Capítulo 35
Ya en casa, dejo las cosas en un armario de la entrada, justo a la izquierda de la puerta, que descubrimos poco después de llegar. Estoy tan acostumbrada a tener a Jess en casa que estoy del revés con tanto silencio.
Voy a mi habitación, cojo el pijama y la ropa interior, y me meto en el cuarto de baño. Me apetece llenar la bañera hasta arriba y relajarme, pero me llevo el teléfono por si mi amiga necesitara algo.
Mientras me desnudo y espero a que haya suficiente agua para sumergirme bien, la voz de Adele se apodera de la estancia.
Escucho la letra de amor de la canción que suena y envidio a todos los que sienten algo con ella.
A mí no me apena, tampoco me alegra; solo me gusta esta cantante y creo que es una increíble canción, pero no me siento identificada con ningún tipo de música romántica.
Al entrar en el agua, me deshago cuando el calor se mezcla con el frío que siento en todo el cuerpo.
Estoy congelada. Me hundo hasta el cuello, apoyo la cabeza en el borde y cierro los ojos.
Intento relajarme, dejar a un lado mis problemas, los de mi familia e incluso los de mis amigos.
Es lo que tengo: sus problemas son los míos y es algo que siempre me pasa factura.
Aunque sé que mis padres están bien, y Lucas y Hugo también. Este me ha dicho en un mensaje que le ha parecido ver a Marcos con otra, pero, si soy sincera, a mí me da igual y casi que lo prefiero; así me dejará ya tranquila de una vez.
Voy a meter la cabeza bajo el agua, cuando escucho el teléfono, debe ser Hugo otra vez. Me seco la mano con la toalla que tengo a mi lado y lo cojo de una repisa que Jayden nos colocó junto a la bañera.
Oh, Jayden. Otro hombre guapísimo e interesante que he conocido a mi llegada. Es la única persona con la que no he quedado a tomar un café, quizá lo llame un día.
Al desbloquear la pantalla, veo que es un mensaje de un número desconocido y mi corazón se desboca al leerlo.
Número desconocido: Mi amigo me ha reemplazado por la tuya. ¿Qué se traen esos dos?
Me muerdo el labio, tentada a invitarlo a un baño. Pero ¿qué me pasa? «Contrólate, Ava», me regaño. Respiro tranquila, controlando mis hormonas, y vuelvo a sonreír sin poder evitarlo.
Ava: ¿No estás acostumbrado a ser rechazado?
Escribiendo... escribiendo... pausa... escribiendo. Bloqueo el móvil, lo desbloqueo, lo suelto y vuelvo a cogerlo cuando suena de nuevo.
Número desconocido: No. Hasta ahora no. Aunque hay cierta mujer preciosa que se empeña en torturarme.
Ay, mi madre. ¿Ha sido una indirecta muy directa? ¿O son mis ganas? Ay, que me da algo. Ojalá pudiera meterme la mano en el pecho y golpear a mi corazón por volverse loco cuando de este hombre se trata.
Leo el mensaje varias veces hasta que decido responder. A la mierda los prejuicios de esperar un rato para hacerlo y que él no piense que lo estaba esperando. ¡Es que lo estaba haciendo! Todo el tiempo lo hago. Incluso espero a que entre aquí y se meta en el agua conmigo.
Ava: ¿Y tu mujer? ¿También te ha reemplazado?
Zas, tengo que dejarle claro que está prometido.
Número desconocido: No, ella está aquí. Sentada a mi lado, pero no es la mujer que deseo tener conmigo. No es la que ansío tocar y volver a ver. Esa está empeñada en rechazarme y volverme loco.
Casi se me cae el teléfono al agua. No me puedo creer que esté diciéndome algo así, ¿es que se ha vuelto loco de verdad? ¿Y yo? ¿Estoy volviéndome loca yo? Porque tengo unas ganas locas de jugar con él, de no pensar en las consecuencias por una vez y pasarlo bien.
A lo mejor mantienen una relación abierta o están por conveniencia, quizá es verdad lo que él siempre dice. Por un mensajito sugerente no va a pasar nada, ¿o sí?
Ava: Es una pena que no siempre consigamos lo que queremos. No puedo seguir hablando contigo, estaba dándome un baño caliente y ahora voy a salir de la bañera para vestirme. Espero que esa mujer de la que hablas algún día te deje hacerle todo lo que deseas; hasta entonces, suerte.
Sonrío por lo bajo, ansiosa por saber qué me responderá, aunque no vuelvo a mirar el teléfono.
Me seco, me visto y no han pasado ni tres minutos desde que envié el mensaje cuando mi teléfono vuelve a sonar, pero esta vez es una llamada entrante.
Me quedo petrificada al ver que es su número, el cual aún no he guardado.
