Tenías que ser tú (Sempiterno 1) Capítulo 34
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Capítulo 34

Mañana tengo la estúpida cita con Zeus y, aunque pienso irme en cuanto consiga mi collar, estoy nerviosísima. No dejo de darle vueltas a qué ropa ponerme, cómo peinarme e incluso qué perfume usar. Tengo que dejar esto a un lado si no quiero problemas.

Miro el reloj que tenemos al lado del televisor y me doy cuenta de que llego tarde.

He quedado con Amber y sus hijos para dar un paseo por Central Park; los niños correrán a gusto y nosotras podremos hablar de cosas de chicas.

Me gustaría que Jess nos acompañase, pero tiene la entrevista de trabajo para la tienda de Carl y, después, ha quedado un rato con Daniel.

Tengo el presentimiento de que estos dos acabarán juntos.

Tras apagar el televisor, voy a mi habitación y cojo ropa de deporte.

me apetece estar cómoda, así que también me recojo el pelo en una coleta alta.

El cielo está nublado, no sé si lloverá, pero como aún no tengo coche aquí y no se me da muy bien eso de parar taxis a la primera, mejor me llevo un paraguas.

Más vale prevenir que curar, eso he escuchado siempre.

En el vestíbulo, saludo a Maddison; parece que, poco a poco, vamos tolerándonos.

Abro la puerta del edificio y salgo del callejón, hay gente por todos lados.

Sigo el camino que me indica el mapa de mi teléfono, no despego la vista de la pantalla por miedo a perderme y, al final, acabo chocándome con alguien.

—Discúlpeme —digo y me doy cuenta de que es una mujer con pintas de vagabunda.

Hago la intención de agacharme para recoger una bolsa del suelo que parece pertenecerle, pero ella la agarra antes de que me dé tiempo.

Nuestras miradas se cruzan y, durante una milésima de segundo, veo algo familiar en ella.

Parpadeo y un escalofrío me recorre el cuerpo entero.

Qué sensación más extraña. Ignoro todo tipo de pensamientos raros y, cuando voy a pedir disculpas de nuevo, la mujer se marcha sin decir nada. Me encojo de hombros y sigo mi camino.

No tardo mucho en llegar y, a lo lejos, diviso a los niños. En cuanto ellos me ven, patinan hacia mí y me abrazan. Me encantan los críos y, la verdad, es que Sam y Seth son un encanto. Les beso la coronilla a los dos e, intentando entender todo lo que me dicen, nos acercamos a su madre.

—Por Dios, me tienen loca. No han dejado de preguntar por ti desde que les dije que vendríamos juntos.

—Es que me caes superbién, Ava. Creo que vamos a ser muy buenas amigas.

Me agacho y me pongo a la altura de Sami, que me sorprende de nuevo con su desparpajo.

—Me siento muy afortunada, no todos los días se tiene a una princesa como amiga.

La carcajada coqueta que suelta la niña y el abrazo que me regala me dejan claro que me la he terminado de ganar.

Cuando la suelto, sale disparada hacia el interior del parque y Amber, Seth y yo vamos tras ella.

El niño agarra con fuerza mi mano; de vez en cuando se tambalea con sus patines, el pobre no tiene tanta soltura como su hermana.

Lo sostengo por ambas manos y me pongo frente a él, guiándolo durante un trecho del camino y soltándolo de vez en cuando.

—Veo que se te dan muy bien los niños, Seth no suele dejar que nadie le enseñe nada. Según él, sabe hacerlo todo solito.

—Vaya, hoy soy una mujer con suerte.

Vamos de camino a la zona de césped cuando mi teléfono suena, lo busco en mi bolso y, al cogerlo, veo que es Carl.

—Dime, ¿ocurre algo? —pregunto pensando en lo que haya podido liar Jess, conociéndola...

—Nada, no te preocupes. Te llamaba para hablar sobre tu trabajo, Jessica me ha enseñado algunas fotos que has hecho y me han fascinado.

—Muchas gracias, Carl. —Sonrío y me siento en el césped junto a Amber.

—¿Qué te parece si el sábado, después de comer, vamos al estudio de un amigo y les haces fotos a unas modelos? Vamos a sacar una nueva colección de ropa en la tienda y nos hace falta un profesional.

—¿Lo dices en serio? —Me levanto de un salto, emocionada.

—Por supuesto.

—Madre mía, esto es genial. Dime hora y lugar.

Estoy eufórica y siento la adrenalina correr por mis venas. ¡Voy a hacer fotos a modelos!

—Tranquila, yo mismo iré a recogerte. Pasaré a por ti a las seis.

—Genial, no te defraudaré.

—No podrías.

Cuando la llamada finaliza, me quedo mirando el teléfono un rato hasta que Amber me da algo envuelto en un papelito plateado.

—¿Quién te ha llamado? —pregunta sonriente—. Parecías muy feliz.

—Ha sido un amigo que quiere que haga un reportaje el sábado por...

Mierda, Zeus venía a recogerme a las ocho. Tengo que llamarlo y cancelar nuestra cita. No sé cuánto tiempo me llevará la sesión y ni loca pienso alterarla por nadie, mucho menos por un hombre al que no conozco y que está saliendo con otra persona.

—¿Ava?

—Perdona, acabo de acordarme de una cosa. ¿Qué es? —pregunto cambiando de tema.

