Tenías que ser tú (Sempiterno 1) Capítulo 36
68%

Capítulo 36

Me bajo del coche en el que hemos venido hasta el estudio donde haré la sesión.

El exterior me deja impresionada, es un almacén enorme en medio de un polígono rodeado de otros tantos similares.

La pared exterior es de color fucsia y celeste, tiene una enorme puerta de garaje de color negra y, sobre ella, con letras blancas —al igual que en la parte superior de la pared— está escrito «Fashion in New York».

—Guau, qué pasada —alucina Jess, haciéndonos reír a Carl y a mí.

Carl se me acerca y coloca una mano en la parte baja de mi espalda, invitándome a pasar al interior del almacén.

Cuando lo hago, no puedo dejar de abrir y cerrar la boca, impresionada.

Este sitio es enorme y perfecto para lo que vamos a hacer.

Aquí hay todo lo que un profesional necesita: focos, zona de maquillaje, peluquería, vestuario, decorados; incluso una zona con comida y bebidas.

Sigo a Carl hasta llegar a un grupo de personas que charlan entre ellas.

—Chicos, esta es Ava.

Tres hombres y dos mujeres, todos ellos muy emperifollados, se giran de golpe. Se acercan y me estrechan la mano. Se presentan uno a uno y me explican a qué se dedican y por qué trabajan con Carl. Me parecen muy simpáticos y profesionales.

—Te enseñaré la zona de vestuario.

Sigo a una de las mujeres, que me guía hasta el fondo del almacén, donde hay una zona con estanterías, percheros portátiles y maletines a rebosar de ropa, zapatos y joyas.

Me enseña lo que suele utilizar para las sesiones y su forma de organizarlo todo.

No nos entretenemos mucho, ya que los demás también quieren mostrarme un poco de cada zona del almacén en la que desarrollan sus funciones.

Dejo a Ingrid trabajando y regreso con el grupo, pero, por el camino, se acerca a mí una chica algo más joven que yo.

—Llegó mi turno. Para mí, es lo mejor de este proceso; el peinado es algo muy importante y significativo en el mensaje, ¿no crees?

Asiento, mientras miro a mi alrededor. Esta zona está situada a la izquierda del vestuario, a unos cinco metros, más o menos.

Hay dos escritorios de hierro y mármol, sillas de cuero que parecen muy cómodas y espejos, tanto de pie como de mano.

También veo varios maletines con accesorios de peluquería, no sé cómo cabe todo ahí dentro.

—Deja que venga conmigo, pequeña —dice uno de los que me presentó Carl antes.

Lo sigo hasta unos cinco metros más allá, esta vez hacia su derecha. Este hombre se encarga del decorado y la escenografía, me cuenta que también es fotógrafo y que hoy trabajaremos juntos.

Al cabo de cinco minutos, vienen a buscarme el modisto y el diseñador. Me enseñan su zona y dan los últimos retoques.

—Espero que te haya gustado. No suele ser la parte que más llama la atención, pero creo que se debe a que nadie le da el suficiente valor. No es solo poner una tela con hojas de otoño, es sentirlo al hacerlo y crear el ambiente, ¿entiendes?

Me acerco a ellos, como para cuchichear, y miro a mi alrededor antes de hablarle al diseñador.

—Si te soy sincera, es lo que más me ha gustado —admito con una sonrisa.

Observo a Carl charlar con Jess. De repente, me falta algo, alguien más bien. Alguien que se merece estar aquí, que sé que le encantaría vivir tal experiencia. Me disculpo con ellos y me acerco a Carl y a mi amiga.

—Ava, ¿qué te está pareciendo?

—Fascinante, has hecho realidad uno de mis sueños. —Carl sonríe abiertamente. Al instante, me retuerzo los dedos, no quiero abusar de su hospitalidad y confianza, pero tampoco quiero quedarme con las ganas de decírselo—. Por cierto, quería pedirte un favor.

Carl guarda su teléfono y centra todos sus sentidos en mí. Se aproxima un poco más y pone una mano en mi hombro, apretándolo con afecto.

—Lo que desees.

Sus palabras suenan demasiado complacientes y su acercamiento no me pasa desapercibido. Aun así, hago caso omiso.

