Tenías que ser tú (Sempiterno 1) Capítulo 37
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Capítulo 37

La tarde pasa volando. La sesión de fotos va viento en popa: todo está saliendo como esperábamos y no hemos tenido ni un solo problema durante el proceso. Ni siquiera la temperatura helada ha sido un obstáculo, ya que nos han puesto calefacción para que nadie esté incómodo.

Cuando el reloj marca las nueve de la noche pasadas, damos por finalizada la jornada. De camino a la mesita que me han preparado para colocar todas mis cosas de trabajo, puedo escuchar a algunos de ellos conversar.

—Ha sido increíble.

—Sí, así da gusto trabajar.

—Tienen que llamar a esa mujer más veces, ha hecho un trabajo alucinante.

—Y el humidificador de aroma que nos han puesto ha sido una pasada.

Sonrío mientras guardo mi preciada cámara de fotos, un regalo de mi tía de hace unos años. Recordarla me hace llevarme la mano al cuello y maldigo al sentirlo aún desnudo. Maldito Zeus. Aprieto los labios al pensar en ese demonio arrogante y atractivo cuando escucho detrás de mí:

—¡Zeus!

«Ay, mi madre». Se me hiela la sangre, pero no puedo ser tan paranoica. Habrá miles de Zeus por todas partes… ¿qué probabilidades hay de que sea el mismo que ocupa mi cabeza todo el tiempo?

Intento mantenerme ocupada recogiendo mis cosas para no parecer una ansiosa y salir corriendo a comprobar si es él. Vamos, es absurdo pensar que realmente haya alguna posibilidad.

—Ava.

Suspiro, aliviada, al escuchar a Carl. Levanto la cabeza y este está junto al modisto, los dos me observan demasiado.

—¿Qué os pasa?

Carl abre la boca y la cierra, y el otro pasea sus ojos por mi cuerpo.

—¿Nunca te has interesado por el modelaje?

Parpadeo, sorprendida. No lo había pensado, siempre he sido más de estar escondida detrás de la cámara. Nunca nadie me ha fotografiado a mí.

—No. ¿Por?

Mueve las manos en el aire y niega con la cabeza, como si no pudiese con mi ignorancia. Carl lo sigue con una sonrisa en los labios cuando se marcha a su taller. Después, me mira y pone un brazo sobre mis hombros.

—Le ha gustado tu cuerpo, tu personalidad y tu saber estar.

Estoy a punto de sonreír cuando, al sentir que alguien me toca el codo derecho, me giro. Mala decisión, porque casi me desmayo al descubrir que sí que era él .

Aguanto la compostura y noto que Carl me sobra. Y no solo porque Zeus parece fulminarlo con la mirada. En realidad, todos me sobran.

—Este es mi hermano, te he hablado de él en alguna ocasión —me explica Amber con orgullo.

Mis ojos conectan de inmediato con los de él, con la misma intensidad que sentí cuando chocamos en el aeropuerto.

En el club de Daniel. En lo alto del Empire State.

En la cafetería. Ahogo un suspiro cuando sus pupilas negras recorren mi cuerpo, sin importarle lo más mínimo dónde ni con quién está.

Al acordarme de su hermana, sonrío y asiento; no soy capaz de hacer nada más.

—Zeus, ella es Ava, una amiga de quien aún no te he hablado. Y este es Carl, el dueño de la tienda para la que Ava está haciendo la sesión.

Zeus asiente, estudiándolo con detenimiento.

Seguro que lo recuerda del encontronazo en la cafetería, y cuando creo que va a pasar de él, le tiende la mano para saludarlo.

Al ver que Carl tarda en responder, me muevo incómoda, haciendo que su brazo caiga detrás de mí.

Cuando por fin se dan la mano, bajo la atenta mirada de Amber, enderezo la espalda y murmuro un «encantada» tan ridículo que me arden las mejillas y se me seca la garganta.

Huyo despavorida a la zona de las bebidas.

Lleno un vaso de agua con sabor a limón mientras intento tranquilizar mi corazón, que se empeña en martirizarme con su rápido aleteo cada vez que él está cerca.

—Tendrías que haberme dicho por qué no podíamos llevar a cabo nuestra cita.

¡Bum! Mi corazón explota.

Cierro los ojos, cojo aire y lo suelto; luego, me giro y me lo encuentro de frente.

Tiene las manos detrás de la espalda, está muy cerca de mí, tentándome a besarle, a querer volver a cometer una locura.

Pero ¿cómo hacerlo sabiendo que está pillado?

¿Y cómo no cometerla si lo deseo a cada segundo?

Su aroma, su mirada, su voz. Está esperando una respuesta, lo sé por cómo me mira, pero no puedo hablar, no viendo cómo Jessica, Carl y Amber nos observan desde diferentes puntos del almacén.

Miro de reojo a Amber, que está cerca, aunque espero que no lo suficiente para oír lo que ha dicho su hermano.

Todos parecen extrañados, cada cual más, por mi comportamiento.

Lo que mi corazón y mi cerebro me gritan cuando lo tengo delante me abruma.