Levanto lo que parece ser un dulce y, cuando ella abre el suyo, veo una bola de chocolate. Desenvuelvo el mío, le doy un mordisco, y la vainilla y la canela se apoderan de mis papilas gustativas.

—Están de muerte. ¿Los has hecho tú?

—Sí, en mis ratos libres me dedico a la repostería. Aunque mi sueño siempre fue la fotografía, daría lo que fuese por poder dedicarme a eso.

La miro, sorprendida y encantada de encontrar a alguien a quien le guste lo mismo. Aunque mis amigos hablen conmigo de ello, no comparten la pasión; así que esto me alegra mucho.

—¿Por qué no estudiaste para serlo?

—Llegó Samantha, mi relación con su padre me tenía absorta… A pesar de que él, mi padre y mi hermano me animaban, yo no quería alejarme de mi marido y mi hija. Me conformé con alguna que otra sesión que me salía, pero cuando llegó Seth, dejé de tener tiempo.

—Y ahora, ¿qué te retiene? ¿Por qué no haces algún curso? Además, yo estaré encantada de enseñarte todo lo que sé.

—Hasta ahora no conocía a nadie que pudiera ayudarme, no al menos con la confianza que tú me trasmites. Si me hubiera apuntado a clases, tendría que haber dejado a los niños con mi padre o mi hermano, y ellos ya tienen suficiente con sus problemas.

—¿Y el padre de tus hijos? —Aunque mira al frente, la cara de Amber se arruga, y me doy cuenta de que he hablado de más—. Lo siento, a veces soy muy cotilla.

Sonrío nerviosa por haber metido la pata. Espero cualquier contestación, pero ella simplemente termina su bola de chocolate y sigue mirando al frente, observando a sus hijos embelesada, aunque con el rostro triste.

—Murió, lo único que me queda de él son mis hijos.

Ojalá yo nunca experimente algo así tan joven, perder a quien amas debe ser muy duro.

Esa persona se convierte en tu confidente, tu compañera de vida, la persona que está en los peores momentos de tu vida, la que conoce todos tus secretos y lo más oscuro de ti y, aun así, sigue eligiéndote. Debe ser muy doloroso.

Me acerco un poco a ella y le paso un brazo por los hombros.

—Lo siento, debiste sufrir mucho. Y los niños sin su padre... Sé lo que pueden sentir.

—¿Alguno de tus padres murió cuando eras pequeña?

La miro unos segundos antes de responder, doliéndome en el alma la verdad.

—No. Mi madre no murió, ella nos abandonó.

Amber se separa de mí, me mira con la boca entreabierta y parece que va a decir algo, pero no lo hace.

Se lo agradezco, no me apetece que nadie se compadezca de mí.

Le dedico una sonrisa fugaz y luego miro a Sam y a su hermano, parecen tan felices que estoy convencida de que el amor de su madre eclipsa la mayor parte de los momentos en los que añoran a su padre.

El resto de la tarde la pasamos visitando algunas zonas que le gustan a Amber, me lleva a una cafetería supercuqui donde encuentro mis nuevas galletas preferidas: masa de chocolate y relleno de avellana. Están de muerte.

En nuestro rato de merienda, me entero de que Amber no ha vuelto a tener pareja desde que su marido murió.

La entiendo, pero también me asombro. Hace casi seis años que falleció y estoy convencidísima de que tiene un montón de pretendientes.

Tengo que llevarla de fiesta con nosotras algún día y ayudarla a que dé el paso para rehacer su vida, se lo merece.

A las siete y media de la tarde recibo un mensaje de Jess informándome de que cenará con Daniel y que no la espere despierta. Emoticono guiño, emoticono berenjena. Mi amiga es de lo que no hay.

Solo estamos un ratito más por el parque porque Sam empieza a quejarse de cansancio y Seth se ha caído y se ha hecho daño en la rodilla.

—Voy a hacerte un truco para que no te duela, ¿vale?

Seth asiente mientras sus mejillas siguen mojándose por las lágrimas. Se las seco con los pulgares y le sonrío. Hago que se siente en un banco, levanto su rodilla y le doy un besito con cuidado para que no le duela.

—Sana, sana, culito de rana; si no sana hoy, sanará mañana. —Seth me mira extrañado, le doy otro besito y le suelto la pierna con cuidado—. ¿A que ya no te duele?

Él sonríe negando con la cabeza. Mira a su madre, a su hermana y luego a mí, como si hubiera conocido un mundo nuevo, y después me abraza.

—¡Eres la mejor! —Da pequeños saltitos con los patines aún puestos—. ¡Mami, mami! Ya no me duele.

Me pongo de pie, lo observo dirigirse hacia la puerta del parque junto a su hermana y Amber me abraza.

—Gracias por esta tarde, Ava. Me ha encantado conocerte, quiero que sepas que aquí tienes a una amiga. Espero que nos volvamos a ver.

Le devuelvo el abrazo, le aseguro que lo haremos y cada una coge su camino cuando salimos del inmenso parque.

Me recreo en la vuelta, mirando, observando, anotando en mi mente todo lo que veo. En el camino, como no he llamado ni a mis padres ni a mis amigos y en Madrid ya es tarde, les envío un mensaje a cada uno informándoles de cómo nos va y quedo en hacerles una videollamada al día siguiente.