La última vez que nos vimos se puso agresivo conmigo, me empujó y me gritó.
Zeus se mueve en su sitio, me aprieta un poco más a él y siento sus músculos tensarse.
Aspiro con fuerza, convenciéndome de que debo ser fuerte para contarle qué ocurre.
No me muevo, sigo sobre él, escuchando los latidos de su corazón.
Las lágrimas ruedan por mis mejillas. Odio llorar en público, odio que sientan pena por mí.
Soy una mujer fuerte, luchadora; no necesito la lástima de nadie.
Zeus me da un suave beso en los labios y une su frente con la mía.
Cierro los ojos, tranquila por estar con él.
Ni siquiera sé cómo hemos llegado hasta aquí.
De pronto, pasamos mucho tiempo juntos y nos demostramos cariño, aunque ninguno haya confesado sus sentimientos.
Hemos pasado de estar encontrándonos e ignorándonos —más yo que él—, a vernos todos los días.
—Como vuelva a llamar, tendré que decirle que se olvide de ti. No me hace ni puta gracia que otro tío llame a mi chica, joder.
Sonrío al escuchar cómo se dirige a mí. Siempre me llama su chica, nena o honey . Me siento especial con él, única en su vida. Aunque no lo soy; sin duda, soy la otra. ¿Quiero ser siempre la otra? Me duelen los músculos en cuanto ese pensamiento me martillea el cerebro.
De manera inconsciente, me levanto de la cama y lo observo desde mi sitio. La realidad vuelve a caerme encima como un balde de agua helada. Al percatarse de mi estupefacción, él eleva las cejas.
—¿Qué te ocurre? —Se levanta también y hace un amago de sonrisa, lo hace mucho más de lo que nunca imaginé teniendo en cuenta su apariencia seria.
Niego con la cabeza, quitándole importancia, pues yo tampoco sé qué pasa.
Estaba bien hace unos segundos, feliz y emocionada.
Ahora... ahora vuelvo a sentirme el monstruo de la historia de Crystal.
Necesito hablarlo, explicarle que no puedo seguir con esta situación, pero tenerlo cerca, dejarme llevar y sentir la liberación que me provoca estar con él hacen que sonría y me acerque de nuevo, alzándome hacia su cara y poniéndome de puntillas para robarle un beso que sí le hace sonreír.
—Nada, volvamos al salón —le pido, esperanzada de que no diga nada más.
Asiente, aunque no muy conforme, y continuamos con la película que teníamos puesta antes de que Marcos nos interrumpiera.
En algún que otro momento, de los besos pasamos a las caricias, y sus manos recorren todo mi cuerpo; pero no me encuentro del todo tranquila, mi conciencia tampoco lo está.
Me siento bloqueada. Ahora, cada vez que lo miro, la imagen de Crystal viene a mi mente.
Cierro los ojos, frustrada por lo que empiezo a sentir.
Para evitar que me haga alguna pregunta, me levanto del sofá y voy a la cocina, donde saco del frigorífico unas verduras para la cena. Estoy a punto de empezar a cortarlas cuando siento sus manos rodear mi cintura. El remolino de sensaciones que se crea en mi estómago me hace temblar.
Sin poder evitarlo, me giro entre sus brazos y le miro.
Le acaricio las mejillas con mis manos, él cierra los ojos con mi contacto y suelta un leve suspiro.
Acaricio su cuello, vuelvo a subir a su rostro y, como si fuera un imán, mis manos van a su cicatriz.
De pronto, se pone tenso —rígido más bien—, incluso su gesto parece endurecerse.
Creo que va a contarme algo sobre ella, pero me suelta sin mediar palabra y, tras lamerse los labios —un gesto que ahora mismo no me gusta tanto—, coge las verduras y el cuchillo.
—Ya preparo yo la cena —me dice.
Aunque sonríe, sé que no es sincero. Tengo mucho que decirle, merezco un poco más de él.
Yo me he abierto, le he contado más de mí de lo que sé de él, pero nunca me cuenta nada.
¿Qué sé en realidad sobre Zeus? Como no me apetece discutir, asiento, a pesar de que me da la espalda, y me dirijo al sofá.
El teléfono me suena: Lucas y Hugo están haciendo una videollamada. La cojo sin pensarlo, no me vendría mal hablar con mis amigos. En cuanto descuelgo, veo la pantalla dividida, cada uno está en su casa.
—Estás preciosa. —Sonrío al escuchar a Hugo.
—Mi chica preferida, ¿cómo estás? —me saluda Lucas.
Miro de reojo hacia la cocina al oír un ruido y me obligo a reprimir una sonrisa cuando descubro a Zeus mirándome. Tiene el cuchillo en una mano y un pimiento en la otra. Qué mono. No me quita ojo de encima cuando vuelvo a centrarme en la pantalla del teléfono.
Con la nuca ardiéndome por su mirada, me sumerjo en una conversación divertida con los chicos. Hablamos un poco de su día y yo les comento el mío. Algo se me viene a la mente cuando Lucas, que está tumbado en su cama, se acomoda la almohada bajo la cabeza.
—¿A qué se debe esta llamada? ¿Ha pasado algo?