No me esperaba esto, quizá algún mensaje, incluso esperaba que me dejara en leído, pero no que me llamara. No pienso responder.
Al instante, llega un mensaje. Lo abro con celeridad y parpadeo, atónita.
Número desconocido: Cógeme el teléfono.
Incluso por mensaje se puede percibir la orden. Otra llamada entrante, no respondo. Un minuto después otro mensaje.
Número desconocido: Ava. Cógeme. El. Teléfono.
Me lo estoy imaginando con el semblante serio, los hombros rígidos y su tentadora boca en una línea fina.
No puedo evitar sonreír mirando el teléfono.
Pongo los ojos en blanco y contesto la llamada cuando vuelve a sonar.
No digo nada, solo espero a que él hable primero. Gruñe en el altavoz y me derrito.
—Eres muy juguetona y... cabezota.
No hablo, no puedo. Escuchar su voz me ha dejado enmudecida. Intento controlar mi respiración cerrando los ojos. Entonces, un sonido de frustración sale de su garganta.
—Parece que ahora no sabes qué decir. ¿Quieres jugar, nena?
Yo estoy encantado de hacerlo. De hecho, tu mensaje me incita a hacerlo.
—Tengo la respiración tan agitada que estoy segura de que él sabe lo nerviosa que estoy.
Lo escucho aspirar con fuerza y cierro los ojos—.
Imaginarte sola en el agua me hace querer ir allí.
—Yo...
«¿Qué me pasa? ¡Espabila, Ava!».
—Mmm, tu voz. Estoy deseando verte mañana, no puedo esperar.
Eso me devuelve a la realidad, mañana no podremos vernos. Agarro bien el teléfono, pues ha estado a punto de caerse varias veces por el sudor de las manos. Frunzo el ceño y parpadeo, consciente de que sus palabras me han nublado el juicio.
—Mañana no podrá ser. Lo siento.
—¿Qué? ¿Y eso a qué se debe? —Puedo escuchar que arrastra algo con ruedas y luego algo de piel, lo que me hace pensar en una silla de escritorio—. Te he hecho una pregunta.
Su tono autoritario me molesta y con él se ha acabado el momentito íntimo que estábamos compartiendo.
—No te incumbe, simplemente no puedo. Acepta otro rechazo, Zeus.
Cuelgo, dejándolo con la palabra en la boca y rabioso porque una mujer le dice no. Pongo el teléfono en silencio por si decide volver a llamarme, pues no quiero caer en la tentación, y me siento en el sofá para cenar ensalada de pasta.
A las doce ya estoy cansada de no ver nada en la tele y de esperar a Jessica, aunque me haya pedido que no lo haga. Le mando un mensaje para que me diga que está bien y me responde con un emoticono de mirada pillina. Suficiente para mí.
Antes de apagar la luz de la mesita de noche, leo los mensajes que Zeus me ha enviado después de colgarle. Sonrío porque, entre cada uno, hay una separación de diez minutos más o menos.
Número desconocido: Dios, me vuelves loco.
Número desconocido: Ya buscaremos la manera.
Número desconocido: Bien, veo que te haces la dura.
Número desconocido: Ahora que lo pienso, ¿has dicho mi nombre? Me ha parecido escucharlo, ya sabes lo que pasa si lo haces.
Número desconocido: No acepto tu silencio, ni tu rechazo. Voy a conquistarte y no me detendré hasta conseguirlo.
Mierda, me ha pillado en su chat. Qué vergüenza. Me salgo deprisa y tiro el teléfono a los pies de la cama, pero es demasiado tarde. Ha llegado otro mensaje.
Número desconocido: Estaba convencido de que te gustaba nuestro juego, aunque lo niegues.
Claro que me gusta, deseo poder verle en el momento en que a ambos nos apetezca.
Lo sé, sé que es una auténtica locura decir y sentir todo esto por un hombre al que he visto unas cuantas veces, pero también es una auténtica locura no poder decirlo o sentirlo.
¿Por qué le ponemos un tiempo determinado a las cosas?
¿Por qué le imponemos al amor o al deseo una cronología?
Enamorémonos a primera vista, deseemos a la persona que va en el mismo autobús que nosotros, seamos los primeros en hablarle a la persona que nos gusta, disfrutemos del amor y la pasión cuando nos llegue el momento.
Me pellizco el puente de la nariz, agobiada por mis sentimientos nuevos. ¡Es un hombre prometido, coño! No sé qué me está pasando, odio sentir estas cosas por él.
Incapaz de no responder, escribo.
Ava: Buenas noches.
Número desconocido: Ahora sí lo son.
Tiro el móvil sobre el edredón. Dios... me voy a meter en un buen lío, y me lo merezco.