Solo quiero huir de Zeus. Miro a mi alrededor, diviso una salida de emergencias y no lo pienso, paso por su lado y me largo hacia esa dirección.

Necesito espacio para pensar. Me estremezco al oír cómo Amber pregunta: «¿Se conocen? ».

Salgo y cierro la puerta, esperanzada de que, cuando vuelva a entrar, no necesite besarlo a cada segundo; pero la puerta se abre detrás de mí y la mirada de Zeus cae sobre mis movimientos. Abrumada, me apoyo en la pared y suelto el aire que estaba conteniendo sin ser consciente.

Cierro los ojos un momento y la piel me hormiguea al sentir su mano en mi mejilla.

— Honey .

Suelto un gemido ahogado cuando su nariz roza la mía. No lo aguanto más...

—Bésame —susurro tratando de parecer serena.

Sus ojos se topan con los míos; está afectado por mi petición.

Llevo rechazándolo, o intentando comportarme como una mujer sensata, todas las veces que nos hemos visto y, aunque en todas haya fallado estrepitosamente, sigue sorprendiéndole que le pida tal cosa.

Pero tampoco me da tiempo a rebatirme porque sus labios rozan los míos con viveza.

—No sabes cuánto he deseado oírte decir eso.

Abro los labios al sentirle y su lengua baila con la mía en una sintonía que no sabía que podía tener con alguien.

Su mano aprieta mis nalgas en un impulso salvaje y su cuerpo cae sobre el mío, presionándome contra la pared.

Suspiramos, él gruñe. Nos mordemos, tocamos y tentamos hasta quedarnos sin aliento.

Con la respiración agitada, nos separamos un momento y nos observamos en silencio. Sus ojos, negros como el carbón, se mueven por mi rostro; la cicatriz se le contrae en un tic rebelde y vuelve a acercar su boca a la mía, pero esta vez para hablar.

—Creí que tú no...

—Lo sé, pero creo que es inevitable.

Me acaricia la mejilla, besándome la comisura de la boca.

—Me gustaría que tuviéramos esa cita.

Trago saliva. Sé que debería negarme, pero no puedo; esto es mucho más fuerte que mi razón. Asiento y algo en mi pecho se contrae al ser consciente de que esta vez no lo hago por volver a tener mi joya perdida.

—Está bien, tengámosla.

***

Por la noche me quedo sola en casa, pues Jess ha salido con Daniel y vendrá tarde. Doy vueltas por el salón, a la espera de que aparezca, aterrada por si no lo hace, más aún porque sé que sí lo hará.

El timbre suena y el corazón me da un vuelco.

Miro la puerta como si tras ella estuviera lo más anhelado de mi existencia o mi peor pesadilla. Lo más seguro es que otra persona lo pensaría dos veces antes de abrir la puerta, pero yo no.

Cuando lo tengo delante, ninguno decimos nada.

Solo nos miramos unos segundos, hasta que él entra y cierra la puerta con el pie.

Hace el amago de acercarse y tirarse encima de mí, pero, aunque he intentado aguantar mis impulsos, soy yo quien agarra su camisa y lo atraigo hacia mí.

Entre besos, nos desplazamos hacia el sofá, donde Zeus se dedica a desvestirme. ¡A la mierda los preliminares!

—Vas a joderme la cabeza, honey .

Siento que me muerde el cuello y me entrego a la pasión.

La ropa sale por los aires, su piel contra la mía, sus manos en mis muñecas, mis brazos por encima de mi cabeza.

Sus rodillas abren mis piernas y noto la presión.

La urgencia se abre camino por mi piel, por mi mente, y me deshago entre sus caricias.

En la oscuridad del salón, iluminado por la luz que entra por la ventana, Zeus se ve imperioso con las ondulaciones que le caen con soltura por la frente, noto cuán poderoso es.

Siento su seguridad y cómo entra por mis poros, haciéndome sentir importante y deseada.

Muevo las caderas hacia arriba, cansada de esperas, y él solo tiene que empujar la pelvis con fuerza para hacerme gritar.

—¿Qué mierda? —maldice entre dientes, inclinándose hacia mí para besarme—. Ya estoy muy jodido, cariño.

***

—Lo prometido es deuda —afirma, se levanta desnudo del sofá y se va a la cocina.

Sobre la encimera está su americana y saca una pequeña bolsa de terciopelo del bolsillo de esta. Me quedo sin aliento cuando empieza a sacar lo que hay en el interior. Lo observo bien en cuanto lo tengo en mi mano y veo que ha añadido la inicial de su nombre, justo igual que la mía.

—¡Mi collar! —exclamo con alegría, la verdad que se me había olvidado por la intensidad de lo que acabamos de hacer—. No deberías habérmelo quitado...

—Me di cuenta, un poco antes de embarcar, de que tenía algo enganchado en el jersey. Cuando me fijé bien, vi que era el collar que llevabas y que te quedaba tan sexy . Entonces pensé que era cosa del destino y que debía encontrarte para devolvértelo.

—¿Algo así como el zapato de Cenicienta? —pregunto divertida.

—Para mí fue más que eso, ha sido la excusa perfecta para tenerte de nuevo.