Tenías que ser tú (Sempiterno 1) Capítulo 32
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Capítulo 32

Todavía siento la adrenalina recorrer mi piel, pero me voy tranquilizando poco a poco.

Miro el mapa en mi teléfono y, desde donde estoy, hay justo trece minutos andando hasta Central Park, por lo que acelero el paso.

Es una lástima no poder detenerme a ver cosas porque voy tarde, pero bueno, tendré que esperar para hacerlo en otra ocasión.

Cuando por fin llego a la entrada del inmenso parque, paso por la cancela de hierro y, de inmediato, estoy en una especie de selva con bancos, personas haciendo ejercicio o paseando a sus mascotas. Sonrío, embobada por lo que veo y muy impresionada por cada detalle de este precioso lugar.

No pierdo el tiempo y llamo por teléfono a la familia con la que me he citado, explicándoles mi situación.

Enseguida, ellos me mandan un mensaje con su ubicación actual para así encontrarlos con facilidad.

Siguiendo el mapa, camino hasta llegar a una zona de césped muy bien cuidada, ocupada por personas que leen, comen, charlan o se besan.

Increíble. Saco mi cámara de su funda y hago una foto de la escena que tengo delante; me es inevitable.

A lo lejos, veo que alguien alza la mano en mi dirección, pero, aun así, miro a mi alrededor por si se dirige a otra persona y no a mí. La pareja, con un niño en brazos, se acerca con una sonrisa.

—Tú debes ser Ava, la fotógrafa.

Asiento y ellos se presentan. El niño es precioso, tiene el pelo ondulado y oscuro. Se parece mucho a su padre. Tras las presentaciones, empiezo a explicarles cómo lo haremos.

No he podido cargar con todo mi material, por lo que tocará improvisar.

Son los trabajos que más me gustan cuando los termino.

Para empezar, me atrevo a pedirle a una pareja que me preste su mantel de estampado primaveral para sentar al niño.

Luego decido coger algunas flores y, con el niño bocarriba, se las coloco alrededor.

El proceso va perfecto, los padres me ayudan y el pequeño coopera fenomenal.

Seguimos haciendo fotos durante una hora más, en la que también posan los tres juntos, creando una estampa familiar preciosa.

Para terminar, aprovecho unos olmos enormes que hay en la zona izquierda de nuestra ubicación.

Coloco a la madre y al padre uno frente al otro; él coge a su hijo y, cuando cuento hasta tres, lo lanza por los aires hacia su madre, que lo atrapa enseguida.

Luego hago clic. Creo que es mi foto preferida.

La parejita se sonríe al mirarse y su hijo está feliz de notarse en el aire, con los bracitos en alto, en dirección a su madre.

Contenta porque ellos lo están, me despido y llamo a la segunda familia.

La mujer, que se llama Amber, queda en recogerme y llevarme al lugar donde quiere hacer el reportaje. Mientras la espero, fotografío el paisaje que tengo delante para poder subir las imágenes a mis redes sociales.

—¿Ava?

Me giro hacia la voz, sonriendo. Es una niña que enseguida se presenta como Samantha y me dice que tiene diez años.

El pelo, liso y rubio; la piel, blanquita; y los ojos, de un verde increíble.

Además de ser monísima, es un encanto. A su lado hay un niño más pequeño que, con mucha energía, me cuenta que se llama Seth, que tiene cinco años y adora a su tío.

Río al ver la vitalidad del pequeñajo. La última en presentarse formalmente es Amber, la madre de los niños.

Tiene el pelo ondulado, oscuro y los ojos de un tono verde más profundo que el de sus hijos. No se parecen en nada.

—Mamá, ¿has traído mis zapatos rojos? No voy a hacerme las fotos con los patines. —Samantha se echa el pelo hacia atrás y tengo que aguantar la risa al apreciar lo presumida que debe ser.

—Sí, Sam. Los tengo en la mochila.

Sonrío a Amber, que pone los ojos en blanco cuando su hija empieza a patinar delante de nosotras. Seth corre detrás de los pájaros que ve posados en cualquier sitio, ya ha estado a punto de caerse varias veces.

—Ya hemos llegado. Mira, ¿no te parece increíble? —me pregunta cuando llegamos a su zona preferida del parque.

Observo a mi alrededor y asiento. Estamos en un camino con césped y árboles a los lados, acotado por vallas de hierro, que conduce hasta un puente de piedra.

Amber llama a su hija para que se ponga los zapatos y así poder empezar. Decide no aparecer en ninguna foto, pues quiere un álbum solo de los niños, pero la convenzo para que más adelante hagamos otro en el que salgan los tres. Son una familia preciosa.

En alguna que otra ocasión quiero preguntar por el padre, pero me lo pienso mejor y decido no cotillear en la vida de los demás. Tras observarlos un poco más, saco la cámara y comenzamos.

Coloco a cada uno en un extremo del carril, apoyados con las manos en las barandas, y les digo que se miren a los ojos; entonces me alejo un poco y capturo un plano con el puente al fondo.

Precioso. Hago otra foto en la que se sientan en medio del camino, para lo cual tengo que pedir a algunas personas que no crucen.

La sesión continúa durante una hora y media más de lo previsto, pues los niños están muy revoltosos y no dejan de chincharse. Cuando damos por finalizada la tarde, Amber insiste en invitarme a tomar algo y termino aceptando.

Con la puesta de sol de fondo, caminamos hacia una cafetería decorada con enredaderas en las paredes y macetas colgantes suspendidas del techo.

—¿Sabes? Me has caído genial, Ava. Puedes llamarme Sam o Samy. —La miro un segundo, sorprendida por su seguridad y templanza para lo pequeña que es. De pronto, deja de lado su batido y continúa—: Solo quien yo quiero me llama así.

—Siéntete afortunada —dice su madre por lo bajo.

Sonrío al ver cómo Sam entorna los ojos mirando a su madre mientras muerde una galleta. Esta niña debe de ser muy lista. Por otro lado, Seth no se ha movido de mi regazo desde que llegamos a la cafetería; no hace falta que me aclare que soy de su agrado.

Un rato después, me despido de los tres con un abrazo y sigo mi camino.

El cielo está casi negro. Disfruto del paseo hasta casa, sintiendo el aire frío en la cara.

En la puerta del edificio, con el pomo en la mano para empujarla, escucho que mi teléfono suena avisándome de un mensaje. Un número desconocido.

Número desconocido: No hemos podido terminar la conversación. Estoy de acuerdo, la cita durará el tiempo que quieras. El sábado paso a recogerte a las siete.

Sonrío como una tonta, aunque sé que esto no está bien.

Sin embargo, pensar que es un error no consigue borrarme la sonrisa, que me dura hasta que entro en casa, e incluso mientras hablo con Jess y le cuento mi conversación con Carl.

Debo añadir que, antes de quedarme dormida, he releído el mensaje y he sonreído de nuevo.

Estoy perdida.