—¿Te importa si invito a otra amiga?

—Por supuesto que no. Hazlo y que llegue antes de que comencemos, si no, se perderá lo más emocionante.

Me guiña un ojo, se pasa la mano por su impoluto pelo y se marcha hacia donde está Ingrid. Lo observo caminar: es un tipo relajado y seguro, además de atento y divertido. No sé por qué no siento nada cuando está cerca. Jess se aproxima a mí y me mira con el ceño fruncido y los ojos achinados.

—¿Tienes más amigas?

Suelto una risotada que llama la atención de los demás y le doy un apretón en la mejilla derecha.

—Pero ninguna como tú.

Se hace la afectada, pero luego suelta una risa, pues sabe que es verdad lo que le digo, y se va a por unos donuts. Cojo mi teléfono para enviarle un mensaje a Amber explicándole dónde estoy, para qué y la ubicación del almacén. Ella no tarda en responder y me alegro con lo que leo.

Diez minutos después, escuchamos un bullicio en la entrada del almacén y, cuando miro hacia atrás, me encuentro con un grupo de personas con maletas, bolsas y abrigos muy pomposos.

Sonrío encantada al escuchar cómo alaban el almacén y su decoración.

Me levanto para acercarme cuando Carl me llama con un gesto de las manos, justo en el mismo momento en que Amber entra por las puertas.

—¡Ava! —Me abraza, y el bolso le queda colgando de la parte del codo—. No sabes la ilusión que me ha hecho que me invitaras.

Nos soltamos del abrazo y le presento a todos. Sabía que Jess y ella se llevarían genial, aunque debo decir que creo que ver el precioso bolso de Gucci que Amber lleva del brazo ha animado aún más a Jess. Vuelvo los ojos, divertida, y me centro en ayudar a Carl a preparar todo para el trabajo.

Una vez acabado, saco todo lo necesario que he traído y me acerco al grupo de modelos.

Les explico mi forma de trabajar, ellos a mí la suya y, una vez todo acordado y en orden, comenzamos.

Ayudada por uno de ellos, coloco a los modelos en la posición perfecta para fotografiar algo fuerte y romántico.

Cada veinte minutos cambiamos los modelos y sus prendas hasta que llega la hora del descanso.

—Tu profesionalidad y educación hacia nosotros es magnífica. Pocas veces se encuentra a un fotógrafo que entienda que somos personas —dice una de las chicas que ha estado posando.

La observo y le regalo una sonrisa sincera al oír lo que piensa de mi forma de tratarlos, mientras doy un sorbo a mi copita de vino.

—Muchas gracias. Siempre intento entregarme al máximo en cada sesión que hago y, la verdad, admiro muchísimo vuestro trabajo. Acatáis nuestras normas y decisiones sin rechistar, y os entregáis por completo para que todo salga perfecto. Lo mínimo que os debemos es respeto y empatía.

Bebe de su botellita de agua tras morder un trozo de zanahoria y dirige sus ojos detrás de mí. Me giro y veo que mira a Carl; al volverme, su mirada conecta con la mía.

—Es una buena persona, le dedica mucho cariño a su trabajo. Sus diseños son increíbles, nosotros siempre lo animamos a que se presente a la Semana de la Moda de Nueva York, pero no hay quien lo convenza.

Observo a mi amigo mientras habla con sus compañeros.

—Madre mía —me dice Jess, que se está zampando un sándwich vegetal—. Esto es alucinante, tienes que traerme siempre que vengas a alguna cosa de estas. Bueno, y a Amber también. Es otra chiflada como tú de la fotografía.

La aludida sonríe con timidez y Carl se acerca a nosotras al oír a Jessica.

—¿Eres fotógrafa?

Amber y Carl se miran. Ella, tras agarrar el asa de su bolso, suelta el aire que había estado conteniendo.

—No, pero me encantaría serlo algún día.

—Conozco a gente que tiene amigos que pueden prepararte. ¿Quieres que busque información y quedamos para contarte cómo iría el tema?

Amber no sabe qué decir, incluso parece hiperventilar. Al ver su emoción, Carl la lleva a un lado para hablarle del tema con más calma. Los demás volvemos al trabajo.